octubre 19, 2012

De la escritura oral

¿Escribiré como hablo? Seguro que sí.
Cuánto me gustaría decir lo contrario, decir que porque tengo todo el tiempo del mundo para trabajar mis enunciados, por contar con el recogimiento y el silencio para librar los errores de la oralidad, lo natural sería escribir mejor de lo que hablo.
A la vez concedo que no puede ser justamente así. Lo sé porque he visto el habla puesta en papel y es la cosa más extraña; cuando cursé las materias de investigación fenomenológica transcribíamos las entrevistas realizadas con nuestros informantes.
En medio de esta desesperante labor fue que me topé en crudo con la imprecisión de la lengua, con sus vicios, con los callejones sin salida de la palabra hablada. Era la pluridimensionalidad que tanto le adjudicaba Jesús Ibáñez al discurso en su Más allá de la sociología, y de la que creo haber dicho algo anteriormente.
El habla ocurre. Puede serlo todo porque se despliega en vivo y de forma simpodial.
Hasta que se detiene uno habría fallado una y otra vez en dictaminar el rumbo que tomaría o no el discurso en cada nodo, en cada pausa o inflexión.
Pongo aquí un ejemplo textual de mis transcripciones.

RH:        Desde... pues sus datos.  De dónde es... de...
MV:       Bueno, yo soy de Guanajuato.  Soy de Guanajuato, Guanajuato.  Este, pero pues toda mi vida he estado aquí en, en León, he vivido en León.  Trabajos anteriores he tenido ―bueno―, yo estoy desde del, del setenta y ocho trabajando para el municipio.  Trabajé en dependencias anteriores, como taller municipal, obras públicas y aquí.  Entonces, eh, pues ya, ya son treinta y tres años para municipio.  Alguna otra cosa, no sé tú...
RH:        Pues, pues así, es como platicar la, la trayectoria de, de lo que recuerda hasta antes de llegar a bomberos...

Lo textual adquiere una sola dimensión ―la del papel. Fotográfica, fijada y lista para no ser otra cosa que lo que ya es. Una cosa quieta. Sólo en su lectura (otra actividad viva, interpretativa) germinaría nuevos discursos acaso homólogamente plurales. Pero por lo pronto las letras están muertas, sólo tocan su fin siendo leídas.
Ya me estoy yendo por las ramas (escritura oral). Quería decir otra cosa. La escritura es una actividad de frecuencia muy irregular en mi vida. Llevo haciéndolo con cierta preocupación lo últimos cuatro o cinco años. Digo que con preocupación e infrecuencia no porque así lo quiera, sino porque me resulta increíblemente difícil lograrlo de modo más o menos satisfactorio. Es difícil querer escribir lo que a mí me gustaría leer, empalmar mi posibilidad de escritura con esa imagen, siempre superior, de lectura.
Como sea, puedo ver cómo han cambiado mis palabras, mi modo de usarlas, la forma que he encontrado de escribirme a mí en ellas. Empecé claro, por la imitación descarada de los autores que me agradaban. He pasado luego a la percepción, esperanzada, de un muy incipiente surgimiento de voz propia, una voz ya medianamente posible.
De lo que me he dado cuenta es que prefiero platicar con letras. He ido olvidando la pretensión literaria porque en su búsqueda me he topado siempre con textos acartonados, llenos de pasajes barrocos e inconducentes. Dejé de buscarme en la suntuosidad de un léxico trabajado para mejor decir lo que quiero con las primeras palabras que se me ocurran, las palabras con las que probablemente se lo platicaría a cualquiera.
Debe ser una etapa, como todo en la vida. Si algo tengo claro es que la escritura no engaña. La edad se nos nota facilísimo en las letras. No soy adivino, pero puedo formarme una imagen bastante acertada de la gente por sus textos, por lo menos en cuanto a su edad, su carácter e inclinaciones.
Y lo cierto es que en muchas de sus caras a mi escritura no se le puede maquillar la juventud, la imprudencia, la volubilidad. No sé si es buen signo darme cuenta de esto: la certeza de que si pudiera leerme desde fuera sabría que Rodolfo es más joven de lo que quiere aparentar, o si es un indicio terrible, indicio de que ni yo me aguanto, que mi insensatez es casi ofensiva de tan evidente.
Ni yo me puedo tomar en serio. Ni yo puedo escribir lo que quisiera con la solidez que merece. Esto es una lucha continua y desgastante: conmigo, con lo que sé, con lo que quiero demostrar que sé, con lo que no quiero ser, con los modelos que identifico y en los que no quiero caer. Es difícil. No me quejo.
Por ejemplo, esto está saliendo de una sentada, como suelen empezar las cosas que más o menos han prefigurado objetos valiosos en mi discurso. Y por decir algo, si justo ahora me releyera, sé que podría escucharme, lo que siempre es preferible a la afonía de lo demasiado minucioso. Pero mañana tal vez me relea (me reconstruya) y encontraré fallas, muchas, todas las fallas posibles, todo lo erróneo hacinado en un solo texto de Rodolfo. ¿cómo le hizo para equivocarse tanto en tan poco espacio?
Este es el verdadero debate: entre mentirme y entrar en el papel de quien escribe y sabe lo que hace, actuármelo, actuarme la madurez necesaria, el temple, el criterio. O bien la sinceridad, lo descarnado de aceptar que no es cierto, que no estoy listo. Escribir como si bocetara los objetos que escucho reverberándome en la tráquea, definir sus volúmenes implacable. Avergonzarme de ellos, reconocer que me avergüenzan. Aceptar que salieron de mí y los detesto. Perpetuo estira y afloja, sólo que de los dos lados de la cuerda estoy yo.
Tal vez un día estaré contento con lo que escriba. Ciertamente no hoy. Pero sé que si un día empieza a gustarme lo que escribo, se habrá acabado la lucha, el esfuerzo. Habré perdido. Hoy me encontraría en mi forma óptima, lo cuál es ridículo, impensable creer que esté escribiendo desde ahora lo más claro que podré hacerlo en mi vida. Estaría todo terminado. ¿Qué restaría para alimentar el sueño y el deseo habiendo alcanzando un tope tan prematuro?
Quizá sea bueno y necesario que deplore mi voz, que la frontera de lo que es válido y valioso avance para mi juicio junto con mis días y lo visto y aprendido en ellos. Tal vez, también, un día crea que todo esto tenía un sentido, que yo tenía que pensar en estas cosas. Tal vez descubra que era preferible esta boruca, esta renuncia a jugar el papel del que ya sabe lo que dice tan temprano que callarme. Lo que sea antes que el silencio.

6 comentarios:

  1. Magnífica la imagen del doble estirando y aflojando al cuerda. La reflexión crítica sobre escritura, arte o filosofía es por sí misma un ejercicio suficientemente complejo, bello y necesario para no callar si es lo que te pide el cuerpo, Rodolfo. Este texto es muy bueno, amigo, esa insensatez ofensiva de la que hablas, es la característica y el móvil al mismo tiempo, es el fondo y la forma del texto y de la intención que lo lleva. La volubilidad y la juventud pueden pasar de ser un inconveniente a una ventaja, cuando menos te lo esperes. No calles.

    Salud
    Manuel Marcos

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    1. En eso confío también yo, Manuel. Y te agradezco tus palabras. Es por mis lectores naturales y por la espera de ver mutar mis letras que me cuido de cejar. Un saludo afectuoso, admirado Manuel Marcos.

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  2. En mi muy modesta opinión debo decirte que si he notado una evolución en tu forma de escribir y pienso que es para bien, como tu bien decías.... te escuchas más en ellos que en los ejercicios demasiado barrocos, que bueno, para mi siempre guardaron encanto. Vaya, no que vayamos a ser pinches Apolos (excepto en fermosuras) pero pienso que vamos por buen camino... configurándonos paso a paso y como en L'Obscurité des eaux y como vos mismo lo mencionas. "Toda la noche espero que mi lenguaje logre configurarme"

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  3. Es cierto Poli. Seguirá siendo invaluable ver nuestros textos virar más o menos a la par. A ver qué pasa.

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  4. Estaré muy atento a la marcha de estos donosos veleros, henchidos de juventud y largas miras.

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