marzo 01, 2012

"...como el lino que es blanco y huele a hierbas"


Las circunstancias de tu nacimiento, como las de tantos otros portadores de la palabra viva, se produjeron en condiciones insólitas, quizá tanto como las de tu vida misma, y de alguna forma el destino quiso que nacieras en Suiza, país que está tan lejos de tu idioma y de tus palabras. Suiza dejó muy pronto de tener nada que ver conmigo. Es un país que recuerdo acaso falazmente entre la bruma del sueño y la memoria de una infancia incierta. Es más ahora un país que mi imaginación quisiera lago de musgo y mujeres en tela antigua color tierra; diviso sus paisajes obligadamente y sé que son antes fruto de mi voluntad que imagen concreta. Aunque creo extrañar su viento helado y sus vías encalladas; los sonidos y el aroma a plantas; todo eso que para una niña tiene un valor inexplicable e indeleble. Pero sobre todo extraño la nieve y el silencio con que caía. En cuanto a las condiciones insólitas de las que hablas, puede que tengas razón, ya que hasta mi fecha de nacimiento está sujeta a debate. De cualquier forma, jamás fue importante para mí observar mi tiempo físico en la vida. Siempre me sentí envuelta en una confusión de marisma que impregnaba todas mis acciones y todas mis palabras, y en ese ámbito, la forma humana de medir la vida tenía muy poco que ver conmigo.
Alfonsina, creo que no es fortuito que hayas sido argentina. Una voz como la tuya tenía que ser en español. Bueno, pero eso yo cómo puedo saberlo. El español, por supuesto, fue más que un idioma para mí: se convirtió dese muy pronto en un refugio para mi mente y sensibilidad. Y no deja de ser curioso que, de haberme quedado en Suiza, las posibilidades de adoptar un lenguaje eran cuando menos cuatro y el asunto se volvía más un tema de elección que de cultura natural. Estuve cerca, por ejemplo, de que mis palabras fuesen alemán o francés. Más cerca todavía de que fueran italiano, idioma del que todavía conservo alguna cosa. Por supuesto el español tiene una música extraña, que para mí se parece ante todo a la de un arroyito calmo y cristalino. En italiano lo que sentía eran gotas de lluvia gorda, quizá demasiado rápidas y pesadas como para querer conservarlas. Y claro que es un idioma que mantiene su belleza particular, pero en el español cada palabra es una perla redondita que sobrevive sin ligazones extrañas ni sinalefas.
Háblame de tu nombre, Alfonsina, que para mí se yergue como si fuese el nombre de una flor melancólica. No es poco acertada tu imagen. Mi padre era un hombre triste y lejano. A mi madre le oscurecía la mirada un velo amargo y la voz la costumbre seca. Los dos fueron siempre tristes y raros, mi padre más que mi madre. Y no sé, mi nombre fue como la prolongación del mundo de la infancia, la declaración de una sombra histórica. Y fue como para cualquiera, debo suponer, el hecho de que a partir de cierto punto mi nombre dejó de ser apelativo para convertirse en definición. He sido Alfonsina por tantos años que ya no sé lo que eso significa. Mi hermano menor se llamó Hildo, y a veces creo que en todo esto hay como una certeza oscura que a veces mi hermano y yo llegamos a sentir en forma de frío, pero que hemos negado toda la vida.
Siento que por mucho tiempo te ha gustado fingir. Dime que es verdad. No puedo. Lo único que puedo admitir es que por mucho tiempo he fingido que no finjo. Aunque acepto que la mentira es una condena humana que viene a ajustarse con suavidad y es fácil de aceptar, aparte de todo. He fingido ser mayor de lo que soy, intentado ser una hija limpia y distinta. Fingí leer cuando niña, moviendo apenas los labios, deslizando mis ojos sobre una hoja llena de letras oscuras, pronunciando palabras que no entendía y que por supuesto ni siquiera llegaban a formarse en mi boca. Fingí el conocimiento y la docilidad. Fingí la mentira. Yo no sé si fingir es un indicio de algo que se pronuncia equivocado y horrible, pero desde siempre me ha subido desde el suelo la necesidad de fingir un poco, y por la pregunta, supongo que entiendes lo que digo y que tú también finges.
Alfonsina, a veces siento como si estuvieras muerta. Y después, claro, me sigues leyendo. (Ríe un poco).
Háblame de tu infancia. Cuando fui niña mentí muchísimo. Inventé incendios y catástrofes. Serví miles de cafés y aprendí el italiano. Escribí con palabras temerosas y anquilosadas. Estuve siempre muerta. La corrección se me enredaba seguido a los tobillos como una hiedra negra. Mucho de lo que pensé no llegó a formar nada claro, y fue tal vez eso lo más angustioso. Mi delantal y mis corpiños estaban llenos de papelitos con líneas emborronadas y secretas, preocupaciones sombrías. Mi primer poema, a los doce años, hablaba ya sobre mi muerte y mi entierro, y todas esas palabras estaban de alguna forma muertas también, porque salían con miedo y estaban prohibidas.
Alguien que usa un pseudónimo como Tao Lao debe tener una noción distinta sobre el lenguaje. No. En todo caso creo que lo que tengo es una no-noción. Tú sabes que cuando se empieza a tener noción de las cosas empieza a ser todo un poco aburrido, porque la noción es antinatural y un poco ridícula. Es por ejemplo lo que me habría sucedido de haber tenido noción de mi vida. Quizá habría servido cafés para siempre, o habría sido una excelente costurera. Pero yo estaba algo triste y tenía ganas de hacer cosas que fueran particularmente no necesarias. Lo necesario lo es para la vida en el mundo, pero en la casa de mi cuerpo no cabía otra certeza que la de una realidad en terrones, que antes que reconformar podía pisotear y pulverizar. El lenguaje es lo único que ha configurado líneas sólidas para mi espíritu, y ha sido el sustento verdadero de mi existencia. No es importante esto que mencionas del pseudónimo Tao Lao, aunque responda, quizá, a esto que sugieres, y que tiene que ver con el sonido y la música de la palabra en ella misma antes que en el sentido.
Alfonsina, siento la necesidad de reiterar mi sensación de que estás muerta. Te diré algo que tú sabes mucho mejor que yo: qué diera por estar verdaderamente muerta. La muerte sería el verdadero descanso, el único descanso posible, la verdadera libertad, el ocaso paulatino y deseable. No hay muerte para nadie; lo que hay es sufrimiento; lo que hay es la obligación de permanecer para siempre en el tiempo. Morir sería poder desvanecer todos los nudos que me atan al mundo, y creo que pocos han logrado esa proeza. Ciertamente no yo. La muerte y el sufrimiento están mezclados en la mente humana, pero no debería ser así. Para mí la muerte no está asociada al dolor, sino al poder irme. Quise morir una vez y no funcionó. Sigo tan aquí como siempre.
Alfonsina, quisiera un último poema. La arena estaba azul en la playa y se me enredaba al vestido. Aquella noche creí escuchar unas palabras nuevas en la marea y quise tenerlas conmigo. Era el agua, como siempre, la que pronunciaba insistente algo que me llegaba confundido entre los peces y que sabía muy fuerte a algo antiguo, como a un deseo inocente que de pronto reconocía haber tenido. No puedo saberlo, un deseo de niña, tal vez. Y supe que de pronto, todo en aquel momento era como un verso inconcluso, como una ventana rota por la que mi habitación comenzaba a inundarse. Fue como si de pronto las palabras estuvieran finalmente ahí, debajo de las nubes y las olas, perfectamente discernibles y presentes. La luna se hundía en el agua y sentí que las formas chorreaban de hiel y de piedra despedazada. Vacié la realidad de aquel único instante de todo sentido y quise que no hubiera ningún pensamiento en mí. El agua me cubrió en un abrazo tierno y helado, y yo seguí caminando hacia donde se escuchaban las palabras.


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