La máscara, sustituto visible de la oscuridad.
agosto 29, 2012
Experiencia psicológica
—Ha dicho tu maestra
que te observa disperso, distraído. ¿A qué crees que se deba?
—No sé. ¿A la calidad
de las clases?
—Te voy a pedir que
dibujes a tu familia en esta hoja.
—Listo.
—Veo que dibujaste un
poco chueco a tu papá. ¿A qué crees que se deba?
—No sé. ¿A que no sé
dibujar?
—Verás, no. No se
debe a eso.
Y así sucesivamente.
agosto 27, 2012
Mi lejanía se erizó de pirámides
Soñaba que había una despedida
multitudinaria en un cuarto prolijamente alumbrado. El cuarto me recordaba,
todavía no veo la razón, al espacio en que se reuniría un grupo de compulsivos
anónimos.
Ella se levantaba y
se acercaba al estrado. Su discurso lo decía con todas las lágrimas posibles en
la cara y la voz. Decía que nos amaba a todos.
Encontré extraña su
efusión, pero deshice su pobre sustancia en la certeza de que no era
nada.
Con la certeza llegó
también una inquietud: nunca dijo amarme en el pasado. Ahora resultaba que
también de pronto yo era amado, y lo decía como si cualquier cosa.
Pero entendí que ese
amor era sólo concebible confundiéndome yo entre los demás. Nunca sólo para mí
ni por mi causa. Me sentí entonces por debajo incluso de los objetos de la
estancia. Una cosa sola entre la infinidad de lo tocado por el ágape inabarcable
de esta mujer ya desconocida, lejos de su cara ya.
Me pareció idiota. Si
todos íbamos a ser inflamados por igual, qué idéntico sería que nadie en el
cuarto fuera amado por nadie. Yo no soy magnánimo, no lo amo todo.
Caminó hacia mí, no
llevaba palabras con ella. Me pasó una mano por el rostro y fue justo como
aquello: la sombra en mis ojos.
Con su fragancia hubo
lugar a un segundo momento en que las imágenes se agolparon turbias, y ahora
mismo probaré que carecían de todo interés:
Caminaba por los
techos de un templo antiguo. Llegado a la cúpula y de pie ante sus bordes, me
pareció natural admitir que más que una cúpula era una oquedad luminosa.
Olvidado de equilibrio podía caer y hundirme en ella sin esfuerzo.
Sus paredes estaban
cubiertas de frescos y turquesas fueron pintura fracturada. La concavidad se
llenaba de agua y sentí ganas de nadarla, de buscar la altura insolada de su
arco. Resbalé por las dovelas hasta la linterna, que se rasgó
débilmente al recibirme .
Pronto fueron las
piedras canastilla de un trabajoso aerostato en que el globo era la bóveda
misma. Volé toda la noche con el cielo bajo los pies, las calles torcidas a mi
cabeza. El globo era de loza fría y no había luz en las plazas. Tardé
tanto en despertarme. Me agobiaba una sed burlona.
agosto 26, 2012
Sastrería contemporánea
A veces he visto, lo confieso con
vergüenza, que el tamaño de los párrafos —lejos de la convención de lo que
supone un párrafo en cuanto a unidad argumental, estilística o
didáctica— implica una protección de sí mismo. Digo que con vergüenza porque
me he valido de este recurso innoble y cobarde: el punto clave del contenido
resguardado por la extensión gráfica de los enunciados. Si a continuación yo
pusiera una frase escandalosa como fin de este párrafo todos la notarían, lo
mismo al principio. Mejor hilvanar una idea más, mejor que lo agridulce se
camufle al ecuador del bloque. Todavía estoy haciendo tiempo, apenas llegando
al límite de seguridad. Listo.
Y no es que la idea
no deba notarse [impensable], esta práctica debe ser una cosa pasajera de
timidez y juventud, se entiende que hay prácticas como el aforismo donde esto
sería inconcebible. Pero sí que he llegado a pegar un párrafo con el que le
sigue para cifrar su centro en un continente más amplio. Y no fijándome hasta
parecería que así lo había querido. Es de este modo que los gritos obscenos,
los intentos de polémica, el núcleo de la subversión… todo eso queda a medio
camino entre el sangrado y el punto seguido.
Esta reflexión surge
de ver cómo en distintos ámbitos me he sentido rodeado por muchos de esos lectores que
parece que van jugando al avioncito de párrafo en párrafo, zurciendo
heterodoxos lo que implica un texto y su lectura, despedazando todo lo que el
escritor quiso enhebrar, saltando de esta línea a la otra y de regreso,
como si buscaran algún signo cabal y resumido entre las letras que justificara
la molestia de tener que leer.
No vale hacer un
esfuerzo por ellos, si han de pasar por la vida saltando, mejor que no se
lleven nada de mí.
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En este cuadro de mi amigo Alberto creo ver un equívoco diagrama de flujo de lectura moderna |
agosto 25, 2012
Parábola
Está claro para mí que toda insinuación de nuevo rumbo lleva en sí
una especie de tensa responsabilidad por tantear el terreno rápido, por
desenvolverse en él con la soltura con que se haría en cualquier otro sitio,
por acoplarse al frenetismo y salir bien librado. Estos rumbos no dejan
titubear. No puedo detenerme a pensar en nada. No me conviene exponer mis
debilidades, no puedo ceder a la poesía o a la reflexión. Lo más deseable es
ser limpio y perfecto, preferiblemente sin contenido y tapizado de imágenes.
Y no sé, creo que digo esto porque es
frecuente, cada vez más, toparme con sitios asépticos muy lindos y muy vacíos,
cubiertos de formas vibrantes y seductoras donde ante todo me siento abrumado y
triste de encontrar a tan pocos que se conmuevan por lo que yo considero
importante, aparentemente muchos más los que dejan que las cosas tiendan
automáticamente a ese exhibicionismo rampante de mierda —bien enseñado y
aprendido en las redes sociales— del donaire introspectivo, de la grandeza
autodeclarada.
Ya es muy tarde para desear que las cosas no
sean como están siendo, tarde para querer que no todo sea tan cuidado, tan
gratuito. Hay una predilección horrible por abrazar el plástico que, me parece,
va a perdurar; es mucho lo que se arrodilla ante mí, lo que me ruega que acepte
su belleza. Y yo se lo concedo: bellísimo y muerto. Es la higiene de lo
irreflexivo, el vértigo de la nada.
No sé bien por qué he pensado así. Creo que
porque ahora terminé la carrera y todo es obligadamente distinto, con disculpa
del cliché. De primera impresión parece que todo ocurre sin decidirse a avanzar
en ningún sentido. Es como si no pudiera sumar dos actos míos para suponerles
un resultado. No importa lo que haga o en qué forma, no hay ritmos ni razones:
hay consideraciones agudas, estatismo de pesadilla, cálculos envenenados. Y
todo funciona muy bien y es altamente profesional.
Creo que me estoy dando la oportunidad de
encajar en una serie de conductas que considero despreciables, como el sistema
laboral, con la sola esperanza de desencantarme de ellas con algún fundamento.
Pero hoy he sentido una brecha muy grave tras
de mí, se quiere parecer al abismo digital que algunos admiten entre mi
generación y la anterior (sé que no hay tal). Brevemente percibí una presión
rara, una cierta coerción que salía de todo lo que estaba haciendo frente a la
computadora. Sentí que a toda la gestión heurística de aparatos y tecnología,
que a todo el proyecto social del nuevo mundo yo le era totalmente innecesario.
Sentí que nada en los engranajes de lo que supone una vida correctamente garantizada
me iba a esperar. El nuevo rumbo es esto, un rumbo donde ya se esboza que es el
humano quien va teniendo la culpa de no entender, de no estar preparado. Sus
creaciones le superan y le dominan. No más intuición, no más explicaciones. La
obra se empezó a adelantar, a cernirse como una jaula sobre nosotros, quedamos
todos magníficamente imbéciles y atrapados, vacíos de voluntad. Enhorabuena.
agosto 22, 2012
Ich bin der welt abhanden gekommen
Era la historia de alguien que
prepara una cena esperando a una mujer y todo sale mal. La llama por teléfono
sin verdaderas esperanzas, todo se tibia y se arruina. Imagino que acabó
embriagándose solitariamente y la mañana le sorprendió en la sala.
La historia de mi vida,
dijo Carlo Aleksantri.
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