diciembre 30, 2020

Nadja en París


Lo tengo más claro cada día: mi enamoramiento por el cine se corresponde con la poca oportunidad que he tenido de viajar como quisiera. En el cine encontré un amplificador de experiencias. Una caja de resonancia para todo lo pensado y vivido. Un modo asequible de viajar sin detenerme.


Cuando camino por una ciudad nueva, me llena siempre de gozo percibir cómo el aire trae aromas distintos a cada paso: fritura y vainilla; inciensos y algodón de azúcar; pasto recién regado y adoquines mojados… Es éste el signo de un sitio vivo, de un lugar que vibra sin disimulo. Es quizá una de las cosas que más extraño del exterior: caminar y que el viento venga lleno de todo.


Que el olfato tenga oportunidad de verse despierto y prominente, más en esta civilización basada en una visualidad tan exacerbada y exclusiva, nos sorprende siempre: delata a los lugares en que la gente ha querido encontrarse.


En segundo lugar advertimos sonidos. Música. De cada umbral se extiende un ambiente único: las orejas zozobran en una marejada confusa y hermosa de palomas, globeros, músicos callejeros, tañer de campanas, tintineo de copas y cubiertos… Un París así es el que retrata Rohmer. Quién iba decirlo: un objeto visual donde lo que más vemos no son las imágenes, sino los olores, sabores y sonidos.


Es un cortometraje honesto y luminoso. Lleno de circunstancias identificables para mí. Tiene una belleza austera y fluida. Me hizo sentirme contento, agradecido de vivir. Feliz con la oportunidad de conocer París de la mano de Nadja, incluso cuando, con toda seguridad, ni París ni el mundo son más así. Incluso cuando puede que jamás conozca esta ciudad a través de mi propia mirada.


Me identifiqué con los hallazgos de Nadja. Con sus reflexiones. Con la paz que encuentra al estar a solas en un parque. Me hace pensar sobre la responsabilidad tranquila que tenemos unos con otros. Sobre mi tarea de comunicar calidez, vitalidad, esperanza, a través de lo que he elegido hacer, en mi caso la música. La tarea de dar variedad a la vida de los demás, así como los demás hacen ya, sin saberlo, con la mía. (10/10).

diciembre 28, 2020

Polección corréctica

Klee. Fuego en luna llena

Con fremasiada decuencia me ocurre que las talabras se me prozan en dos cachos antes de begar a la lloca. Esto es motivo para que, a un tismo miempo, me disguste y me engría. Creo que viene que ter con que mi lengua es mastante bás tenta y lorpe que mi cerebro. Sasa, pobretodo, en duplas muy específimas de semantecas. Ahora que lo dusco belideradamente, siento que no me cale un sarajo.

diciembre 26, 2020

Esquizométrico

Entré aquí para ver cuántas telarañas había. Pasó ya tanto tiempo desde lo último que publiqué, (sin contar la tapadera de caries) que la mayoría de los textos me parecen escritos por otro. Dan ganas de modificarlos. Corregirlos. Eliminarlos sin más.
No sé si me enternece lo mal que me llevaría con el que fui, o si oculto para mí la angustia de seguirlo siendo.
Al final dejo todo como está. No sé bien por qué. Asumo que he sido irritante, obtuso, pueril. Y de paso entreveo que dentro de ocho años más, si tal cosa es imaginable con el mundo como va, seguiré siéndolo y seguiré irritándome de tanta pinche madre a la que, sin que pueda evitarlo, debo dar alojamiento frecuente e inopinado atrás de mis ojos, debajo de mi piel.

abril 17, 2020

Jauja

Título original: Jauja
Dirige: Lisandro Alonso
Año: 2014
Historia: Fabián Casas
País: Argentina, Dinamarca, Francia, México, EUA, Alemania, Brasil, Países Bajos
109 minutos. Color. 1.33:1

Fotografía: Timo Salminen
Interpretan: Viggo Mortensen, Ghita Nørby, Viilbjørk Malling Agger, Esteban Bigliardi, Adrián Fondari

Advertencia: si el lector de estas líneas anhela experimentar algo tan extraño, hermoso y vital como para mí resultó ser Jauja, aconsejo ver primero el filme sin leer nada más. Ni en este texto ni en otros.

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Hay películas que deben verse a solas. No están para satisfacer expectativas en una reunión, ni para situarse jactancioso en el centro de una tertulia como el que sabe, o el que entiende.
Hay que verlas solo para entregarse a ellas sin vergüenza. Huir de ellas sin vergüenza. Criticarlas, aburrirse, quedarse dormido sin vergüenza. Pero también, a veces, despertar… En Jauja tuve que entregarme y despertar. No tuve opción. Ni siquiera planeaba quedarme viendo. Di play para ver qué tal pintaba y fue todo. Ya no pude despegarme.


Existe un punto en que la sospecha de estar ante una obra maestra aparece. Es una sensación curiosa y definida porque, sobra decirlo, en el día a día surge con poquísima frecuencia. Pero cuando llega, es inconfundible. Pasa en todas las artes, pero con el cine la sensación es engañosa: aguarda hasta el último instante para confirmarse o romperse.
Sentir maestría en el cine no es lo mismo que sentir maestría ante un cuadro o al transitar por un espacio arquitectónico, donde las sensaciones llegan en bloque: rápidas, simultáneas. Pronto sabes lo que sentiste; pronto sientes lo que supiste. Pronto haces tu digestión íntima de conceptos e intuyes si las imágenes estaban presentidas por tu experiencia.
Con el cine no. El cine está hecho de tiempo y, como tal, debes esperar a que esta porción de tiempo concluya. Sólo experimentamos cine conforme vivimos el tiempo de la película. Entre tanto, todo puede salir bien o salir mal. 
En Jauja sale bien.


Lograr una obra de este nivel es siempre una cuestión muy específica de proporciones. ¿Cuánto de cada cosa? ¿Hasta dónde...? No cualquier artista sabe dónde detenerse, dónde darlo todo. Es la prudencia, ¿verdad? Una virtud olvidada en nuestro triste mundo del consumo.
Lisandro Alonso y su magnífico equipo, entre los que se cuentan el poeta Fabián Casas, el fotógrafo Timo Salminen ―mano derecha de Kaurismäki― y el mismo Viggo Mortensen, como verdadero padrino y protector del proyecto, han sabido dónde y cuánto.
Dije que es una película para verse solo. Es también una película para no recomendarse: después de verla, da miedo que alguien pueda no pensar y sentir lo que pensaste y sentiste.
Es una película para celarse.


Jauja tiene todo lo que yo pido al cine: concisión, misterio inefable, gozo insaciable ante la naturaleza. No llama la atención sobre su hechura: es lo que ocurre dentro del cuadro lo que te tiene con la mirada pegada a la pantalla. Es el tiempo, contenido dentro de estas cuatro fronteras negras del negativo, lo que da a la imagen su magnetismo fatal. El ascetismo, como elección poética, de dejar intacto el misterio, incluso si éste debe ser filtrado a través de cierta técnica para volverse arte. Por su puesto que me vienen a la mente Bresson, Tarkovski, y el mismo Kaurismäki, con quien ya quedó explicada la relación.
Es justamente el cuadro el único énfasis puesto a nivel estilístico. En inglés se llama film gate. No sé cómo se llame en español, pero es el cuadro que encuadra. Lisandro Alonso lo deja, con sus bordes imperfectos y esquinas redondeadas. Me pareció un recuerdo evidentísimo de que, entre nosotros y la trama, media una cámara ―una mirada. La mirada del cineasta, que separa lo que entra al cuadro de lo que queda fuera. No es la vida, entonces, donde las cosas están dadas más allá de toda elección. Pero vaya que entrega una impresión extraordinariamente fiel de la experiencia de la vida.


Pienso que por estos días se requiere cierta valentía para usar el negativo completo, con su proporción más bien cuadrada. Máxime en la marea actual de cine deliberadamente hecho para el consumo donde, a falta de algo que sepa envolver desde dentro de la película, se recurre a formatos panorámicos para, por lo menos, envolver desde el impacto horizontal de una pantalla larguísima.
Jauja te mete en ella. No suelta. Incluso aprieta un poco. ¿Te gustan las serpientes? dice alguien en algún punto del filme. No. No son muy gustadas, ¿verdad?
No es una película “contemplativa”. Es otra cosa. Tampoco es la pulcritud de la fotografía. Ni el ritmo de la edición, ni el sonido, o la presencia quijotesca y desamparada del capitán danés Gunnar Dinesen en tierra hostil. Es más bien la conjunción indisoluble de todo esto. Y más que nada, es la densidad de lo que ocurre dentro del negativo.


Si todo plano fuese un recipiente y el tiempo un líquido, sabríamos entender que el tiempo contenido en un plano de diez segundos pueda durar siempre distinto. Un cineasta hábil sabrá llenar de más tiempo cada una de sus tomas: caso de Jauja.
En cada momento hay algo que ver. Mejor dicho: cada momento está ahí porque necesitamos ver algo de él. Cada instante está tan ligado al plano previo y al posterior como tres notas sucesivas lo estarían en una melodía. Por ello digo que no es una película contemplativa. No son paisajitos bonitos. Es acción y cambio. Es atestiguar la transformación extremadamente gradual del cielo, las rocas y la vegetación. Es la insinuación de una intriga que conduce a ningún lado. El señuelo, el esbozo de una trama vagamente western (para los que van al cine buscando tramas), incluso si al final es una mera treta para pescarnos.


Pero todo está conectado siempre, insisto con mi opinión de que Jauja parece música. En ella encontramos el mismo esquema que podríamos percibir en las dinámicas de una pieza: un gradiente minucioso y delicado que va del piano al mezzopiano. Así también aquí, el gradiente disuelve la estepa insolada en fiordo danés de un modo tan sutil que parecieran tierras vecinas. Son el polvo, las rocas y el sol inclemente volviéndose lodo, líquenes y rocío.
El gradiente está también en la historia de una hija perdida que, de súbito, como en el reverso imposible de un tira de Möbius, se nos vuelve la historia de un padre perdido. ¿Y qué fue todo lo demás, entonces? ¿Un mero recuerdo para una joven que despierta en la alcoba de un castillo?


Todo está dispuesto con una hermosura verdadera: la tierra. Los riachuelos. Las infinitas gamas del verde en la hierba y los matorrales. El azul del cielo surcado de nubes veloces. El rojo de la sangre. El café de un caballo que sea tal vez el caballo más suave y amable que haya visto en una película: dan ganas de acariciarlo y darle de beber.
Y no es una película intelectual y aburrida, donde tengamos que activar una modalidad esnob para sobrevivir. Cada cuadro está vivo y algo dentro de él impulsa a la historia a seguir mutando: de las llanuras secas, casi desérticas, a la humedad brumosa. Del alba al ocaso. De la Patagonia argentina a una pradera escandinava.
Hay un propósito en el tránsito del capitán Dinesen, incluso si hacia los últimos minutos de la película, todo lo que pensábamos sobre su empresa se subvierte. Sufrimos con él en su andar y agotamiento físico. Queremos encontrar lo mismo que él busca. Alguien dice: ¿qué es lo que mantiene a una vida en marcha? Es una pregunta amplia y vaga, por decir lo menos. Pero no es sólo un retazo de diálogo.


La película es esta pregunta.
¿Qué mantiene en marcha al personaje de Viggo? ¿Su hija?
¿Qué nos mantiene en marcha a nosotros, viendo una película difícil con semejante paciencia? ¿La promesa de un final feliz? ¿Ver si pasará algo más? ¿Comprobar si el metraje se arruina o se salva? ¿La profunda belleza de las imágenes?
Y más preguntas: ¿Sabemos a dónde vamos? ¿Cuán lejos? ¿Habrá agua? ¿Pasaremos frío? ¿Nos robarán nuestras herramientas? ¿Nos robarán nuestro transporte? ¿Nos dispararán desde un arbusto? ¿Habrán matado a nuestra hija para cuando lleguemos a ella? No sabemos nada. Sólo caminamos.
Como leí por ahí: manejamos por una carretera oscura, los faros del vehículo por toda fuente de luz. Podemos ver unos cuantos metros por delante del auto y nada más. Es difícil e incómodo, sí. Pero el viaje puede hacerse.


Así como en la vida, en medio de la búsqueda podría aparecer de pronto una señal: una guía en el cielo; un perro lanudo al cual seguir; una brújula reencontrada. ¿Tiene sentido algo de esto? En absoluto. Al menos no un sentido “dramático”. Pues, como en la vida, no hay moraleja, no hay beso al final, el bueno es después ―o a un mismo tiempo― el malo.
¿Qué es más absurdo? Una anciana perdida en un desierto argentino hablando tu idioma escandinavo, o una joven danesa caminando por el bosque en ropa interior. Una porción de la película debe ser un sueño, ¿cierto? ¿Pero cuál? ¿La primera? ¿La segunda? ¿Importa?


Queremos encontrar sentido y eso nos mantiene siguiendo perros. Aceptando agua y ayuda, aunque sea una anciana inquietante la que nos la ofrece. La vida es extraña. Esto se acepta o se rechaza, pero la vida sigue. Y tú sigues en ella, hasta que ya no. Ella sigue, contigo y tu ausencia. Pese a ti y tu ausencia. Y aparecerá extraña e inescrutable mientras exista quien pueda atestiguarlo. (10/10).

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enero 26, 2020

Tarde en la Jesús Gallardo

«Fragmentación», Sebastián Beltrán

1. Meteora
2. The Fly
3. Sumas y restas, es más fácil saber cómo se hace una cosa que hacerla
4. True Stories

1. Meteora fue quizá la más decente entre las exposiciones que ocupaban la galería en esta amalgama rara de cosas contemporáneas, adjetivo con el cual, quizá desde siempre, uno puede salirse con la suya impunemente.
El artista Sebastián Beltrán, originario de Ensenada, Baja California, propone una serie de objetos, si no muy profundos en su concepto, por lo menos sí muy atractivos y bien realizados a nivel plástico. Muy limpios y con una frescura infantil sincera.
No tengo del todo claro lo que sentí ante estos objetos. Creo que algo semejante a cuando camino por un museo tipo Explora: una especie de animosidad aventurera revuelta con convivencia familiar y comida rápida de la cafetería.
Tal vez en eso reside la gracia de esta muestra, en que las piezas están curadas como queriendo parecer una exposición científica, llena de dioramas, gradientes mineralógicos, diagramas… Pero es un engaño. Aquí no hay ciencia y no queda sino sonreír lacónicamente ante tan buena ¿puntada?

Sebastián Beltrán

2. The Fly es un trique inflable inmensamente burdo y empolvado que no esconde ser una mosca muerta ―digo muerta porque está patas arriba― con la que cabe hacerse una pregunta esencial: ¿para qué?
Es decir, no nos queda la menor duda de que zurcir las partes de algo de este tamaño y encima inflarlo, debe ser un proceso complejo y admirable, más cercano a la astronáutica que a otra cosa. Y supongo que, queriéndole encontrar tres pies al gato, es provocativo meter un objeto tan obscenamente innecesario en un cuarto.
¿Pero y qué? Lo obsceno no viene con garantía y además, repito, la mosca estaba demasiado empolvada para su propio bien. La impresión que verdaderamente me dio fue la de una pieza muy reciclada, la de un inflable mugroso y sudado en la fiesta infantil de mi primita, listo para que los niños salten sobre él toda la tarde. ¿Qué más da que sea enorme? ¿Qué más da que se pueda intelectualizar lo que a uno se le antoje?
¿Mencioné al artista? ¿Ah, no? Bueno: una ovación de pie para Florentijn Hofman.

Florentijn Hofman (se fue de espaldas con la ovación)

3. Sumas y restas, es más fácil saber cómo se hace una cosa que hacerla es una muestra del trabajo de Kiko Pérez y Ana Navas, artistas beneficiarios de una residencia artística llamada Charco. Iré al grano: la exposición daba un sentimiento muy agradable si se la consideraba como decoración. Es decir: esta sala de la galería quedaba, sin duda, muy habitable y amena con las obras colgadas en sus muros.

El culebra. Hecho con pielllllleonesa

No sé si será el cansancio el que me hace plantarme tan negativo. Me siento como un crítico viendo la paja en el ojo ajeno, o algo así… Además, es más fácil ―y menos comprometido― escribir sobre una exposición que hacerla, pero ai'andas. A su favor: las piezas estaban perfectamente realizadas. Me gustó el aspecto engañoso que daban algunos de los objetos en relación a la sala: una bidimensionalidad imposible, Daliniana.

En «Sumas y restas»

4. True Stories es una película dirigida por David Byrne, vocalista y compositor de The Talking Heads. ¿Qué puedo decir? Pobre David Byrne. Estoy seguro que ha conocido mejores tratos. No me quedé a ver su película ni lo habría considerado, por el simple hecho de que la calidad de la copia proyectada era mala. Carajo, esto es una galería, ¿qué no? Entre sus misiones seguramente está la de ofrecer calidad. Educar. Buscar excelencia. Formar públicos. ¿Cómo vas a hacer todo esto con una copia mediocre? Para eso ya está YouTube.
Sólo se me ocurre que, si yo tuviese una sala de proyección, para mí sería una obligación infranqueable conseguir la mejor copia disponible. Y desde hace tiempo que True Stories existe en Blu-ray, cortesía de Criterion Collection.
Lo mismo con la curaduría: uno le da oportunidad a los textos pegados en los muros esperando encontrar algo, lo que sea: una idea estimulante, una insinuación poética en torno a las piezas, una pauta de rumbos de reflexión posibles… Pero nada. Sólo encontré ortografía deficiente, traducciones flagrantemente automáticas, indolencia.
Y no me quejo por quejarme: esta galería es un espacio que me ha gustado siempre y que, creo, lo tiene todo para ofrecer algo valioso en un escenario magnífico.
Por algún motivo, recuerdo mucho la exposición con que inauguró la galería. No sé si iría con la escuela, pero sí recuerdo que me encontré con obras que, incluso siendo yo un niño de diez años, me lastimaron con gran franqueza: unos cuadros azulosos de Picasso, y una escena terrible de algo relacionado con el abyectísimo KKK, pintada por Chávez Morado. Una cruz de horcas…
Según se dijo aquel día, estos cuadrazos pertenecían a la colección personal de Jesús Gallardo Carrillo. Pero en fin, que esos días quedaron ya muy lejos.

Chávez Morado

octubre 13, 2019

Maldición egipcia

Nombre de la exposición: Tutankamón: la tumba, el oro y la maldición
Lugar: Parque Guanajuato Bicentenario
Fecha de la visita: domingo 13 de octubre de 2019

Bueno, vamos al grano: esta “cosa” fue una porquería.
Desde la sede debí suponer que vería algo más cercano a un espectáculo de feria ―por sensacionalista y barato― que arte verdadero. Vamos, ya el título debió darme indicios de que convenía guardar distancia: Tutankamón: la tumba, el oro y la maldición (¿?¿?¿?).
Pero ignoré toda intuición y acabé yendo, de cualquier manera.
Digamos alguna cosa sobre la dichosa sede. El Parque Guanajuato Bicentenario: una obra vacía. Un trique puesto en algún lado ahí por la carretera. Un recinto enorme y sin propósito. Una colina donde el viento, el polvo y el sol, se encargan de brindarte un día inolvidable. Y si tienes suerte, puede que hasta una contingencia ambiental auténtica.
El problema de fondo radica en que este sitio no es un parque: no está al interior de una población ni tiene una vegetación demasiado distinta a la de la carretera.
No es un parque, de acuerdo. Pero su identidad verdadera tampoco queda clara: en la entrada parece que llegas a un museo interactivo de ciencias, en la línea de Explora, o algo así. Después te das cuenta que no, que es más bien una especie de Polifórum, donde hay exposiciones multitudinarias e igual puedes comprar tierra para macetas que té orgánico y, lo más importante, cerveza fría y comida chatarra. Digo: ¿por qué no? Hay que integrar a las familias.
Ah: y encima hay “arte y cultura” para completar el combo invencible. Hace falta evadirse y dar un paseíto con los tíos. En este caso, la parte cultural es una exposición de arte egipcio, donde si el 10% de las piezas expuestas tiene realmente algo que ver con Egipto, ya puedes sentir que el precio de entrada y la fila larguísima valieron la pena.
La exposición como tal: el equivalente a deambular por una galería de muebles de esas donde venden lámparas excéntricas, espejos, jarrones vistosos, ilusiones ópticas, rompecabezas, pegatinas fluorescentes, sarcófagos de Tutankamón, platillos voladores… un momento, ¿“sarcófagos de Tutankamón”? Válgame. ¿Sí habré entrado a la exposición, o me equivoqué y entré en una tienda?
Pues nada: de por sí el arte egipcio es un poco abstracto y, para mí, peligrosamente cercano a lo ‘artesanal’, en el sentido de que nunca dio demasiado lugar al individuo. Y encima ver sólo maquetas, reproducciones, dioramas, figurines… No, gracias. Cosas así son absolutamente prescindibles. Mejor me quedo en mi casa y busco fotitos en Internet.

Te invito a desenrollar una momia a las 2:30.
No faltes, cabrón.

septiembre 21, 2019

Programa 5


Orquesta Sinfónica de la Universidad de Guanajuato
Segunda temporada 2019
Dirige: Raúl Aquiles Delgado
Interpreta: OSUG

Programa:
1. Pequeña Obertura
Héctor Quintanar

2. Francesca da Rimini, op. 32
Fantasía sinfónica (1876)
Piotr Ilich Tchaikovsky

3. Sideral II (1969)
Héctor Quintanar

4. Sinfonía n.º 1 en Re mayor, op. 25 “Clásica”
Serguéi Prokófiev

Segunda vez que me arriesgo a hablar de música. Salvo que en esta ocasión me siento confiado, optimista, sereno. Se me ocurren varios motivos detrás de esta serenidad (sospechosa en mí): 1) El desconocimiento total de las obras que integraban el programa; 2) La excelencia de las mismas; 3) La orquesta, que ahora se escuchaba segura de lo que hacía. Relajada, feliz; 4) Nadie resultó lastimado, ni siquiera miembros del público con rasgos obsesivo-compulsivos como cierto monito exasperado medianamente conocido para quien esto escribe y que, casualmente, es quien esto escribe.
Se tocaron dos obras de Héctor Quintanar, en línea con el 8º Festival de música Ecos y Sonidos, festival que lleva también, a manera de epígrafe, el nombre del compositor. ¿Qué decir de ellas?
A mí la música contemporánea me gustó siempre. No sé si es algo que tenga que ver con que mi puerta de entrada al cine fue Kubrick, personaje cuya cultura musical me tiene todavía medio encandilado. Gracias un poco a él ―y a su cine―, Ligeti, Bartók, Shostakóvich, Penderecki y Khachaturian fueron personajes tan obvios y naturales en mi vida como para otros pueden ser Mozart y Beethoven.
Mencioné también, en la entrada previa, que escuchar música disonante equivalía, en mi temperamento adolescente, a escuchar heavy metal o algo por el estilo. La estridencia, la ira del compositor, eran rebeldía y declaración de principios.
Claro que también existe la música contemporánea en itálica, ésa que resulta de poner en marcha todas las pequeñas fórmulas detectadas por compositorzuelos y que ocasionan que una música que originalmente fue profunda, hermosa, llena de imaginación, llena del resentimiento de la posguerra, intensa, compleja… haya quedado reducida a puros ruiditos y cositas intelectualoides, poco inspiradas y poco interesantes.
Todo este rollo para decir algo muy importante: la música de Quintanar entra, para mí, en la primera categoría. Junto a Ligeti y a Bartók. Es decir, se salva.
Se salva porque en ella la imaginación sigue siendo un motor poderoso y primordial que hace que la música avance, crezca, llegue a mí (al margen de si llega a alguien más del público o no). Y poco importa si es música que reitera en el timbre. ¡Qué bueno que lo haga! Ya tenemos compositores que han reiterado en la melodía y el ritmo. Pero el timbre sorprende desde su vaguedad y delicadeza. Me fascina no distinguir qué instrumentos están haciendo lo que escucho. Son estambres abigarrados, pero las hebras individuales ya no son distinguibles. Sólo el color nuevo, imposible y extraño. Y tampoco se trata de un mero catálogo de experimentación sonora. Es música: conmovedora y clara.
Otras dos obras de autores grandes. Francesca da Rimini, de Tchaikovsky: una obra brillante que se dejó escuchar con demasiada fluidez. Se diría que casi sin esfuerzo de mi parte. Y que lo tiene todo: es Tchaikovsky; hace lucir a todas las secciones; es música llena de melodías por todas partes; es lo contrario al Bruckner de hace dos semanas: quizá no tan compleja de interpretar, pero sí que lo parece. Es música, además, que da a la orquesta la apariencia de un muchachito ágil, correoso, listo para la batalla, al margen de si realmente la orquesta estará tan en forma o no. Qué importa. Tchaikovsky les permite brindar esa imagen, misma que Bruckner les arrebató con su obrota.
Otra sorpresa realmente grata: una Sinfonía de Prokófiev. Sinfonía mayúsculamente opuesta a la de Brucker (a estas alturas Bruckner ya no siente lo duro sino lo tupido). Una sinfonía con la muy épica y trascendental duración de 14 minutos.
¡Pero qué minutos! No hay insistencia de nada. No hay ahorro de materia sonora. No hay rodeos para llegar a los puntos culminantes. Todo es directo e inmediato. Es una miniatura, sí. Pero la proporción se guarda, justísima y admirable.
Fue un gran concierto, del que salí muy contento y del que, aunque lo intente, jamás me olvidaré.


septiembre 05, 2019

El mal de la muerte

Chagall. Eva maldita por Dios

Título: El hombre sentado en el pasillo | El mal de la muerte.
Autora: Marguerite Duras.
Edición: Fábula. TusQuets Editores.
80 páginas. 19.5 × 12.5 cm.

Marguerite Duras… ¿De dónde me sonaba este nombre? Pero claro: su pluma está detrás de Hiroshima mon amour, sus diálogos, su poética, su misterio, ese filme tan extraño y bello de Alain Resnais ―parte documental, parte laberinto― donde el encuentro fortuito de una francesa y un japonés está lleno de contradicciones, de ternura y crueldad, acaso el único modo posible de atestiguar, de experimentar un amor: en las contradicciones.
En este libro se incluyen dos textos breves. El primero se llama «El hombre sentado en el pasillo». Narra una especie de encuentro sexual de modo muy extraño y abstracto. Pero el lenguaje no fluye. O no sé si lo leí en un estado de cansancio físico acentuado. Las ideas son trabajosas. Son expuestas con una dificultad inquietante, que bien pudiera ser parte de la intención de la autora.
O bien: culpemos a la traducción. El texto original está en francés. ¿Cuánto se perdió en el traslado? Cómo saberlo. Ya se ha dicho en todas partes: la traducción es traición. Nos quedan las ediciones bilingües que, dicho sea de paso, suelen estar bastante caritas. 
El segundo texto, de nombre «El mal de la muerte», se deja leer con una fluidez MUY distinta a la del primero. Sorpresa, sorpresa: es otro el traductor. El primer texto lo traduce Beatriz de Moura. El segundo, José M. G. Holguera.
¿Será este el motivo? ¿Será el material de origen? ¿Será que estaba menos cansado? Será lo que fuere, pero las diferencias se notan una barbaridad. Esta segunda parte se leía sola. Comparto unos fragmentos espléndidos:

Los ojos están siempre cerrados. Se diría que descansa de una fatiga inmemorial. Cuando ella duerme usted se olvida del color de sus ojos.
●  ●  ●
Vuelve usted a la terraza, ante el mar negro. Hay en usted sollozos de los que ignora el porqué. Están retenidos al borde mismo de usted como exteriores a usted, no pueden alcanzarle para ser llorados por usted.
●  ●  ●
Ella se mueve, se le entreabren los ojos. Pregunta: ¿Cuántas noches pagadas aún? Usted dice: Tres.
Ella pregunta: ¿No ha querido nunca a una mujer? Usted dice que no, nunca.
Ella pregunta: ¿No ha deseado nunca a una mujer? Usted dice que no, nunca.
Ella pregunta: ¿Ni una sola vez, ni un instante? Usted dice que no, nunca.
Ella dice: ¿Nunca? ¿Nunca? Usted repite: Nunca.
Ella sonríe, dice: Es raro un muerto.
Y vuelve a empezar: ¿Y mirar a una mujer, no ha mirado nunca a una mujer? Usted dice que no, nunca.
Ella pregunta: ¿Usted qué mira? Usted dice: Todo lo demás.
Ella se despereza, se calla. Sonríe, vuelve a dormirse.

El primer texto es violento. Su erotismo es avanzado. Sólo se me ocurre decir que es un erotismo demasiado «francés». Por ejemplo:

(…) Con gestos apenas perceptibles vuelven a acercarse. Las pieles, los sudores que se tocan, los rostros, la boca de ella reencontrada por él. Permanecen así, trastocados, a la espera. Luego ella dice que desea ser golpeada, dice que en la cara, se lo pide a él, ven. Él lo hace, va, se sienta a su lado y la mira otra vez. Ella dice: Golpeada, con fuerza, como antes en el corazón. Dice que quisiera morir. (…)

Evidentemente que se maneja una idea de encuentro amoroso muy «adulta», por decir lo menos. Pero el efecto es muy conmovedor. Las imágenes son rudas, sí. Pero también muy cristalinas. Humanas. Sinceras. Es como si la autora quisiera escribir sobre un amor en donde ninguna sensación basta. Y, por el tino de las palabras, y pese al ritmo árido de la traducción, no nacen juicios. Nace añoranza de sentir como sienten estos amantes.

El segundo texto es genial y, repito, me ha gustado mucho más que el primero: terso, difuso, nocturno. Se habla de una «mujer de las noches pagadas», una idea un poco arriesgada por su cercanía con la idea de «prostituta». Pero «mujer de las noches pagadas» se connota de un modo bastante más poético y evocador que, queda claro, no quiere ser sinónimo ni eufemismo de «prostituta».
El hombre le pide poder conocerla durante muchos días. Intentar conocerla, acostumbrarse a su cuerpo, a su perfume, a su belleza, a sus peligros. Quizá muchas semanas. Quizá hasta toda la vida. Quiere «probar» amarla.
Y a todo esto la mujer responde que en ese caso será caro. Se me hace maravilloso. Nunca se habla de que esté vendiendo su cuerpo. Sólo dice: en ese caso es caro. ¡Qué atinado! Probar si un amor florecerá o no, siempre sale caro. Triunfar o fracasar, salen caro.
Aquí están los aciertos de la poesía. Marguerite Duras no está haciendo un texto científico (aunque curiosamente estudió Derecho y Matemáticas en París). La poesía dibuja contornos de lo inasible, se acerca a su figura. Tal vez no lo consigue del todo, pero también por ello conserva su hechizo profundo.
En las últimas páginas del libro aparecen unas cuantas anotaciones donde la autora explica cómo le gustaría que el texto fuese adaptado de ser llevado al teatro o al cine. Jamás vi cosa igual en ningún otro libro.

agosto 25, 2019

Tarde en el MAHG


1. Monstruo es una exposición del artista Gerardo Montiel Klint. Reflexiona sobre la nostalgia y el exilio. Incluye espejos, rostros tristes, sonido de olas, objetos humanos encontrados en playas desiertas…


El clima de la sala estaba helado. Junto a una foto de gran formato de una mujer llorosa y mojada, estaba uno de los aparatos del aire acondicionado. Hacía que la foto se meciera en un vaivén tenue. Fue entonces como si la mujer de la foto respirara con lentitud. Una impresión muy bella y conmovedora.


Queda confirmada la necesidad de asistir a estas muestras en vivo; no se trata únicamente de la imagen o del objeto retratado: es el formato, la escala, la temperatura del lugar, la luz. Me gustó lo que percibí ante muchos de los objetos; la temática profundamente marítima, gélida, brumosa, desolada. Casi escuchaba el silbato ronco de un barco lejano entre costas de piedra.


2. La invención de la memoria es otra muestra de fotografías, pero antiguas. La mayoría tan antiguas como la invención de la cámara moderna. Son fotografías magníficas donde pueden verse sitios arqueológicos prehispánicos. Pero lo más interesante, para mí, estriba en las condiciones en que estos sitios aparecen: absolutamente invadidos por la hierba, casi devorados por la selva.


Es muy estimulante pensar en estas ciudades abandonadas que tuvieron que ser descubiertas, desenterradas, desmalezadas… a veces, incluso, reconstruidas. Me fascina la idea de que la tierra quería comérselas, desaparecerlas. Y que, sólo por poco, algunos arqueólogos aventureros alcanzaron a encontrarlas y restaurarlas. A tomarse fotos ante ellas, orgullosos, como si fuesen los autores de estos portentos de la arquitectura y el arte indígena.


Incluso con sitios tan característicos como la Pirámide del Sol, de Teotihuacán, puede distinguirse que todo distaba de ser un entorno turístico delineado: la maleza invadía calzadas y palacios por igual.

3. Tradición y nuevas perspectivas en la gráfica guanajuatense fue la exposición en donde más a prisa fui. Quizá porque el museo estaba por cerrar y mi apetito de imágenes ya estaba bastante saciado de las exposiciones anteriores.
Pues nada: numerosos grabados (litografía, xilografía, aguafuerte) de muy alta factura de artistas nacidos o radicados en Guanajuato, como Chávez Morado, Olga Costa, Feliciano Peña o Jesús Gallardo. Además de otros artistas cuyos nombres jamás escuché, como Francisco Patlán.
No está de más mencionar que la curaduría en esta muestra era un poco extraña: espalda contra espalda, conviviendo con muchas de estas obras de genuino valor artístico, había otras “cositas” muy curiosas que, para mí, lo digo con toda la saña posible, caían más en el terreno del diseño. Yo sigo sin comprender del todo esta tendencia por forzar arte y diseño en la misma sala, como si se tratara de un siamés inoperable.
Cuando algo tiene un vago tinte a publicidad, a objeto que desempeña una función casi exclusivamente utilitaria, a ilustración donde lo que prima es color – contorno – técnica, cuando algo sabe a grafismo, a sello, a trama… Pues no sé. Podrá ser que el diseño “sirva” como un vocabulario de figuras para uno que otro artista. Quizá su fundamento notablemente técnico sea también semillero de arte verdadero en etapas posteriores. Pero así como así, no es lo mismo que lo mesmo. Y entonces aquí y allá, entreverados con cuadros de Morado y Jesús Gallardo, había unos papeles que parecían trabajos de plásticas de alguna escuelita de por ahí. Ni modo.