![]() |
| Todo está a la mano. Disponible, inmediato. ¿Es una queja hacia lo digital...? ¿Lo es...? |
octubre 27, 2013
8. Que no pase un día sin una página leer
Eso se lo escuchaba a mi papá. Que
en eso quede. Internet, en su cara más visible y superficial, es una puerta abierta a
contaminar la raíz del recuerdo y la tradición. Es la tentación por buscar este
proverbio y saber que no, que es un antiquísimo refrán árabe o chino. No quiero
saberlo. Por favor, por una vez no quiero más información, más datos aislados,
inconexos, inútiles.
7. Jactancia
¿De qué? ¿De decir poco, como si
fuera templanza, sabiduría…? Cuánto quisiera que cada palabra mía fuera una
punzada en la memoria, un algo que calara filoso en los ojos, algo violento que
obligara a entornar la mirada. No. Yo no logro ser ése.
octubre 15, 2013
6. Posmodernos
Odiar tanto esta nueva modalidad
histórica para, malditamente, no poder sino encarnarla, carajo.
octubre 14, 2013
5. Hiperdesvínculo
Que nada llevara a nada. Que cada
palabra se encerrara en la que le precede como muñeca rusa. No se sabría a dónde.
De dónde. No habría cita textual ni referencia. Ni ‘véase también’ ni nada de nada. Las
relaciones entre las cosas, cualquiera que fuese su intención o modalidad, serían impensables, mal vistas incluso. Todo desconectado. Las palabras estarían sueltas y serían tal vez inútiles. En este ámbito la gente quedaría ciega al principio, teniendo que hacer un esfuerzo enorme por despertar, por escuchar de nuevo, por ver de nuevo verdaderamente.
octubre 12, 2013
4. Deposite aquí su idea
Leo algo. El enunciado que retengo
es una rendija de luz. Lo es todo en los confines del día y me basta. Quiero
contárselo a todos. Vengo al blog (o abro una libretita, para el caso es lo
mismo) y caigo en lo que se demuestra pronto como poco menos que un vulgar
remake.
2. Quietud
Entre los muy escasos beneficios
de haber estudiado Comunicación está la conciencia clara de que todo enunciado
debería tocar un punto B tras ser emitido. No quiero detallar
esta opinión ahora. Sólo sé que es preferible pensar así que ajustarse a la
gratuidad absoluta del ‘mensaje’ contemporáneo (cosas en la línea de mi
cuadro merece estar colgado aquí) donde el enunciado no
dirá ya nada porque su punto B le tiene sin cuidado, tiene
poco claros sus recursos y competencias: confunde su vanidad con, por decir algo... hermetismo,
sutileza, abstracción...
Ponerlo todo tan
profundamente en duda lleva a la quietud. Mi quietud resulta de no encontrar
tranquilidad entregándome a la crítica grandilocuente (leí / vi / escuché esta
joya de cuarteto, pintura, película etc. una barbaridad… lo cubres de elogio o
lo sepultas en mierda extremos igualmente deplorables con sabrás tú cuál
potestad infalible). Tampoco me siento muy prolijo con la posibilidad de
comentar algo encima de algo. Sobre un tema de ______, siempre
lo mismo, recalcar lo bien escrito que está el libro de______ pero para
beneficio de quién.
No. Cuando consumo
algo que me parece bueno, siento que hablar con énfasis al respecto es
traicionar su esencia. Me encuentro de pronto haciendo una paráfrasis de
escuelita, por muy inspirada que me salga.
No estoy seguro. En
general pienso: ¿A quién le interesa esto? ¿Querías impresionar a
alguien…, es eso? No hay nadie afuera. O en todo caso: hay
cinco millones de personas que son prácticamente como tú, con preocupaciones
afines y toda la cosa pero tú no lo sabes. Visiblemente ninguna de
estas variantes infinitas de mí mismo (tú mismo) ha demostrado interés real ni
factible por establecer contacto conmigo (contigo). Mientras tanto yo sigo razonando tensamente cuál
diantre es mi punto B.
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| ¿Dónde está Rodolfito? "...He was just one Rodolfo among many..." |
1. Epígrafe
Me hizo reír brevemente. Pensé que
iba a tono con el proyecto en el que bien podía o no estar hundido hasta el cuello
sin saberlo y sin garantías. Y le va bien a cualquier proyecto en mi horizonte,
sin ir más lejos. Sé que otros axiomas postulan la brevedad, la sencillez, la
claridad como pautas esenciales al hablar de lo que sea. Me acordé de otra
línea, esta vez de A. E.* en el prefacio a su Teoría de la Relatividad, excusando
su demasiada redundancia: la elegancia dejémosla para los sastres y zapateros.
* El verdadero A. Einstein. Sé de un farsante por ahí al que
le adjudican un número de frases estúpidas aproximadamente infinito.
julio 04, 2013
Apología del gerundio
![]() |
| Robert Bresson |
Hace unos
días, tomando mientras tomaba café con admirable y conspicua
compañía, escuché de pronto una fuerte, qué digo fuerte, inclemente crítica
a los gerundios. Casi no entendía la violencia de mis interlocutores hasta
que recordé que eran mis amigos y había que perdonarlos. Concedí luego, eso sí,
que se trataba de verbos horribles que, sin embargo, he aceptado toda mi vida como
imprescindibles, cale esto o no en la preclara consciencia lingüística de
mis camaradas, me importa un carajo.
Como siempre que alguien dice algo apasionadamente y uno se descubre de pronto en el bando acusado, guardé silencio. Pensé
turbado, los gerundios, los gerundios ¿apoco tienen algo de malo?
Pasé el trago amargo con discreción de espía.
Ya en mi casa, de tarde, cercioré que en medio del vergonzante
litigio había aparecido una impresión nueva: no conocer desde un, digamos, estadio lógico, por qué he
utilizado las palabras del modo en que lo he hecho hasta ahora. Siempre he
sabido, eso sí, qué ritmo quiero que dibujen, qué clase de sonoridades me
parecen agradables o de aparente valor musical. Pero nada más. Mi formación
académica para la redacción fue siempre deficiente. No sé en dónde aprendí a
expresarme por escrito, en la escuela ciertamente no.
Debería decir mejor: no sé dónde no aprendí a
expresarme por escrito.
Ignoro, por ejemplo, si en este escapismo he dejado caer alguna
figura retórica. No pienso tampoco en qué
tiempo conjugo los verbos. O por lo menos no tendría que pensar en nada, esto debería ser lo más natural del mundo. Como ahora, que sólo digo lo que me viene en gana desde la espuma del
mundo reciente, las lecturas y músicas de la semana o del mes, mejores todas a
las que habitan mi cabeza, eso seguro.
Mi desconocimiento consciente de los gerundios debe estar también en el cine. En mis propios montajes habrá posiblemente una saltadera de eje de aquellas (los gerundios visuales, por lo visto).
Y qué. La intuición es de lo poco que nos queda. Hacer un plan
detallado, storyboard, guion, todo eso que otorga jactancia y puntos extras a
la profesionalización de la vida en cada maldito rincón que a la gente se le ha
ocurrido, quita la emoción de buscar una imagen habiéndola ignorado desde siempre, el riesgo
terrible de que nada funcione una vez trabajando en ello. Pero pocas cosas son
más bellas ―para mí, al menos― que cuando (y pese haber procedido inconexamente
en el mundo profesional) una
secuencia de encuadres hasta entonces desconocidos toma su unidad al
contacto, cómo sueltan su chispa y se vuelven verdaderos.
¿Será por eso la afinidad tan profunda que siento con Bresson? Él
escribió: cuando no sabes lo que haces, y lo que haces es lo mejor, ésa
es la inspiración.
O recordar aquello de Godard, diciendo
algo así como: 'filmar consiste en superponer pensamiento, filmación y montaje.
Si algo escrito ya nos hace reír o llorar, entonces no hay que filmarlo, hay
que venderlo en una librería...' Y nosotros tendríamos que suscribir esa idea,
filmar no es únicamente llevar a cabo las operaciones técnicas que dan
fundamento al cine. Así como escribir no puede ser solamente juntar palabras ni pegar sonidos hacer música.
No puedo evitar a Zaratustra: Harías mejor en
decir: «inexpresable y sin nombre es aquello que constituye el tormento y
dulzura de mi alma y que es incluso el hambre de mis entrañas» Sea tu virtud
demasiado alta para la familiaridad de los hombres (…).
No hay que avergonzarse de balbucear cuando el balbuceo es la resistencia. Es ésa la idea que resuena
tanto con lo que veo y siento. Se ha puesto en contraste porque hace apenas unos
días que tuve el infortunio de intelectualizar los gerundios y ahora me voy cuidando de ellos, cuando nunca en mi vida
había tenido que reparar en su existencia.
Lo mismo pasa con la música y el cine (y seguramente con todo): basta poner cuidado en un
detalle técnico para que todo se eche a perder para siempre. Porque no está en
la técnica lo que busco, y ya.
Valga la anécdota, cuando hice mi servicio social (¿o profesional?)
en TV4, grabé muchas veces el material que se me pedía en condiciones deplorables
de tiempo y ánimo. Pero sé que nunca me detuve demasiado a razonar qué
estaba haciendo, por qué ni para quién, y esto no significa que no pensara, o que no tuviera la
sensibilidad despierta.
Cuando, hace unos días se me pidió redactar una semblanza del
director Danny Boyle, pude observar, al recabar material, la reiteración en críticas sobre sus ‘demasiados’ ángulos aberrantes; desperté así a mi propia tendencia de plano holandés, al abuso enorme que hice de ellos durante mi servicio social y sin
buscarlo. Siento que esta conciencia destruye; evitaré ahora cada paso en falso desde la inteligencia, imitando al hombre en su altivez adaptativa.
Cada metro de terreno que nos gana la conciencia es naturalidad
sacrificada. Sólo me gustaría saber sacrificada en honor de qué...
Quizá lo
que estoy pretendiendo tan
dificultosamente y tan a tientas en mi vida diaria no sea, después de todo, ni hacer
cine ni música. Probablemente no sea nada útil en los términos del mundo. Pero,
y aquí tendría que citar palabra por palabra «éste es mi bien, esto es
lo que yo amo, así me agrada del todo (…)».
Así
me tocó balbucear a mí. Por supuesto que la pasión con que Nietzsche lo dijo todo empieza a
perfilarse como algo cada vez más impensable dentro los mundillos posmodernos. Y no puede parecerme más pertinente que así se perfile. Estaré
entre los que aplaudan cuando esta pasión les escupa a la cara.
enero 28, 2013
Equidistancia
La
dejó en la cama soñando que huiría y salió sin ruidos al corral. Los perros
ladraron breves en la penumbra hasta que distinguieron su olor y contorno.
Corrieron a lamerle los pies. No podía irse todavía, lo seguirían y temía
despertarla. Cruzó la cerca y se adentró en los espinos. Después se dejó
resbalar por la tierra suelta hasta el lugar en que había un campo de calizas y
nopal asolado. Allí esperó la sed.
Ella le siguió el rastro al amanecer por calles de
limo. Había el eco de unos pasos de hombre en la cuesta y las ventanas cegadas
de hiedra. Escuchó el clamor de truenos hacia el horizonte y supo que no
estaban lejos uno del otro.
Él llegó a la a orilla del río, casi ve frustrada su
huida en el légamo miserable. Ya estaba lloviendo cuando inspiró horrorizado y
saltó al agua helada sabiendo que le daban alcance. La corriente dispuso su
cuerpo contra los muros afilados del lecho y supo que la noche iba a tragárselo
completo. Empezó a llenarse de heridas y ambicionó ahogarse. Alcanzó a agarrar
una rama y se jaló temblando de ella para treparse por entre las hierbas y
salir a la otra orilla. Allá no saben de mí ―quiso confortarse.
Hincó las uñas en un peñasco y se tiró vomitando agua por los charcos. Después
quedó dormido boca abajo y vio la noche hundida y ocre en la creciente. Lo
despertó un tumulto de plantas y ranas desbordadas. Se desnudó y fue a
acurrucarse a las raíces de un olmo calcinado tiznada la espalda. Rodó en el
pasto y lamió su cuerpo abierto, escupió un poco de sangre y maldijo. El sol no
iba a salir ese día, la niebla estaba bien pegada al suelo y ya le había
entumecido el pecho y los pies dilacerados. Cogió su abrigo escurriendo y
corrió por la pendiente de cardos, perdido y frágil hacia las primeras luces.
Se inclinó en la cima y en ella se hartó de tréboles.
Sé que estuviste aquí —dijo ella al asomarse al río—, dejaste
embarrada la orilla de huellas y flores muertas. Entonces siguió por el
borde opuesto, caminando la vereda aunque más de lo que él la caminara de
noche. Anduvo hasta un puente y cruzó temiendo perdida su ventaja en el
rodeo. No importa —juró—, cuando te encuentre voy a
aplastarte la cara a pedradas. Llegó así a la cumbre para ver lo que
él había visto, y lo que vio fue el pueblo encallado con la bruma espesa
desprendiéndose de los tejados.
Él había entrado al pueblo al amanecer. No quiso
problemas, quiso sentirse escondido y salvo. Durmió en un granero hasta entrada
la tarde y del patio de una casa robó una gallina que engulló sin gusto,
precariamente cocinada a un fuego pobre. Abandonó la luz de los últimos jacales
y entró de nuevo en la maleza. Lo cubrió una segunda lluvia y en vano recorrió
senderos buscando el llano. Sólo encontraría pozos y zanjas inundadas. Te
estás muriendo ―dijo una voz tras su nuca. ¿Quién habla? —preguntó
a la oscuridad que le rodeaba.
Ella pidió seña de él en la cantina, en la parroquia,
en las casas que rodeaban la plaza. Alguien tenía que estarlo escondiendo.
Nadie sabía nada. Ya te siento cerca —se alentaba. Vio cómo
tras su pista quedaba un surco de tierra negra. Lo imaginó lamiendo pedrajos
negros, arrancando pedazos de tierra seca. Lo creyó entre las ramas rotas
espinado, desvanecido de hambre y sed, untado al lodo, a la perra tierra que le
viera nacer. Apenas te encuentre te pego un balazo en la nuca —se
consolaba ella.
Para él faltaba poco. Aguardó y la vio entrar a la
casa, cayeron tras ella noche y tormenta. Esperaría ahora que se hiciera tarde
y la lámpara se extinguiera. Se juntó a la cerca tanteando los huecos y se
arrastró hacia el portal. No estaban puestas las trancas. Entró por fin a la
casa y caminó a donde la niña dormía. Unos relámpagos iluminaron el cuarto
entre el estor de carrizos, llegó con cuidado y se sentó en el catre. Palpó las
cobijas y subió por el pecho hasta el vaivén de aliento sobre las manos.
Escuchó la niña removerse y sintió miedo. Arrojó las manos sobre el cuello
pequeño, el bulto se revolcó violento. Gritaba, tal vez. Temió despertaran en
el otro cuarto y apretó más, cansado y ciego de haber ahogado el grito pronto.
Pudo apretar todavía, sus manos hundirse en la tráquea de la niña, casi una
masa, algo blando y distinto. Se reclinó y quedó un momento sobre ella,
llenándose de su frío.
Me dijeron que te vieron flaco y desorientado —sopesó ella—. Será
cosa de esperarte, de saber si vendrás. Pero si no vienes voy a seguirte
siempre, de todos modos. Él se levantó del
catre y entró en la habitación de al lado. Levanto las cobijas y se metió a la
cama con ella. Se limpió la sangre de la niña en su vestido, abrazándola contra
sí. Ella no se inmutó, dormía profundamente. Y soñaba, acaso. Después amaneció
y él supo que tendría que huir.
enero 25, 2013
No. 190, 1967
Me doy cuenta que estoy alejado de las
evoluciones estéticas, ya que no puedo hacer absolutamente nada que no sienta
profundamente. He tenido la suerte de rodar solamente los proyectos que me
interesaban y de hacerlos libremente. Creo que uno está perdido cuando emprende
proyectos que no se le parecen, o en todo caso yo lo estaría. Tengo fama de contar
películas muy diferentes entre mis gustos, y puedo efectivamente comprender, un
poco como Rivette, toda clase de películas y amarlas, películas sin ninguna relación con las que yo deseo hacer; lo que no me gusta son los films de
apariencia, detesto profundamente el esnobismo y su hermano gemelo la
exageración, y esto vale para 'Modesty Blaise', 'Trans-Europ-Express' pasando
por 'Polly Maggoo', 'Anna', 'Help!', 'Pusy Cat', 'Privilège', 'Dragées au
Poivre', 'A coeur Joie', los westerns de Mekas, todo lo que da la impresión de
estar repleto de ideas cuando no tiene ni una, todo lo que parodia e intenta
hacer el astuto, epatar a las gentes con el montaje corto, el zoom y la
aceleración. Es éste un cine miserable, porque el director por su intención de
mezclar los papeles espera escapar del juicio crítico. Esa actitud se parece a
la de los neoyorquinos que compran rollos de papel higiénico en los que se han
impreso falsos dólares creyendo demostrar su desprecio por el dinero. En
realidad nadie se limpia con verdaderos dólares, por eso es inútil aparentarlo.
Compremos papel blanco y contemos nuestras historias normalmente, asumiendo el
riesgo de verlas analizadas, desmenuzadas, criticadas. Espero quedar libre de
toda esa pseudo-fantasía (…)
Contradicción
Con el bullicio del día finjo que no has sido nada. Lo finjo hasta creerlo. Por la noche bastan el silencio y la luz apagada para que me encuentres de inmediato y no me sueltes hasta bien entrada la madrugada. Si mañana tengo suerte, lograré llenarme la cabeza de cosas obligadamente más apasionantes que tú y me jactaré de haberte olvidado con tanta facilidad.
enero 24, 2013
After aftermaths
Entre
la excusa inservible de lo que un mundo real demanda [lo mucho
que éste aleja de intereses espirituales verdaderos y necesarios], y la aridez
de leerme y comprobar antiguos textos espejo horrible de algo que yo he sido,
de un modo anterior de pensamiento que hiere por ridículo e inaceptable.
Hace unos minutos resubía una entrada que
existió en un blog mío de Wordpress que durante dos meses atendí por motivos
lógicos hasta que fue inútil. Si consideré el repost fue por el recuerdo
agradable de lo que supuso escribir aquello. Bastó verlo en el marco de Blogger
para sentirlo aberrante, desencajado, estúpido.
No sé a qué punto puede llegar el dolor de
tratar con uno mismo, con la inconsistencia profunda de dos tiempos del yo. Ni
siquiera sé si es algo común o si tiene sentido que lo diga. Pero veo que lo
importante es que no haya cedido a la seducción de ese repost.
La entrada que ya no publiqué [que tampoco publicaré nunca] tenía algo de encanto humorístico, sí, pero a costa de lo que me pareció una búsqueda deliberada de efecto en el lector. Me desconocí, eso es todo. Y gracias a ello tengo ahora el sustento para esta reflexión, que finalmente es más mía que ese otro texto. Y aunque sea frágil y dubitable como todo lo que escribo, me parece que sale honesta por lo que le abriga —reconocerme—, y por la esperanza de suscitar la clase de afinidad que despierta en mí la escritura de otras personas donde lo más evidente es que también ellas quisieron reconocer algo, incluso si ese algo es ajeno a mi experiencia.
La entrada que ya no publiqué [que tampoco publicaré nunca] tenía algo de encanto humorístico, sí, pero a costa de lo que me pareció una búsqueda deliberada de efecto en el lector. Me desconocí, eso es todo. Y gracias a ello tengo ahora el sustento para esta reflexión, que finalmente es más mía que ese otro texto. Y aunque sea frágil y dubitable como todo lo que escribo, me parece que sale honesta por lo que le abriga —reconocerme—, y por la esperanza de suscitar la clase de afinidad que despierta en mí la escritura de otras personas donde lo más evidente es que también ellas quisieron reconocer algo, incluso si ese algo es ajeno a mi experiencia.
Esta confrontación se ha parecido a lo que ocurre
cuando se me obliga al consumo de una obra en que la prioridad es el efecto, y
donde se respira el miedo de su locutor por ser entendido de un modo que no sea
el deliberadamente querido por él, reiterando la forma con escándalo para
perfilar una intención hasta la náusea.
Todo esto matizado por una frase muy bella,
para el caso muy agridulce, que me encontré del cineasta Jean Renoir: Lo
terrible de este mundo es que todos tienen sus razones. La sorpresa ha sido ver que una razón pueda mutar tan rápido. Y que también por ello la comprensión esté lejos de lograrse verdaderamente en casi todo ámbito.
noviembre 08, 2012
Pour Toujours
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| Paul Delvaux |
Todos los días había sido igual:
amanecía, los mayores trabajaban, escuchaban música en la plaza, cantaban y
bailaban un poco, hablaban del tiempo húmedo y nuboso, los más viejos
cabeceaban, los jóvenes leían los libros que habían leído sus padres, los niños
iban a la escuela por la mañana y luego jugaban escondidas o hacían edificios
de arena en la costa. Los caballos corrían por el empedrado sin dueño y el
cielo se cerraba pronto. Después las luciérnagas salían y la hierba quedaba
rechinando de cosas y animales chiquitos la noche.
Natalia veía de su
ventana que llovía demasiado y hacía un frío lleno de relámpagos. Sabía que el
día que estaba por empezar sería igual al que recién terminaba. Y el día
siguiente después de terminado sería también igual al anterior. Y el que
siguiera al siguiente sería como los demás. Y así para siempre. Y Natalia no
entendía por qué ningún niño se aburría como ella, o por qué nadie hacía nunca
preguntas a los adultos sobre lo bien que se conocían entre todos y lo poco que
había por platicar, o por qué nadie cuestionaba la situación en la que ningún
adulto podía engañarla, que en las fotos viejas los niños eran justamente los
adultos que quedaban en el pueblo, ni uno más.
¿Y no existe más
gente? —suplicaba Natalia. Claro que no, hija. Pero qué cosas dices, cómo va a
existir más gente. Nosotros somos todos. No hay más.
Al día siguiente
saltaban la cuerda en el patio de la escuela y se mojaban sin muchas ganas en
los charcos hondos y llegaban cubiertos de lodo a la casa. Se bañaban y comían
pan dulce. Después a la plaza y lo mismo otra vez, unas historias que ya la
habían cansado, hasta ella podía contarlas como suyas. Y luego el muy limitado
intercambio de libros deshojados. Natalia los había numerado, circulaban por mucho
decir unos treinta libros. Y los pasaban de mano en mano, todos buscando leer
cosas nuevas. Pero ya los tenían memorizados. ¿Cómo no estar tristes? Tarde o
temprano todo se repetía. Ya todo estaba leído, todo escuchado, todo aprendido.
Cansada de la plaza y
las historias Natalia se fue ese día a caminar por el pasto, fuera del pueblo.
Se le mojaron los calcetines y empezó a estornudar mucho. Llegó hasta el borde
de las calles, donde la arena recibía esas olas que necesariamente venían de
algún lado, pero cuyo origen se escondía en un velo algodonoso que empezaba
como a un kilómetro mar adentro.
Al sol y a la luna se
los tragaba ese mismo velo. No había horizonte conocido para ninguno de los
habitantes, solo un borde confuso en el que todo desaparecía. Entonces empezó a
oscurecer y los grillos sonaron bajo la lluvia suavecita. Natalia puso los ojos
en el velo porque sintió que algo había brillado de pronto.
Se fijó bien y
entonces notó unas luces redondas que parpadeaban en la superficie del velo. No
eran luciérnagas, eran más como algo eléctrico. Y eran muy claras y Natalia se
emocionó muchísimo. Corrió a su casa y platicó lo sucedido. “Papá, acabo
de ver unas luces” ―gritó agitada. “Qué bien hija, ¿dónde las viste?”
“Afuera…” “¿Afuera de dónde…?” “Pues…, afuera del mar.” El papá guardó un
silencio tenso, después compuso el rostro y pudo decir “Hija, eso no existe. No
hay nada afuera del mar”.
Se le fue la sangre a
los pies. Ahora que por fin había algo nuevo en el lugar y su papá no le creía.
En la escuela no contó nada a nadie y en general estuvo muy triste.
Varios días siguió escapando a la costa y se quedaba ahí hasta que el muro
nebuloso se llenaba de luces. Natalia empezó a sospechar un cierto patrón en
las secuencias. Sintió que había una intención en ellas, que significaban algo.
Las luces estaban ahí, de eso no tenía duda. Y lo que era mejor, venían de
afuera, del otro lado del velo. O sea que a lo mejor había más pueblos, quizá
hasta más personas haciendo cosas diferentes y leyendo libros distintos.
Esa idea le quitó el
sueño varias semanas. En una ocasión, después de la escuela, sintió que la
seguían. Se volvió y supo que era Roberto, el habitante más viejo. Insistió en
acompañarla y quedaron sentados de cara al mar. Cuando atardecía y las luces aparecieron,
Natalia dijo emocionada “¿Tú también las ves?” Roberto asintió en silencio,
pero después ya no dijo nada. “¿Y por qué nunca me hablaste de ellas?”
―insistió la niña― “¿que no sientes que habría que ir a donde están, o ver
quién las manda?”
Largo tiempo quedó
Roberto en silencio y sólo se escuchaban las olas. Después habló lento y grave.
“No sabemos si piden ayuda o si advierten de algo terrible”. Entonces se
incorporó y la dejó sola. Ese día Natalia durmió empapada en sudor y sintió que
sus propios deseos le estrujaban el estómago. Salió entrada la noche en su
bicicleta y en pijama pedaleó hasta la playa. No llevaba nada consigo más que
una mochila y una linterna. Caminó por el borde rocoso que insinuaba una bahía
y al llegar al extremo, casi tocando el espeso velo de niebla, sacó la linterna
y se puso a hacer señales intermitentes hacia el otro lado, apuntando a la
bruma con la luz. Estaba llena de esperanza.
noviembre 06, 2012
El tosedor
Numerosas culturas han coincidido, a lo largo de los siglos, en referir con este nombre al noble y virtuoso oficio de toser: enarmónica, fricativa, nocturna, flemática, expectorante, contrapuntística, oclusivamente toser.
En todo rigor entrarán con deferencia a la acepción, por encomiable signo de pensamiento humanista, además, aquellos que, llegados al culmen de sus aptitudes metasensoriales, transinterpretativas e intercognitivas, se especializasen en toser en los recintos así dispuestos para la ejecución musical. No bastarán prosaicas risas tenues de tosferina para asentarse profesional consumado, garboso ejemplar de señorial linaje. No entrará a consideración, tampoco, el desaliñado desempeño del tuberculoso común (por suponérsele más bien aficionado y de poca pulitura), y quedarán naturalmente fuera la pertinaz imitación (risible en cualquier otro contexto) del minero de pardos socavones, coqueluches y convulsión histriónica.
Para el oficio que hoy explicamos son necesarios un refinamiento de oído nato, gran sensibilidad, privilegiada la mente y la voluntad, recio el semblante, penetrante la mirada. Visiblemente, también ―si no lo más importante―, dinero para tirarlo por ahí.
El tosedor en ciernes asistirá con prolija asiduidad a tantos conciertos como lo permita su incipiente manejo de la técnica y toserá con prudente dulzura al principio, si bien ya con la incisiva y transparente claridad que caracteriza a los de su estirpe. Lo hará en el pasaje que considere oportuno para la propagación de su don: que el tosido sea cual flecha, rasgue el aire y se cierna ineluctable sobre los oídos de todos en la sala como un presagio hermoso y terrible pero, de preferencia, habrá de hacerlo cuando el ámbito se perciba calmo y falsamente ―claro― inquebrantable.
Por tosedor consumado entendemos a aquel virtuoso que, conociendo a detalle la partitura interpretada, consigue la temeraria hazaña de toser en todas las pausas y calderones de la misma con precisión rítmica perfecta. No se conforma con hacerlo en los cambios de movimiento, como haría un principiante. Va más allá e incorpora su voz a la pieza, como si su línea estuviese dispuesta en ella desde siempre. Diríase, la redondea, la completa. Su ideal no es el mimetismo, sino alzarse por encima de los instrumentos, opacarlos por completo, de ser posible. Volver de la música una pálida sombra, mero reflejo de la falta de valores en un mundo contemporáneo que avanza irremediablemente hacia el vacío largamente preparado por sus simpatizantes.
Existe una vertiente de diletantes hiperacúsicos empeñados en cubrir, mediante heroica gira, los mejores teatros del mundo. Podemos reconocerlos por su trayectoria y la frecuencia de su tañer en las más destacadas salas. De uno en uno van cubriendo ―descartando― los palcos en sus listas de los más conspicuos cenáculos musicales. Difícilmente equivaldrá he tosido en el María Grever al orgullo sonoro y pesado que carga soltar: con diez mil diablos que he tosido en el Ópera de Munich, joder.
Algunos hablan, cabe la mención, de competencias secretas entre algunos de los más distinguidos tosedores eslavos. A saber, entre Dima Kuznetsov y Aksenti Lazarová, un duelo tenso y desesperado por marcar con su tosido el mayor número posible de salas internacionales. Contrario a lo que podría pensarse, el oficio despunta apenas su apogeo, estamos ante una etapa de prominencia teórica. Abundan los tratados y agudos ensayos sobre el buen toser en toda librería que se precie de serlo y podemos, con casi total seguridad, encontrarlos en el teatro de nuestra preferencia, engalanando la velada.
El autor de este artículo se precia de conservar, entre sus tesoros personales, el autógrafo de Jean-Michel Crotteaux, uno de los primeros tosedores registrados documentalmente. Esquiva pero erudita referencia, es cierto, en el octavo tomo de la Historia Universal de Jacques Pirenne.
noviembre 05, 2012
Otros Lados
![]() |
| Otro Lado. Rodolfo H. |
Crimen imperdonable no
haberlos invitado antes al blog de
mi amigo Adrián (Amadís de Gaula), acaso el más preclaro caballero andante a la
redonda.
Cada que paso por su sitio
me sorprende la habilidad macabra que tiene para atar pares de temas
aparentemente irrelevantes entre sí. La dinámica en múltiples vistas parece
ser esa: una suerte de alianza entre algún tema con relativa raíz académica, y
su aterrizaje definitivo y gratificante en lo cotidiano. Cualquier cosa que
siga diciendo aquí sería poca cosa. Mejor un fragmento:
Fue una actualización en Facebook [sí, yo pierdo mucho el tiempo allí] la
que me involucró en una curiosa conversación que debió ser interrumpida por una
necesidad casi patológica de darme un baño, que a su vez fue interrumpida por
verme arrastrado a una velada a la que realmente no quería ir, lo que esta vez
me dejó pensando seriamente en la nada sutil diferencia entre Ética (con
mayúscula, como ha de ser) y moral, pero que por un descuido de las palabras y
sus significados fundamentales hemos llegado a tomar una por otra, lo que
me parece aberrante.
Otro rincón singular y
atípico de entre los bloggeros leoneses donde puede admitirse el esbozo de un
oasis fecundo y real. Me enorgullece, como siempre, intrincar la red. Una red
que quiero personal y nominada. No sus pinches anonimeces.
octubre 19, 2012
De la escritura oral
¿Escribiré como hablo? Seguro que sí.
Cuánto me gustaría
decir lo contrario, decir que porque tengo todo el tiempo del mundo para
trabajar mis enunciados, por contar con el recogimiento y el silencio para
librar los errores de la oralidad, lo natural sería escribir mejor de lo que
hablo.
A la vez concedo que
no puede ser justamente así. Lo sé porque he visto el habla
puesta en papel y es la cosa más extraña; cuando cursé las materias de
investigación fenomenológica transcribíamos las entrevistas realizadas con
nuestros informantes.
En medio de esta
desesperante labor fue que me topé en crudo con la imprecisión de la lengua,
con sus vicios, con los callejones sin salida de la palabra hablada. Era la
pluridimensionalidad que tanto le adjudicaba Jesús Ibáñez al discurso en su Más
allá de la sociología, y de la que creo haber dicho algo anteriormente.
El habla ocurre.
Puede serlo todo porque se despliega en vivo y de forma simpodial.
Hasta que se detiene
uno habría fallado una y otra vez en dictaminar el rumbo que tomaría o no el
discurso en cada nodo, en cada pausa o inflexión.
Pongo aquí un ejemplo
textual de mis transcripciones.
RH:
Desde... pues sus datos. De dónde es... de...
MV:
Bueno, yo soy de Guanajuato. Soy de Guanajuato, Guanajuato. Este,
pero pues toda mi vida he estado aquí en, en León, he vivido en León.
Trabajos anteriores he tenido ―bueno―, yo estoy desde del, del setenta y
ocho trabajando para el municipio. Trabajé en dependencias anteriores,
como taller municipal, obras públicas y aquí. Entonces, eh, pues ya, ya
son treinta y tres años para municipio. Alguna otra cosa, no sé tú...
RH:
Pues, pues así, es como platicar la, la trayectoria de, de lo que recuerda
hasta antes de llegar a bomberos...
Lo textual adquiere
una sola dimensión ―la del papel. Fotográfica, fijada y lista para no ser otra
cosa que lo que ya es. Una cosa quieta. Sólo en su lectura (otra actividad
viva, interpretativa) germinaría nuevos discursos acaso homólogamente plurales.
Pero por lo pronto las letras están muertas, sólo tocan su fin siendo leídas.
Ya me estoy yendo por
las ramas (escritura oral). Quería decir otra cosa. La escritura es una
actividad de frecuencia muy irregular en mi vida. Llevo haciéndolo con cierta
preocupación lo últimos cuatro o cinco años. Digo que con preocupación e
infrecuencia no porque así lo quiera, sino porque me resulta increíblemente
difícil lograrlo de modo más o menos satisfactorio. Es difícil querer escribir
lo que a mí me gustaría leer, empalmar mi posibilidad de escritura con esa
imagen, siempre superior, de lectura.
Como sea, puedo ver
cómo han cambiado mis palabras, mi modo de usarlas, la forma que he encontrado
de escribirme a mí en ellas. Empecé claro, por la imitación descarada de los
autores que me agradaban. He pasado luego a la percepción, esperanzada, de un
muy incipiente surgimiento de voz propia, una voz ya medianamente posible.
De lo que me he dado
cuenta es que prefiero platicar con letras. He ido olvidando la pretensión
literaria porque en su búsqueda me he topado siempre con textos acartonados,
llenos de pasajes barrocos e inconducentes. Dejé de buscarme en la suntuosidad
de un léxico trabajado para mejor decir lo que quiero con las primeras palabras
que se me ocurran, las palabras con las que probablemente se lo platicaría a
cualquiera.
Debe ser una etapa,
como todo en la vida. Si algo tengo claro es que la escritura no engaña. La
edad se nos nota facilísimo en las letras. No soy adivino, pero puedo formarme
una imagen bastante acertada de la gente por sus textos, por lo menos en cuanto
a su edad, su carácter e inclinaciones.
Y lo cierto es que en
muchas de sus caras a mi escritura no se le puede maquillar la juventud, la
imprudencia, la volubilidad. No sé si es buen signo darme cuenta de esto: la
certeza de que si pudiera leerme desde fuera sabría que Rodolfo es más joven de
lo que quiere aparentar, o si es un indicio terrible, indicio de que ni yo me
aguanto, que mi insensatez es casi ofensiva de tan evidente.
Ni yo me puedo tomar
en serio. Ni yo puedo escribir lo que quisiera con la solidez que merece. Esto
es una lucha continua y desgastante: conmigo, con lo que sé, con lo que quiero
demostrar que sé, con lo que no quiero ser, con los modelos que identifico y en
los que no quiero caer. Es difícil. No me quejo.
Por ejemplo, esto
está saliendo de una sentada, como suelen empezar las cosas que más o menos han
prefigurado objetos valiosos en mi discurso. Y por decir algo, si justo ahora
me releyera, sé que podría escucharme, lo que siempre es preferible a la afonía
de lo demasiado minucioso. Pero mañana tal vez me relea (me reconstruya) y
encontraré fallas, muchas, todas las fallas posibles, todo lo erróneo hacinado
en un solo texto de Rodolfo. ¿cómo le hizo para equivocarse tanto en tan poco
espacio?
Este es el verdadero
debate: entre mentirme y entrar en el papel de quien escribe y sabe lo que
hace, actuármelo, actuarme la madurez necesaria, el temple, el criterio. O bien
la sinceridad, lo descarnado de aceptar que no es cierto, que no estoy listo.
Escribir como si bocetara los objetos que escucho reverberándome en la tráquea,
definir sus volúmenes implacable. Avergonzarme de ellos, reconocer que me
avergüenzan. Aceptar que salieron de mí y los detesto. Perpetuo estira y
afloja, sólo que de los dos lados de la cuerda estoy yo.
Tal vez un día estaré
contento con lo que escriba. Ciertamente no hoy. Pero sé que si un día empieza
a gustarme lo que escribo, se habrá acabado la lucha, el esfuerzo. Habré
perdido. Hoy me encontraría en mi forma óptima, lo cuál es ridículo, impensable
creer que esté escribiendo desde ahora lo más claro que podré hacerlo en mi
vida. Estaría todo terminado. ¿Qué restaría para alimentar el sueño y el deseo
habiendo alcanzando un tope tan prematuro?
Quizá sea bueno y
necesario que deplore mi voz, que la frontera de lo que es válido y valioso
avance para mi juicio junto con mis días y lo visto y aprendido en ellos. Tal
vez, también, un día crea que todo esto tenía un sentido, que yo tenía que
pensar en estas cosas. Tal vez descubra que era preferible esta boruca, esta
renuncia a jugar el papel del que ya sabe lo que dice tan temprano que
callarme. Lo que sea antes que el silencio.
octubre 16, 2012
Analogías
Se vuelve demasiado evidente el
poco mérito de lo digital cuando se le acepta como una tecnología pensada para
sortear las incompetencias del usuario, una tecnología a la que, dicho sea de
paso, muy poco le falta para que haga las cosas por uno.
En los formatos de
fotografía análoga ―y que esto no quede en el puro romanticismo o en el deliberado
rumbo retrógrado de algunos grupitos de por ahí―, podías medirte al tú por tú
con la máquina. Podías ver de qué madera estabas hecho. Entre otras razones
porque no quedaba sino hacer las cosas bien ―para que el rollo no se te velara
o saliera subexpuesto― o hacerlas muy mal y comprobar que eso de la foto nomás
no era lo tuyo; en los soportes fotoquímicos la cosa no rinde para jueguitos.
Si no cargas con la experiencia o la instrucción básica haces un desastre de
aquellos. Del gasto ni hablar.
Y me acuerdo también
de mi amigo Albrecht Pächt, que estaba necio con comprar una cámara súper 8 en
un bazar cuando en nuestra vida habíamos hecho otra cosa que no fuera llenar
casetes DV con el exiguo suministro teórico que suponía apretarle “Rec” a un
aparatejo cualquiera. Bueno, eso no es lo importante. Lo que me lleva a
escribir esto es una foto que intenté tomarle a mi gata hace unos días.
La encontré echada
muy curiosa sobre un adoquín suelto que hay en la zotehuela. Estaba con los
brazos cruzados y como con esa flema silenciosa de tono vagamente humorístico
que hay en casi todo lo que hacen los gatos.
Pensé: esto es para
una foto.
Tengo poco con mi
gata, pero lo suficiente para entender que ninguna cautela es suficiente cuando
se trata de salir del rango perceptivo de un sentido felino. Me fui de puntitas
por la cámara.
![]() |
| Justo así (Quino, naturalmente) |
Cuando volví ya
empezaba a ser tarde. Se estaba levantando y precipité dos disparos chuecos y
desenfocados. Visiblemente no sirvieron de nada más que para pensar luego en mi
inutilidad (cortesía del mundo digital) y para escribir ahora esta entrada.
![]() |
| Mi gata a centésimas de segundo de entender mis intenciones |
![]() |
| Mi gata, completamente indiferente a mis intenciones |
Volviendo a algo que
comentaba mi primo Rubén:
hoy tienes la modalidad de disparo con ráfaga en casi todas las cámaras. Basta
apretar el botón para hacer una serie de fotos consecutivas. Total: alguna
tiene que servir de entre tantas. Pero qué van de tomar mil de un jalón para
que sirvan dos, a la precisión intuitiva de algún reportero a la antigua,
consiguiendo la foto que quiere con un solo click.
Con un rollo yo sí me
la pensaba para tirar mi dinero a ráfagas, que se te vayan veinte negativos en
dos clicks es para gente con dinero. O para gente con empleo, pensándolo mejor.
Estamos bien
confiados con nuestros dispositivos.
Eso está muy bien en
más de un sentido. Por ejemplo, me parece una oportunidad singular y afortunada
todo el asunto del video con cámaras réflex por simple democratización del
código cinematográfico. Como ya había apuntado David Lynch, todos deberíamos
poder hacer cine, así como cualquiera que lo desee debería poder pintar o
aprender un instrumento.
Lo malo de todo esto
es que ahora damos por sentada la calidad del producto resultante. Ya casi nada
está mediado por la plástica. Es muy fácil hacer cosas decentes porque la
tecnología nos responde bien y sin muchos esfuerzos. Pero lo análogo ―como la
vida, un hecho a la vez― obligaba a otra cosa que me parece muy bella: hacer
las cosas lo mejor posible desde el principio.
Y ya se me está yendo
esto hacia otro rumbo, pero pondré un último comentario pequeño: en el pasado,
hasta para filmar una boda tenías que saber lo que hacías con la cámara, al
menos en términos de apertura y velocidad de obturación; en cine lo mismo,
preparar las cosas con tiempo era un paso natural hacia el ahorro: cuidar la
luz, cuidar los movimientos, cuidar todo. Era eso o desperdiciar metros y
metros de negativo.
Hoy fijas la cámara y
grabas cualquier basura sin consecuencias para nadie.
En fin, a mí luego no
se me quiere curar la nostalgia de tanta certeza sobre el pasado como un mejor
tiempo. Hoy me ha resultado un sendero confiable hacia la calidad proceder como
lo haría con las tecnologías análogas pero con lo que me queda en esta realidad
mía, acaso ya irremediablemente digital.
Eso, claro, no me
evita que siga tomando fotos borrosas una y otra vez.
octubre 15, 2012
Revelación
Publicado
originalmente en Disonancia.
Asistí hace algunas
horas al concierto de Europa Galante sin tener verdadera
noción de quienes eran estos tipos o quién estaba a su cabeza. Fue mucho más
tarde (cuando me entregaban el folletito del evento), que pude enterarme que a
la cabeza estaba nada menos que el virtuoso del violín Fabio Biondi ―también
fundador y director de la agrupación―, quien destacara ya hace algunos años y
una vez más por su refrescante versión de Las Cuatro Estaciones,
con las que bien pudimos o no conocerle antes de saber que vendría a México.
Eso no importa ahora
¿Quién es este tal Biondi? ―preguntarán con justificable razón. Pues yo tampoco
lo entendía con claridad hasta que salió su nombre en el programa del
Cervantino y lo busqué como quien no quiere la cosa. Es alguien que junto a
muchos otros, impecables músicos, se ha ganado el merecido reconocimiento del
público y la crítica en numerosas salas del mundo como uno de los más
interesantes intérpretes del clásico y el barroco en la actualidad.
Debo aclarar que el
calificativo de interesante le viene bien por algo que podría
considerarse insólito (¿criminal?) en los terrenos de la interpretación para
música de este período: es un perseguidor del estilo y un desmemoriado en
cuanto a los dogmas. Y si quieren darse una idea de lo que intento expresar,
acudan a cualquier video de música barroca en YouTube y verán la clase de
debates que pueden armarse en torno a cosas tan superficiales como el fluctuar
de la afinación del La a lo largo de los siglos. Hay
demasiados prejuicios escolásticos flotando aquí y allá acerca de cómo debe
tocarse Bach, Vivaldi, Händel… que si queda muy cuadrado, que si suena
mejor quitándole dinámicas, que sin matices y como de relojito… son siempre
menos los que se animan a tocar la música como les viene en gana ―en materia
estilística, al menos―, como la sienten, como les parece correcto y natural.
Queda claro que Biondi y su Europa Galante se cuentan entre
los de este segundo grupo. Y no es intransigencia, es sólo una actitud
exploratoria, de respeto y admiración por la música, por la época y el modo en
que fue escrita. No por nada las piezas de este programa fueron tocadas con sus
instrumentos originales ―otra cosa de la que puede jactarse esta orquesta―. El
violín que toca Fabio, por ejemplo, es un Andrea Guarneri de 1686.
Pero miren, quizá fue
para bien tanta ignorancia de mi parte; de haber yo sospechado la talla de los
músicos que vería, la fama y el renombre me habrían distraído muchísimo de la
música, ocupando algo así como el 90% de mi cerebro y no dejando lugar pensable
para la escucha y la memoria.
No afectó en nada.
Pude, en cambio, extraviarme en otra clase de profundísimas reflexiones
mientras esperaba sentado en mi modesta localidad de palco de luneta (gracias Disonancia/Fórum
Cultural) a que pasaran las tres llamadas, viendo los ―no está de más
aceptarlo― magníficos techos del Teatro Bicentenario, que habiendo yo asistido
únicamente a los pisos más altos del recinto en mi precaria vida anterior como
espeleólogo desempleado no había contemplado en su esplendor. Pero reitero, hoy
no estaba en esos balcones, junto a mi verdadera gente (el gremio de
mecanógrafos) oh no, hoy estaba tan abajo como llegaré a estar en toda mi vida,
en los lugares reservados para la prensa, y sólo así y por vez primera en mi
corta existencia fue que pude reparar en la bellísima altura del lugar y en el
acabado de sus techos.
No sólo pude
distraerme en eso. También quedé altamente desconcertado con esta notita que
venía dispuesta apenas abierto el programa de mano:
Tuve tiempo para leer
el programa un par de veces antes de que la cosa empezara en serio. Para
entonces no tenía ya ninguna duda sobre la importancia de la gente que iba a
ver sobre el escenario. El listado de festivales y salas de concierto en que se
habían presentado era enorme. No pienso reproducirlo aquí porque la verdad qué
más nos da. La idea viene siendo comunicarles algo distinto, y creo que eso
consiste en remembrar y compartir lo sensual, si es que tal empresa tiene
fundamento.
Salieron pues estas
catorce figuras oscuras cargando sus instrumentos (a excepción de los
intérpretes de la tiorba, el violone y el cémbalo, razones de incompatibilidad
fisiológica por demás comprensibles), y qué figuras. Siendo sincero, lo que más
me llamó la atención a su entrada fueron las sonrisas, la frescura, la energía.
Rasgos particularmente notables en el clavicembalista, Andrea Perugi; todo
parecía resultarle extremadamente placentero. De esa gente que cae bien.
![]() |
| Aquí podemos verlo sentado al clave y bien feliz |
El programa prometía un cuarteto de esenciales: Haydn, Vivaldi, Händel y Bach. Por supuesto no defraudaron con lo que cabe suponer de cada uno de estos compositores y atacaron con renovada fuerza cada una de las obras concertadas. Era un deguste absoluto verse implicado en este genuino espíritu de cámara, de gente que se entiende y que tiene una sola prioridad: la música. No el sobresalir, no el encimar la voz del instrumento propio a la de los demás. No: música de cámara. Perfecta o no es. Y qué privilegio ver de cerca sus caras, percibir su respiración, la comunicación de sus miradas, la gesticulación gigantesca y necesaria de Biondi en su papel de director.
También, claro, la
observación inevitable de los detalles que le daban a la orquesta su genuino
sabor a otra época: la tiorba ―hasta cierto punto un laúd, de sonido limpio y
reminiscencia medieval―, el violone ―acaso un equivalente de nuestro contrabajo
moderno pero con vestigios de las violas da gamba, un diapasón con trastes―, o
la experiencia siempre impagable que es ver y escuchar un cémbalo en vivo. Y
otros detalles menores pero llamativos: la curvatura convexa de los arcos (la
modalidad Corelli-Tartini, según dicen los que saben) y el color de las partituras,
bastante amarillas, como si fueran las originales.
Esto me lleva a
elogiar otra línea que me ha parecido cabal dentro la labor de la Europa
Galante: el rescate de compositores verdaderamente oscuros. Ya todos
sabemos que existieron Bach, Vivaldi y Händel, y que en más de un sentido
podría afirmarse que ellos son el barroco. Pero en el programa
ofrecido anoche destacaban dos compositores que, me queda claro, no pueden
estar más lejos del renombre. Uno era Antonio Brioschi, autor de una pequeña
Sinfonía en Re mayor con la que dio inicio la presentación; el otro era Angelo
Scaccia, espléndido y desconocido autor barroco, llamativo de inmediato por sus
raras progresiones y su melancolía casi palpable.
Maldita sea la hora
en que tuve que enterarme que había un compositor tan bello, tan extraño. Y
digo maldita porque del autor ni sus luces en ningún lado, carajo, no lo
conocen en su casa. Creo que al momento de escucharlo mi sensibilidad y mi
disposición estaban ajustadas según corresponde a la era de las redes, es
decir, medio a medias y tirándole a casi apagadas. Me pasa ―¿nos pasa?― que
todo lo que veo en la vida lo ando queriendo ver como si ya fuera mío, como
pensando “al rato que llegue a mi casa lo busco en internet”. Y
entonces, en el momento presente mi mente y mis sentidos no están puestos
plenamente sobre lo que ocurre. Se diría que desde Internet me he malcriado
olímpicamente a no ser más que un vulgar navegante de la vida real, un testigo,
se diría, prestando a las cosas una atención sólo parcial y distraída.
Cruel golpe de la
vida: este Concierto para violín en Mi bemol mayor, maravilloso, lleno de
pasajes tristes y armonías tan distintas a las ya escuchadas, lo he tenido
cerca por primera y última vez. Ya ni siquiera me acuerdo de cómo era la
melodía. Lo único que parece existir de Scaccia en la red es la presencia
esquiva de un par de partituras facsimilares en IMSLP (esto
de aquí puede hilarse con lo que comentaba hace rato del sospechoso color de
las partituras) y la aparición alternada de su apellido en noticias que no
hablan de otra cosa que sea el Cervantino.
El programa fue
excelente. Lo comento triste porque se acabó y la música desapareció como es
natural cuando es en vivo. Si pudiera quedarme con una pieza de entre las
tocadas, me quedaba naturalmente con las de Scaccia, a los demás como sea se
les puede seguir la pista.
Al término del
concierto el tiempo de aplauso fue brutal y de pie. Yo aplaudí hasta que las
manos comenzaron a latirme peligrosamente. Tres veces salieron los músicos a
dejarse llover un rato por el aplauso leonés. A la cuarta un encore,
antecedido por unas breves palabras del mismísimo Biondi, quien por cierto
habló en perfecto castellano.
Tocaron una pieza
cortita y acelerada de Telemann, Scaramouche, parte de una obra más
amplia cuyo gran eje temático, según explicó Fabio, se yergue como lo que
parece una broma, puesto que la tonalidad cambia de un movimiento a otro. Al
final todo terminó muy bien y en esencia salimos todos muy contentos. Yo no
tanto, ya se sabe. Scaccia… Ay. Y aprovechando el tono elegíaco que esto
agarró, los invito a que formemos un comité de búsqueda y rescate de Scaccia,
es que simplemente es tan triste saber que existe una música de esa magnitud y
no poder acceder a ella. Para llorar. O para sentirse afortunado de que en
algún lado esa música existe y que ahora lo sabemos. Con eso deberá bastar por
ahora.
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