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mayo 17, 2014

Sólo para no fumadores

Tuve amigos fumadores todo el tiempo. Desde la secundaria había un par por ahí que ya se hacían los malotes y fumaban bajo un árbol. Yo nunca tuve prisa. Antes me jactaba en una conciencia fría e inusitada que me dictaba que fumar a los catorce era para gente con ganas de envejecer rápido y hacerse la experimentada y maldita cuando todavía tenían pecas y dientes de leche, es decir, gente inaceptable. Yo nunca fumé. Fui en cambio ―tuve que serlo, cruel condena― receptor de humo de entonces en adelante.
Se supone que mi papá fumó pipa hasta que lo agarró una bronquitis aleccionadora que le hizo decir no vuelvo. Por ahí andan las pipas y yo de niño las mordía según con mucho garbo entre mis dientes chuecos de niño enchuequecido y les soplaba de ida y vuelta como si fueran flautas.
A lo largo de mi existencia, claro, he fingido muchas veces fumar cigarros para sentirme interesante. He fumado de chocolate, de barquillo y de rollitos de cuadrícula bond. Alguna vez encendí uno de estos rollitos en el piloto de la estufa y le di una calada la mar de estúpido. Tosí y lloré sintiéndome adulto y un poco idiota, como un adulto.

Billie Holiday incendiándose bien duro

Me pasa como a Ribeyro. Mis tíos son los fumadores de cierto. Pero los veo poco, así que nunca fueron un ejemplo sólido de nada. Aparte que más que fumadores tienen madera de alcohólicos, enfermedad que desempeñan con suficiente éxito. Y tengo por ahí un par de amigos sin mucha vergüenza a quienes he visto desaparecer una cajetilla completa en el transcurso de una plática regular. Nada, ninguno de ellos, ha podido con mi imposibilidad por dejar de no fumar.
Claro que en lugares cerrados me he tenido que fumar siempre el humo de mis compañeros, cosa que, según me dicen, ha sido peor que si fuera yo el del cigarro en la boca. Pero para mí, en todo caso, ha sido siempre ya muy tarde para empezar, aunque repetidamente se me antoje tanto. Sobre todo cuando llueve y me toca empaparme. No sé si más bien soy muy cobarde.

Coca-Cola de Lester Young tomándose un  merecido descanso

Hace poco fui a la exposición del ‘ser humano’, donde había un montón de cuerpos seccionados. Había un par de esponjitas todas chamuscadas con la etiqueta: pulmones de fumador. No que fuera necesariamente turbador, si ya todo hace daño. ¡Vaya!, que vivir es hacerse daño todos los días hasta que logras el objetivo primordial de toda vida, o sea matarte lento y de la manera menos heroica.
A mí me vendría bien fumar porque soy muy tímido. Podrían describirme con el primer párrafo de El Corazón Delator pero cambiando nervioso por tímido. Siento que toda la gente es igual de inarticulada que yo, pero tienen a su favor que fuman. Entonces no es que no quieran o no puedan interactuar, dibujar el inicio de una conversación medianamente sin punto. Simplemente están muy ocupados con su cigarro, ocupados, relajados, viendo el panorama, siendo fantásticos al ser ellos mismos que fuman.
Me gustaría fumar para entender por fin y para siempre por qué diablos se supone que inhalar humo es digestivo. Fumar para dejar de ser tan ingenuo y no escribir más textos como éste.

Marcos Mundstock fumándose a unos conmocionadísimos Luthiers

Tener cigarro también parece buena idea si se tiene una habilidad creadora pobre o paralizada. El cigarro sustituye eficazmente toda creación y convierte en imagen de interés a la propia persona. Un fumador siempre sale bien en las fotos (cuando el cigarro está con él). Tampoco importará lo que diga ni como lo diga mientras lo diga oculto en el humo de su cigarro.
Recuerdo la transformación de mi amigo Pazzi. Desde sus primeros Marlboro, donde la experiencia había sido aparentemente nauseabunda y de poco gusto, a sus primeros Camel, y así verlo caer de poco en poco hasta, finalmente, la adicción más depravada y sin argumentos que haya visto. Fue algo que simplemente ‘pasó’ y que, por lo visto, se quedó para siempre con él como ocurrió con todos mis amigos fumadores. Nadie se pregunta esas cosas, el punto en que una cosa pasa de asquearte a gustarte. Se disfruta o no y es parte de la inercia de una vida estándar, de la vorágine absoluta de entropía que nos come tranquila en modalidades infinitas.
Esbozar todo esto es muy delicado porque mis amigos fumadores han de ser la mayor parte, pero es como una nostalgia irritada por ese hábito que yo no he experimentado. Es como envidia de ellos que fuman y orgullo de mí que no fumo. No sé si tendré que estar en la guerra, como aquel personaje de Saving Private Ryan interpretado por Jeremy Davies, también muchacho ansioso y nerviosito que cuando lo sacaron de sus labores de escritorio y le impidieron cargar con su máquina de escribir, sólo entonces fue que empezó a aceptar cigarros.


Mafalda veía a su papá y lo acusaba al verlo fumar con tanta vehemencia y afectación: me pareció que era el cigarrillo el que te estaba fumando a ti. Las personas sabias, generalmente las de varias décadas atrás, fumaban como con más cariño, como destruyéndose apaciblemente, sin prisas. Y sobre todo, para nadie más que para sí. Pero la idea del fumador es demasiado grande en la moda de hoy. Me da la impresión de que son muy pocos los que fuman y muchos los que están siendo fumados.
Claro que dentro lo anterior existen siempre casos excepcionales. Amigos míos, todos, qué coincidencia y qué pinche orgullo.

noviembre 11, 2013

11. Pégame por preguntón

Hablar / escribir justificándose todo el tiempo cuando nadie te ha pedido que justifiques nada, es hablar desde el miedo. Vaya si sabré yo de esta modalidad de escritura. Tal vez uno tenga que aceptar por una vez con todo descaro la ingenuidad que se carga y dejar los titubeos cobardes (las tibiezas, los academicismos intelectualoides, las medias tintas...) para más tarde. Para nunca.

octubre 14, 2013

5. Hiperdesvínculo


Que nada llevara a nada. Que cada palabra se encerrara en la que le precede como muñeca rusa. No se sabría a dónde. De dónde. No habría cita textual ni referencia. Ni ‘véase también’ ni nada de nada. Las relaciones entre las cosas, cualquiera que fuese su intención o modalidad, serían impensables, mal vistas incluso. Todo desconectado. Las palabras estarían sueltas y serían tal vez inútiles. En este ámbito la gente quedaría ciega al principio, teniendo que hacer un esfuerzo enorme por despertar, por escuchar de nuevo, por ver de nuevo verdaderamente.

noviembre 05, 2012

Otros Lados


Otro Lado. Rodolfo H.


Crimen imperdonable no haberlos invitado antes al blog de mi amigo Adrián (Amadís de Gaula), acaso el más preclaro caballero andante a la redonda.
Cada que paso por su sitio me sorprende la habilidad macabra que tiene para atar pares de temas aparentemente irrelevantes entre sí. La dinámica en múltiples vistas parece ser esa: una suerte de alianza entre algún tema con relativa raíz académica, y su aterrizaje definitivo y gratificante en lo cotidiano. Cualquier cosa que siga diciendo aquí sería poca cosa. Mejor un fragmento:

Fue una actualización en Facebook [sí, yo pierdo mucho el tiempo allí] la que me involucró en una curiosa conversación que debió ser interrumpida por una necesidad casi patológica de darme un baño, que a su vez fue interrumpida por verme arrastrado a una velada a la que realmente no quería ir, lo que esta vez me dejó pensando seriamente en la nada sutil diferencia entre Ética (con mayúscula, como ha de ser) y moral, pero que por un descuido de las palabras y sus significados fundamentales  hemos llegado a tomar una por otra, lo que me parece aberrante.

Otro rincón singular y atípico de entre los bloggeros leoneses donde puede admitirse el esbozo de un oasis fecundo y real. Me enorgullece, como siempre, intrincar la red. Una red que quiero personal y nominada. No sus pinches anonimeces.

octubre 19, 2012

De la escritura oral

¿Escribiré como hablo? Seguro que sí.
Cuánto me gustaría decir lo contrario, decir que porque tengo todo el tiempo del mundo para trabajar mis enunciados, por contar con el recogimiento y el silencio para librar los errores de la oralidad, lo natural sería escribir mejor de lo que hablo.
A la vez concedo que no puede ser justamente así. Lo sé porque he visto el habla puesta en papel y es la cosa más extraña; cuando cursé las materias de investigación fenomenológica transcribíamos las entrevistas realizadas con nuestros informantes.
En medio de esta desesperante labor fue que me topé en crudo con la imprecisión de la lengua, con sus vicios, con los callejones sin salida de la palabra hablada. Era la pluridimensionalidad que tanto le adjudicaba Jesús Ibáñez al discurso en su Más allá de la sociología, y de la que creo haber dicho algo anteriormente.
El habla ocurre. Puede serlo todo porque se despliega en vivo y de forma simpodial.
Hasta que se detiene uno habría fallado una y otra vez en dictaminar el rumbo que tomaría o no el discurso en cada nodo, en cada pausa o inflexión.
Pongo aquí un ejemplo textual de mis transcripciones.

RH:        Desde... pues sus datos.  De dónde es... de...
MV:       Bueno, yo soy de Guanajuato.  Soy de Guanajuato, Guanajuato.  Este, pero pues toda mi vida he estado aquí en, en León, he vivido en León.  Trabajos anteriores he tenido ―bueno―, yo estoy desde del, del setenta y ocho trabajando para el municipio.  Trabajé en dependencias anteriores, como taller municipal, obras públicas y aquí.  Entonces, eh, pues ya, ya son treinta y tres años para municipio.  Alguna otra cosa, no sé tú...
RH:        Pues, pues así, es como platicar la, la trayectoria de, de lo que recuerda hasta antes de llegar a bomberos...

Lo textual adquiere una sola dimensión ―la del papel. Fotográfica, fijada y lista para no ser otra cosa que lo que ya es. Una cosa quieta. Sólo en su lectura (otra actividad viva, interpretativa) germinaría nuevos discursos acaso homólogamente plurales. Pero por lo pronto las letras están muertas, sólo tocan su fin siendo leídas.
Ya me estoy yendo por las ramas (escritura oral). Quería decir otra cosa. La escritura es una actividad de frecuencia muy irregular en mi vida. Llevo haciéndolo con cierta preocupación lo últimos cuatro o cinco años. Digo que con preocupación e infrecuencia no porque así lo quiera, sino porque me resulta increíblemente difícil lograrlo de modo más o menos satisfactorio. Es difícil querer escribir lo que a mí me gustaría leer, empalmar mi posibilidad de escritura con esa imagen, siempre superior, de lectura.
Como sea, puedo ver cómo han cambiado mis palabras, mi modo de usarlas, la forma que he encontrado de escribirme a mí en ellas. Empecé claro, por la imitación descarada de los autores que me agradaban. He pasado luego a la percepción, esperanzada, de un muy incipiente surgimiento de voz propia, una voz ya medianamente posible.
De lo que me he dado cuenta es que prefiero platicar con letras. He ido olvidando la pretensión literaria porque en su búsqueda me he topado siempre con textos acartonados, llenos de pasajes barrocos e inconducentes. Dejé de buscarme en la suntuosidad de un léxico trabajado para mejor decir lo que quiero con las primeras palabras que se me ocurran, las palabras con las que probablemente se lo platicaría a cualquiera.
Debe ser una etapa, como todo en la vida. Si algo tengo claro es que la escritura no engaña. La edad se nos nota facilísimo en las letras. No soy adivino, pero puedo formarme una imagen bastante acertada de la gente por sus textos, por lo menos en cuanto a su edad, su carácter e inclinaciones.
Y lo cierto es que en muchas de sus caras a mi escritura no se le puede maquillar la juventud, la imprudencia, la volubilidad. No sé si es buen signo darme cuenta de esto: la certeza de que si pudiera leerme desde fuera sabría que Rodolfo es más joven de lo que quiere aparentar, o si es un indicio terrible, indicio de que ni yo me aguanto, que mi insensatez es casi ofensiva de tan evidente.
Ni yo me puedo tomar en serio. Ni yo puedo escribir lo que quisiera con la solidez que merece. Esto es una lucha continua y desgastante: conmigo, con lo que sé, con lo que quiero demostrar que sé, con lo que no quiero ser, con los modelos que identifico y en los que no quiero caer. Es difícil. No me quejo.
Por ejemplo, esto está saliendo de una sentada, como suelen empezar las cosas que más o menos han prefigurado objetos valiosos en mi discurso. Y por decir algo, si justo ahora me releyera, sé que podría escucharme, lo que siempre es preferible a la afonía de lo demasiado minucioso. Pero mañana tal vez me relea (me reconstruya) y encontraré fallas, muchas, todas las fallas posibles, todo lo erróneo hacinado en un solo texto de Rodolfo. ¿cómo le hizo para equivocarse tanto en tan poco espacio?
Este es el verdadero debate: entre mentirme y entrar en el papel de quien escribe y sabe lo que hace, actuármelo, actuarme la madurez necesaria, el temple, el criterio. O bien la sinceridad, lo descarnado de aceptar que no es cierto, que no estoy listo. Escribir como si bocetara los objetos que escucho reverberándome en la tráquea, definir sus volúmenes implacable. Avergonzarme de ellos, reconocer que me avergüenzan. Aceptar que salieron de mí y los detesto. Perpetuo estira y afloja, sólo que de los dos lados de la cuerda estoy yo.
Tal vez un día estaré contento con lo que escriba. Ciertamente no hoy. Pero sé que si un día empieza a gustarme lo que escribo, se habrá acabado la lucha, el esfuerzo. Habré perdido. Hoy me encontraría en mi forma óptima, lo cuál es ridículo, impensable creer que esté escribiendo desde ahora lo más claro que podré hacerlo en mi vida. Estaría todo terminado. ¿Qué restaría para alimentar el sueño y el deseo habiendo alcanzando un tope tan prematuro?
Quizá sea bueno y necesario que deplore mi voz, que la frontera de lo que es válido y valioso avance para mi juicio junto con mis días y lo visto y aprendido en ellos. Tal vez, también, un día crea que todo esto tenía un sentido, que yo tenía que pensar en estas cosas. Tal vez descubra que era preferible esta boruca, esta renuncia a jugar el papel del que ya sabe lo que dice tan temprano que callarme. Lo que sea antes que el silencio.

septiembre 21, 2012

Inaccesibilidad casi evidente


In Absentia, Regina Silveira

Entré al bachillerato y sentí que iba siendo por primera vez en la vida consciente de las cosas. Todo lo de antes no valía: la primaria, el kínder… qué de tonterías; había sido una pérdida de tiempo, un puro regar aquel algodoncito con semillas esperando germinara, pero sin lograr que se pronunciara mientras tanto a favor o en contra de nada. Larga maduración. Necesaria, pero vacía de recuerdos o experiencia. O así me lo parecía.
Y ya digo, entrando al bachillerato, qué nitidez había en las cosas. Me sentía redescubrir todo. Definir con palabras bien puestas en el cuaderno lo que hasta entonces me había supuesto la vida, no sólo ya escenario y situación obligada, no ya la anécdota, el sueño largo de refrigerios y memoria de pez. Ahora lo tenía todo en las manos, lo volvía lenguaje, lo apretaba contra mi cuerpo. Era mío.
Creo que hasta entonces no percibí verdaderamente, por ejemplo, que había un mundial de futbol. Que había juegos olímpicos. Releí las novelas de mi infancia a la luz de una claridad, creía yo, nueva y aguda. Minuciosa. Resumí finalmente que nunca había puesto atención a nada, que a partir de entonces empezaba una etapa indiscutible en la que recién entregaría mis sentidos de lleno a lo que se presentara.
Entrando a la carrera tuve otro vuelco de conciencia. Fue —pensé entonces— de tal intensidad que todo lo anterior lucía ridículo y superficial. ¿Cuál conciencia? No: ahora sí que la tenía. Ahora escribía y me daba cuenta de cómo lo hacía. Veía películas y sentía que hasta el momento mi criterio no había arrojado sobre ellas ninguna conclusión de valor, leía y era siempre la primera vez. Estaba tan al tanto de mis limitaciones intelectivas, me veía a tal punto entregado a lo que me parecía una concepción madura sobre mi situación, me hacía un juicio tan ecuánime de las cosas, que no podía sino estar llegando a la conciencia. Pasado ese punto no habría más. Sólo ahora empiezo a ser consciente, ahora y nunca antes.
Salí luego de la carrera. Y a medida que las cosas se distienden y superan mi horizonte, más me resigno a aceptar que no sé de ellas. En esta concatenación conciencia-inconciencia el eslabón lógico sería decir que ahora sí sé algo, que ahora soy, concluyentemente, consciente de mi conciencia. Pero qué gran necedad sería. Después de tantos sucesivos desengaños, de estas inmersiones imprevistas en rumbos por lo visto cada vez más autoconscientes ¿qué cabría presumir sin sonar efímero y vulgar? Nada. Qué arrogancia a esta altura no entender que a las cosas les divierte escapar y borrar su rastro. Lo más humilde, lo más acertado, es aceptar que estas grandes conciencias, ampliaciones de las que les antecedieron, serán siempre pequeñas y risibles respecto a sus sucesoras. O será así hasta que la entropía las devore a todas juntas, como sea.
Creo que la más grande conciencia de la que puedo hablar hoy es esta: Lo que empieza a encajar en una figura es transitorio. Mañana no será así. Que vengan otros a decir que saben cosas.

agosto 25, 2012

Parábola

Está claro para mí que toda insinuación de nuevo rumbo lleva en sí una especie de tensa responsabilidad por tantear el terreno rápido, por desenvolverse en él con la soltura con que se haría en cualquier otro sitio, por acoplarse al frenetismo y salir bien librado. Estos rumbos no dejan titubear. No puedo detenerme a pensar en nada. No me conviene exponer mis debilidades, no puedo ceder a la poesía o a la reflexión. Lo más deseable es ser limpio y perfecto, preferiblemente sin contenido y tapizado de imágenes.
Y no sé, creo que digo esto porque es frecuente, cada vez más, toparme con sitios asépticos muy lindos y muy vacíos, cubiertos de formas vibrantes y seductoras donde ante todo me siento abrumado y triste de encontrar a tan pocos que se conmuevan por lo que yo considero importante, aparentemente muchos más los que dejan que las cosas tiendan automáticamente a ese exhibicionismo rampante de mierda —bien enseñado y aprendido en las redes sociales— del donaire introspectivo, de la grandeza autodeclarada.
Ya es muy tarde para desear que las cosas no sean como están siendo, tarde para querer que no todo sea tan cuidado, tan gratuito. Hay una predilección horrible por abrazar el plástico que, me parece, va a perdurar; es mucho lo que se arrodilla ante mí, lo que me ruega que acepte su belleza. Y yo se lo concedo: bellísimo y muerto. Es la higiene de lo irreflexivo, el vértigo de la nada.
No sé bien por qué he pensado así. Creo que porque ahora terminé la carrera y todo es obligadamente distinto, con disculpa del cliché. De primera impresión parece que todo ocurre sin decidirse a avanzar en ningún sentido. Es como si no pudiera sumar dos actos míos para suponerles un resultado. No importa lo que haga o en qué forma, no hay ritmos ni razones: hay consideraciones agudas, estatismo de pesadilla, cálculos envenenados. Y todo funciona muy bien y es altamente profesional.
Creo que me estoy dando la oportunidad de encajar en una serie de conductas que considero despreciables, como el sistema laboral, con la sola esperanza de desencantarme de ellas con algún fundamento.
Pero hoy he sentido una brecha muy grave tras de mí, se quiere parecer al abismo digital que algunos admiten entre mi generación y la anterior (sé que no hay tal). Brevemente percibí una presión rara, una cierta coerción que salía de todo lo que estaba haciendo frente a la computadora. Sentí que a toda la gestión heurística de aparatos y tecnología, que a todo el proyecto social del nuevo mundo yo le era totalmente innecesario. Sentí que nada en los engranajes de lo que supone una vida correctamente garantizada me iba a esperar. El nuevo rumbo es esto, un rumbo donde ya se esboza que es el humano quien va teniendo la culpa de no entender, de no estar preparado. Sus creaciones le superan y le dominan. No más intuición, no más explicaciones. La obra se empezó a adelantar, a cernirse como una jaula sobre nosotros, quedamos todos magníficamente imbéciles y atrapados, vacíos de voluntad. Enhorabuena.

mayo 08, 2012

Disonancia

Seré siempre mejor lector que escritor. 
Ya muy dicho está eso de que no hay una actividad sin la otra.   Lo que me sucede en este caso es que soy idénticamente implacable como lector cuando el texto es mío, si no es que más.
Como lector busco no atorarme en un solo enunciado, no poner jamás en duda el orden de ninguna palabra, no querer que lo leído hubiese sido de otro modo, porque ese deseo significa que las palabras leídas están demasiado a mi alcance como para admirarme de ellas,  por tanto susceptibles de haber sido escritas por mí.  Es decir, si en un texto ajeno siento titubeos, borrones, por mínimos que estos sean, estoy experimentando lo mismo que siento al leerme a mí.  A mí puede frenarme una coma mal puesta.  Y mal puesta lo digo en el sentido de que la coma me estorbe más de lo que me ayuda al dibujamiento de una idea.
No seré nunca un lector conforme, en lo que a mi propia posibilidad de textualidad respecta.  Hoy escribo esto pensando que no está tan mal,  que después de todo tiene un ritmo tolerable y una exposición consistente y adecuada.  Mañana seguro no me gustará tanto como hoy, pero lo adjudicaré al hecho de que al releerlo memorizo sus pasajes y muros ciegos, cosa que el lector novel no hará, y con suerte descubrirá con la frescura misma con que yo lo pensaba al verterlo al papel.  Pasado mañana esta cosa será absolutamente inaceptable y desearé no haberla escrito jamás.
Sé que no se puede.  Sé que mucho mejor resulta que me deshaga de este barullo, por basuriento que sea.  Si me lo quedo se consume dentro del cráneo y empieza a parecerse demasiado a un cigarrillo deshecho en sus propias cenizas, que pudo ser algo, siquiera para que alguien lo fumara, y ahora se le deja morir y se marchita y no es si no eso.  Nada.