Tuve amigos fumadores todo el
tiempo. Desde la secundaria había un par por ahí que ya se hacían los malotes y
fumaban bajo un árbol. Yo nunca tuve prisa. Antes me jactaba en una conciencia
fría e inusitada que me dictaba que fumar a los catorce era para gente con
ganas de envejecer rápido y hacerse la experimentada y maldita cuando todavía
tenían pecas y dientes de leche, es decir, gente inaceptable. Yo nunca fumé.
Fui en cambio ―tuve que serlo, cruel condena― receptor de humo de entonces en
adelante.
Se
supone que mi papá fumó pipa hasta que lo agarró una bronquitis aleccionadora
que le hizo decir no vuelvo. Por ahí
andan las pipas y yo de niño las mordía según con mucho garbo entre mis dientes
chuecos de niño enchuequecido y les soplaba de ida y vuelta como si fueran flautas.
A
lo largo de mi existencia, claro, he fingido muchas veces fumar cigarros para
sentirme interesante. He fumado de chocolate, de barquillo y de rollitos de
cuadrícula bond. Alguna vez encendí uno de estos rollitos en el piloto de la
estufa y le di una calada la mar de estúpido. Tosí y lloré sintiéndome adulto y
un poco idiota, como un adulto.
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Billie Holiday incendiándose bien duro |
Me
pasa como a Ribeyro. Mis tíos son los fumadores de cierto. Pero los veo poco,
así que nunca fueron un ejemplo sólido de nada. Aparte que más que fumadores
tienen madera de alcohólicos, enfermedad que desempeñan con suficiente éxito. Y
tengo por ahí un par de amigos sin mucha vergüenza a quienes he visto
desaparecer una cajetilla completa en el transcurso de una plática regular.
Nada, ninguno de ellos, ha podido con mi imposibilidad por dejar de no fumar.
Claro
que en lugares cerrados me he tenido que fumar siempre el humo de mis
compañeros, cosa que, según me dicen, ha sido peor que si fuera yo el del cigarro en la boca. Pero para mí, en todo caso, ha sido siempre ya muy tarde para empezar, aunque repetidamente se me antoje tanto. Sobre todo cuando llueve y me toca
empaparme. No sé si más bien soy muy cobarde.
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Coca-Cola de Lester Young tomándose un merecido descanso |
Hace
poco fui a la exposición del ‘ser humano’, donde había un montón de cuerpos
seccionados. Había un par de esponjitas todas chamuscadas con la etiqueta:
pulmones de fumador. No que fuera necesariamente turbador, si ya todo hace
daño. ¡Vaya!, que vivir es hacerse daño todos los días hasta que logras el objetivo
primordial de toda vida, o sea matarte lento y de la manera menos heroica.
A
mí me vendría bien fumar porque soy muy tímido. Podrían describirme con el
primer párrafo de El Corazón Delator
pero cambiando nervioso por tímido. Siento que toda la gente es
igual de inarticulada que yo, pero tienen a su favor que fuman. Entonces no es
que no quieran o no puedan interactuar, dibujar el inicio de una conversación
medianamente sin punto. Simplemente están muy ocupados con su cigarro,
ocupados, relajados, viendo el panorama, siendo fantásticos al ser ellos mismos
que fuman.
Me
gustaría fumar para entender por fin y para siempre por qué diablos se supone que inhalar humo
es digestivo. Fumar para dejar de ser tan ingenuo y no escribir más
textos como éste.
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Marcos Mundstock fumándose a unos conmocionadísimos Luthiers |
Tener
cigarro también parece buena idea si se tiene una habilidad creadora pobre o
paralizada. El cigarro sustituye eficazmente toda creación y convierte en
imagen de interés a la propia persona. Un fumador siempre sale bien en las
fotos (cuando el cigarro está con él). Tampoco importará lo que diga ni como lo
diga mientras lo diga oculto en el humo de su cigarro.
Recuerdo
la transformación de mi amigo Pazzi. Desde sus primeros Marlboro, donde la
experiencia había sido aparentemente nauseabunda y de poco gusto, a sus primeros
Camel, y así verlo caer de poco en poco hasta, finalmente, la adicción más depravada
y sin argumentos que haya visto. Fue algo que simplemente ‘pasó’ y que, por lo
visto, se quedó para siempre con él como ocurrió con todos mis amigos fumadores. Nadie se pregunta
esas cosas, el punto en que una cosa pasa de asquearte a gustarte. Se disfruta o
no y es parte de la inercia de una vida estándar, de la vorágine absoluta de entropía
que nos come tranquila en modalidades infinitas.
Esbozar
todo esto es muy delicado porque mis amigos fumadores han de ser la mayor parte,
pero es como una nostalgia irritada por ese hábito que yo no he experimentado.
Es como envidia de ellos que fuman y orgullo de mí que no fumo. No sé si tendré que estar en la guerra,
como aquel personaje de Saving Private Ryan
interpretado por Jeremy Davies, también muchacho ansioso y nerviosito que cuando
lo sacaron de sus labores de escritorio y le impidieron cargar con su máquina
de escribir, sólo entonces fue que empezó a aceptar cigarros.
Mafalda
veía a su papá y lo acusaba al verlo fumar con tanta vehemencia y afectación: me pareció que era el cigarrillo el que te
estaba fumando a ti. Las personas sabias, generalmente las de varias
décadas atrás, fumaban como con más cariño, como destruyéndose apaciblemente,
sin prisas. Y sobre todo, para nadie más que para sí. Pero la idea del fumador
es demasiado grande en la moda de hoy. Me da la impresión de que son muy pocos
los que fuman y muchos los que están siendo fumados.
Claro
que dentro lo anterior existen siempre casos excepcionales. Amigos míos, todos,
qué coincidencia y qué pinche orgullo.