Un laberinto de sábanas y velos empolvados que se agitan lentos. Sé que son pruebas que debo franquear, como las de la Zona, en Stalker. Siento miedo. Hay oscuridad, amenaza, seres de humo y pelo y niebla y saliva y dientes prendados de mis brazos. Hay un fuego inextinguible sobre las aguas depravadas.
febrero 20, 2017
febrero 12, 2017
Pesadilla (II)
Estaba en el escenario de un teatro parecido al Bicentenario. Me pedían mi violín para tomarle fotos. No porque fuera un violinazo, sino porque les urgía un violín para tomar las fotos. No sé si ellos o yo (me irrita no recordar este detalle), movíamos el puente bajo las cuerdas en tensión, sin el menor cuidado. El puente se trozaba en dos pedazos irreparables.
febrero 08, 2017
Pesadilla (I)
Estábamos en Egipto. De una fábrica salían pequeños rebaños de nube blanca. Eran casi bellos, pero comenzaban a enturbiarse. Se sabía que era un gas venenoso y que lo soltarían sin aviso para matarnos. Me daba terror y apuraba a mi familia para que nos fuéramos a casa
Dentro cenábamos, me lo parece, junto a Daniel Radcliffe, Emma Watson y, quizá, Rupert Grint (¿). Y aunque todos estaban muy tranquilos en la cocina, yo sólo podía pensar sobre el momento en que el humo llegaría para matarnos.
Habían dado máscaras antigás para la población a la que dejarían vivir.
El humo aparecía por el jardín. Yo lo veía, avanzando con lentitud horripilante y silenciosa en el patio, por fuera de los ventanales. Aguantaba la respiración, lleno de miedo. Tal vez mi mamá me sugería que subiera por las máscaras. No recuerdo haberlas encontrado. Despierto.
marzo 02, 2015
El cuento de la isla desconocida
El tiempo y la energía son una verdadera marea en mi ánimo: menguan y crecen, salvo que sin patrón discernible. Y justo ahora estoy en plena marea baja. Así que, aprovechando el tema marino y mi extenuación, es que he podido releer este libro muy breve de José Saramago.
Del mismo autor, y a una edad a todas luces inapropiada, recuerdo haber leído su Evangelio según Jesucristo. De estilo profundamente alegórico, muy denso y concentrado; disfrazado de sencillez e ingenuidad. No pasa distinto con este cuento.
Salta a la vista lo que cualquiera que haya leído a Saramago conoce: un uso muy característico de la puntuación. El párrafo es un riachuelo en que van inmersas todas las voces, todos los personajes. Y hay que estar atento para pescar un determinado diálogo con la voz que corresponde. O quizá este mismo riesgo de equivocar al dueño de una voz sea parte del encanto buscado y encontrado por Saramago.
Las ideas que hace nacer el cuento en la imaginación son muy estimulantes. No me quedan certezas, sólo preguntas y sensaciones: sobre el sentido de la navegación, no como operación marítima, sino como movimiento a través de la existencia; sobre la dirección en que uno mira cuando anhela encontrar algo que no es, algo que no está; sobre el deseo por alcanzar un ideal indefinible como único motor genuino para caminar, para moverse de un punto a otro de la vida, llámese amor, autoconocimiento, comprensión total del prójimo, fusión con la naturaleza. Es un libro muy bello que exige de mí por lo menos una re-re-lectura.
febrero 02, 2015
Hastiado y trasnochado
Me parece ahora que las personas ―¿la juventud, mi juventud?― están contaminadas de forma irreparable. De glamour, de escándalo, de elocuencia. Yo mismo estoy contaminado. O quisiera, secretamente, estarlo un poco más para morir, así, más acompañado.
¿No se podría en su lugar, por un día, en algún lado, encontrar al amigo que sepa, por decir algo, callarse un momento en lugar de no poder callar ya nada?
La gente defiende sus pasiones, su credo, sus opiniones, mediante una especie novedosa y muy inquietante de amor incondicional a la patria (la patria edulcorada de su envidiable consumo cultural) que, por cierto, nada le pide al fascismo: tal es la obstinación y la ceguera.
Yo, por otro lado, no quiero, no puedo ya defender nada. No sé si seré un gran cobarde o simplemente estoy agotado. La futilidad reiterada de defender cualquier cosa me ha enseñado una técnica más triste, más efectiva: esconderlo todo. Callarlo todo.
Llegado al caso de tener que opinar: diluirlo todo.
No vale el gasto de energía intentar cualquier otra cosa. ¿Para qué, al fin? ¿Para convencer? ¿Ceder tan fácil a la elocuencia?
¿Por dónde, entonces?
Si quisiera, después, plantearme con seriedad un ejercicio vagamente parecido a la verdad, tendría que plantearme también, y por lo visto, la posibilidad de ser abandonado por todos. De abandonarlo todo. Tal es la imposibilidad de decir cosas que impliquen verdad sin destruir estructuras.
No puedo dejarme abandonar. Más amable resulta engrosar las cosas que tan bien encaminadas van ya: la comodidad incomparablemente histriónica, infructuosa e imbécil de quedarse para siempre en la violencia chic de las superficies, de las conversaciones, de los ritos.
Me recuerdo que muchos amigos (mis grandes amigos muertos y verdaderos, los del papel) eligieron ―sin elegirla nunca, naturalmente― la soledad por escribir de la verdad. Me recuerdo, también, que no soy ningún grande de nada. Sólo alguien cansado con una lucidez bastante grande de su propio cansancio.
noviembre 04, 2014
It Happened One Night
Hablar de
películas es siempre un fracaso, pero hay que intentarlo. Un esfuerzo aunque
sea para fijar las cosas mientras se dejen. Vi esta
película de Frank Capra anoche. No voy a extenderme. Sólo quiero recordar aquí
que me llamaron la atención dos cosas:
1. La
penumbra complicadísima a la que se animó el fotógrafo. Un virtuoso con la
cámara y la luz y fin del asunto.
2. La
modernidad de la relación descrita.
Para mí
ayudan a esta impresión de actualidad —a falta de otra
palabra— dos cosas, principalmente.
Una es la
técnica.
El
desenfado con que la cámara sigue la acción dándole aire y permiso a los
personajes para que de ellos (en ellos) florezca el misterio y la seducción. Es la
transparencia del montaje, pienso, la que deja que sintamos junto con los
protagonistas el peligro absurdo de este romance que además de todo no sólo es claramente imposible sino —y también tal vez por eso— flagrantemente cinematográfico.
Pero
bueno, pusimos la película y acabamos metidos en este atentado contra la
verosimilitud, qué le vamos a hacer —y ya desde el título: pasó (bastó) una noche…
Pero
en cine calcar una realidad factual no equivale ni a relieve ni a verdad. Estos dos atributos los construye más bien el tiempo real, el de afuera. El tiempo del espectador,
quiero decir. O por lo menos así lo percibo yo. Y creo que es porque el tiempo de la película se prolonga hacia (ocurre dentro) la mente y la mente nutre después de otro tiempo y otros detalles a la
noche de la película.
La otra cosa que hace que la película se sienta contemporánea son los actores.
No
sé nada de ellos. Sé que Clark Gable actuó en Gone with the Wind,
pero eso es igual que saber nada. De la actriz, Claudette Colbert, de ella sí
que no sé nada de nada.
En
fin, que lo hacen muy bien. Incluso cuando las actuaciones son todavía muy
mudas (esto puede comprobarse quitando el sonido y fijándose en la
grandilocuencia de las manos y las cejas). Pero no hay solemnidad impostada, no
hay sentimientos fáciles. Como decían por ahí: niente baci… niente di
niente. Y con todo y eso la naturaleza de lo que ocurre es
profundamente erógena. Quizá porque la tensión, como con todo lo demás, se
construye y se queda en la imaginación.
Leí en
IMDb que la pareja de actores pasó un mal rato durante las escasas cuatro
semanas que duró la filmación. Colbert se la pasó quejándose de esto y lo otro
e incluso dijo que era la peor película para la que había actuado. Gable se hizo el
enfermo un rato para demorar la producción nada más porque sí. Después los dos ganaron
sendos Oscar por su trabajo. Por supuesto esto no añade nada a la película, pero
ahora, a ochenta años de su realización, uno agradece que de estas niñerías no quede prácticamente ni rastro en pantalla.
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