agosto 29, 2012

Tanin no kao

La máscara, sustituto visible de la oscuridad.

Experiencia psicológica


—Ha dicho tu maestra que te observa disperso, distraído. ¿A qué crees que se deba?
—No sé. ¿A la calidad de las clases?
—Te voy a pedir que dibujes a tu familia en esta hoja.
—Listo.
—Veo que dibujaste un poco chueco a tu papá. ¿A qué crees que se deba?
—No sé. ¿A que no sé dibujar?
—Verás, no. No se debe a eso.
Y así sucesivamente.

agosto 27, 2012

Mi lejanía se erizó de pirámides

Fotografía Rodolfo Hurtado

Soñaba que había una despedida multitudinaria en un cuarto prolijamente alumbrado. El cuarto me recordaba, todavía no veo la razón, al espacio en que se reuniría un grupo de compulsivos anónimos.
Ella se levantaba y se acercaba al estrado. Su discurso lo decía con todas las lágrimas posibles en la cara y la voz. Decía que nos amaba a todos.
Encontré extraña su efusión, pero deshice su pobre sustancia en la certeza de que no era nada.
Con la certeza llegó también una inquietud: nunca dijo amarme en el pasado. Ahora resultaba que también de pronto yo era amado, y lo decía como si cualquier cosa.
Pero entendí que ese amor era sólo concebible confundiéndome yo entre los demás. Nunca sólo para mí ni por mi causa. Me sentí entonces por debajo incluso de los objetos de la estancia. Una cosa sola entre la infinidad de lo tocado por el ágape inabarcable de esta mujer ya desconocida, lejos de su cara ya.
Me pareció idiota. Si todos íbamos a ser inflamados por igual, qué idéntico sería que nadie en el cuarto fuera amado por nadie. Yo no soy magnánimo, no lo amo todo.
Caminó hacia mí, no llevaba palabras con ella. Me pasó una mano por el rostro y fue justo como aquello: la sombra en mis ojos.
Con su fragancia hubo lugar a un segundo momento en que las imágenes se agolparon turbias, y ahora mismo probaré que carecían de todo interés:
Caminaba por los techos de un templo antiguo. Llegado a la cúpula y de pie ante sus bordes, me pareció natural admitir que más que una cúpula era una oquedad luminosa. Olvidado de equilibrio podía caer y hundirme en ella sin esfuerzo.
Sus paredes estaban cubiertas de frescos y turquesas fueron pintura fracturada. La concavidad se llenaba de agua y sentí ganas de nadarla, de buscar la altura insolada de su arco. Resbalé por las dovelas hasta la linterna, que se rasgó débilmente al recibirme .
Pronto fueron las piedras canastilla de un trabajoso aerostato en que el globo era la bóveda misma. Volé toda la noche con el cielo bajo los pies, las calles torcidas a mi cabeza. El globo era de loza fría y no había luz en las plazas. Tardé tanto en despertarme. Me agobiaba una sed burlona.

agosto 26, 2012

Sastrería contemporánea


A veces he visto, lo confieso con vergüenza, que el tamaño de los párrafos —lejos de la convención de lo que supone un párrafo en cuanto a unidad argumental, estilística o didáctica— implica una protección de sí mismo. Digo que con vergüenza porque me he valido de este recurso innoble y cobarde: el punto clave del contenido resguardado por la extensión gráfica de los enunciados. Si a continuación yo pusiera una frase escandalosa como fin de este párrafo todos la notarían, lo mismo al principio. Mejor hilvanar una idea más, mejor que lo agridulce se camufle al ecuador del bloque. Todavía estoy haciendo tiempo, apenas llegando al límite de seguridad. Listo.
Y no es que la idea no deba notarse [impensable], esta práctica debe ser una cosa pasajera de timidez y juventud, se entiende que hay prácticas como el aforismo donde esto sería inconcebible. Pero sí que he llegado a pegar un párrafo con el que le sigue para cifrar su centro en un continente más amplio. Y no fijándome hasta parecería que así lo había querido. Es de este modo que los gritos obscenos, los intentos de polémica, el núcleo de la subversión… todo eso queda a medio camino entre el sangrado y el punto seguido.
Esta reflexión surge de ver cómo en distintos ámbitos me he sentido rodeado por muchos de esos lectores que parece que van jugando al avioncito de párrafo en párrafo, zurciendo heterodoxos lo que implica un texto y su lectura, despedazando todo lo que el escritor quiso  enhebrar, saltando de esta línea a la otra y de regreso, como si buscaran algún signo cabal y resumido entre las letras que justificara la molestia de tener que leer.
No vale hacer un esfuerzo por ellos, si han de pasar por la vida saltando, mejor que no se lleven nada de mí.

En este cuadro de mi amigo Alberto creo ver un equívoco
diagrama de flujo de lectura moderna

agosto 25, 2012

Parábola

Está claro para mí que toda insinuación de nuevo rumbo lleva en sí una especie de tensa responsabilidad por tantear el terreno rápido, por desenvolverse en él con la soltura con que se haría en cualquier otro sitio, por acoplarse al frenetismo y salir bien librado. Estos rumbos no dejan titubear. No puedo detenerme a pensar en nada. No me conviene exponer mis debilidades, no puedo ceder a la poesía o a la reflexión. Lo más deseable es ser limpio y perfecto, preferiblemente sin contenido y tapizado de imágenes.
Y no sé, creo que digo esto porque es frecuente, cada vez más, toparme con sitios asépticos muy lindos y muy vacíos, cubiertos de formas vibrantes y seductoras donde ante todo me siento abrumado y triste de encontrar a tan pocos que se conmuevan por lo que yo considero importante, aparentemente muchos más los que dejan que las cosas tiendan automáticamente a ese exhibicionismo rampante de mierda —bien enseñado y aprendido en las redes sociales— del donaire introspectivo, de la grandeza autodeclarada.
Ya es muy tarde para desear que las cosas no sean como están siendo, tarde para querer que no todo sea tan cuidado, tan gratuito. Hay una predilección horrible por abrazar el plástico que, me parece, va a perdurar; es mucho lo que se arrodilla ante mí, lo que me ruega que acepte su belleza. Y yo se lo concedo: bellísimo y muerto. Es la higiene de lo irreflexivo, el vértigo de la nada.
No sé bien por qué he pensado así. Creo que porque ahora terminé la carrera y todo es obligadamente distinto, con disculpa del cliché. De primera impresión parece que todo ocurre sin decidirse a avanzar en ningún sentido. Es como si no pudiera sumar dos actos míos para suponerles un resultado. No importa lo que haga o en qué forma, no hay ritmos ni razones: hay consideraciones agudas, estatismo de pesadilla, cálculos envenenados. Y todo funciona muy bien y es altamente profesional.
Creo que me estoy dando la oportunidad de encajar en una serie de conductas que considero despreciables, como el sistema laboral, con la sola esperanza de desencantarme de ellas con algún fundamento.
Pero hoy he sentido una brecha muy grave tras de mí, se quiere parecer al abismo digital que algunos admiten entre mi generación y la anterior (sé que no hay tal). Brevemente percibí una presión rara, una cierta coerción que salía de todo lo que estaba haciendo frente a la computadora. Sentí que a toda la gestión heurística de aparatos y tecnología, que a todo el proyecto social del nuevo mundo yo le era totalmente innecesario. Sentí que nada en los engranajes de lo que supone una vida correctamente garantizada me iba a esperar. El nuevo rumbo es esto, un rumbo donde ya se esboza que es el humano quien va teniendo la culpa de no entender, de no estar preparado. Sus creaciones le superan y le dominan. No más intuición, no más explicaciones. La obra se empezó a adelantar, a cernirse como una jaula sobre nosotros, quedamos todos magníficamente imbéciles y atrapados, vacíos de voluntad. Enhorabuena.

agosto 22, 2012

Ich bin der welt abhanden gekommen




Era la historia de alguien que prepara una cena esperando a una mujer y todo sale mal. La llama por teléfono sin verdaderas esperanzas, todo se tibia y se arruina. Imagino que acabó embriagándose solitariamente y la mañana le sorprendió en la sala. 

La historia de mi vida, dijo Carlo Aleksantri.

mayo 28, 2012

Representación ficticia

No quiero confundir ambiguo con ambivalente; lo ambiguo puede ―o podría― interpretarse en dos modos distintos. Lo ambivalente me habla de lo que es realmente dos cosas, no solo su insinuación. Me detengo en esto, que muchos calificarán de tontería, porque siempre he sido muy considerado respecto a la ambigüedad natural de las cosas y me es claro que su observancia no cae nada bien a la gente correcta. Se nos quiere formar en de una pauta en que las cosas son frías o calientes, izquierdas o derechas, porque a los tibios dios los vomita y luego nos vamos al infierno o alguna otra estupidez en la misma línea.

            Señalaba Harold Pinter en su magnífica lectura de aceptación del Nobel, "…no hay grandes distinciones entre lo que es real y lo que es irreal. Ni las hay tampoco entre lo que es verdadero y lo que es falso. Una cosa no es necesariamente verdadera o falsa; puede ser a la vez verdadera y falsa."
            Puede que hablar de cosas que sólo son lo que son [como papá dios que sólo es el que es] sea un remanente inútil de la de por sí bastante inútil moral judeocristiana, en la que uno debe declarar a los cuatro vientos su postura ante todas las cosas, escoger a Cristo encima de Elías Calles, saltar al vacío envuelto en la bandera, morir por la patria y tantas otras muestras cabales que nos sugieren que Linneo no acertó necesariamente con aquello de que el mono pudiera ser en algún sentido Sapiens. Una vez aceptando que las cosas antes que tibias son por naturaleza informes, líquidas, inapresables… estaríamos del otro lado. Pero no estamos del otro lado. Estamos de este lado; el lado en que las cosas son cuadradas, definibles, constantes, fiables.
Hace algunos meses leí para una clase el probablemente jamás recomendable «El País de uno», de Denise Dresser. En este libro pude comprobar, primeramente,  la horrible y efusiva prosa cuasi-oratoria de la periodista. Puedo añadir a mi anotación inicial que tampoco nadie debería confundir efectivo con efectista. Sé que pasé muy malos ratos leyendo lo que me pareció el claro sustento de un texto hecho para leerse en voz alta. Un texto que funciona y hasta es agudo, pero que porta la insignia aborrecible de un discurso político de estrado, populista, incendiario [¿pero qué no es así el periodismo?]. Quedé callado ante el excepcional muestrario de anáforas ad libitum [que serán bonitas cuando se planea la sedición con los compañeros y la corregidora, pero que lucen suficientemente vulgares por escrito] que el texto constituye. Cosa curiosa que cuando tomé, finalmente, la materia de Comunicación Escrita III, esperé con ansia la clase en que explicaran las figuras retóricas [a un amigo de la Ibero le enseñaron poco más de cuarenta] sólo para toparme con que sería una reiteración vergonzante de lo ya visto en secundaria: metáfora, hipérbole, hipérbaton y párale de contar. Y ni siquiera bien explicadas. Afortunadamente me toparía posteriormente con Raymond Queneau, surrealista de didáctica envidiable.
            Y entonces, para muestra un botón: “…Dispuestos a alzar la voz para que la democracia no sea tan sólo el mal menor y una conquista sacrificable si de combatir el crimen se trata. Dispuestos a llevar a cabo pequeñas acciones que produzcan grandes cambios. Dispuestos a sacrificar su zona de seguridad personal para que otros la compartan. Dispuestos a pensar que el bien es tan contagioso como el mal y  comprometidos a actuar para demostrarlo. Dispuestos, dispuestos, dispuestos. Y lo que siento en estas parrafadas hermosísimas es que estoy rezando jaculatorias con los abuelos, o escuchando a Cantinflas en El Padrecito con aquella retahíla de ya es tiempo que meditemos, ya es tiempo que recapacitemos, ya es tiempo de que pensemos…
            Ahora bien, no quisiera que se crea que leer el libro me fue una tortura insoportable. Tanta aclaración sobre la ambigüedad debe servir de algo; percibí de forma mucho más entrañable y amiga lo que ya analizara en un tono más clínico Mayer-Serra en «Por eso estamos como estamos». Cabe insinuar que los temas de Dresser tienen su origen ―de otra forma quizá, analítica y desapegada― en el mismo libro de Elizondo, con la diferencia que éste remite constantemente a un panorama económico y estadístico al que Denise parece más bien eludir, recuperando por otra parte la "virtud" del ejemplo cercano, el ejemplo fácil y popular. Y se siente que el libro tiene una intención masiva; no hay que ser semiólogo para reparar en la frasecita “el libro que le abrirá los ojos a los mexicanos” en la contraportada y sospechar que hay una grave pretensión de cualquier tipo.
            Como ya se estila desde hace mucho al hablar de México, el texto es un festín de contraposiciones, contrastes acusados, ironías, paradojas forzadas. Quizá para hacer honor a que no se puede hablar parcamente de un país de contrastes, y porque en Méxicotodo es desigual, hasta los libros: hay que ser folclórico, hablar de bulto, poner interjecciones. La introducción quiere iniciar entrañable, pero no propone nada novedoso, sólo cae en la idea de México como estereotipo de sí mismo, atado a la historia y con dos o tres figuras queridas del ámbito cultural, que por lo que entiendo deben ser tomadas como ejemplos absolutos de que sí se puede, en muy elegante antagonismo [para que no se nos olvide que se habla de México] al argumento de que el mexicano se justifica y está imbuido en la lógica del por lo menos. Y yo sentí un poco así a Denise, como diciendo: por lo menos tenemos a Cuarón [claro que mencionó a muchas otras ilustres personalidades mexicanas, pero ya se sabe que yo soy para siempre parcial y sólo hablo de lo que me llama la atención].
Cuarón no es una mala referencia, de acuerdo. Es un cineasta más que decente y me parece buen signo que siquiera algún paisano desarrolle una que otra idea fresca en un lenguaje tan en peligro de extinción como es el cine. Pero hay que recordar que Cuarón, al igual que Del Toro e Iñárritu, es una persona que ha desarrollado su obra desde el extranjero, y que no hay nada de meritorio en encontrar oportunidades más allá del territorio propio porque de que las hay, las hay.
            Ya no sé si habrá que decir de los migrantes que qué bueno que se fueron porque nadie es profeta en su tierra, o si habrá qué aplaudir a los que se quedan porque son como la flor que florece en el invierno, y ante tanta adversidad superada nada los puede ya menoscabar. Lo que sí sé es que nadie negará que resulta ingenuo y casi chovinista sentir que el futbol, los muralistas o el Chapulín Colorado son razones de peso para hacerse de la vista gorda ante el densísimo entramado de oprobio e imbecilidad que vemos todo el tiempo en nuestra esfera política. Y esa es tal vez una de las ideas en las que más reincide Dresser: la representación ficticia.
            Más allá de la corrupción ―natural, en mi opinión― que surge en cualquier institución con estratos claros, lo que está pasando es que elegimos a gente de la que rara vez volvemos a saber después de las elecciones. En el ambivalente texto: “…El sistema político se ha convertido en un híbrido particular, una combinación de remanentes autoritarios que coexisten con mecanismos democráticos”.
            Eso no existe. Por supuesto, insinuar democracia autoritaria, se ha convertido en algo muy natural en los últimos tiempos, casi una moda, se diría. Pero si en algo acierta el libro de Dresser es en hermanarnos con su nivel de coraje ante el hecho de que la política sea un simple juego de intereses, de comodidad. Y siento que es muy difícil que la gente demuestre un interés genuino [hablo de la gente que para votar necesita más argumentos que el recibir una cachucha o una despensa] en la esfera política cuando difícilmente parece tener algo que ver con las preocupaciones ciudadanas reales. La complicación, como ya se sabe, está en que antes nos estamos lamentando que observando cualquier alternativa medianamente realizable. No tenemos la más mínima honestidad para con los errores del pasado, y no conformes con tan estúpido comportamiento, celebramos lo muy poco que hacemos bien en el presente.
            Me acuerdo que en una de las entrevistas que le hizo Soler Serrano a Borges ―un Borges siempre más literato que politólogo, imprudente y filosófico― el argentino comentaba que no caería nada mal a muchos países volver a la monarquía. Por supuesto, para los de corazón de pollo el escritor pecaba de polémico e inaceptable, pero cuando se imagina una monarquía ―no en el sentido antiguo, totalitario, absoluto, sino en el de encontrar a un hombre que verdaderamente ame su país―, se puede imaginar lo que sería tener a una persona con visión y toda una vida para desplegarla, para desarrollar un proyecto pertinente, y no sólo cuatro o seis años, que sirvan únicamente para medio enderezar lo torcido de la administración anterior y dejar las cosas suficientemente chuecas para el que sigue. Seis años de administración cobarde y morosa.
            Como para muchas otras cosas, hablar de relección o de un período administrativo prolongado es inaceptable en nuestro país, porque para algunos administrar políticamente a un Estado sigue equivaliendo a un premio, confundiendo por privilegio lo que es la oportunidad de un servicio. El político es ―debiera ser― un servidor. Como quiera, relección o monarquías son inconcebibles, como inconcebible es que alguien rinda cuentas algún día y ose postularse de nuevo sin que se le caiga la cara por la vergüenza.
            Pienso que las naciones no mejoran a raíz de las manifestaciones vanas de los grupos políticos y sus simpatizantes en la calle, ni a partir de mítines por causas perdidas, bloqueos, marchas. Mejoran desde el nivel personal, desde la acción de quien comprende y ejerce su ciudadanía y no solamente extiende una mano al cielo esperando pan y cobija.
            Decía un maestro mío, respecto al calentamiento global, que lo más que podemos hacer es moderar nuestra destrucción personal. Y qué otra cosa podíamos hacer, sino eso, y no únicamente en el ámbito ecológico, sino en nuestra participación social. No podemos decidir por los demás, ni podemos velar para siempre por intereses ajenos. Sólo podemos contribuir a la mejora general de condiciones laborales y oportunidades de vida desde los ámbitos que uno conoce y por los que guarda un cariño genuino. Yo insisto en que seguirá siéndome muy difícil involucrarme directamente con nada que tenga que ver con política en este país ―como con cualquier indicio de burocracia— porque en mi vida me ha resultado bien sacarle la vuelta a lo que no sirve. Y cuando se me señale que soy de los que en vez de cooperar dan la espalda, tendré que explicar que hago lo mejor de que soy capaz en los espacios que me competen. Así, por decir algo, si yo, como interesado en el lenguaje audiovisual y el arte contemporáneo, hago todo lo que está en mis manos por mejorar las condiciones de vida y de trabajo de los artistas audiovisuales contemporáneos, estaré contribuyendo oportunamente en la parte del espectro en que es más probable se escuche mi voz. Y no [necesariamente] votando, no quejándome, no demandando a diestra y siniestra. No podría abogar por los derechos de los transportistas porque no tengo las nociones mínimas para abordar esa esfera. O al menos esa es la forma en que entiendo la expresión  un país de ciudadanos.
            Como lo desarrollara Mayer-Serra, es casi palpable la noción de un país corrupto, poco competitivo, mal educado. Un país que apuesta antes a sus recursos que a su gente, ―el único recurso verdadero y renovable. Cuando el petróleo se acabe, como decía Heberto Castillo, ahí nos quiero ver, percatándonos de que en mucho tiempo no hicimos nada por preparar un colchón con las habilidades de la gente, que amortigüe tantito la muy probable caída que se aproxima. En palabras de Dresser, son los costos de dormitar, los costos de reposar mientras el mundo corre deprisa, imparable. Muchos lo han dicho: somos un país aparentemente moderno, pero que se ha quedado congelado en su propia imagen. Esta “modernidad” no es ningún orgullo cuando el precio es la no reforma, la desigualdad extrema. “El problema es que muchos saben qué hacer…” pero pocos están dispuestos a hacerlo, porque están antes sus intereses, y porque las instituciones y las formas de proceder están erigidas en función de que nada cambie.
            Así es México, dirán muchos. Pero me sumo a la inquietud de muchos cercanos: el país no puede seguir parapetado detrás de las excusas y el miedo y la tibieza y la renuencia a pagar costos políticos; ni puede seguir encasillado en el esquema político, social y cultural de las relaciones, el apellido, y la lealtad antes que el mérito, la excelencia y la creatividad. Hasta entonces confío en el hecho de que las nuevas generaciones ―mi generación― sean menos sombrías y mucho menos atentas a los poderes relativos de la política como para salir de una vez y para siempre del sueño tan largo en que nos hemos visto inmersos.
            Estamos a poco de un mes de las elecciones y creo que todavía no hay una opción con el más mínimo y saludable componente de ambigüedad. Y yo no sé, miren, me sentiría mucho más tranquilo si los candidatos de nuestras próximas elecciones fueran la mitad de fiables de lo que me parecen los candidatos ―políticamente verosímiles, lo sé― del partido simple.



mayo 08, 2012

Disonancia

Seré siempre mejor lector que escritor. 
Ya muy dicho está eso de que no hay una actividad sin la otra.   Lo que me sucede en este caso es que soy idénticamente implacable como lector cuando el texto es mío, si no es que más.
Como lector busco no atorarme en un solo enunciado, no poner jamás en duda el orden de ninguna palabra, no querer que lo leído hubiese sido de otro modo, porque ese deseo significa que las palabras leídas están demasiado a mi alcance como para admirarme de ellas,  por tanto susceptibles de haber sido escritas por mí.  Es decir, si en un texto ajeno siento titubeos, borrones, por mínimos que estos sean, estoy experimentando lo mismo que siento al leerme a mí.  A mí puede frenarme una coma mal puesta.  Y mal puesta lo digo en el sentido de que la coma me estorbe más de lo que me ayuda al dibujamiento de una idea.
No seré nunca un lector conforme, en lo que a mi propia posibilidad de textualidad respecta.  Hoy escribo esto pensando que no está tan mal,  que después de todo tiene un ritmo tolerable y una exposición consistente y adecuada.  Mañana seguro no me gustará tanto como hoy, pero lo adjudicaré al hecho de que al releerlo memorizo sus pasajes y muros ciegos, cosa que el lector novel no hará, y con suerte descubrirá con la frescura misma con que yo lo pensaba al verterlo al papel.  Pasado mañana esta cosa será absolutamente inaceptable y desearé no haberla escrito jamás.
Sé que no se puede.  Sé que mucho mejor resulta que me deshaga de este barullo, por basuriento que sea.  Si me lo quedo se consume dentro del cráneo y empieza a parecerse demasiado a un cigarrillo deshecho en sus propias cenizas, que pudo ser algo, siquiera para que alguien lo fumara, y ahora se le deja morir y se marchita y no es si no eso.  Nada.

abril 30, 2012

Variedad de Riemann



Un bozal para que se callara maldita la boca y dejara hacer mi trabajo.  Recostado sobre la placa de metal conectada a generador encendería el artefacto y le freiría aplicadamente cuidando retener su conciencia.  Le despegaría sin el menor cuidado de la plataforma, habría que desollarle lo más posible.  Le metería en una tinaja llena de almíbar y mieles espesas, alcatraces inmarcesibles, vestigios de mi antigua industria apícola sobre su piel y ojos frescos.  Con un zapato de mujer tacón azul turquesa dentro sus ojos, eventualmente contra su cerebro y el bozal ahora innecesario.  Escalpelo y retiraría el cuero cabelludo ―ya mera degustación naturalista―.  En las cuencas vacías, [y por qué no, a manera de firma], dos bombillas, 150 watts cada una por detrás del vómer y puenteadas hacia dos limones en que enraízan cables de cobre y un paseo con mi hija y su perrito al parque.

abril 25, 2012

Lectura de la realidad

Obligado amerizaje de mi atención en un tema que me es mayormente desconocido y que a estas horas no me interesa ni quiero fingir que pueda interesarme jamás.

Soy un tramposo, eso lo sé muy bien.  Me la paso escribiendo lo que sea con tal de demorar un poco la llegada de los temas que son verdaderamente pertinentes.  Sé que me conduzco ―deplorablemente, lo acepto― en un modo que podría calificarse de hedonista, al menos en cuanto a cultura se refiere.  Porque es muy cierto que consumo únicamente lo que me interesa, y la actualidad nacional no es una de esas cosas.
Ahora: quiero que se entienda que esto lo digo en parte porque ya es tarde, y en parte porque de verdad lo creo.  Pero de ningún modo quiero jactarme de que esto que estoy haciendo valga la pena —casi nada lo vale—, y mucho menos quiero cotejar lo que yo pueda decir contra el trabajo de mis compañeros.  Simplemente hago un juicio (de corto criterio, si se quiere) en base a lo que he visto en estos tres años y medio; y la cuestión es que es fácil ver que a nadie le importa nada.  Habrá muchos que pasen la carrera de muertito, y habrá quienes no hayan tenido, en cambio, un solo día de tranquilidad.  Pero a quienes por meses y meses nos importó poco o nada el destino de estos especímenes, a un semestre de la salida final de este túnel escabroso empieza a sabernos a injusticia y a menoscabo la suma tibieza de los procedimientos.
Se yergue una primera postura aparente: si te esfuerzas en la carrera, te va más o menos bien.  Si no te esfuerzas en la carrera, también te va más o menos bien.  Si no tienes destellos genuinos y personales en tu mente, pero te ganas el pronto favor de la gente al mando, puedes desarrollar una alta posibilidad de titularte por excelencia.  Se parece ―demasiado desagradable como para quedarse en el puro folclor— a aquello de que si uno se preocupa se muere.  Y si uno no se preocupa, también se muere.
Jamás me han importado las calificaciones numéricas, en el sentido en que por años me han hecho ver que se trata más bien de una descalificación.  Es decir, el maestro ya no tiene que ser siquiera un conocedor de nada.  Basta con que sea un vulgar negociador.  El alumno no es acreedor a una calificación máxima de 10 (somos culturalmente muy decimales); por el contrario, es merecedor de que se le resten continuamente.  El máximo numérico no es una aspiración que corresponda al ingenio y la creatividad.  Es una medida coercitiva sujeta a estipulaciones imbéciles.
Calificación.  Qué mentira más grande.  Nido de avispas, es un festín de métodos conductistas y posturas podridas de hace siglos.  La calificación sería una estimación subjetiva —porque así son los números, quién lo diría— del desempeño intelectual de un alumno, y no un premio o un castigo por hacer o dejar de hacer las cosas.  Si van a esta conferencia les doy un punto más.  Si entran tarde les quito dos.  Si traen todos sus trabajitos muy bonitos y engargolados es medio más.  Compre dos, lleve tres.  Alumnos ciegos es lo que somos, que entramos en el juego de compra y venta cuando la cualidad siempre ha antecedido a la cantidad.  La calidad humana no se compra, pero preocuparse por un número es aceptar el yugo, es gritar a los cuatro vientos nuestra plena disposición al sometimiento.  Y cómo no nos va a importar, si la beca, y la situación en casa, y el dinero no es un juego, y etcétera.  Pero los maestros de hoy [muchos] han perdido el don de la enseñanza —no digo vocación, porque no existe tal cosa—, y su única forma de control son diez puntos nuevecitos y listos para descontarse.  Exactamente en donde está lo divertido de eso.  En dónde se pretende que admiremos la docencia.
Me gusta creer que hablo de este modo por aquello que ya decía en otra entrada: desconozco lo suficiente sobre todo y sólo así concibo cierta holgura.  Si lo supiera todo tendría miedo de ser como un pez que está atrapado en un recipiente que tiene su misma forma.  Debo decir, antes que esto se desperdigue por rumbos más borrosos —seguro que lo hará— que yo soy el principal adepto cuando de leer la realidad se trata; en mi propio modo: trabajoso, rupestre, alejado de todo estándar de pragmatismo, pero mío al fin.  La cuestión es que la realidad, lo saben algunos, es impensable si no es a través de significantes convencionales: imagen acústica, objetos conocidos.  Y para quienes ya nos dejamos contaminar por libritos aparentemente tan inofensivos como Derrida y compañía, es inútil volver la vista atrás.  La realidad no puede únicamente ser eso que la civilidad nos dice que es.
En mi vida académica me he encontrado debatiéndome continuamente entre la postura en que se me instruye —siempre aceptada de modo general por buena e inapelable―, y la mía, siempre subyacente, siempre en conflicto.  Pero es bueno tener un una división tan marcada que me señale dónde termina lo que me dicen y dónde inicia lo que creo.  Ahora mismo me siento en una lucha continua entre el deseo de hablar yo y nada más yo (el camino fácil), y tratar de tejer mi propia noción de las cosas en los intersticios de los temas que culturalmente podrían tener algún interés. 
Creo que la acusada posmodernidad de nuestro tiempo nos obliga a que aceptemos muchas cosas.  Y en gran medida me parece una de las pocas cosas humanamente rescatables de este tiempo.  Para mí, por ejemplo, es muy natural aceptar con naturalidad conflictos que para la generación de mis padres son ultraje o escándalo.  Para mí, también, es más fácil entender que la opinión del otro es la opinión del otro, y que probablemente nada surgirá de insinuarle que la opinión propia es mejor.  Exigir credibilidad está pasado de moda.  Con la diversidad vertiginosa con que las cosas nos acechan no tenemos ya el derecho de proclamar el valor de una cosa sobre otra.  Sólo podemos aceptar que existen y que las odiamos o no tanto.  Es como lo que está sucediendo en la religión.  Creo firmemente que la religión como invitación a un comportamiento dogmático dejó de ser significativa hace varias décadas.  No sirve porque el hombre ya siente que sabe demasiado.  En el fondo no sabemos nada, porque todo lo que sabemos está hecho de palabras, o de imágenes que comprendemos —que creemos comprender— porque tienen una palabra que las nombre, o de sonidos que corresponden universalmente a cosas que están debajo de todo.  El hombre está extraordinariamente perdido, y nada puede salvarlo.  Mucho menos una sugerencia de rito, que por factores contemporáneos resultan vacíos e insignificantes.
Cabría señalar que otras religiones no están tan al borde del vacío como los católicos, que nos gusta hacer piñatas, y tener guardias suizas y santos por todos lados.  Pero no hay a cuál irle.  En este ámbito (el religioso) soy un marginado.  Y comprender la postura propia de este modo tiene sus cosas buenas, porque puedo decir que a lo que aspiro, en todo caso, es a una espiritualidad sin nombre y sin renglones—.
Me parece absolutamente natural que la iglesia esté tan resquebrajada.  Me parece normal que haya registro de tantos cismas.  Esto no es sino un síntoma saludable, un indicio de que la costra por fin se está agrietando.  Quizá debajo de tanto hielo vuelva a correr el agua, fresca y verdadera por fin.  Cisma de Oriente, de Occidente, llamémosle como sea.  Uno no lleva registro de los témpanos que van derruyéndose en los glaciares, ni los bautiza como pedacito uno, pedacito dos.  Vaya todo al demonio, sólo sabemos que un bloque, otrora impenetrable, se está deshaciendo, y que así pensemos en bloques diversos e individuales, (política, cultural, socialmente…) no hay band-aid que pueda pegar dos trozos de hielo.  No hay cambios qué hacer, excepto los que tienen que ver con la vida.  Siempre la vida.  Es lo único valioso.  Tanto tiempo en la tierra y no acabamos por entender nada.
Creo que leer la realidad es una cosa que tiene que ver con la modernidad.  Hasta donde conozco, la modernidad nunca aceptó medias tintas en ninguna de sus facetas.  La modernidad ha sido, en mi vida, una invitación horrible, que me seduce en ciertos episodios, que me repugna en otros.  No me gusta decirlo porque no sirve de nada, pero es cierto que vivimos un esquema que no es el de la modernidad, se llame como sea.  Y no hay ningún orgullo en esto.  Admiro más a los modernos por lo que son, aunque los odio más fácilmente al juzgarlos desde fuera.  Admiro la modernidad como ideal de pureza, como símbolo cumbre de los logros de la razón.  Aunque por supuesto, ya hablando en estos términos, podemos dirigir la mirada a toda la maniobra nazi, un proceso calculado hasta su más último detalle.  Los crímenes de la razón, a la par de sus logros.
Razonarlo todo no ha parecido funcionarle muy bien al hombre.  Y ahora caemos al otro extremo: el abismo del sinsentido, el vacío, los significantes arbitrarios, la mezcla, la pérdida de identidad.  A mí me gusta la modernidad como ideal, sobre todo en términos artísticos. (Lo posmoderno no suele pasar de lo kitsch o la remanencia del pop art).  La pintura moderna, lo recordamos ya de los muy largos debates desde Greenberg y todos esos, es pintura antes que otra cosa.  Esto equivale a decir que a su autor no le interesó retratar a una mujer ni pintar un paisaje.  No le interesó nada excepto la pintura por sí misma.  Y entonces nos topamos con cuadros como los de Malévich, su negro sobre negroblanco sobre blanco…  Queda en evidencia la técnica.  Queda al desnudo la noción incontrovertible de que la pintura es una pintura, y no una referencia a la realidad.  Cuando se pinta un paisaje, la pintura es referencia de ese paisaje, y lo más importante es el cómo luce ese paisaje, antes que el qué de ese paisaje, es decir, los colores que le dan sustento en un marco,  el estilo de la pincelada, todo lo que trae al paisaje a un pedazo de tela y que implica llanamente al lienzo y al óleo.
Me parece que hay cosas que llanamente deberían quedarse para siempre en el espacio para el que fueron propuestas.  Es decir, la música está ligada desde su naturaleza a la escucha y a la emotividad humanas.  Tiene antes un vínculo sensual y afectivo con la mente que otro —lógico o verbal— con la razón.  Y pongo lo que escuché alguna vez en un documental de la BBC: la música es la única forma artística que impacta antes en la sensibilidad que en la razón (hasta ahora no ubico ninguna variante de actividad humana que procure desenvolverse en el mundo de los aromas, al menos no en un sentido estético, de lo contrario podría numerarse antes que la música).  El oído es un órgano frecuentemente enunciado por debajo del ojo.  Se diría que es más primitivo.  Y no quiero referirme con esto a su precariedad anatómica o una insinuación de menoscabo entre los otros sentidos, sino a su funcionamiento; lo comparo al olfato en la medida en que el olor de las cosas trae recuerdos inapresables, inubicables.  Recordamos con un perfume una sensación, un miedo, una persona, y no tanto un momento concreto.
Una melodía puede traer la noción de un arrullo, de una canción de cuna olvidada, la extrañeza de la infancia perdida.  El sonido no es inteligible verbalmente.  Entre el oído y la mente no media nada, no hay ningún freno.  La música entra e impacta con toda su fuerza en la memoria.  Es mucho lo que puede decirse de la música, pero siempre en base a la sensación.  Es decir, cuando entramos al mundo acolchado de los audífonos, no vamos previendo la música, adelantándonos a los sonidos con minuciosos razonamientos sobre su construcción; el razonamiento —si es que lo hay— es siempre después: el sonido se produce, lo percibimos sensualmente, y sólo después podemos incurrir en el desperdicio de definirlo verbalmente.
El ojo es otra cosa si hablamos en estos términos: no se deja conmover tan fácilmente.  Y así podemos ver que la gente en los museos dirige la mirada antes a las explicaciones que hay debajo del cuadro que a la pintura como tal, y todos van a leer lo que alguien dijo de la pintura, su título, su técnica y sus medidas.  El ojo es más miedoso porque es más dependiente de la razón.  Podemos decidir no querer ver, podemos decidir cerrar los ojos.  No podemos decidir dejar de escuchar —para quienes compartimos la bendición de la escucha—.  Los impulsos lumínicos que inciden en el nervio óptico no son suficientemente intensos como para generar su propio sentido.  Antes tenemos qué interpretarlos, tenemos que reconocerlos.  La noción visual de una pared se corresponde con la imagen acústica de lo que los fonemas que integran la palabra pared son capaces de evocarnos y viceversa.  El entendimiento, para mí, se oculta en un lado que no es la palabra, dependiendo socialmente de ellas para la interacción con otros entendimientos, pero diferente del todo en su origen al de la naturaleza verbal.  El mundo no es ni de imágenes ni de palabras.  Es  todo lo otro, todo lo contrario.
Decía Andrés Amorós sobre las palabras, si serían como una botella empolvada de vino que impide ver el líquido que contiene; o un tanto más optimista: como una servilleta envolviendo un pan, y adentro la harina y la fragancia esponjándose.  En los dos casos hablamos de una especie de envoltura, una cáscara.  Ladrillo debería contener la noción ilocutiva de ladrillo.  Lo que nos interesa es el interior de ladrillo, la comprensión total de lo que es un ladrillo disfrazada de ladrillo, [que lamentablemente suena justamente como la palabra ladrillo que significa lo que entendemos con ese sonido (…) y así sucesivamente].  Etcétera. 
No sé si todo esto se dejará leer en los lindes del sinsentido.  Pero lo escribo como lo voy pensando, sin permitirme releer para no destruir lo poco de genuino que haya en esto —si es que lo hay—.  Es del anterior modo como encuentro deplorable la pauta fingida de la comunicación escrita, la necesidad de críticas, de opiniones, la necesidad de expertos.  En este tiempo, procedemos antes a definir las cosas que a palparlas directamente.  Somos una generación de cobardes, escudada en el absurdo de lo cotidiano, los ritos premeditado.  Tan corta es la vida, como se propondría en la excelente Waking Life, como para pasárnosla en saludos vanos en la calle, buenosdías, felizcumpleaños.  Actuamos una vida en la que interpretamos el papel de que somos humanos.  Pero no queda nada de legítimo en nuestro comportamiento.  Queda únicamente el intelecto hasta la muerte: la definición, la ciencia, el dato duro, lo infrahumano.
La modernidad es un ideal.  Eso ya lo dije.  Pintura hecha a partir de la pintura (o sea, pintura y nada más).  Música hecha de música (la más moderna de las artes).  Cine hecho de cine, un gran conflicto porque el cine, lo sabemos, no es un material.  Es un proceso encadenado a la técnica que le da fundamento.  Se quita la cámara, se quita el rollo de película fotosensible y dónde quedó el cine.  Pero es un ideal, y hay cine moderno.  Como seres sensibles, nos será siempre más fácil ver un paisaje que ver un lienzo lleno de salpicaduras oscuras.  Nos será más fácil ver una película que nos entretenga, a una película de verdad, sin género ni compromisos cultural y arbitrariamente insertados.  Y esto puede ser porque la racionalidad conduce al vacío.  No sé quién nos habrá dicho que podíamos ser totalmente racionales, pero se equivocó gravemente.  En la raíz de los males está nuestra necedad por racionalizarlo todo.  Me acordaré siempre de la oposición clásica en semiótica: todas las cosas son comprensibles porque existe su opuesto.   El así llamado bien sólo existe en la medida en que es opuesto del mal, y viceversa.  El bien cobra sentido porque la vida es capaz de cosas que son clasificadas en el otro extremo.  El extremo equivocado.  Me parece un debate verdaderamente estúpido a estas alturas de la existencia ponerse a recordar si hay buenos y malos.  Si no hubiese punto de comparación, de que nos serviría ser unos santos.  Necesitamos de lo más bajo del mundo, de la corrupción, de la inmundicia, la vileza, con tal de que algunos puedan ser santos.
No sé si estoy tocando el punto que pretendía y si no lo toqué ya ni modo.  Ya habrá tiempo —nunca de sobra— para desgastarme todo lo que quiera en esos terrenos pantanosos que a nadie le han servido nunca de nada, pero que de todos modos yo, justo ahora, soy capaz de pensar.  Si lo he pensado existe, nadie me va a decir que no.  Lo malo es que está primero comer que ser cristiano y ahí es dónde.
Me acuerdo todavía de dónde vengo: vengo de la lectura de la realidad.  Y todo este discurso enorme y —probablemente— intragable es un síntoma oscuro de mi hastío ante la conducta del opinar por opinar.  La opinión siempre existe y es siempre voluble, porque es un juicio momentáneo.  No aceptamos la responsabilidad de condenarnos para siempre por lo que decimos.
Qué sucede realmente en México.  Cómo acercarse siquiera a una noción por lo menos parecida a la verdad de lo que ocurre en el país.  Es una confusión enorme, en todos los sentidos.  Sería gastado e imperdonable ponerse a recapitular tragedias históricas y la tradicional desigualdad de la que ya tantos hablaron hasta la náusea.  Pero, vinculado con todo lo que he estipulado, creo que el mexicano ha dado demasiado por sentado la realidad.  Políticamente los cambios no llegan porque parece que la gente considera que no hay mucho qué hacer contra las pautas hegemónicas.  Y es justamente este comportamiento lo que nutre la hegemonía.  Por poner un ejemplo: dar por sentado un gobierno panista en Guanajuato, puede ser la razón principal de que el panismo perdure.  Es una apatía gravísima que nos tiene paralizada la voluntad.
No hay tal cosa como una realidad.  Y si la hay es mero trámite entre el mundo físico y el entendimiento.  Necesitamos de una realidad para la interacción, para el funcionamiento social más básico.  No podemos andarnos por las ramas que hayan propuesto Aristóteles o Heidegger (qué más quisiéramos).  Como decía un estimado maestro de apreciación musical: el canto gregoriano está muy bien, pero después de un rato uno sí dice yo sí me echaba un filetito.
Lo mundano nos ata —quizá para bien— a lo que nos atañe humanamente.  Quién querría vivir un día antes que hoy.  Vivir fuera de contexto, fuera del tiempo, es amoral.  Lo único verdaderamente amoral en que puede pensar alguien que confía tan poco en el sentido de una palabra tan torpe como lo es amoral.  Creo que uno de los grandes problemas de la actualidad es la tremenda falta de actualización de las instituciones.  Y no es una falta de actualización que refiera a lo meramente discursivo, sino una gravísima indiferencia, demostrada repetidamente hacia el cuidado de los intereses humanos —la gente antes que los recursos— y que está en la raíz de cada estructura.  Es notoria, también, la gran indiferencia hacia el mundo de los jóvenes, exaltándolos demagógicamente como el futuro de las naciones, ignorándolos tajantemente en la práctica.  La política acusa la apatía del electorado joven.  La iglesia apunta con el dedo su falta de espiritualidad.  Las instituciones se quejan de ellos pero ninguna los incluye activamente.  Me ha tocado que la generación de mis abuelos y de mis padres, sean generaciones que se quejan de la falta de espiritualidad del mundo contemporáneo.  Pero sólo eso hacen, quejarse.  Y no hablo de mis padres y mis abuelos: hablo del hueco horrendo que ha quedado entre generaciones, el vacío insondable entre dos islas mutuamente excluyentes.
Me gusta pensar que estamos en una transición cabal —recordando también aquel incentivo del bono demográfico— donde lo más oscuro del oprobio tiene que hacerse notar para quemar de tajo la deshonestidad que nos cargamos.  Seremos más jóvenes que nunca, de acuerdo.  Seremos la más extensa generación en edad laboral en mucho tiempo.  Y esperemos esto no signifique que será también la más extensa generación en haber sido ignorada.
Se reincide, exhaustivamente, en nuestras tendencias retrógradas, nuestra indiferencia, nuestro encaprichamiento.  Lo que yo no entiendo es cómo existiendo esta gran conciencia de la situación mexicana en tanta gente, el cambio se hace esperar.  Yo podría hablar, por ejemplo, de la gran fe que tengo en mi generación, y podría hacerlo sin caer en atribuirle un papel redentor.  Pero esta fe la conservo porque veo que muchos compañeros tienen planes, pasiones que todavía los conducen con cierta intensidad pese a la desilusión rampante de lo cotidiano.  Esto será siempre bueno, y creo que cualquier persona que todavía desee hacer algo en su vida, es de algún modo una garantía de que hay gente queriendo concretar proyectos, queriendo demostrar su humanidad.  Mi generación no tiene ningún estigma de conflictos agrarios, ni de tierras perdidas, ni fortunas requisadas.  No hay ningún pasado maltrecho que impida generar una perspectiva distinta.  Si en algo creo que la juventud presente aventaja a la generación anterior, es en que no se lamenta todo el tiempo.  Incluso si es ignorancia, qué más da si se piensa como un estado transitorio que permita despojar la cáscara de lo que México significa en la historia.
Lo que nos mantiene maniatados no es solo nuestra actitud, nuestro gusto por ser robados; no reside únicamente en nuestra falta de educación.  Reside, creo yo, en que todavía somos los de antes.  Necesitamos morirnos, necesitamos olvidarnos de que a nuestro bisabuelo lo mataron los cristeros.  La historia sugiere posibles caminos a tomar, de acuerdo.  Y brinda pistas para analizar y leer la realidad (quiero creer que esta frase refiere a los signos del tiempo y no a otra cosa).  Pero las respuestas no están en el pasado.  Cuánto tiempo pasará para que se deje de considerar de este modo.  Probablemente ese gran conflicto que hay entre adultos y jóvenes, ese abismo de incomprensión entre lo que de un lado se piensa apatía y del otro actitud proactiva, sea un signo innegable de que podrá venir gente que no está atada, que está hermanada con la gente de su país en un sentido completo, y no sólo en el futbol.
Amanece.  En este punto no estoy seguro de nada de lo anterior y no sé realmente de qué estoy hablando.  Creo que hay una tendencia arborescente en mis intentos dialécticos.  Cada enunciado se abre invariablemente en dos, de tal suerte que al terminar (“terminar”) un texto, siento que no dije ni la mitad de lo que quería y que pude tomar otros caminos que quizá habrían llegado a mejor término.  Ojalá y todo fuera total y siempre.  Ojalá pudiera extraerse el pensamiento de un momento particular y entregarlo a los demás como una especie de objeto físico terminado.  Como si fuese un cubo transparente que alberga todos los sonidos, o todas sus combinaciones.  Pero no: habrá carencias siempre.  Omisiones.  No quiero soltar la línea que llevaba (medio metafísica, ni modo.  Así es el Rodolfito).
Leer la realidad es para mí algo que debería estar más allá del análisis historiográfico.  Seguramente digo esto porque yo, de entre los desinformados, soy el peor.  Pero recordando nuestro mundo posmoderno: quién me dirá que estoy mal.  Acepto que hay un torrente desbocado de signos en lo que acontece cada día.  Pero uno no puede sentarse a analizarlo intelectivamente y a escribir conclusiones en un libro, y enarbolar arengas incendiarias.  La acción pueda estarse ya produciéndose, soterradamente porque viene de una generación sin discurso.  Una generación muda y entorpecida por la tecnología.  Pero cómo juzgaremos esto.  ¿Con los ojos del pasado?  Estamos en un período de nada.  En el lodo, se diría.  No ha habido progreso destacado en ningún sentido.  De eso nos ha servido tanto análisis.
Yo de política no hablo, y cuando digo algo es únicamente para cerciorar mi extremada ignorancia en el tema o para lanzar al viento posturas inventadas.  Pero también resulta que de política no hablo porque para mí no tiene nada que ver con nada.  La democracia lleva el error de que no acaba por ser una asamblea —además que sería imposible— y que los representantes no representan.  Hasta ahí lo sabemos de memoria todos.  Si algo me quedaré rumiando más o menos contento es considerar el poder de la acción individual cuando esta tiene que ver con una mejora de las condiciones del ámbito propio.  Y ya había dicho esto: mi vida y sus posibilidades están antes en mis manos.  Cuán ajena es al espectáculo que tienen montado en la esfera política, sólo yo lo sabré.
Debo concluir de algún modo.  No sé si mis párrafos anteriores me llevan congruentemente a concluir justo en este punto.  Sé algo sobre mi forma de construir textos: han sido, toda mi vida, un solo texto, lineal y continuo.  Y me parece que así debería ser, y así se nos debería instruir: soy yo el que habla, he sido siempre el mismo en tantas hojas en toda mi vida académica.  Hablaré siempre de lo que me preocupa e intentaré relacionar lo que no me preocupa con mi vida.  Y lo que no alcance a engancharse de ese modo en mi memoria es lo que no sirve.  Si hubiera un gran tema en mi discurso, sería tal vez la fe.  Y en este punto me cuesta no sentirme raro, porque fe es una palabra que me disgusta.  Pero ya se sabrá lo que quiero decir.
Actualizarse será siempre un gran acierto en cualquier ámbito.  Ya algunos refutaron el racionalismo de Descartes en defensa del hombre: no todas las actividades humanas tienen que ver con la razón, muy de acuerdo (con la experiencia ya entramos en otro ámbito, yo sí siento que todo tiene que ver con la experiencia).  Bien que mal la gente (algunos) sigue leyendo, sigue viendo películas, sigue gustando de los atardeceres, del sonido del mar, de los campos, de los árboles.  Por supuesto que somos una especie depredadora, pero eso luego.
Por lo pronto, creo que esa comunión —precaria, pero comunión al fin— con el mundo, es la más alta espiritualidad a la que nuestro mundo moderno nos permite aspirar.  Y no está tan mal.  Siento que llegar de rodillas, sangrando, a los templos, no es ninguna muestra de fe, cuando sí de imbecilidad.  Ya no somos cavernícolas como para llamarle dios al fuego y adorar al rayo.  Ni le tememos al viento ni al mar, menos a la noche.  Empecinarse en mantener ritos de clara procedencia mágica es pecar de anacrónico.  Mis padres, mis abuelos, dirán que en cada generación el sistema de valores cambia y modifica su orden en la escala.  Y estoy de acuerdo.  Y dirán también que ellos tienen fe.  Y cómo decirles que no.
Pero nuestra generación también tiene fe.  Y ha demostrado la virtud de observar el pasado como referencia de consulta y no como anclaje perpetuo.  Quizá la nueva generación tiene mucha más fe que muchos de los adultos que la rodean (la fe no es mesurable, lo sé).  Pero se me dirá entonces que mi fe no es equiparable a la de ellos porque yo no rezo en voz bajita con los ojos cerrados, y no entiendo lo que la gente hace hincada después de la comunión, etc.  La fe no puede ser únicamente eso.  Qué decepción sería que alguien nos pidiera fe y que se limitara a que todos actuáramos parejitos en esa falsa devoción de cánticos litúrgicos a todo volumen y oraciones con golpes de pecho.  Mi fe es la que corresponde a mi experiencia.  Maldita sea la iglesia, que está en un terreno que no le compete.  Y cuando refiero a la experiencia quiero recordar que la experiencia no tiene que ver exclusivamente con la ciencia.  Cuántos problemas ha habido en la historia que surgen desde la tontería de un malentendido lingüístico.  Hacer una guerra porque lo que alguien más entiende por experiencia es distinto a lo que yo mismo creo de ella es vano y vergonzante.  La experiencia no está ligada a la comprensión de las cosas mediante el contacto racional con ellas.  La experiencia está ligada a la fe, en el sentido en que usamos nuestra intuición para medianamente pasar por la vida sin muchos rasguños.  No sé si lo había comentado en otro texto reciente.  No me acuerdo.  Pero la cuestión es que la única forma de aproximarse a la vida, y al mundo —y no sólo al mundo de las cosas— es con la experiencia propia.  No se puede entender desde el entendimiento de los demás ni desde lo demás.  Hay experiencias que pueden comportar el mundo de las ideas, y no por ello uno tendrá más o menos fe.  La fe no se mide (si pudiera medirse) en qué tan ignorante se es como para someterse en un silencio de falsa santidad.  Se mediría en atributos plenamente humanos: autodeterminación, integridad, conciencia.
No sé si el dios cristiano esté en todos lados, aunque de acuerdo a los regaños que me he llevado en algunos templos, parece que se encuentra exclusivamente en los sagrarios, y que resulta que hasta la espalda le he dado —vaya a saber cómo, si realmente estuviera en todos lados le daría la espalda siempre, al igual que le estaría siempre de frente—.  Si las instituciones fueran congruentes, no habría faltas de respeto minuciosamente premeditadas, ni excomuniones, ni miedos de ataque, ni sistemas judiciales que afectan más de lo que ayudan.  Me puedo poner de rodillas ante la custodia —símbolo cómodo y convencional de la deidad—, o me puedo poner de rodillas frente a un árbol o a un río, y sería exactamente lo mismo, excepto que ante el río me sentiría conmovido por el sonido del agua, y revitalizado por el viento en la cara.  Me sentiría a decir verdad mucho más en contacto con lo divino que en esas jaulas de piedra que han sido los templos.  No quiero sonar panteísta, ni newage, y en realidad no quiero sonar de ningún modo.  Sólo pienso en aclarar mi supuesto de que hay nociones humanamente necesarias (como la religiosidad) y humanamente inevitables.  Y pienso que bastantes crímenes se han cometido ya por defender un particular mundo ideológico.  El hombre es su propio hermano universal, su propia institución absoluta.  No necesita de símbolos vacuos.  No en estos días.  No sé por qué estoy tan deseoso de hablar de lo que hablo, cuando me queda claro que aquí no va.  O bueno, creo que sí sé: todavía no he sido condenado, no en este peculiar ámbito digital donde mi opinión todavía es tomada como lo que es: mi opinión.  No la de mis gobernantes, ni la de mi iglesia, ni la de mi escuela; la mía.
He querido hacer permanente la línea de la lectura de la realidad como un proceso materialmente imposible.  Pero concuerdo, es verdad, con que la realidad se lee en todo lo que es susceptible de exigir lectura.  Todo es texto, finalmente.  Y aunque de pronto parezca una apología ante la individualidad, o ante el derecho de no ajustarse a un criterio académico, creo que nadie puede no leer el mundo y sus acontecimientos.  Afortunadamente nos adaptamos bastante bien.

Sobreestimación [210511]

La aprobación tácita pero de todos modos inútil de que una mujer joven y atractiva decida sentarse en el lugar vacío a mi lado; la experiencia invaluable de entender que por la tarde uno debe sentarse a la derecha del pasillo, (estando de frente el parabrisas), si no quiere chamuscarse el brazo en el infiernito que es todos los días esta ciudad; que la calle Alud huele a una mezcla inefable de perro mojado con aceite y balatas quemadas que de ningún modo terminará por decantarse algún día en algo entrañable como para que diga soy de León y ya no siento que esta ciudad huele fatal porque no es cierto, en toda mi vida no voy a poder tragarme ese olor fantástico de las tenerías.  La desesperación extrema de que la ventana no se abra y ponga así en duda el propósito verdadero de su existencia: ventilación o broma mordaz al pasajero ingenuo; la preferencia por sobre todas las cosas de los camiones que tienen la ventana a la altura del brazo y no a la altura de la cabeza, para ir así con la cara medio de fuera, ahogándome en el vértigo suave de las calles y del viento azotando en la nariz.  La incertidumbre extrema, rayando en asco, de ver a los otros pasajeros y distinguir que nadie parece tan desesperado y enclaustrado como uno mismo.  Así vaya la carrocería quemándose a las 3 de la tarde hay una tendencia inexplicable, que yo puedo únicamente atribuir a una especie de neurosis colectiva, por mantenerlo todo cerrado.  Malditos sean, apenas llovizna y se les adivina el terror de no me vaya a mojar que luego mi madre me pega.  Tan agradecible es que caigan dos que tres chispitas del cielo sin párpado de este valle estéril lleno de cardos y huizaches.
El presagio oscuro de toparse con alguien conocido en el camión, así sea tu amigo del alma, porque el camión y el hecho de que vayan todos encerrados en él y además de todo en movimiento reduce las posibilidades de huida una vez sobrepasado el límite de interacción humana.  Sin poder hacer nada el encuentro se vuelve algo forzado, algo que elimina de tajo la posibilidad de decir te dejo, tengo que ir al banco o cualquier otra idiotez, porque en la vida real también todo es protocolo y amabilidad infinita.  En el camión se cae en una trampa mortal.  A dónde diantre huyes.  Saltar por la ventana no es una opción (y ya anteriormente comentada la situación de las ventanas cabe recordar que de todos modos no hay ventanas).  El misterio sobre el que todos tendrán teorías muy elaboradas pero que da más bien flojera saber a detalle, las famosas barras en las que a todos nos habrán gritado nomás te encargo que no obstruyas las barras y uno se queda temblando de pies a cabeza y muy afectado en su sensibilidad y su orgullo, como toda vez que al chofer le da por abrir la boca para hablar con cualquier persona que no sea la señora de hasta delante con quien tiene siempre temas muy interesantes qué desarrollar.  Siempre son incoherencias que parecen sacadas de algún poema autóctono.  Y estará también el personaje cómodo que llega y se sienta de perfil como si lo fueran a pintar, ocupando dos asientos.  En las mañanas, cuando tenía que tomar el camión a las 7 era evidente que subía dormido.  Y en ese estado, sobre todo si la noche anterior había implicado un desvelo importante o una ausencia total de descanso, todo se vuelve un detalle espantoso, criticable, la disposición de la gente, su actitud, sus peinados, sus cachuchas y lentes negros para taparse quién sabe cuál sol al amanecer, sus audífonos que no alcanzan a disimular una progresión death metal completamente inexplicable y aborrecible a esas horas de la madrugada, el constante tironeo destemplado de frenos y velocidades mal embragadas, choferes rabiosos siempre al borde de un problema cardiaco serio.  El pssssss que invariablemente ha de sonar el algún lugar del vehículo y que no se sabe si es un suspiro triste que suelta la máquina por el trato que le dan, o una extensión misteriosa de las patologías psíquicas del chofer.
Y sé que dentro de cinco semanas habrán sido cuando menos 2000 idas y venidas en esa ruta y ahora veo que no la extrañaré.  Que, por el contrario, la odio profundamente.