Un bozal para que se
callara maldita la boca y dejara hacer mi trabajo. Recostado sobre la
placa de metal conectada a generador encendería el artefacto y le freiría
aplicadamente cuidando retener su conciencia. Le despegaría sin el menor
cuidado de la plataforma, habría que desollarle lo más posible. Le
metería en una tinaja llena de almíbar y mieles espesas, alcatraces inmarcesibles,
vestigios de mi antigua industria apícola sobre su piel y ojos frescos.
Con un zapato de mujer tacón azul turquesa dentro sus ojos, eventualmente
contra su cerebro y el bozal ahora innecesario. Escalpelo y retiraría el
cuero cabelludo ―ya mera degustación naturalista―. En las cuencas vacías,
[y por qué no, a manera de firma], dos bombillas, 150 watts cada una por detrás
del vómer y puenteadas hacia dos limones en que enraízan cables de cobre y un
paseo con mi hija y su perrito al parque.
abril 30, 2012
abril 25, 2012
Lectura de la realidad
Obligado amerizaje de mi atención en
un tema que me es mayormente desconocido y que a estas horas no me interesa ni
quiero fingir que pueda interesarme jamás.
Soy un
tramposo, eso lo sé muy bien. Me la paso escribiendo lo que sea con tal
de demorar un poco la llegada de los temas que son verdaderamente
pertinentes. Sé que me conduzco ―deplorablemente, lo acepto― en un modo
que podría calificarse de hedonista, al menos en cuanto a cultura se refiere.
Porque es muy cierto que consumo únicamente lo que me interesa, y la
actualidad nacional no es una de esas cosas.
Ahora:
quiero que se entienda que esto lo digo en parte porque ya es tarde, y en parte
porque de verdad lo creo. Pero de ningún modo quiero jactarme de que esto
que estoy haciendo valga la pena —casi nada lo vale—, y mucho menos quiero
cotejar lo que yo pueda decir contra el trabajo de mis compañeros.
Simplemente hago un juicio (de corto criterio, si se quiere) en base a lo que
he visto en estos tres años y medio; y la cuestión es que es fácil ver que a
nadie le importa nada. Habrá muchos que pasen la carrera de muertito, y
habrá quienes no hayan tenido, en cambio, un solo día de tranquilidad.
Pero a quienes por meses y meses nos importó poco o nada el destino de estos
especímenes, a un semestre de la salida final de este túnel escabroso empieza a
sabernos a injusticia y a menoscabo la suma tibieza de los procedimientos.
Se
yergue una primera postura aparente: si te esfuerzas en la carrera, te va más o
menos bien. Si no te esfuerzas en la carrera, también te va más o menos
bien. Si no tienes destellos genuinos y personales en tu mente, pero te
ganas el pronto favor de la gente al mando, puedes desarrollar una alta
posibilidad de titularte por excelencia. Se parece ―demasiado desagradable
como para quedarse en el puro folclor— a aquello de que si uno se preocupa se
muere. Y si uno no se preocupa, también se muere.
Jamás
me han importado las calificaciones numéricas, en el sentido en que por años me
han hecho ver que se trata más bien de una descalificación.
Es decir, el maestro ya no tiene que ser siquiera un conocedor de nada.
Basta con que sea un vulgar negociador. El alumno no es acreedor a una
calificación máxima de 10 (somos culturalmente muy decimales); por el
contrario, es merecedor de que se le resten continuamente. El máximo
numérico no es una aspiración que corresponda al ingenio y la
creatividad. Es una medida coercitiva sujeta a estipulaciones imbéciles.
Calificación. Qué mentira más grande. Nido de avispas, es
un festín de métodos conductistas y posturas podridas de hace siglos. La
calificación sería una estimación subjetiva —porque así son los números, quién
lo diría— del desempeño intelectual de un alumno, y no un premio o un castigo
por hacer o dejar de hacer las cosas. Si van a esta conferencia les doy
un punto más. Si entran tarde les quito dos. Si traen todos sus
trabajitos muy bonitos y engargolados es medio más. Compre dos, lleve
tres. Alumnos ciegos es lo que somos, que entramos en el juego de compra
y venta cuando la cualidad siempre ha antecedido a la cantidad. La
calidad humana no se compra, pero preocuparse por un número es aceptar el yugo,
es gritar a los cuatro vientos nuestra plena disposición al sometimiento.
Y cómo no nos va a importar, si la beca, y la situación en casa, y el dinero no
es un juego, y etcétera. Pero los maestros de hoy [muchos] han perdido el
don de la enseñanza —no digo vocación, porque no existe tal cosa—, y su única
forma de control son diez puntos nuevecitos y listos para descontarse.
Exactamente en donde está lo divertido de eso. En dónde se pretende que
admiremos la docencia.
Me
gusta creer que hablo de este modo por aquello que ya decía en otra entrada:
desconozco lo suficiente sobre todo y sólo así concibo cierta holgura. Si
lo supiera todo tendría miedo de ser como un pez que está atrapado en un
recipiente que tiene su misma forma. Debo decir, antes que esto se
desperdigue por rumbos más borrosos —seguro que lo hará— que yo soy el
principal adepto cuando de leer la realidad se trata; en mi propio modo:
trabajoso, rupestre, alejado de todo estándar de pragmatismo, pero mío al
fin. La cuestión es que la realidad, lo saben algunos, es impensable si
no es a través de significantes convencionales: imagen acústica, objetos conocidos.
Y para quienes ya nos dejamos contaminar por libritos aparentemente tan
inofensivos como Derrida y compañía, es inútil volver la vista atrás. La
realidad no puede únicamente ser eso que la civilidad nos dice que es.
En mi
vida académica me he encontrado debatiéndome continuamente entre la postura en
que se me instruye —siempre aceptada de modo general por buena e inapelable―, y
la mía, siempre subyacente, siempre en conflicto. Pero es bueno tener un
una división tan marcada que me señale dónde termina lo que me dicen y dónde
inicia lo que creo. Ahora mismo me siento en una lucha continua entre el
deseo de hablar yo y nada más yo (el camino fácil), y tratar de tejer mi propia
noción de las cosas en los intersticios de los temas que culturalmente podrían
tener algún interés.
Creo
que la acusada posmodernidad de nuestro tiempo nos obliga a
que aceptemos muchas cosas. Y en gran medida me parece una de las pocas
cosas humanamente rescatables de este tiempo. Para mí, por ejemplo, es
muy natural aceptar con naturalidad conflictos que para la generación de mis
padres son ultraje o escándalo. Para mí, también, es más fácil entender
que la opinión del otro es la opinión del otro, y que probablemente nada
surgirá de insinuarle que la opinión propia es mejor. Exigir credibilidad
está pasado de moda. Con la diversidad vertiginosa con que las cosas nos
acechan no tenemos ya el derecho de proclamar el valor de una cosa sobre
otra. Sólo podemos aceptar que existen y que las odiamos o no
tanto. Es como lo que está sucediendo en la religión. Creo
firmemente que la religión como invitación a un comportamiento dogmático dejó
de ser significativa hace varias décadas. No sirve porque el hombre ya
siente que sabe demasiado. En el fondo no sabemos nada, porque todo lo que
sabemos está hecho de palabras, o de imágenes que comprendemos —que creemos
comprender— porque tienen una palabra que las nombre, o de sonidos que
corresponden universalmente a cosas que están debajo de todo. El hombre
está extraordinariamente perdido, y nada puede salvarlo. Mucho menos una
sugerencia de rito, que por factores contemporáneos resultan vacíos e
insignificantes.
Cabría
señalar que otras religiones no están tan al borde del vacío como los
católicos, que nos gusta hacer piñatas, y tener guardias suizas y santos por
todos lados. Pero no hay a cuál irle. En este ámbito (el religioso)
soy un marginado. Y comprender la postura propia de este modo tiene sus
cosas buenas, porque puedo decir que a lo que aspiro, en todo caso, es a una
espiritualidad sin nombre y sin renglones—.
Me
parece absolutamente natural que la iglesia esté tan resquebrajada. Me
parece normal que haya registro de tantos cismas. Esto no es sino un
síntoma saludable, un indicio de que la costra por fin se está
agrietando. Quizá debajo de tanto hielo vuelva a correr el agua, fresca y
verdadera por fin. Cisma de Oriente, de Occidente, llamémosle como
sea. Uno no lleva registro de los témpanos que van derruyéndose en los
glaciares, ni los bautiza como pedacito uno, pedacito dos.
Vaya todo al demonio, sólo sabemos que un bloque, otrora impenetrable, se está
deshaciendo, y que así pensemos en bloques diversos e individuales, (política,
cultural, socialmente…) no hay band-aid que pueda pegar dos
trozos de hielo. No hay cambios qué hacer, excepto los que tienen que ver
con la vida. Siempre la vida. Es lo único valioso. Tanto
tiempo en la tierra y no acabamos por entender nada.
Creo
que leer la realidad es una cosa que tiene que ver con la modernidad.
Hasta donde conozco, la modernidad nunca aceptó medias tintas en ninguna de sus
facetas. La modernidad ha sido, en mi vida, una invitación horrible, que
me seduce en ciertos episodios, que me repugna en otros. No me gusta
decirlo porque no sirve de nada, pero es cierto que vivimos un esquema
que no es el de la modernidad, se llame como sea. Y no
hay ningún orgullo en esto. Admiro más a los modernos por lo que son,
aunque los odio más fácilmente al juzgarlos desde fuera. Admiro la
modernidad como ideal de pureza, como símbolo cumbre de los logros de la
razón. Aunque por supuesto, ya hablando en estos términos, podemos
dirigir la mirada a toda la maniobra nazi, un proceso calculado hasta su más
último detalle. Los crímenes de la razón, a la par de sus logros.
Razonarlo
todo no ha parecido funcionarle muy bien al hombre. Y ahora caemos al
otro extremo: el abismo del sinsentido, el vacío, los significantes
arbitrarios, la mezcla, la pérdida de identidad. A mí me gusta la
modernidad como ideal, sobre todo en términos artísticos. (Lo posmoderno no
suele pasar de lo kitsch o la remanencia del pop art). La pintura
moderna, lo recordamos ya de los muy largos debates desde Greenberg y todos
esos, es pintura antes que otra cosa. Esto equivale a decir que a su
autor no le interesó retratar a una mujer ni pintar un paisaje. No le
interesó nada excepto la pintura por sí misma. Y entonces nos topamos con
cuadros como los de Malévich, su negro sobre negro, blanco
sobre blanco… Queda en evidencia la técnica. Queda al desnudo
la noción incontrovertible de que la pintura es una pintura, y no una
referencia a la realidad. Cuando se pinta un paisaje, la pintura es
referencia de ese paisaje, y lo más importante es el cómo luce
ese paisaje, antes que el qué de ese paisaje, es decir, los
colores que le dan sustento en un marco, el estilo de la pincelada, todo
lo que trae al paisaje a un pedazo de tela y que implica llanamente al lienzo y
al óleo.
Me
parece que hay cosas que llanamente deberían quedarse para siempre en el
espacio para el que fueron propuestas. Es decir, la música está ligada
desde su naturaleza a la escucha y a la emotividad humanas. Tiene antes
un vínculo sensual y afectivo con la mente que otro —lógico o verbal— con la
razón. Y pongo lo que escuché alguna vez en un documental de la BBC: la
música es la única forma artística que impacta antes en la sensibilidad que en
la razón (hasta ahora no ubico ninguna variante de actividad humana que procure
desenvolverse en el mundo de los aromas, al menos no en un sentido estético, de
lo contrario podría numerarse antes que la música). El oído es un órgano
frecuentemente enunciado por debajo del ojo. Se diría que es más primitivo.
Y no quiero referirme con esto a su precariedad anatómica o una insinuación de
menoscabo entre los otros sentidos, sino a su funcionamiento; lo comparo al
olfato en la medida en que el olor de las cosas trae recuerdos inapresables,
inubicables. Recordamos con un perfume una sensación, un miedo, una
persona, y no tanto un momento concreto.
Una
melodía puede traer la noción de un arrullo, de una canción de cuna olvidada,
la extrañeza de la infancia perdida. El sonido no es inteligible
verbalmente. Entre el oído y la mente no media nada, no hay ningún
freno. La música entra e impacta con toda su fuerza en la memoria.
Es mucho lo que puede decirse de la música, pero siempre en base a la
sensación. Es decir, cuando entramos al mundo acolchado de los audífonos,
no vamos previendo la música, adelantándonos a los sonidos con minuciosos
razonamientos sobre su construcción; el razonamiento —si es que lo hay— es
siempre después: el sonido se produce, lo percibimos sensualmente, y sólo
después podemos incurrir en el desperdicio de definirlo verbalmente.
El ojo
es otra cosa si hablamos en estos términos: no se deja conmover tan
fácilmente. Y así podemos ver que la gente en los museos dirige la mirada
antes a las explicaciones que hay debajo del cuadro que a la pintura como tal,
y todos van a leer lo que alguien dijo de la pintura, su título, su técnica y
sus medidas. El ojo es más miedoso porque es más dependiente de la
razón. Podemos decidir no querer ver, podemos decidir cerrar los
ojos. No podemos decidir dejar de escuchar —para quienes compartimos la
bendición de la escucha—. Los impulsos lumínicos que inciden en el nervio
óptico no son suficientemente intensos como para generar su propio
sentido. Antes tenemos qué interpretarlos, tenemos que
reconocerlos. La noción visual de una pared se corresponde con la imagen
acústica de lo que los fonemas que integran la palabra pared son
capaces de evocarnos y viceversa. El entendimiento, para mí, se oculta en
un lado que no es la palabra, dependiendo socialmente de ellas para la
interacción con otros entendimientos, pero diferente del todo en su origen al
de la naturaleza verbal. El mundo no es ni de imágenes ni de
palabras. Es todo lo otro, todo lo contrario.
Decía
Andrés Amorós sobre las palabras, si serían como una botella empolvada de vino
que impide ver el líquido que contiene; o un tanto más optimista: como una servilleta
envolviendo un pan, y adentro la harina y la fragancia esponjándose. En
los dos casos hablamos de una especie de envoltura, una cáscara. Ladrillo debería
contener la noción ilocutiva de ladrillo. Lo que nos interesa es el
interior de ladrillo, la comprensión total de lo que es un ladrillo
disfrazada de ladrillo, [que lamentablemente suena justamente como
la palabra ladrillo que significa lo que entendemos con ese
sonido (…) y así sucesivamente]. Etcétera.
No sé
si todo esto se dejará leer en los lindes del sinsentido. Pero lo escribo
como lo voy pensando, sin permitirme releer para no destruir lo poco de genuino
que haya en esto —si es que lo hay—. Es del anterior modo como encuentro
deplorable la pauta fingida de la comunicación escrita, la necesidad de
críticas, de opiniones, la necesidad de expertos. En este
tiempo, procedemos antes a definir las cosas que a palparlas
directamente. Somos una generación de cobardes, escudada en el absurdo de
lo cotidiano, los ritos premeditado. Tan corta es la vida, como se
propondría en la excelente Waking Life, como para pasárnosla
en saludos vanos en la calle, buenosdías, felizcumpleaños. Actuamos una
vida en la que interpretamos el papel de que somos humanos. Pero no queda
nada de legítimo en nuestro comportamiento. Queda únicamente el intelecto
hasta la muerte: la definición, la ciencia, el dato duro, lo infrahumano.
La
modernidad es un ideal. Eso ya lo dije. Pintura hecha a partir de
la pintura (o sea, pintura y nada más). Música hecha de música (la más
moderna de las artes). Cine hecho de cine, un gran conflicto porque el
cine, lo sabemos, no es un material. Es un proceso encadenado a la
técnica que le da fundamento. Se quita la cámara, se quita el rollo de
película fotosensible y dónde quedó el cine. Pero es un ideal, y hay cine
moderno. Como seres sensibles, nos será siempre más fácil ver un paisaje
que ver un lienzo lleno de salpicaduras oscuras. Nos será más fácil ver
una película que nos entretenga, a una película de verdad, sin
género ni compromisos cultural y arbitrariamente insertados. Y esto puede
ser porque la racionalidad conduce al vacío. No sé quién nos habrá dicho
que podíamos ser totalmente racionales, pero se equivocó gravemente. En
la raíz de los males está nuestra necedad por racionalizarlo todo. Me
acordaré siempre de la oposición clásica en semiótica: todas las cosas son
comprensibles porque existe su opuesto. El así llamado bien sólo
existe en la medida en que es opuesto del mal, y viceversa.
El bien cobra sentido porque la vida es capaz de cosas que son clasificadas en
el otro extremo. El extremo equivocado. Me parece un
debate verdaderamente estúpido a estas alturas de la existencia ponerse a
recordar si hay buenos y malos. Si no hubiese punto de comparación, de
que nos serviría ser unos santos. Necesitamos de lo más bajo del mundo,
de la corrupción, de la inmundicia, la vileza, con tal de que algunos puedan
ser santos.
No sé
si estoy tocando el punto que pretendía y si no lo toqué ya ni modo. Ya
habrá tiempo —nunca de sobra— para desgastarme todo lo que quiera en esos
terrenos pantanosos que a nadie le han servido nunca de nada, pero que de todos
modos yo, justo ahora, soy capaz de pensar. Si lo he pensado existe,
nadie me va a decir que no. Lo malo es que está primero comer que ser
cristiano y ahí es dónde.
Me
acuerdo todavía de dónde vengo: vengo de la lectura de la realidad. Y
todo este discurso enorme y —probablemente— intragable es un síntoma oscuro de
mi hastío ante la conducta del opinar por opinar. La opinión siempre
existe y es siempre voluble, porque es un juicio momentáneo. No aceptamos
la responsabilidad de condenarnos para siempre por lo que decimos.
Qué
sucede realmente en México. Cómo acercarse siquiera a una noción por lo
menos parecida a la verdad de lo que ocurre en el país. Es una confusión
enorme, en todos los sentidos. Sería gastado e imperdonable ponerse a
recapitular tragedias históricas y la tradicional desigualdad de la que ya tantos
hablaron hasta la náusea. Pero, vinculado con todo lo que he estipulado,
creo que el mexicano ha dado demasiado por sentado la realidad.
Políticamente los cambios no llegan porque parece que la gente considera que no
hay mucho qué hacer contra las pautas hegemónicas. Y es justamente este
comportamiento lo que nutre la hegemonía. Por poner un ejemplo: dar por
sentado un gobierno panista en Guanajuato, puede ser la razón principal de que
el panismo perdure. Es una apatía gravísima que nos tiene paralizada la
voluntad.
No hay
tal cosa como una realidad. Y si la hay es mero trámite
entre el mundo físico y el entendimiento. Necesitamos de
una realidad para la interacción, para el funcionamiento social más
básico. No podemos andarnos por las ramas que hayan propuesto Aristóteles
o Heidegger (qué más quisiéramos). Como decía un estimado maestro de
apreciación musical: el canto gregoriano está muy bien, pero después de un rato
uno sí dice yo sí me echaba un filetito.
Lo
mundano nos ata —quizá para bien— a lo que nos atañe humanamente. Quién
querría vivir un día antes que hoy. Vivir fuera de contexto, fuera del
tiempo, es amoral. Lo único verdaderamente amoral en que puede pensar
alguien que confía tan poco en el sentido de una palabra tan torpe como lo
es amoral. Creo que uno de los grandes problemas de la
actualidad es la tremenda falta de actualización de las instituciones. Y
no es una falta de actualización que refiera a lo meramente discursivo, sino
una gravísima indiferencia, demostrada repetidamente hacia el cuidado de los
intereses humanos —la gente antes que los recursos— y que está en la raíz de
cada estructura. Es notoria, también, la gran indiferencia hacia el mundo
de los jóvenes, exaltándolos demagógicamente como el futuro de las naciones,
ignorándolos tajantemente en la práctica. La política acusa la apatía del
electorado joven. La iglesia apunta con el dedo su falta de
espiritualidad. Las instituciones se quejan de ellos pero ninguna los
incluye activamente. Me ha tocado que la generación de mis abuelos y de
mis padres, sean generaciones que se quejan de la falta de espiritualidad del
mundo contemporáneo. Pero sólo eso hacen, quejarse. Y no hablo de
mis padres y mis abuelos: hablo del hueco horrendo que ha quedado entre
generaciones, el vacío insondable entre dos islas mutuamente excluyentes.
Me
gusta pensar que estamos en una transición cabal —recordando también aquel
incentivo del bono demográfico— donde lo más oscuro del
oprobio tiene que hacerse notar para quemar de tajo la deshonestidad que nos
cargamos. Seremos más jóvenes que nunca, de acuerdo. Seremos la más
extensa generación en edad laboral en mucho tiempo. Y esperemos esto no
signifique que será también la más extensa generación en haber sido ignorada.
Se
reincide, exhaustivamente, en nuestras tendencias retrógradas, nuestra
indiferencia, nuestro encaprichamiento. Lo que yo no entiendo es cómo
existiendo esta gran conciencia de la situación mexicana en tanta gente, el
cambio se hace esperar. Yo podría hablar, por ejemplo, de la gran fe que
tengo en mi generación, y podría hacerlo sin caer en atribuirle un papel
redentor. Pero esta fe la conservo porque veo que muchos compañeros
tienen planes, pasiones que todavía los conducen con cierta intensidad pese a
la desilusión rampante de lo cotidiano. Esto será siempre bueno, y creo
que cualquier persona que todavía desee hacer algo en su vida, es de algún modo
una garantía de que hay gente queriendo concretar proyectos, queriendo
demostrar su humanidad. Mi generación no tiene ningún estigma de
conflictos agrarios, ni de tierras perdidas, ni fortunas requisadas. No
hay ningún pasado maltrecho que impida generar una perspectiva distinta.
Si en algo creo que la juventud presente aventaja a la generación anterior, es
en que no se lamenta todo el tiempo. Incluso si es ignorancia, qué más da
si se piensa como un estado transitorio que permita despojar la cáscara de lo
que México significa en la historia.
Lo que
nos mantiene maniatados no es solo nuestra actitud, nuestro gusto por ser
robados; no reside únicamente en nuestra falta de educación. Reside, creo
yo, en que todavía somos los de antes. Necesitamos morirnos, necesitamos
olvidarnos de que a nuestro bisabuelo lo mataron los cristeros. La
historia sugiere posibles caminos a tomar, de acuerdo. Y brinda pistas
para analizar y leer la realidad (quiero creer que esta frase
refiere a los signos del tiempo y no a otra cosa). Pero las respuestas no
están en el pasado. Cuánto tiempo pasará para que se deje de considerar
de este modo. Probablemente ese gran conflicto que hay entre adultos y
jóvenes, ese abismo de incomprensión entre lo que de un lado se piensa apatía y
del otro actitud proactiva, sea un signo innegable de que podrá venir gente que
no está atada, que está hermanada con la gente de su país en un sentido
completo, y no sólo en el futbol.
Amanece.
En este punto no estoy seguro de nada de lo anterior y no sé realmente de qué
estoy hablando. Creo que hay una tendencia arborescente en mis intentos
dialécticos. Cada enunciado se abre invariablemente en dos, de tal suerte
que al terminar (“terminar”) un texto, siento que no dije ni la mitad de lo que
quería y que pude tomar otros caminos que quizá habrían llegado a mejor
término. Ojalá y todo fuera total y siempre. Ojalá pudiera
extraerse el pensamiento de un momento particular y entregarlo a los demás como
una especie de objeto físico terminado. Como si fuese un cubo transparente
que alberga todos los sonidos, o todas sus combinaciones. Pero no: habrá
carencias siempre. Omisiones. No quiero soltar la línea que llevaba
(medio metafísica, ni modo. Así es el Rodolfito).
Leer la
realidad es para mí algo que debería estar más allá del análisis historiográfico.
Seguramente digo esto porque yo, de entre los desinformados, soy el peor.
Pero recordando nuestro mundo posmoderno: quién me dirá que estoy mal.
Acepto que hay un torrente desbocado de signos en lo que acontece cada día.
Pero uno no puede sentarse a analizarlo intelectivamente y a escribir
conclusiones en un libro, y enarbolar arengas incendiarias. La acción
pueda estarse ya produciéndose, soterradamente porque viene de una generación
sin discurso. Una generación muda y entorpecida por la tecnología.
Pero cómo juzgaremos esto. ¿Con los ojos del pasado? Estamos en un
período de nada. En el lodo, se diría. No ha habido progreso
destacado en ningún sentido. De eso nos ha servido tanto análisis.
Yo de
política no hablo, y cuando digo algo es únicamente para cerciorar mi extremada
ignorancia en el tema o para lanzar al viento posturas inventadas. Pero
también resulta que de política no hablo porque para mí no tiene nada que ver
con nada. La democracia lleva el error de que no acaba por ser una
asamblea —además que sería imposible— y que los representantes no
representan. Hasta ahí lo sabemos de memoria todos. Si algo me
quedaré rumiando más o menos contento es considerar el poder de la acción
individual cuando esta tiene que ver con una mejora de las condiciones del
ámbito propio. Y ya había dicho esto: mi vida y sus posibilidades están
antes en mis manos. Cuán ajena es al espectáculo que tienen montado en la
esfera política, sólo yo lo sabré.
Debo
concluir de algún modo. No sé si mis párrafos anteriores me llevan
congruentemente a concluir justo en este punto. Sé algo sobre mi forma de
construir textos: han sido, toda mi vida, un solo texto, lineal y
continuo. Y me parece que así debería ser, y así se nos debería instruir:
soy yo el que habla, he sido siempre el mismo en tantas hojas en toda mi vida
académica. Hablaré siempre de lo que me preocupa e intentaré relacionar
lo que no me preocupa con mi vida. Y lo que no alcance a engancharse de
ese modo en mi memoria es lo que no sirve. Si hubiera un gran tema en mi
discurso, sería tal vez la fe. Y en este punto me cuesta no sentirme
raro, porque fe es una palabra que me disgusta. Pero ya se sabrá lo que
quiero decir.
Actualizarse
será siempre un gran acierto en cualquier ámbito. Ya algunos refutaron el
racionalismo de Descartes en defensa del hombre: no todas las
actividades humanas tienen que ver con la razón, muy de acuerdo (con la
experiencia ya entramos en otro ámbito, yo sí siento que todo tiene que ver con
la experiencia). Bien que mal la gente (algunos) sigue leyendo, sigue
viendo películas, sigue gustando de los atardeceres, del sonido del mar, de los
campos, de los árboles. Por supuesto que somos una especie depredadora,
pero eso luego.
Por lo
pronto, creo que esa comunión —precaria, pero comunión al fin— con el mundo, es
la más alta espiritualidad a la que nuestro mundo moderno nos permite
aspirar. Y no está tan mal. Siento que llegar de rodillas,
sangrando, a los templos, no es ninguna muestra de fe, cuando sí de imbecilidad.
Ya no somos cavernícolas como para llamarle dios al fuego y adorar al
rayo. Ni le tememos al viento ni al mar, menos a la noche.
Empecinarse en mantener ritos de clara procedencia mágica es pecar de
anacrónico. Mis padres, mis abuelos, dirán que en cada generación el
sistema de valores cambia y modifica su orden en la escala. Y estoy de
acuerdo. Y dirán también que ellos tienen fe. Y cómo decirles que
no.
Pero
nuestra generación también tiene fe. Y ha demostrado la virtud de
observar el pasado como referencia de consulta y no como anclaje
perpetuo. Quizá la nueva generación tiene mucha más fe que muchos de los
adultos que la rodean (la fe no es mesurable, lo sé). Pero se me dirá
entonces que mi fe no es equiparable a la de ellos porque yo no rezo en voz
bajita con los ojos cerrados, y no entiendo lo que la gente hace hincada
después de la comunión, etc. La fe no puede ser únicamente eso. Qué
decepción sería que alguien nos pidiera fe y que se limitara a que todos
actuáramos parejitos en esa falsa devoción de cánticos litúrgicos a todo
volumen y oraciones con golpes de pecho. Mi fe es la que corresponde a mi
experiencia. Maldita sea la iglesia, que está en un terreno que no le
compete. Y cuando refiero a la experiencia quiero recordar que la
experiencia no tiene que ver exclusivamente con la ciencia. Cuántos
problemas ha habido en la historia que surgen desde la tontería de un
malentendido lingüístico. Hacer una guerra porque lo que alguien más
entiende por experiencia es distinto a lo que yo mismo creo de
ella es vano y vergonzante. La experiencia no está ligada a la
comprensión de las cosas mediante el contacto racional con ellas. La
experiencia está ligada a la fe, en el sentido en que usamos nuestra intuición
para medianamente pasar por la vida sin muchos rasguños. No sé si lo
había comentado en otro texto reciente. No me acuerdo. Pero la
cuestión es que la única forma de aproximarse a la vida, y al mundo —y no sólo
al mundo de las cosas— es con la experiencia propia. No se puede entender
desde el entendimiento de los demás ni desde lo demás. Hay experiencias
que pueden comportar el mundo de las ideas, y no por ello uno tendrá más o
menos fe. La fe no se mide (si pudiera medirse) en qué tan ignorante se
es como para someterse en un silencio de falsa santidad. Se mediría en
atributos plenamente humanos: autodeterminación, integridad, conciencia.
No sé
si el dios cristiano esté en todos lados, aunque de acuerdo a los regaños que
me he llevado en algunos templos, parece que se encuentra exclusivamente en los
sagrarios, y que resulta que hasta la espalda le he dado —vaya a saber cómo, si
realmente estuviera en todos lados le daría la espalda siempre, al igual que le
estaría siempre de frente—. Si las instituciones fueran congruentes, no
habría faltas de respeto minuciosamente premeditadas, ni excomuniones, ni
miedos de ataque, ni sistemas judiciales que afectan más de lo que
ayudan. Me puedo poner de rodillas ante la custodia —símbolo cómodo y
convencional de la deidad—, o me puedo poner de rodillas frente a un árbol o a
un río, y sería exactamente lo mismo, excepto que ante el río me sentiría
conmovido por el sonido del agua, y revitalizado por el viento en la
cara. Me sentiría a decir verdad mucho más en contacto con lo divino que
en esas jaulas de piedra que han sido los templos. No quiero sonar
panteísta, ni newage, y en realidad no quiero sonar de ningún modo. Sólo
pienso en aclarar mi supuesto de que hay nociones humanamente necesarias (como
la religiosidad) y humanamente inevitables. Y pienso que bastantes
crímenes se han cometido ya por defender un particular mundo ideológico.
El hombre es su propio hermano universal, su propia institución absoluta.
No necesita de símbolos vacuos. No en estos días. No sé por qué
estoy tan deseoso de hablar de lo que hablo, cuando me queda claro que aquí no
va. O bueno, creo que sí sé: todavía no he sido condenado, no en este
peculiar ámbito digital donde mi opinión todavía es tomada como lo que es: mi
opinión. No la de mis gobernantes, ni la de mi iglesia, ni la de mi
escuela; la mía.
He
querido hacer permanente la línea de la lectura de la realidad como un proceso
materialmente imposible. Pero concuerdo, es verdad, con que la realidad
se lee en todo lo que es susceptible de exigir lectura. Todo es texto,
finalmente. Y aunque de pronto parezca una apología ante la
individualidad, o ante el derecho de no ajustarse a un criterio académico, creo
que nadie puede no leer el mundo y sus acontecimientos. Afortunadamente nos
adaptamos bastante bien.
Sobreestimación [210511]
La aprobación tácita pero de todos
modos inútil de que una mujer joven y atractiva decida sentarse en el lugar
vacío a mi lado; la experiencia invaluable de entender que por la tarde uno
debe sentarse a la derecha del pasillo, (estando de frente el parabrisas), si
no quiere chamuscarse el brazo en el infiernito que es todos los días esta
ciudad; que la calle Alud huele a una mezcla inefable de perro mojado con
aceite y balatas quemadas que de ningún modo terminará por decantarse algún día
en algo entrañable como para que diga soy de León y ya no siento que
esta ciudad huele fatal porque no es cierto, en toda mi vida no voy a
poder tragarme ese olor fantástico de las tenerías. La desesperación
extrema de que la ventana no se abra y ponga así en duda el propósito verdadero
de su existencia: ventilación o broma mordaz al pasajero ingenuo; la
preferencia por sobre todas las cosas de los camiones que tienen la ventana a
la altura del brazo y no a la altura de la cabeza, para ir así con la cara
medio de fuera, ahogándome en el vértigo suave de las calles y del viento
azotando en la nariz. La incertidumbre extrema, rayando en asco, de ver a
los otros pasajeros y distinguir que nadie parece tan desesperado y
enclaustrado como uno mismo. Así vaya la carrocería quemándose a las 3 de
la tarde hay una tendencia inexplicable, que yo puedo únicamente atribuir a una
especie de neurosis colectiva, por mantenerlo todo cerrado. Malditos
sean, apenas llovizna y se les adivina el terror de no me vaya a mojar que
luego mi madre me pega. Tan agradecible es que caigan dos que tres
chispitas del cielo sin párpado de este valle estéril lleno de cardos y
huizaches.
El presagio oscuro de toparse con alguien conocido en el camión, así sea
tu amigo del alma, porque el camión y el hecho de que vayan todos encerrados en
él y además de todo en movimiento reduce las posibilidades de huida una vez sobrepasado
el límite de interacción humana. Sin poder hacer nada el encuentro se
vuelve algo forzado, algo que elimina de tajo la posibilidad de decir te
dejo, tengo que ir al banco o cualquier otra idiotez, porque en la
vida real también todo es protocolo y amabilidad infinita. En el camión
se cae en una trampa mortal. A dónde diantre huyes. Saltar por la
ventana no es una opción (y ya anteriormente comentada la situación de las
ventanas cabe recordar que de todos modos no hay ventanas). El misterio sobre
el que todos tendrán teorías muy elaboradas pero que da más bien flojera saber
a detalle, las famosas barras en las que a todos nos habrán gritado nomás
te encargo que no obstruyas las barras y uno se queda temblando de
pies a cabeza y muy afectado en su sensibilidad y su orgullo, como toda vez que
al chofer le da por abrir la boca para hablar con cualquier persona que no sea
la señora de hasta delante con quien tiene siempre temas muy interesantes qué
desarrollar. Siempre son incoherencias que parecen sacadas de algún poema
autóctono. Y estará también el personaje cómodo que llega y se
sienta de perfil como si lo fueran a pintar, ocupando dos asientos. En
las mañanas, cuando tenía que tomar el camión a las 7 era evidente que subía
dormido. Y en ese estado, sobre todo si la noche anterior había implicado
un desvelo importante o una ausencia total de descanso, todo se vuelve un
detalle espantoso, criticable, la disposición de la gente, su actitud, sus
peinados, sus cachuchas y lentes negros para taparse quién sabe cuál sol al
amanecer, sus audífonos que no alcanzan a disimular una progresión death metal
completamente inexplicable y aborrecible a esas horas de la madrugada, el
constante tironeo destemplado de frenos y velocidades mal embragadas, choferes
rabiosos siempre al borde de un problema cardiaco serio. El pssssss que
invariablemente ha de sonar el algún lugar del vehículo y que no se sabe si es
un suspiro triste que suelta la máquina por el trato que le dan, o una
extensión misteriosa de las patologías psíquicas del chofer.
Y sé que dentro de cinco semanas habrán sido cuando menos 2000 idas y
venidas en esa ruta y ahora veo que no la extrañaré. Que, por el
contrario, la odio profundamente.
abril 24, 2012
Felidæ
La caja asegura que: gato 500 mg;
excipiente cbp 1 mg. Nos queda la duda, de todos modos, la incomodidad
extraña de que nuestra cápsula está adulterada; que cuando la abramos veamos
que no sólo trae gato, que probablemente ni siquiera contiene gato. Nos
mintieron, en la farmacia y en todos lados. Nos vendieron el excipiente,
la cáscara que jura que contiene lo que dice que contiene. Pero es una
mera tableta blanca, amarga, soluble.
Ahora mismo todas las palabras anteriores, desde La caja…, y
llegando hasta… que contiene, podrían no ser sino el mismo listado
vulgar de medicinas caducas, de encapsulados huecos, inoperantes,
descompuestos. De cualquier forma en el anaquel lucen muy bien y dan una
idea clara de la postura de su laboratorio, de la irreductibilidad de la patente.
Porque si la palabra fuese un encapsulado sería uno del que no conocemos más
que los colorcitos y el nombre comercial. La poesía es medicina sin
receta (para nosotros, mofinómanos abyectos), sería como sanar desde lo no
recomendado, insistir en que tomaremos alsacia y malva sólo porque nos suena
bien, porque nos gusta la grafía en la caja, porque nos gusta lo
arbitrariamente bello que se inscribe una palabra como monocromo,
parejita, sin eles, sin jotas.
Porque es injusto, el gato de nuestra mente es mucho más que su
adecuación sonora: vibra, dice muchas cosas sin que podamos verterlo
bruscamente al papel. Es un murmullo que se entiende únicamente de ver al
gato, percatándose de que eso (el gato y lo que implica) son reales, mientras
los observamos, al menos. Se puede, el gato está dispuesto a ayudar,
mirándolo fijamente a los ojos mientras maúlla o mientras ronronea o mientras
simplemente no hace nada. Y este murmullo se queda en el cerebro con la
violencia rara de un grito bajo el agua. Y al final /gato/, abierto,
examinado bajo el microscopio, y adentro nunca en definitiva gato.
Sólo imagen acústica, erradicación de núcleos fonocéntricos, palabras y.
abril 10, 2012
Entrada
Una suerte de
lógica superior me pregunta por qué tengo que exponer la lógica de sí misma
como realización de la situación material a la que da pie. En este caso
es como si hiciera trampita de que mi blog está hecho de retazos de
meditaciones que hago sobre el propósito y naturaleza de un blog, desnudando,
hasta algún punto, lo falaz de esto mismo que enuncio ahora y que es aquí, pero
que en ese mismo ponerlo en duda genera estas cuatro, cinco líneas que ya son
algo, pero que sobre todo no son realmente mucho, y que ante todo se parecen
más bien como a no querer ser nada.
abril 06, 2012
Between the pen and the writing hand
![]() |
Esta no es la fotografía que recuerdo |
Lo interesante en este caso —yo
quería decir “llamativo”, pero por el cansancio ya no lo dije— es ver cómo se
retrasa la neurotransmisión y el lenguaje no me llega a las manos. Es alguna
cosa fácilmente experimentable pero de difícil enunciación. No olvidaré jamás
cierta foto del Cabo de Hornos, tenebrosa, una bruma densísima. Verdaderamente
el fin del mundo. Sería excelente que alguien tocara el cuarteto de Messiaen en
la cima del Cabo de Hornos, …pour le fin des temps. Felicidades a
los chinos. Felicidades en verdad. Después se vuelve nítido y muy extraño
comprobar la forma en que las cosas fluctúan. Hoy, por ejemplo, es sumamente
difícil articular cualquier idea. Difícil hablar de cualquier cosa. Hay estados
límite para todo. Comentar algo en este punto no tendrá mayor sentido del que
tendría comentarlo después, a no ser por dos detalles interesantes que para
cualquiera que intuya la clase de cosas que suelo decir, entenderá que son
bastante obvias. Tenemos jazz. El jazz integra toda forma musical colindante y
la vuelve mejor. Esa es la primera. Es difícil definir el jazz, sobre todo
porque sus límites (sus umbrales) están en la propia destreza técnica de sus
músicos. Esa es la segunda. Fin. En la línea de a quienes sí conozco
me topé nuevamente con Paté de Fuá, mezcla extraña de argentinos y mexicanos. Y
a decir verdad, con un enfoque mucho más propenso al tango que al jazz. Lo
agradable con esta bandita es la sencillez. Lo que tienen de jazz es en un
estilo muy de cabaret, quizá no tan rasposo como en las dimensiones propuestas
por Tom Waits. Muy swing (aunque no tan Armstrong), muy gypsy (nunca
suficientemente Django). Y aquí cabe mencionar un detalle importante: no son
virtuosos; dominan decentemente sus instrumentos y son dignos representantes de
su música. Pero tampoco hacen solos la mitad de largos e
impresionantes que Charlie Parker. De todos modos aquí se abre la pauta para
una discusión en que el agumento central sea que el virtuosismo no lo es todo. Mucho
antes estará —siempre— la pasión, la persona. Muchos compositores de académica
contemporánea han topado eventualmente en esta idea y la han aplicado
majestuosamente, digamos Gorecki, Arvo Pärt. Un poco Pilip
Glass, Meredith Monk. Y en
definitiva también algunos exponentes de Rock Alternativo. Además
el virtuosismo cansa tarde o temprano, que me diga alguien lo contrario después
de dos horas de Paganini o de King Crimson. Cuando no está la pretensión de un solo virtuoso
la calidad recae en los elementos esenciales, en este caso la melodía, la
armonía, el ritmo. Suelen ser mucho más ingeniosas las armonías en la música
‘sencilla’, quién lo habría dicho. Qué maravilloso lo que decía (tal vez) Dizzy
Gillespie: en jazz las notas que se tocan son tan importantes como las que se
dejan de tocar, es lo que da coherencia —o no— a un discurso musical. El jazz
como discurso. Cualquier lenguaje, entonces, como discurso, con pausas,
interrupciones, eufonía a partir de la ausencia de sonido. Una continua
negación. Lo mismo que ya se habrá dicho en otro lado, con tres libritos puede
cubrirse el espectro básico para hablar de jazz y teorizar más o menos lo que
puede pasar (o lo que suele pasar) con un músico de jazz. Las dudas, los
temores frecuentes. Hay poco que no haya pasado ya. Creo que era André Gide
quien decía algo como ‘ya todo está dicho, el problema es que como todo lo
olvidan, hay que empezar siempre de nuevo…’ O a lo mejor no.
En esta ocasión
(que pese a lo que pudiera creerse sigue siendo la misma ocasión) me decanto
por lo de siempre: algo que no conozco pero que me gustaría conocer en algún
punto. Lo que antecede es una suerte de limbo tumultuoso y desolado. El
pasaje se torna árido cuando las ideas se van, y las ideas se van cuando
son como pájaros que ya no tienen plantas que las enreden y las retengan. O
cuando está ya todo seco, y no queda polen qué libar. Nunca había sido tan
complicado esbozar un párrafo. Es por ello mismo que puedo excederlo, porque
ahora estoy exhausto y vengo amanecido. Es fatal ver clarear el cielo después
de una noche en la que se espera poder dormir en algún punto, excepto que tal
punto no se produce jamás. Me siento un poco como en Fear & Loathing, un
período considerable en alerta y todo perdura así, alerta desde siempre. No es
la falta de descanso en una cama lo que afecta, sino el percibir que hacia
adelante en el tiempo nos espera algo que no quisiéramos. En el horizonte
temporal asoman comúnmente trabajos imbéciles, el deber, el tener qué. Así sean actividades sin el menor sentido
estorban en la conciencia y enturbian la calma del ánimo, o del espíritu, si se
quiere. Y creo que esto es lo mejor de que he sido capaz en términos de
argumentación en muchas muchas líneas; turbado por el oleaje de lo futuro,
aunque lo contemple a salvo desde la arena. No entiendo cómo una mente puede
siquiera estructurar cualquiera de estas oraciones, aparentemente ostentan
buena sintaxis. Buena prosodia, dirían otros. No sale uno de los de siempre,
‘Thelonious Monk’. Y en general es lo de siempre. No puedo creer que haya un
Festival Internacional de Jazz y Blues en este planeta y a estas alturas. Es
inverosímil. Máxime cuando un 50% del total de reseñas periodísticas no
son sobre conciertos ni festivales. El encuentro fue en san Miguel de
Allende, lo cual, dada mi falta de voluntad y criterio, puedo decir que está
muy bien en vez de ponerme a pensar en las posibles razones que podría tener
para no estar bien. Cosas de sonámbulos ―o de suicidas— o de las dos como
Arthur Koestler. Recuerdo no haber
terminado jamás de ver el bueno, el malo y el feo, en la videoteca
del fórum te corrían llanamente después de pasadas las dos horas. De películas
recientes de Eastwood ninguna me ha convencido lo suficiente como para
considerarlo en ningún rubro de nada. Su indiferencia ‘característica’, su
interpretación absolutamente perfecta de sí mismo ni cansa ni maravilla. Como
director es demasiado profesional para mi gusto. No sabía que tenía un hijo
—puede que tenga más— y mucho menos sabía que ese hijo era músico. En cierto
titular decía que este hijo intenta escapar de la ‘gran sombra’ de su padre. No
obstante, se refieren a él como ‘el hijo de Clint Eastwood’ antes que como Kyle
Eastwood. Vaya a saber a quién le importe.
abril 05, 2012
Dimensiones del diálogo
No puede resultar tan deplorable
confesar las muchas horas que he perdido junto con ciertos otros ―confesar
también las muchas horas que algunos y yo hemos hecho perder a gente inocente—
jugando esta tontería que desde pronto se impregnó de nuestra particular
habilidad para complicar la vida. El juego lo trajo un día Poli. No sé si
porque lo vio en Inglourious Basterds, o qué. Tras una ronda medianamente noble
donde alguno era Santo Tomás y otro Roberto Gómez Bolaños, la idea degeneró con
la rapidez del escalofrío para convertirse en una concatenación horrible de
venganzas mutuas en que las entidades a adivinar dejaron muy pronto de ser
siquiera antropomórficas, y llegando ese mismo día al abismo de tener que
formular líneas como ¿Soy orgánico…?
No miento, oh,
cuando digo que llegué a portar papelitos con las palabras compuesto
fluorocarbonado, cunnilingus, causalidad constante, gato
de Schrödinger y ver asimismo, en una satisfacción maligna, pegadas a
las frentes de mis compañeros palabras como Moleskine, nada, 8:15 p.m.,
hrönir, Eru Ilúvatar, ceugma… Está claro que por principio la idea había
perdido toda posibilidad de afirmar su naturaleza lúdica. Se había convertido
en un ritual maldito, corruptor, depravado.
Lo que vemos en
el video es a Poli persiguiendo cierto término oscuro, esquivo, en definitiva
local. Como es costumbre, Belianís kinoki.
abril 04, 2012
De los muchos años con
Todavía no empiezo y ya me estoy
sintiendo triste de enunciar lo que sigue. Cortázar es el principal
responsable de muchas de las nociones que ahora considero naturales e
infaltables en mi vida. Él y sus libros están en el origen de una cantidad
enorme de reflexiones en las que me he visto absorto.
Parece
suficientemente claro que hablar bien de él es cosa fácil. Esto es así
para mí y para algunos otros que no están tan peleados con la existencia.
Debo decir ahora que, por lo que he visto navegando aquí y allá, a la
gente grande, a críticos y literatos serios, lo que más bien les
resulta fácil es hablar mal de él. O no mal, pero sí como con una cierta
displicencia de quien lo sabe superado y se siente en la obligación de ostentar
cierto estatus de madurez literaria inaguantable. Es decir, lo dan por
hecho.
Es algo que yo
he notado conforme me suceden los años. A Cortázar lo conocí felizmente
hacia el primer año de bachillerato, y supuso una exigencia estilística e
intelectual muy estimulante. Creo que difícilmente imagino a otro
escritor más entrañable en mi vida, al menos hasta el punto en que escribo
esto. Cortázar es la referencia obligada, el parámetro más
indiscutiblemente comentado por mí y por mis amistades. Y creo que está
muy bien, porque de leerlo a no haberlo leído nunca, no veo punto de comparación.
Acaso sospecho que hay algo extraño cuando observo que todo empieza a ser
demasiado Cortázar: la forma en que se plantean los proyectos, el deseo de
adaptar audiovisualmente algún cuentito suyo, la forma de aproximarse a ciertos
rumbos de la pintura o el jazz. Pero en un esquema educativo en que los
programas de literatura llegaban hasta la redundancia gastada de los autores
del Siglo de Oro, menos frecuente los del modernismo y poco menos los del
inicio del realismo mágico, un encuentro ―bellamente fortuito— con Cortázar, no
podía ser nunca despreciable.
Ahora, creo que
la reincidencia de una serie suficientemente amplia de temas de mi discurso
cotidiano a querer remitirse invariablemente en Cortázar puede ser un síntoma
de que, en efecto, debo buscar otras cosas, y que la ternura, el surrealismo y
lo fantástico de sus cuentos son un horizonte que pronto deviene demasiado
conocido. Pero cómo negar que la instigación a la duda, la primera
espinita metafísica, el lenguaje puesto en tela de juicio, todas esas cosas que
resultan tan inimaginables de perder, las tengo gracias a él. Las
conservo gracias a él.
Y después,
claro, la reafirmación sustantiva en Borges, Calvino, los primeros
acercamientos a la poesía francesa, la dificultad de ciertas líneas probablemente
más viscerales de lo que a un adolescente conviene, Rimbaud, Verlaine,
Mallarmé. Después más surrealismo, Buzzati, Queneau, Pizarnik.
Cuando vuelvo a Cortázar me siento cada vez más viejo, quizá porque cada vez es
más fácil leerlo. Quizá soy cada vez más un lector vigente. Quizá
pronto caducará mi jovialidad, mi precaria fe en ciertos aspectos de la
humanidad. El problema con Julio parece estar, para los hombres de
letras serios, en que es casi demasiado mainstream como para
tomarlo a consideración en los círculos de vanguardia internacional. A
ellos hay que hablares de Joyce y Nabokov para arriba, e incluso Joyce parece
un pecado de tan leído y ordinario que resulta ponerlo como referencia.
Diré, por
último, que siento que a todos en el mundo nos gusta demasiado Cortázar.
Pero que este mismo gusto pasional, desenfrenado, deriva paulatinamente en una
complicidad que ya no va tan bien con los años, que tiene más que ver con el
sentirse contento y sin complejos de quien todavía no ha adquirido las
preocupaciones propias de saber más de lo que se sabía ayer, algo imposible
para un señor sabio y amargo que haya leído ya la obra completa del más
recóndito y probable próximo Nobel. Cortázar está en casi todo blog de
lengua española, disimulado y encubierto en el miedo de pasar por un
principiante, por alguien que todavía se deja sorprender. Está en su
ausencia, en la referencia tácita y temerosa de que el mundo es cada vez más y
más viejo, a diferencia de él, que nació, vivió y murió joven.
abril 03, 2012
Entropía
Valga decir que estoy haciendo la tesis y que concedo que a nadie
le puede importar en absoluto más que a mí. Sobre todo porque las tesis de
licenciatura son documentos ostensiblemente ―hasta ahora― muy aburridos de
redactar y bastante más de leer. En la entrada anterior dije no sé qué de
Martín Barbero. Y de pronto me acordé de Woody Allen en Annie Hall al borde del colapso nervioso por
tener que aguantar a un palabrero formado detrás de él presumiendo su
ignorancia en materia de Marshall McLuhan y en general su ignorancia sobre todo
lo que decía, muy bien disfrazada, por supuesto, en la venturosa ceguera de su
interlocutora, consistente en un de
todos modos a quién le importa quién sea ese tal McLuhan. Ahora he pensado
que las tesis, y en general el conocimiento en las ciencias humanas, no son
sino este caso de Annie Hall repetido ad nauseam. A quién de verdad puede
interesarle si el fundamento está en Eco (1967) o en Aristóteles (-340), cuando
todo es lo mismo, el autor queriendo decir cosas y queriendo ser autor, pero
escudado prudencialmente en la ablación del yo y en la veneración indiscutible
de los antecedentes de lo que sea.
Los griegos fueron un pueblo
suficientemente ellos; creo que cuando hojeamos a Platón, a Aristóteles, a
Luciano, vemos en concreto aquello de que todo hombre es contemporáneo a
cualquier otro, al menos en sus reflexiones y en su capacidad y aptitud para la
ciencia y las artes. Leyendo a los griegos se sospecha que sus grandes avances
surgieron de una muy oportuna falta de respeto hacia lo anterior y de una
intuición lo suficientemente agresiva como para no pedir permisos a la historia.
Sería muy considerado recordar
que es imposible hacer otra cosa que no sea lo de siempre, el lugar común.
Vivimos en el mundo, vaya. Es cierto que cualquiera puede decir lo que sea
cuando quiera, usando las palabras de quien sea en el modo que desee.
Cualquiera puede decir que Nietzsche tal, que Foucault tal, que Heidegger tal.
Y no hay ninguna autoridad competente para asimilar como correcta una u otra
aseveración. En mi tesis querré exponerme a mí, colgarme de argumentos
parecidos y echarlos al molde, así sea a la fuerza. Porque probablemente no
entendí a Heidegger, pero igual lo cito y seguro que mis sinodales muy
contentos.
Estamos en la oscuridad con nuestra
insignificancia y nuestro miedo a la muerte, con la fe (alguno), con la ciencia
o el arte otros. Todo es instrumental, todo, a su modo, innecesario y vano. Es
otra vez como McLuhan en Annie Hall: cualquier incompetente puede hablar
incorrectamente de lo que sea, yo puedo citar a quienes quiera, torcer sus
palabras a mi conveniencia, destruirlos a ellos mismos con tal de seguir siendo
yo, que hablo por sus bocas, desde sus palabras muertas, desde su imposibilidad
de eternidad, desde la aspiración de la humanidad completa a una eternidad
factible, impensable desde lo individual. Quizá todo intento humano se adicione
en el esquema de algo mayor que desconocemos. Pero no cabe jactarse en esta
idea, no por todo lo que perece, o incluso de todo lo que nos sobrevive,
aparentemente trascendental (únicamente en lo material y en las mentes
materiales de personas que también morirán). Sólo cabría pensar: esta obra
existió así. Es el único razonamiento noble, humilde, digno: las cosas han
existido. Quedan vestigios sobre el planeta. Diría algún fray Guillermo que lo
mucho o poco que sabemos ha sido leído todo desde los muy limitados signos de
nuestra Tierra. No hay más. No podemos opinar desde Beta Centauri ni desde
Neptuno. Tenemos una cantidad finita de razonamientos, de argumentos altamente
susceptibles de sucumbir.
Pero el hombre es uno, único, total. Todos
los hombres son el hombre, cuánto
entiendo ahora a mi amigo Carlos Rojas. Y a Paz, todos los siglos son este presente.
Y a Borges, y a todos y a
quien sea: todo hombre es capaz de toda cosa, del Quijote, del Ulises, como
quiera que sea, sus logros se añaden como peldaños de la ignota escalera del
conocimiento humano, triste escalera de la que no conocemos el destino ―si es
que hay uno―, y donde podemos osar fingir, pretender que cualquier peldaño es
valioso y mejor que el que le antecede, como si todo fuese progresivo, y
olvidando un poco que, por el contrario, todo es simultáneo. Bacon, Saussure,
Kafka, yo mismo, un solo tiempo, una sola capacidad contemporánea de
pensamiento, ninguna previa a la otra, la posmodernidad en cualquier sentido
para siempre y desde siempre. Las cosas humanas no están circunscritas
obligadamente a la temporalidad. Ocurren siempre como pudieron ocurrir siempre,
eternos retornos, repeticiones a discreción. Todo es tan posiblemente todo que
cansa enunciarlo y se prefigura el vacío de Zarathustra, esgrimir por arma
aquello que intenta destruirse. Metafísicamente, fenológicamente,
hermenéuticamente, numéricamente, todo tan lejos del punto axial, tan profundo,
tan lejos de las falsas alturas. Tan, pero tan. Necesito hablar desde los
demás, pero no hay sino mentira.
abril 02, 2012
Sobre el periodismo
Mi
relación con el periodismo es poco menos que intriga policiaca. Nunca pensé en
el periodismo cuando vine a dar a comunicación. Cuando entré a esta carrera
pensaba en cosas como semiótica, fotografía… disciplinas, digamos serias, que
aparecían con un matiz importante y glorioso. Como seguramente tenía que pasar,
cursé ya esas materias y debo decir que cayeron de mi estima hacia sitios
bajísimos, si bien no en sus contenidos, sí en su tratamiento académico,
asquerosamente plano y escolástico.
El periodismo no me gustaba nada. Después tuve la
clase, e incluso cuando resultaba claro que seguía sin gustarme, tuve que
aceptar que era una de las mejores clases que había llevado durante la carrera.
En prácticas particulares del periodismo descubrí un
gusto sinuoso que muy poco tenía que ver con mis aficiones naturales, aunque sí
más con una forma de proceder: aprendí a insertar en mi modo de actuar la
precisión, la diligencia, la rapidez, la eficacia. Y todas ellas son virtudes
que, aunque aparentemente exclusivas y arquetípicas del periodista, son
valiosas para la vida en cualquier ámbito. Y eso me parece honroso e
invaluable.
El conflicto está en que yo sigo observando muy poco
interés hacia el ejercicio del periodismo y hacia sus resultados físicos en
impreso. Jamás he sido una persona que se destaque por estar bien informada. Mi
cultura corresponde a una zona que temporalmente podría bien terminarse en los
noventas. Soy de los que les va mejor en Maratón cuando el
juego es viejito y las preguntas tienen que ver con los 60 o anterior. Soy un
magnífico exponente cuando de ignorar temas de historia nacional se trata. Sé
lo básico y es un milagro que lo sepa. Porque no me interesa, no hay una causa
más rebuscada que esa. Se nos ha repetido hasta el cansancio que como comunicólogos “todo
nos debe interesar”. El conflicto está, primero, en que eso es mentira: el
interés aparece por genética y por cultura, no por burdos procesos
intelectivos. Y segundo, los comunicólogos no existen. Yo no estudio
comunicología, estudio ciencias de la comunicación. Y no me he topado con nadie
que sepa defender esta carrera de forma satisfactoria. Nadie.
Mismo Martín Barbero decía que la comunicación
[académica] debe, primero, aclarar sus competencias. Yo ya lo ando citando a él
sin saber verdaderamente quién es y sin ningún interés legítimo por su obra.
Pero en este punto coincido con lo que dice, y añado que para mí la
comunicación académica es el punto de intersección más engañoso para oficios
que empiezan a desenvolverse ya en otras formas: periodista, publicista,
investigador. Lo que sea.
Según el perfil, entonces, me tendría que interesar
todo. Está claro que no cubro ese perfil. Pero después sucede que varias
personas me dicen que les gusta cómo hablo sobre lo poco que me gustan las
cosas. Maestros, incluso. Y es una cosa sorprendente, porque cuando me piden
realizar una crónica, hago una crónica sobre lo mucho que detesto hacerla,
reportajes oscuros y contradictorios, exploro amargamente los géneros
periodísticos y me hacen ver que, pese a todo, estoy opinando, y me sumo en esa
medida a un cierto quehacer periodístico.
Yo no me la he querido creer. Valoro mucho a quienes
antes que cercenar mi voz y mi opinión, me estimularon y me alentaron a decir
las cosas como ya las estaba diciendo. De todos modos, yo sé que la cuestión
hacia la que me inclino sin realmente quererlo, es a la literatura. Y aquí hago
una anotación necesaria: esto no quiere decir que seré escritor ni que sienta
que hablo bien sobre nada. Mi cuestión con la literatura yo la explico desde la
música: tengo una disposición fisiológica hacia la música (entiéndase
interpretación de instrumentos) y lo que quizá por definición yo debiera ser es
músico. Pero tengo una incapacidad notable para la grafía musical a la hora de
cualquier esbozo de composición.
Mi conclusión es que todo lo que no he podido expresar
musicalmente, lo he puesto en escrito o lo he puesto en imagen (el cine, otra
de mis grandes pasiones). Y cuando toco estos dos lenguajes, no estoy realmente
pretendiendo escribir o hacer cine. Estoy queriendo desquitar mis ideas
musicales. Gran parte de mi actividad creativa se rige por preceptos
—arbitrarios, si se quiere— de ritmo y eufonía. De ahí mi gusto por ciertas
literaturas quizá demasiado líricas, mi predilección por el cine de Tarkovski o
de Paradzhanov, el jazz, temas que procuraré no tocar más porque luego podría
parecer que es todo lo que me importa. (¿Y si así fuera...?)
El periodismo tiene una función social, de acuerdo.
Pero tanto como el arte, la ciencia y la fe lo tienen también. Tienen un valor
humano inmanente. El hombre no puede aceptar que su existencia sea en vano. No
puede aceptar morir sin dejar nada tras de sí, que el mundo se cierre y la vida
termine sin dejar ningún sello material. Todas estas son preocupaciones que si
demostráramos una tendencia ligeramente más metafísica nos vendría a importar
muy poco o casi nada, porque toda esta obsesión por la trascendencia y el sello
en la historia y el recuerdo, se desprenden del mismo miedo común a la muerte y
al olvido. Qué más da todo lo que uno deje tras de sí si no se estará ahí para
comprobar su efecto y si en general no importa mucho de todos modos, tampoco.
Con la muerte acaba también nuestro tiempo individual, por tanto el tiempo
total. En relación a la existencia del universo nuestra vida fue un suspiro y
nuestras acciones prácticamente insignificantes. Pero necesitamos ser humanos,
ceder a veces a la melancolía, a la simplicidad, a la estética, a la filosofía.
Porque sí, para no sentirnos tan solos y tan extraviados en el entramado de la
vida y la historia natural, para sabernos acompañados de gente que también
tiene miedo y le da significado a un mundo físico que es efímero y quebradizo.
El único peso social que yo le concedo al periodismo es el que le concedo a
todo acto esencialmente humano: que no me olviden.
Yo me muestro reticente como pocos al paso de los
libros del papel a la luz. El libro como objeto implica para mí un estado de
ánimo, una forma de actuar, de llevar a cabo el rito de leer un libro,
sentarse, tenerlo entre las manos, oler el papel, sentir la tinta vibrando en
su contraste contra el papel, no se diga poder subrayar, poner papelitos entre
las páginas. Pero en el caso de la información que no es más que eso y cuyo
valor no tiene gran vigencia sino para la gran didáctica historiográfica, qué
más nos da a los nostálgicos si es en una pantalla o no. Por el contrario, creo
que el periodismo es mucho más eficaz en digital. La información en la red se
comprueba en un matiz que casi vuelve realidad toda propuesta ideal de
periodismo imparcial y democrático: inmediato, mundial, ecológico. Por mí que
se acabe el periódico impreso, me da exactamente lo mismo.
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