febrero 25, 2012

De tercer tipo



Ese día me encontré con tres personajes en tres momentos del día. El primero llegó temprano, cuando estaba yo en el parabús de Superama implicado en situación inconvenientemente femenina; esto es, escribiendo un mensajito con la mano derecha, abrazando un regalo llamativamente envuelto de esos del 14 de febrero en la izquierda. Al momento que lo vi acercarse, observé que la otra persona que esperaba al camión junto a mí se ponía de pie, ostensiblemente alterada, para tomar cualquier ruta que la llevara lejos de inmediato, en este caso la Circuito Exterior, que pasó providencialmente para sacarla de ahí. Me quedé entonces muy solo, sentado con mis mil trabas para actuar rápido, mensajito, regalo. Al personaje que en ese punto llegaba a mí se le veía lo turbio de la infancia en cada mueca. Llevaba un dedo índice profundamente dilacerado, le colgaba de un pellejito, diría la gente de antaño, sangre espesa le manaba del corte.
Se acabó —pensé—, fue bueno vivir mientras duró. Pero equivocaba, el personaje no estaba ahí para matarme, sino para confiarme la infame historia en que se vio implicado minutos antes, y que no alcancé a entender del todo por el frenetismo de las imágenes, pero que en síntesis comportaba una placa de acero siendo subida a una pickup, y a un segundo personaje sucumbiendo al peso, dejándola caer toda sobre la mano del que ahora frente a mí. No estaba asegurado en su trabajo, pinches perros, ¿verdad? Pinches perros, acerté a decir.
Se fue por donde vino, dejándome claro que había llegado de lejos únicamente para compartir su pena y casi me sentí importante.
El segundo era un viejito sedicioso que llegó envuelto en su propio y confortable torrente de improperios antigubernamentales. Estaba yo ahora en la parada de por mi casa, afuera del parque México a las dos de la tarde. Su diálogo era más arenga que otra cosa, me contagió su sentimiento de conspiración, de inconformidad, casi me dolía tanto como a él que Fox le hubiera quitado 25 camiones urbanos y me puso en pie de igualdad en el sentimiento de decisión y responsabilidad que se le adivinaba en el bigote, ustedes los jóvenes tienen que impedir que suban el pasaje a diez pesos. Yo no soy elocuente ni mucho menos, pero asentía fervientemente a su discurso, incendiario, avasallador.
Vi a mi camión aproximarse. Esto es algo que suele ser más fuerte que yo: no importa con quién me encuentre, lo único que importa es entrar en el camión a como dé lugar. Sobre todo porque esta ruta pasa cada que le parece suficiente, en intervalos que pueden ir de los 20 a los 50 minutos. Por muy implicado y comprometido que me sentía con el discurso de aquel sabio, detuve al camión, abandoné a mi interlocutor soltando una especie de último sí, que se haga.
Al tercero lo encontré por la noche, de nuevo en Superama, un compañero de los días antiguos. Aparentemente ahora organiza peleas de perros.

2 comentarios:

  1. Completamente cierto. Últimamente me ha pasado que me encuentro en una parada de camión, hablando con alguien, y poco después, de la nada, pasa el esperado camión y con un "adiós" ya rutinario y frió pero sin ganas de que llegue, aquel ser se retira. Como todas las noches.

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