enero 28, 2013

Equidistancia




La dejó en la cama soñando que huiría y salió sin ruidos al corral. Los perros ladraron breves en la penumbra hasta que distinguieron su olor y contorno. Corrieron a lamerle los pies. No podía irse todavía, lo seguirían y temía despertarla. Cruzó la cerca y se adentró en los espinos. Después se dejó resbalar por la tierra suelta hasta el lugar en que había un campo de calizas y nopal asolado. Allí esperó la sed.
Ella le siguió el rastro al amanecer por calles de limo. Había el eco de unos pasos de hombre en la cuesta y las ventanas cegadas de hiedra. Escuchó el clamor de truenos hacia el horizonte y supo que no estaban lejos uno del otro.
Él llegó a la a orilla del río, casi ve frustrada su huida en el légamo miserable. Ya estaba lloviendo cuando inspiró horrorizado y saltó al agua helada sabiendo que le daban alcance. La corriente dispuso su cuerpo contra los muros afilados del lecho y supo que la noche iba a tragárselo completo. Empezó a llenarse de heridas y ambicionó ahogarse. Alcanzó a agarrar una rama y se jaló temblando de ella para treparse por entre las hierbas y salir a la otra orilla. Allá no saben de mí ―quiso confortarse. Hincó las uñas en un peñasco y se tiró vomitando agua por los charcos. Después quedó dormido boca abajo y vio la noche hundida y ocre en la creciente. Lo despertó un tumulto de plantas y ranas desbordadas. Se desnudó y fue a acurrucarse a las raíces de un olmo calcinado tiznada la espalda. Rodó en el pasto y lamió su cuerpo abierto, escupió un poco de sangre y maldijo. El sol no iba a salir ese día, la niebla estaba bien pegada al suelo y ya le había entumecido el pecho y los pies dilacerados. Cogió su abrigo escurriendo y corrió por la pendiente de cardos, perdido y frágil hacia las primeras luces. Se inclinó en la cima y en ella se hartó de tréboles.
Sé que estuviste aquí —dijo ella al asomarse al río—, dejaste embarrada la orilla de huellas y flores muertas. Entonces siguió por el borde opuesto, caminando la vereda aunque más de lo que él la caminara de noche. Anduvo hasta un puente y cruzó temiendo perdida su ventaja en el rodeo. No importa —juró—, cuando te encuentre voy a aplastarte la cara a pedradas. Llegó así a la cumbre para ver lo que él había visto, y lo que vio fue el pueblo encallado con la bruma espesa desprendiéndose de los tejados.
Él había entrado al pueblo al amanecer. No quiso problemas, quiso sentirse escondido y salvo. Durmió en un granero hasta entrada la tarde y del patio de una casa robó una gallina que engulló sin gusto, precariamente cocinada a un fuego pobre. Abandonó la luz de los últimos jacales y entró de nuevo en la maleza. Lo cubrió una segunda lluvia y en vano recorrió senderos buscando el llano. Sólo encontraría pozos y zanjas inundadas. Te estás muriendo ―dijo una voz tras su nuca. ¿Quién habla? —preguntó a la oscuridad que le rodeaba.
Ella pidió seña de él en la cantina, en la parroquia, en las casas que rodeaban la plaza. Alguien tenía que estarlo escondiendo. Nadie sabía nada. Ya te siento cerca —se alentaba. Vio cómo tras su pista quedaba un surco de tierra negra. Lo imaginó lamiendo pedrajos negros, arrancando pedazos de tierra seca. Lo creyó entre las ramas rotas espinado, desvanecido de hambre y sed, untado al lodo, a la perra tierra que le viera nacer. Apenas te encuentre te pego un balazo en la nuca —se consolaba ella.
Para él faltaba poco. Aguardó y la vio entrar a la casa, cayeron tras ella noche y tormenta. Esperaría ahora que se hiciera tarde y la lámpara se extinguiera. Se juntó a la cerca tanteando los huecos y se arrastró hacia el portal. No estaban puestas las trancas. Entró por fin a la casa y caminó a donde la niña dormía. Unos relámpagos iluminaron el cuarto entre el estor de carrizos, llegó con cuidado y se sentó en el catre. Palpó las cobijas y subió por el pecho hasta el vaivén de aliento sobre las manos. Escuchó la niña removerse y sintió miedo. Arrojó las manos sobre el cuello pequeño, el bulto se revolcó violento. Gritaba, tal vez. Temió despertaran en el otro cuarto y apretó más, cansado y ciego de haber ahogado el grito pronto. Pudo apretar todavía, sus manos hundirse en la tráquea de la niña, casi una masa, algo blando y distinto. Se reclinó y quedó un momento sobre ella, llenándose de su frío.
Me dijeron que te vieron flaco y desorientado —sopesó ella—. Será cosa de esperarte, de saber si vendrás. Pero si no vienes voy a seguirte siempre, de todos modos. Él se levantó del catre y entró en la habitación de al lado. Levanto las cobijas y se metió a la cama con ella. Se limpió la sangre de la niña en su vestido, abrazándola contra sí. Ella no se inmutó, dormía profundamente. Y soñaba, acaso. Después amaneció y él supo que tendría que huir.

enero 25, 2013

No. 190, 1967


Me doy cuenta que estoy alejado de las evoluciones estéticas, ya que no puedo hacer absolutamente nada que no sienta profundamente. He tenido la suerte de rodar solamente los proyectos que me interesaban y de hacerlos libremente. Creo que uno está perdido cuando emprende proyectos que no se le parecen, o en todo caso yo lo estaría. Tengo fama de contar películas muy diferentes entre mis gustos, y puedo efectivamente comprender, un poco como Rivette, toda clase de películas y amarlas, películas sin ninguna relación con las que yo deseo hacer; lo que no me gusta son los films de apariencia, detesto profundamente el esnobismo y su hermano gemelo la exageración, y esto vale para 'Modesty Blaise', 'Trans-Europ-Express' pasando por 'Polly Maggoo', 'Anna', 'Help!', 'Pusy Cat', 'Privilège', 'Dragées au Poivre', 'A coeur Joie', los westerns de Mekas, todo lo que da la impresión de estar repleto de ideas cuando no tiene ni una, todo lo que parodia e intenta hacer el astuto, epatar a las gentes con el montaje corto, el zoom y la aceleración. Es éste un cine miserable, porque el director por su intención de mezclar los papeles espera escapar del juicio crítico. Esa actitud se parece a la de los neoyorquinos que compran rollos de papel higiénico en los que se han impreso falsos dólares creyendo demostrar su desprecio por el dinero. En realidad nadie se limpia con verdaderos dólares, por eso es inútil aparentarlo. Compremos papel blanco y contemos nuestras historias normalmente, asumiendo el riesgo de verlas analizadas, desmenuzadas, criticadas. Espero quedar libre de toda esa pseudo-fantasía (…)

Contradicción



Con el bullicio del día finjo que no has sido nada. Lo finjo hasta creerlo. Por la noche basta el silencio y la luz apagada para que me encuentres de inmediato y no me sueltes hasta bien entrada la madrugada. Si mañana tengo suerte, lograré llenarme la cabeza de cosas obligatoriamente más apasionantes que tú y me jactaré de haberte olvidado tan fácil.

enero 24, 2013

After aftermaths


Arnold Odermatt


Entre la excusa inservible de lo que un mundo real demanda [lo mucho que éste aleja de intereses espirituales verdaderos y necesarios], y la aridez de leerme y comprobar antiguos textos espejo horrible de algo que yo he sido, de un modo anterior de pensamiento que hiere por ridículo e inaceptable.
  Hace unos minutos resubía una entrada que existió en un blog mío de Wordpress que durante dos meses atendí por motivos lógicos hasta que fue inútil. Si consideré el repost fue por el recuerdo agradable de lo que supuso escribir aquello. Bastó verlo en el marco de Blogger para sentirlo aberrante, desencajado, estúpido.
  No sé a qué punto puede llegar el dolor de tratar con uno mismo, con la inconsistencia profunda de dos tiempos del yo. Ni siquiera sé si es algo común o si tiene sentido que lo diga. Pero veo que lo importante es que no haya cedido a la seducción de ese repost.
        La entrada que ya no publiqué [que tampoco publicaré nunca] tenía algo de encanto humorístico, sí, pero a costa de lo que me pareció una búsqueda deliberada de efecto en el lector. Me desconocí, eso es todo. Y gracias a ello tengo ahora el sustento para esta reflexión, que finalmente es más mía que ese otro texto. Y aunque sea frágil y dubitable como todo lo que escribo, me parece que sale honesta por lo que le abriga reconocerme—, y por la esperanza de suscitar la clase de afinidad que despierta en mí la escritura de otras personas donde lo más evidente es que también ellas quisieron reconocer algo, incluso si ese algo es ajeno a mi experiencia.
Esta confrontación se ha parecido a lo que ocurre cuando se me obliga al consumo de una obra en que la prioridad es el efecto, y donde se respira el miedo de su locutor por ser entendido de un modo que no sea el deliberadamente querido por él, reiterando la forma con escándalo para perfilar una intención hasta la náusea.
  Todo esto matizado por una frase muy bella, para el caso muy agridulce, que me encontré del cineasta Jean Renoir: Lo terrible de este mundo es que todos tienen sus razones. La sorpresa ha sido ver que una razón pueda mutar tan rápido. Y que también por ello la comprensión esté lejos de lograrse verdaderamente en casi todo ámbito.