Este pequeño documento me
trajo el recuerdo de quienes cuentan leyendas en Guanajuato. Creo que es por
esa cualidad arborescente de las anécdotas que hace a un elemento llevar a
otros y enhebrarlos para siempre como abalorios en un hilo. Al final, por
supuesto, el collar resultante es siempre largo y multicolor.
En ciertos lugares un nombre
te lleva a un lugar; un callejón a un crimen nocturno; una mujer a una
maldición; el pasado de una plaza o una fuente al mismísimo demonio. Así
sucesivamente, todo es tan viejo que no puede callarse.
Nunca he ido a París, y a
decir verdad es algo que ambiciono menos cada día, pero resulta muy claro el
hecho de que es una ciudad antigua y entonces no puede sino verse cubierta de
voces.
Les
dites cariatides (1984)
es la segunda cosa que veo de Agnès Varda. La experiencia fue cualitativamente mejor
respecto a Réponse des Femmes.
En esta ocasión Agnès salió con su cámara a catalogar ese diálogo bajito que es
el de los grupos escultóricos en las fachadas de los edificios parisinos (por
supuesto las reglas de urbanización en París son mucho más cabales y
respetables de lo que jamás serán en casi cualquier ciudad de mis rumbos), y lo
que se siente entre estos edificios es un diálogo
verdadero de formas y espacios. Pero eso qué.
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“Mi papá es el más fuerte y mi mamá la más bonita…” |
Como ya va
quedándome claro a esta temprana altura, Varda ha de insertar a fuerza algún
comentario feminista en su discurso. No está mal, ni lo estoy poniendo en
cuestión. Finalmente es su voz y es lo que se agradece, que se despegue de las
muchas otras. Lo que sí me da un poco de temor ―aunque no ha sido el caso
todavía, pero por un pelito― es que las imágenes empiecen a lucir como mero
abrigo de una postura que sepa a propaganda.
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“Él solo y con una única mano aguanta todo un edificio…” |
Hablaba
ya de las anécdotas. Ver una película que se apega a lo que podría ser la
construcción de algo hablado permite admitir que eso mismo le hace parecer una
plática; es siempre divertido poner atención al modo en que crece y evoluciona
una conversación cualquiera, la de temas que se pierden en el caos de
intervenciones, las florituras y vueltas atrás, lo improbable de los saltos de
un tema a otro. Cada diálogo tiene vida por su cuenta.
Comparándolo entonces a una
conversación, Les dites cariatides tendría un
desarrollo análogo: tras señalar con cierta ironía que las columnas de porte
masculino, los Atlantes,
bien pueden cargar un balcón ellos solos, y que las Cariátides, columnas
femeninas, van siempre acompañadas o necesitan por lo menos ser una pareja para repartir mejor
el peso, Varda se desvía para recordar las razones de este elemento
arquitectónico, castigo eterno para aquellas mujeres griegas que prefirieron
apoyar a los persas antes que a su pueblo, ahora para siempre con una carga en
la cabeza.
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“Los hombres son fuertes y musculosos. Por tanto es necesario que los músculos sean visibles. Que el esfuerzo sea visible. Que la tensión del rostro se note…” |
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En la mujer el esfuerzo no se nota. Un cierto ideal de mujer. |
La
música es de Reameau con piezas de piano, y también suena una adaptación
extraña de La Belle
Hélène, de Offenbach. La cámara traza líneas que sugieren las que
tienen las fachadas. Es muy agradable sentir que hay algo de ese placer un poco
distraído del turista al recibir información encantadora y no muy importante.
Y como en todo diálogo
normal, Agnès acaba muy muy lejos, hablando de Charles Baudelaire, de su muerte
y afasia final. De su poesía. ¿Verlo? Claro. Puede ser aquí, aunque
sin subtítulos. O con algo más de paciencia, vayan al blog de scalisto.