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Paul Delvaux |
Todos los días había sido igual:
amanecía, los mayores trabajaban, escuchaban música en la plaza, cantaban y
bailaban un poco, hablaban del tiempo húmedo y nuboso, los más viejos
cabeceaban, los jóvenes leían los libros que habían leído sus padres, los niños
iban a la escuela por la mañana y luego jugaban escondidas o hacían edificios
de arena en la costa. Los caballos corrían por el empedrado sin dueño y el
cielo se cerraba pronto. Después las luciérnagas salían y la hierba quedaba
rechinando de cosas y animales chiquitos la noche.
Natalia veía de su
ventana que llovía demasiado y hacía un frío lleno de relámpagos. Sabía que el
día que estaba por empezar sería igual al que recién terminaba. Y el día
siguiente después de terminado sería también igual al anterior. Y el que
siguiera al siguiente sería como los demás. Y así para siempre. Y Natalia no
entendía por qué ningún niño se aburría como ella, o por qué nadie hacía nunca
preguntas a los adultos sobre lo bien que se conocían entre todos y lo poco que
había por platicar, o por qué nadie cuestionaba la situación en la que ningún
adulto podía engañarla, que en las fotos viejas los niños eran justamente los
adultos que quedaban en el pueblo, ni uno más.
¿Y no existe más
gente? —suplicaba Natalia. Claro que no, hija. Pero qué cosas dices, cómo va a
existir más gente. Nosotros somos todos. No hay más.
Al día siguiente
saltaban la cuerda en el patio de la escuela y se mojaban sin muchas ganas en
los charcos hondos y llegaban cubiertos de lodo a la casa. Se bañaban y comían
pan dulce. Después a la plaza y lo mismo otra vez, unas historias que ya la
habían cansado, hasta ella podía contarlas como suyas. Y luego el muy limitado
intercambio de libros deshojados. Natalia los había numerado, circulaban por mucho
decir unos treinta libros. Y los pasaban de mano en mano, todos buscando leer
cosas nuevas. Pero ya los tenían memorizados. ¿Cómo no estar tristes? Tarde o
temprano todo se repetía. Ya todo estaba leído, todo escuchado, todo aprendido.
Cansada de la plaza y
las historias Natalia se fue ese día a caminar por el pasto, fuera del pueblo.
Se le mojaron los calcetines y empezó a estornudar mucho. Llegó hasta el borde
de las calles, donde la arena recibía esas olas que necesariamente venían de
algún lado, pero cuyo origen se escondía en un velo algodonoso que empezaba
como a un kilómetro mar adentro.
Al sol y a la luna se
los tragaba ese mismo velo. No había horizonte conocido para ninguno de los
habitantes, solo un borde confuso en el que todo desaparecía. Entonces empezó a
oscurecer y los grillos sonaron bajo la lluvia suavecita. Natalia puso los ojos
en el velo porque sintió que algo había brillado de pronto.
Se fijó bien y
entonces notó unas luces redondas que parpadeaban en la superficie del velo. No
eran luciérnagas, eran más como algo eléctrico. Y eran muy claras y Natalia se
emocionó muchísimo. Corrió a su casa y platicó lo sucedido. “Papá, acabo
de ver unas luces” ―gritó agitada. “Qué bien hija, ¿dónde las viste?”
“Afuera…” “¿Afuera de dónde…?” “Pues…, afuera del mar.” El papá guardó un
silencio tenso, después compuso el rostro y pudo decir “Hija, eso no existe. No
hay nada afuera del mar”.
Se le fue la sangre a
los pies. Ahora que por fin había algo nuevo en el lugar y su papá no le creía.
En la escuela no contó nada a nadie y en general estuvo muy triste.
Varios días siguió escapando a la costa y se quedaba ahí hasta que el muro
nebuloso se llenaba de luces. Natalia empezó a sospechar un cierto patrón en
las secuencias. Sintió que había una intención en ellas, que significaban algo.
Las luces estaban ahí, de eso no tenía duda. Y lo que era mejor, venían de
afuera, del otro lado del velo. O sea que a lo mejor había más pueblos, quizá
hasta más personas haciendo cosas diferentes y leyendo libros distintos.
Esa idea le quitó el
sueño varias semanas. En una ocasión, después de la escuela, sintió que la
seguían. Se volvió y supo que era Roberto, el habitante más viejo. Insistió en
acompañarla y quedaron sentados de cara al mar. Cuando atardecía y las luces aparecieron,
Natalia dijo emocionada “¿Tú también las ves?” Roberto asintió en silencio,
pero después ya no dijo nada. “¿Y por qué nunca me hablaste de ellas?”
―insistió la niña― “¿que no sientes que habría que ir a donde están, o ver
quién las manda?”
Largo tiempo quedó
Roberto en silencio y sólo se escuchaban las olas. Después habló lento y grave.
“No sabemos si piden ayuda o si advierten de algo terrible”. Entonces se
incorporó y la dejó sola. Ese día Natalia durmió empapada en sudor y sintió que
sus propios deseos le estrujaban el estómago. Salió entrada la noche en su
bicicleta y en pijama pedaleó hasta la playa. No llevaba nada consigo más que
una mochila y una linterna. Caminó por el borde rocoso que insinuaba una bahía
y al llegar al extremo, casi tocando el espeso velo de niebla, sacó la linterna
y se puso a hacer señales intermitentes hacia el otro lado, apuntando a la
bruma con la luz. Estaba llena de esperanza.