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Robert Bresson |
Hace unos
días, tomando mientras tomaba café con admirable y conspicua
compañía, escuché de pronto una fuerte, qué digo fuerte, inclemente crítica
a los gerundios. Casi no entendía la violencia de mis interlocutores hasta
que recordé que eran mis amigos y había que perdonarlos. Concedí luego, eso sí,
que se trataba de verbos horribles que, sin embargo, he aceptado toda mi vida como
imprescindibles, cale esto o no en la preclara consciencia lingüística de
mis camaradas, me importa un carajo.
Como siempre que alguien dice algo apasionadamente y uno se descubre de pronto en el bando acusado, guardé silencio. Pensé
turbado, los gerundios, los gerundios ¿apoco tienen algo de malo?
Pasé el trago amargo con discreción de espía.
Ya en mi casa, de tarde, cercioré que en medio del vergonzante
litigio había aparecido una impresión nueva: no conocer desde un, digamos, estadio lógico, por qué he
utilizado las palabras del modo en que lo he hecho hasta ahora. Siempre he
sabido, eso sí, qué ritmo quiero que dibujen, qué clase de sonoridades me
parecen agradables o de aparente valor musical. Pero nada más. Mi formación
académica para la redacción fue siempre deficiente. No sé en dónde aprendí a
expresarme por escrito, en la escuela ciertamente no.
Debería decir mejor: no sé dónde no aprendí a
expresarme por escrito.
Ignoro, por ejemplo, si en este escapismo he dejado caer alguna
figura retórica. No pienso tampoco en qué
tiempo conjugo los verbos. O por lo menos no tendría que pensar en nada, esto debería ser lo más natural del mundo. Como ahora, que sólo digo lo que me viene en gana desde la espuma del
mundo reciente, las lecturas y músicas de la semana o del mes, mejores todas a
las que habitan mi cabeza, eso seguro.
Mi desconocimiento consciente de los gerundios debe estar también en el cine. En mis propios montajes habrá posiblemente una saltadera de eje de aquellas (los gerundios visuales, por lo visto).
Y qué. La intuición es de lo poco que nos queda. Hacer un plan
detallado, storyboard, guion, todo eso que otorga jactancia y puntos extras a
la profesionalización de la vida en cada maldito rincón que a la gente se le ha
ocurrido, quita la emoción de buscar una imagen habiéndola ignorado desde siempre, el riesgo
terrible de que nada funcione una vez trabajando en ello. Pero pocas cosas son
más bellas ―para mí, al menos― que cuando (y pese haber procedido inconexamente
en el mundo profesional) una
secuencia de encuadres hasta entonces desconocidos toma su unidad al
contacto, cómo sueltan su chispa y se vuelven verdaderos.
¿Será por eso la afinidad tan profunda que siento con Bresson? Él
escribió: cuando no sabes lo que haces, y lo que haces es lo mejor, ésa
es la inspiración.
O recordar aquello de Godard, diciendo
algo así como: 'filmar consiste en superponer pensamiento, filmación y montaje.
Si algo escrito ya nos hace reír o llorar, entonces no hay que filmarlo, hay
que venderlo en una librería...' Y nosotros tendríamos que suscribir esa idea,
filmar no es únicamente llevar a cabo las operaciones técnicas que dan
fundamento al cine. Así como escribir no puede ser solamente juntar palabras ni pegar sonidos hacer música.
No puedo evitar a Zaratustra: Harías mejor en
decir: «inexpresable y sin nombre es aquello que constituye el tormento y
dulzura de mi alma y que es incluso el hambre de mis entrañas» Sea tu virtud
demasiado alta para la familiaridad de los hombres (…).
No hay que avergonzarse de balbucear cuando el balbuceo es la resistencia. Es ésa la idea que resuena
tanto con lo que veo y siento. Se ha puesto en contraste porque hace apenas unos
días que tuve el infortunio de intelectualizar los gerundios y ahora me voy cuidando de ellos, cuando nunca en mi vida
había tenido que reparar en su existencia.
Lo mismo pasa con la música y el cine (y seguramente con todo): basta poner cuidado en un
detalle técnico para que todo se eche a perder para siempre. Porque no está en
la técnica lo que busco, y ya.
Valga la anécdota, cuando hice mi servicio social (¿o profesional?)
en TV4, grabé muchas veces el material que se me pedía en condiciones deplorables
de tiempo y ánimo. Pero sé que nunca me detuve demasiado a razonar qué
estaba haciendo, por qué ni para quién, y esto no significa que no pensara, o que no tuviera la
sensibilidad despierta.
Cuando, hace unos días se me pidió redactar una semblanza del
director Danny Boyle, pude observar, al recabar material, la reiteración en críticas sobre sus ‘demasiados’ ángulos aberrantes; desperté así a mi propia tendencia de plano holandés, al abuso enorme que hice de ellos durante mi servicio social y sin
buscarlo. Siento que esta conciencia destruye; evitaré ahora cada paso en falso desde la inteligencia, imitando al hombre en su altivez adaptativa.
Cada metro de terreno que nos gana la conciencia es naturalidad
sacrificada. Sólo me gustaría saber sacrificada en honor de qué...
Quizá lo
que estoy pretendiendo tan
dificultosamente y tan a tientas en mi vida diaria no sea, después de todo, ni hacer
cine ni música. Probablemente no sea nada útil en los términos del mundo. Pero,
y aquí tendría que citar palabra por palabra «éste es mi bien, esto es
lo que yo amo, así me agrada del todo (…)».
Así
me tocó balbucear a mí. Por supuesto que la pasión con que Nietzsche lo dijo todo empieza a
perfilarse como algo cada vez más impensable dentro los mundillos posmodernos. Y no puede parecerme más pertinente que así se perfile. Estaré
entre los que aplaudan cuando esta pasión les escupa a la cara.