abril 04, 2012

De los muchos años con




Todavía no empiezo y ya me estoy sintiendo triste de enunciar lo que sigue.  Cortázar es el principal responsable de muchas de las nociones que ahora considero naturales e infaltables en mi vida.  Él y sus libros están en el origen de una cantidad enorme de reflexiones en las que me he visto absorto. 
Parece suficientemente claro que hablar bien de él es cosa fácil.  Esto es así para mí y para algunos otros que no están tan peleados con la existencia.  Debo decir ahora que, por lo que he visto navegando aquí y allá, a la gente grande, a críticos y literatos serios, lo que más bien les resulta fácil es hablar mal de él.  O no mal, pero sí como con una cierta displicencia de quien lo sabe superado y se siente en la obligación de ostentar cierto estatus de madurez literaria inaguantable.  Es decir, lo dan por hecho.
Es algo que yo he notado conforme me suceden los años.  A Cortázar lo conocí felizmente hacia el primer año de bachillerato, y supuso una exigencia estilística e intelectual muy estimulante.  Creo que difícilmente imagino a otro escritor más entrañable en mi vida, al menos hasta el punto en que escribo esto.  Cortázar es la referencia obligada, el parámetro más indiscutiblemente comentado por mí y por mis amistades.  Y creo que está muy bien, porque de leerlo a no haberlo leído nunca, no veo punto de comparación.  Acaso sospecho que hay algo extraño cuando observo que todo empieza a ser demasiado Cortázar: la forma en que se plantean los proyectos, el deseo de adaptar audiovisualmente algún cuentito suyo, la forma de aproximarse a ciertos rumbos de la pintura o el jazz.  Pero en un esquema educativo en que los programas de literatura llegaban hasta la redundancia gastada de los autores del Siglo de Oro, menos frecuente los del modernismo y poco menos los del inicio del realismo mágico, un encuentro ―bellamente fortuito— con Cortázar, no podía ser nunca despreciable.
Ahora, creo que la reincidencia de una serie suficientemente amplia de temas de mi discurso cotidiano a querer remitirse invariablemente en Cortázar puede ser un síntoma de que, en efecto, debo buscar otras cosas, y que la ternura, el surrealismo y lo fantástico de sus cuentos son un horizonte que pronto deviene demasiado conocido.  Pero cómo negar que la instigación a la duda, la primera espinita metafísica, el lenguaje puesto en tela de juicio, todas esas cosas que resultan tan inimaginables de perder, las tengo gracias a él.  Las conservo gracias a él.
Y después, claro, la reafirmación sustantiva en Borges, Calvino, los primeros acercamientos a la poesía francesa, la dificultad de ciertas líneas probablemente más viscerales de lo que a un adolescente conviene, Rimbaud, Verlaine, Mallarmé.  Después más surrealismo, Buzzati, Queneau, Pizarnik.  Cuando vuelvo a Cortázar me siento cada vez más viejo, quizá porque cada vez es más fácil leerlo.  Quizá soy cada vez más un lector vigente.  Quizá pronto caducará mi jovialidad, mi precaria fe en ciertos aspectos de la humanidad.   El problema con Julio parece estar, para los hombres de letras serios, en que es casi demasiado mainstream como para tomarlo a consideración en los círculos de vanguardia internacional.  A ellos hay que hablares de Joyce y Nabokov para arriba, e incluso Joyce parece un pecado de tan leído y ordinario que resulta ponerlo como referencia.
Diré, por último, que siento que a todos en el mundo nos gusta demasiado Cortázar.  Pero que este mismo gusto pasional, desenfrenado, deriva paulatinamente en una complicidad que ya no va tan bien con los años, que tiene más que ver con el sentirse contento y sin complejos de quien todavía no ha adquirido las preocupaciones propias de saber más de lo que se sabía ayer, algo imposible para un señor sabio y amargo que haya leído ya la obra completa del más recóndito y probable próximo Nobel.  Cortázar está en casi todo blog de lengua española, disimulado y encubierto en el miedo de pasar por un principiante, por alguien que todavía se deja sorprender.  Está en su ausencia, en la referencia tácita y temerosa de que el mundo es cada vez más y más viejo, a diferencia de él, que nació, vivió y murió joven.

1 comentario:

  1. Todo ese snobismo de mundillos literarios que privilegian lo nuevo, lo vigente o lo que sea, uno se lo salta por encima con olímpica ligereza, porque aprendió a leer con García Márquez y a fabular con Quiroga, Borges y Cortázar. No quiero olvidar tampoco la honda impresión que me causó Paradiso de L.Lima. Emotiva y muy interesante lanza a favor de J.Cortázar, cuyo sentido del humor y ternura iban de la mano con una ironía delicada siempre, como en Buzzati, fruto de una mirada franca a la condición humana.

    Salud, Don Belianís

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