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octubre 19, 2012

De la escritura oral

¿Escribiré como hablo? Seguro que sí.
Cuánto me gustaría decir lo contrario, decir que porque tengo todo el tiempo del mundo para trabajar mis enunciados, por contar con el recogimiento y el silencio para librar los errores de la oralidad, lo natural sería escribir mejor de lo que hablo.
A la vez concedo que no puede ser justamente así. Lo sé porque he visto el habla puesta en papel y es la cosa más extraña; cuando cursé las materias de investigación fenomenológica transcribíamos las entrevistas realizadas con nuestros informantes.
En medio de esta desesperante labor fue que me topé en crudo con la imprecisión de la lengua, con sus vicios, con los callejones sin salida de la palabra hablada. Era la pluridimensionalidad que tanto le adjudicaba Jesús Ibáñez al discurso en su Más allá de la sociología, y de la que creo haber dicho algo anteriormente.
El habla ocurre. Puede serlo todo porque se despliega en vivo y de forma simpodial.
Hasta que se detiene uno habría fallado una y otra vez en dictaminar el rumbo que tomaría o no el discurso en cada nodo, en cada pausa o inflexión.
Pongo aquí un ejemplo textual de mis transcripciones.

RH:        Desde... pues sus datos.  De dónde es... de...
MV:       Bueno, yo soy de Guanajuato.  Soy de Guanajuato, Guanajuato.  Este, pero pues toda mi vida he estado aquí en, en León, he vivido en León.  Trabajos anteriores he tenido ―bueno―, yo estoy desde del, del setenta y ocho trabajando para el municipio.  Trabajé en dependencias anteriores, como taller municipal, obras públicas y aquí.  Entonces, eh, pues ya, ya son treinta y tres años para municipio.  Alguna otra cosa, no sé tú...
RH:        Pues, pues así, es como platicar la, la trayectoria de, de lo que recuerda hasta antes de llegar a bomberos...

Lo textual adquiere una sola dimensión ―la del papel. Fotográfica, fijada y lista para no ser otra cosa que lo que ya es. Una cosa quieta. Sólo en su lectura (otra actividad viva, interpretativa) germinaría nuevos discursos acaso homólogamente plurales. Pero por lo pronto las letras están muertas, sólo tocan su fin siendo leídas.
Ya me estoy yendo por las ramas (escritura oral). Quería decir otra cosa. La escritura es una actividad de frecuencia muy irregular en mi vida. Llevo haciéndolo con cierta preocupación lo últimos cuatro o cinco años. Digo que con preocupación e infrecuencia no porque así lo quiera, sino porque me resulta increíblemente difícil lograrlo de modo más o menos satisfactorio. Es difícil querer escribir lo que a mí me gustaría leer, empalmar mi posibilidad de escritura con esa imagen, siempre superior, de lectura.
Como sea, puedo ver cómo han cambiado mis palabras, mi modo de usarlas, la forma que he encontrado de escribirme a mí en ellas. Empecé claro, por la imitación descarada de los autores que me agradaban. He pasado luego a la percepción, esperanzada, de un muy incipiente surgimiento de voz propia, una voz ya medianamente posible.
De lo que me he dado cuenta es que prefiero platicar con letras. He ido olvidando la pretensión literaria porque en su búsqueda me he topado siempre con textos acartonados, llenos de pasajes barrocos e inconducentes. Dejé de buscarme en la suntuosidad de un léxico trabajado para mejor decir lo que quiero con las primeras palabras que se me ocurran, las palabras con las que probablemente se lo platicaría a cualquiera.
Debe ser una etapa, como todo en la vida. Si algo tengo claro es que la escritura no engaña. La edad se nos nota facilísimo en las letras. No soy adivino, pero puedo formarme una imagen bastante acertada de la gente por sus textos, por lo menos en cuanto a su edad, su carácter e inclinaciones.
Y lo cierto es que en muchas de sus caras a mi escritura no se le puede maquillar la juventud, la imprudencia, la volubilidad. No sé si es buen signo darme cuenta de esto: la certeza de que si pudiera leerme desde fuera sabría que Rodolfo es más joven de lo que quiere aparentar, o si es un indicio terrible, indicio de que ni yo me aguanto, que mi insensatez es casi ofensiva de tan evidente.
Ni yo me puedo tomar en serio. Ni yo puedo escribir lo que quisiera con la solidez que merece. Esto es una lucha continua y desgastante: conmigo, con lo que sé, con lo que quiero demostrar que sé, con lo que no quiero ser, con los modelos que identifico y en los que no quiero caer. Es difícil. No me quejo.
Por ejemplo, esto está saliendo de una sentada, como suelen empezar las cosas que más o menos han prefigurado objetos valiosos en mi discurso. Y por decir algo, si justo ahora me releyera, sé que podría escucharme, lo que siempre es preferible a la afonía de lo demasiado minucioso. Pero mañana tal vez me relea (me reconstruya) y encontraré fallas, muchas, todas las fallas posibles, todo lo erróneo hacinado en un solo texto de Rodolfo. ¿cómo le hizo para equivocarse tanto en tan poco espacio?
Este es el verdadero debate: entre mentirme y entrar en el papel de quien escribe y sabe lo que hace, actuármelo, actuarme la madurez necesaria, el temple, el criterio. O bien la sinceridad, lo descarnado de aceptar que no es cierto, que no estoy listo. Escribir como si bocetara los objetos que escucho reverberándome en la tráquea, definir sus volúmenes implacable. Avergonzarme de ellos, reconocer que me avergüenzan. Aceptar que salieron de mí y los detesto. Perpetuo estira y afloja, sólo que de los dos lados de la cuerda estoy yo.
Tal vez un día estaré contento con lo que escriba. Ciertamente no hoy. Pero sé que si un día empieza a gustarme lo que escribo, se habrá acabado la lucha, el esfuerzo. Habré perdido. Hoy me encontraría en mi forma óptima, lo cuál es ridículo, impensable creer que esté escribiendo desde ahora lo más claro que podré hacerlo en mi vida. Estaría todo terminado. ¿Qué restaría para alimentar el sueño y el deseo habiendo alcanzando un tope tan prematuro?
Quizá sea bueno y necesario que deplore mi voz, que la frontera de lo que es válido y valioso avance para mi juicio junto con mis días y lo visto y aprendido en ellos. Tal vez, también, un día crea que todo esto tenía un sentido, que yo tenía que pensar en estas cosas. Tal vez descubra que era preferible esta boruca, esta renuncia a jugar el papel del que ya sabe lo que dice tan temprano que callarme. Lo que sea antes que el silencio.

abril 25, 2012

Lectura de la realidad

Obligado amerizaje de mi atención en un tema que me es mayormente desconocido y que a estas horas no me interesa ni quiero fingir que pueda interesarme jamás.

Soy un tramposo, eso lo sé muy bien.  Me la paso escribiendo lo que sea con tal de demorar un poco la llegada de los temas que son verdaderamente pertinentes.  Sé que me conduzco ―deplorablemente, lo acepto― en un modo que podría calificarse de hedonista, al menos en cuanto a cultura se refiere.  Porque es muy cierto que consumo únicamente lo que me interesa, y la actualidad nacional no es una de esas cosas.
Ahora: quiero que se entienda que esto lo digo en parte porque ya es tarde, y en parte porque de verdad lo creo.  Pero de ningún modo quiero jactarme de que esto que estoy haciendo valga la pena —casi nada lo vale—, y mucho menos quiero cotejar lo que yo pueda decir contra el trabajo de mis compañeros.  Simplemente hago un juicio (de corto criterio, si se quiere) en base a lo que he visto en estos tres años y medio; y la cuestión es que es fácil ver que a nadie le importa nada.  Habrá muchos que pasen la carrera de muertito, y habrá quienes no hayan tenido, en cambio, un solo día de tranquilidad.  Pero a quienes por meses y meses nos importó poco o nada el destino de estos especímenes, a un semestre de la salida final de este túnel escabroso empieza a sabernos a injusticia y a menoscabo la suma tibieza de los procedimientos.
Se yergue una primera postura aparente: si te esfuerzas en la carrera, te va más o menos bien.  Si no te esfuerzas en la carrera, también te va más o menos bien.  Si no tienes destellos genuinos y personales en tu mente, pero te ganas el pronto favor de la gente al mando, puedes desarrollar una alta posibilidad de titularte por excelencia.  Se parece ―demasiado desagradable como para quedarse en el puro folclor— a aquello de que si uno se preocupa se muere.  Y si uno no se preocupa, también se muere.
Jamás me han importado las calificaciones numéricas, en el sentido en que por años me han hecho ver que se trata más bien de una descalificación.  Es decir, el maestro ya no tiene que ser siquiera un conocedor de nada.  Basta con que sea un vulgar negociador.  El alumno no es acreedor a una calificación máxima de 10 (somos culturalmente muy decimales); por el contrario, es merecedor de que se le resten continuamente.  El máximo numérico no es una aspiración que corresponda al ingenio y la creatividad.  Es una medida coercitiva sujeta a estipulaciones imbéciles.
Calificación.  Qué mentira más grande.  Nido de avispas, es un festín de métodos conductistas y posturas podridas de hace siglos.  La calificación sería una estimación subjetiva —porque así son los números, quién lo diría— del desempeño intelectual de un alumno, y no un premio o un castigo por hacer o dejar de hacer las cosas.  Si van a esta conferencia les doy un punto más.  Si entran tarde les quito dos.  Si traen todos sus trabajitos muy bonitos y engargolados es medio más.  Compre dos, lleve tres.  Alumnos ciegos es lo que somos, que entramos en el juego de compra y venta cuando la cualidad siempre ha antecedido a la cantidad.  La calidad humana no se compra, pero preocuparse por un número es aceptar el yugo, es gritar a los cuatro vientos nuestra plena disposición al sometimiento.  Y cómo no nos va a importar, si la beca, y la situación en casa, y el dinero no es un juego, y etcétera.  Pero los maestros de hoy [muchos] han perdido el don de la enseñanza —no digo vocación, porque no existe tal cosa—, y su única forma de control son diez puntos nuevecitos y listos para descontarse.  Exactamente en donde está lo divertido de eso.  En dónde se pretende que admiremos la docencia.
Me gusta creer que hablo de este modo por aquello que ya decía en otra entrada: desconozco lo suficiente sobre todo y sólo así concibo cierta holgura.  Si lo supiera todo tendría miedo de ser como un pez que está atrapado en un recipiente que tiene su misma forma.  Debo decir, antes que esto se desperdigue por rumbos más borrosos —seguro que lo hará— que yo soy el principal adepto cuando de leer la realidad se trata; en mi propio modo: trabajoso, rupestre, alejado de todo estándar de pragmatismo, pero mío al fin.  La cuestión es que la realidad, lo saben algunos, es impensable si no es a través de significantes convencionales: imagen acústica, objetos conocidos.  Y para quienes ya nos dejamos contaminar por libritos aparentemente tan inofensivos como Derrida y compañía, es inútil volver la vista atrás.  La realidad no puede únicamente ser eso que la civilidad nos dice que es.
En mi vida académica me he encontrado debatiéndome continuamente entre la postura en que se me instruye —siempre aceptada de modo general por buena e inapelable―, y la mía, siempre subyacente, siempre en conflicto.  Pero es bueno tener un una división tan marcada que me señale dónde termina lo que me dicen y dónde inicia lo que creo.  Ahora mismo me siento en una lucha continua entre el deseo de hablar yo y nada más yo (el camino fácil), y tratar de tejer mi propia noción de las cosas en los intersticios de los temas que culturalmente podrían tener algún interés. 
Creo que la acusada posmodernidad de nuestro tiempo nos obliga a que aceptemos muchas cosas.  Y en gran medida me parece una de las pocas cosas humanamente rescatables de este tiempo.  Para mí, por ejemplo, es muy natural aceptar con naturalidad conflictos que para la generación de mis padres son ultraje o escándalo.  Para mí, también, es más fácil entender que la opinión del otro es la opinión del otro, y que probablemente nada surgirá de insinuarle que la opinión propia es mejor.  Exigir credibilidad está pasado de moda.  Con la diversidad vertiginosa con que las cosas nos acechan no tenemos ya el derecho de proclamar el valor de una cosa sobre otra.  Sólo podemos aceptar que existen y que las odiamos o no tanto.  Es como lo que está sucediendo en la religión.  Creo firmemente que la religión como invitación a un comportamiento dogmático dejó de ser significativa hace varias décadas.  No sirve porque el hombre ya siente que sabe demasiado.  En el fondo no sabemos nada, porque todo lo que sabemos está hecho de palabras, o de imágenes que comprendemos —que creemos comprender— porque tienen una palabra que las nombre, o de sonidos que corresponden universalmente a cosas que están debajo de todo.  El hombre está extraordinariamente perdido, y nada puede salvarlo.  Mucho menos una sugerencia de rito, que por factores contemporáneos resultan vacíos e insignificantes.
Cabría señalar que otras religiones no están tan al borde del vacío como los católicos, que nos gusta hacer piñatas, y tener guardias suizas y santos por todos lados.  Pero no hay a cuál irle.  En este ámbito (el religioso) soy un marginado.  Y comprender la postura propia de este modo tiene sus cosas buenas, porque puedo decir que a lo que aspiro, en todo caso, es a una espiritualidad sin nombre y sin renglones—.
Me parece absolutamente natural que la iglesia esté tan resquebrajada.  Me parece normal que haya registro de tantos cismas.  Esto no es sino un síntoma saludable, un indicio de que la costra por fin se está agrietando.  Quizá debajo de tanto hielo vuelva a correr el agua, fresca y verdadera por fin.  Cisma de Oriente, de Occidente, llamémosle como sea.  Uno no lleva registro de los témpanos que van derruyéndose en los glaciares, ni los bautiza como pedacito uno, pedacito dos.  Vaya todo al demonio, sólo sabemos que un bloque, otrora impenetrable, se está deshaciendo, y que así pensemos en bloques diversos e individuales, (política, cultural, socialmente…) no hay band-aid que pueda pegar dos trozos de hielo.  No hay cambios qué hacer, excepto los que tienen que ver con la vida.  Siempre la vida.  Es lo único valioso.  Tanto tiempo en la tierra y no acabamos por entender nada.
Creo que leer la realidad es una cosa que tiene que ver con la modernidad.  Hasta donde conozco, la modernidad nunca aceptó medias tintas en ninguna de sus facetas.  La modernidad ha sido, en mi vida, una invitación horrible, que me seduce en ciertos episodios, que me repugna en otros.  No me gusta decirlo porque no sirve de nada, pero es cierto que vivimos un esquema que no es el de la modernidad, se llame como sea.  Y no hay ningún orgullo en esto.  Admiro más a los modernos por lo que son, aunque los odio más fácilmente al juzgarlos desde fuera.  Admiro la modernidad como ideal de pureza, como símbolo cumbre de los logros de la razón.  Aunque por supuesto, ya hablando en estos términos, podemos dirigir la mirada a toda la maniobra nazi, un proceso calculado hasta su más último detalle.  Los crímenes de la razón, a la par de sus logros.
Razonarlo todo no ha parecido funcionarle muy bien al hombre.  Y ahora caemos al otro extremo: el abismo del sinsentido, el vacío, los significantes arbitrarios, la mezcla, la pérdida de identidad.  A mí me gusta la modernidad como ideal, sobre todo en términos artísticos. (Lo posmoderno no suele pasar de lo kitsch o la remanencia del pop art).  La pintura moderna, lo recordamos ya de los muy largos debates desde Greenberg y todos esos, es pintura antes que otra cosa.  Esto equivale a decir que a su autor no le interesó retratar a una mujer ni pintar un paisaje.  No le interesó nada excepto la pintura por sí misma.  Y entonces nos topamos con cuadros como los de Malévich, su negro sobre negroblanco sobre blanco…  Queda en evidencia la técnica.  Queda al desnudo la noción incontrovertible de que la pintura es una pintura, y no una referencia a la realidad.  Cuando se pinta un paisaje, la pintura es referencia de ese paisaje, y lo más importante es el cómo luce ese paisaje, antes que el qué de ese paisaje, es decir, los colores que le dan sustento en un marco,  el estilo de la pincelada, todo lo que trae al paisaje a un pedazo de tela y que implica llanamente al lienzo y al óleo.
Me parece que hay cosas que llanamente deberían quedarse para siempre en el espacio para el que fueron propuestas.  Es decir, la música está ligada desde su naturaleza a la escucha y a la emotividad humanas.  Tiene antes un vínculo sensual y afectivo con la mente que otro —lógico o verbal— con la razón.  Y pongo lo que escuché alguna vez en un documental de la BBC: la música es la única forma artística que impacta antes en la sensibilidad que en la razón (hasta ahora no ubico ninguna variante de actividad humana que procure desenvolverse en el mundo de los aromas, al menos no en un sentido estético, de lo contrario podría numerarse antes que la música).  El oído es un órgano frecuentemente enunciado por debajo del ojo.  Se diría que es más primitivo.  Y no quiero referirme con esto a su precariedad anatómica o una insinuación de menoscabo entre los otros sentidos, sino a su funcionamiento; lo comparo al olfato en la medida en que el olor de las cosas trae recuerdos inapresables, inubicables.  Recordamos con un perfume una sensación, un miedo, una persona, y no tanto un momento concreto.
Una melodía puede traer la noción de un arrullo, de una canción de cuna olvidada, la extrañeza de la infancia perdida.  El sonido no es inteligible verbalmente.  Entre el oído y la mente no media nada, no hay ningún freno.  La música entra e impacta con toda su fuerza en la memoria.  Es mucho lo que puede decirse de la música, pero siempre en base a la sensación.  Es decir, cuando entramos al mundo acolchado de los audífonos, no vamos previendo la música, adelantándonos a los sonidos con minuciosos razonamientos sobre su construcción; el razonamiento —si es que lo hay— es siempre después: el sonido se produce, lo percibimos sensualmente, y sólo después podemos incurrir en el desperdicio de definirlo verbalmente.
El ojo es otra cosa si hablamos en estos términos: no se deja conmover tan fácilmente.  Y así podemos ver que la gente en los museos dirige la mirada antes a las explicaciones que hay debajo del cuadro que a la pintura como tal, y todos van a leer lo que alguien dijo de la pintura, su título, su técnica y sus medidas.  El ojo es más miedoso porque es más dependiente de la razón.  Podemos decidir no querer ver, podemos decidir cerrar los ojos.  No podemos decidir dejar de escuchar —para quienes compartimos la bendición de la escucha—.  Los impulsos lumínicos que inciden en el nervio óptico no son suficientemente intensos como para generar su propio sentido.  Antes tenemos qué interpretarlos, tenemos que reconocerlos.  La noción visual de una pared se corresponde con la imagen acústica de lo que los fonemas que integran la palabra pared son capaces de evocarnos y viceversa.  El entendimiento, para mí, se oculta en un lado que no es la palabra, dependiendo socialmente de ellas para la interacción con otros entendimientos, pero diferente del todo en su origen al de la naturaleza verbal.  El mundo no es ni de imágenes ni de palabras.  Es  todo lo otro, todo lo contrario.
Decía Andrés Amorós sobre las palabras, si serían como una botella empolvada de vino que impide ver el líquido que contiene; o un tanto más optimista: como una servilleta envolviendo un pan, y adentro la harina y la fragancia esponjándose.  En los dos casos hablamos de una especie de envoltura, una cáscara.  Ladrillo debería contener la noción ilocutiva de ladrillo.  Lo que nos interesa es el interior de ladrillo, la comprensión total de lo que es un ladrillo disfrazada de ladrillo, [que lamentablemente suena justamente como la palabra ladrillo que significa lo que entendemos con ese sonido (…) y así sucesivamente].  Etcétera. 
No sé si todo esto se dejará leer en los lindes del sinsentido.  Pero lo escribo como lo voy pensando, sin permitirme releer para no destruir lo poco de genuino que haya en esto —si es que lo hay—.  Es del anterior modo como encuentro deplorable la pauta fingida de la comunicación escrita, la necesidad de críticas, de opiniones, la necesidad de expertos.  En este tiempo, procedemos antes a definir las cosas que a palparlas directamente.  Somos una generación de cobardes, escudada en el absurdo de lo cotidiano, los ritos premeditado.  Tan corta es la vida, como se propondría en la excelente Waking Life, como para pasárnosla en saludos vanos en la calle, buenosdías, felizcumpleaños.  Actuamos una vida en la que interpretamos el papel de que somos humanos.  Pero no queda nada de legítimo en nuestro comportamiento.  Queda únicamente el intelecto hasta la muerte: la definición, la ciencia, el dato duro, lo infrahumano.
La modernidad es un ideal.  Eso ya lo dije.  Pintura hecha a partir de la pintura (o sea, pintura y nada más).  Música hecha de música (la más moderna de las artes).  Cine hecho de cine, un gran conflicto porque el cine, lo sabemos, no es un material.  Es un proceso encadenado a la técnica que le da fundamento.  Se quita la cámara, se quita el rollo de película fotosensible y dónde quedó el cine.  Pero es un ideal, y hay cine moderno.  Como seres sensibles, nos será siempre más fácil ver un paisaje que ver un lienzo lleno de salpicaduras oscuras.  Nos será más fácil ver una película que nos entretenga, a una película de verdad, sin género ni compromisos cultural y arbitrariamente insertados.  Y esto puede ser porque la racionalidad conduce al vacío.  No sé quién nos habrá dicho que podíamos ser totalmente racionales, pero se equivocó gravemente.  En la raíz de los males está nuestra necedad por racionalizarlo todo.  Me acordaré siempre de la oposición clásica en semiótica: todas las cosas son comprensibles porque existe su opuesto.   El así llamado bien sólo existe en la medida en que es opuesto del mal, y viceversa.  El bien cobra sentido porque la vida es capaz de cosas que son clasificadas en el otro extremo.  El extremo equivocado.  Me parece un debate verdaderamente estúpido a estas alturas de la existencia ponerse a recordar si hay buenos y malos.  Si no hubiese punto de comparación, de que nos serviría ser unos santos.  Necesitamos de lo más bajo del mundo, de la corrupción, de la inmundicia, la vileza, con tal de que algunos puedan ser santos.
No sé si estoy tocando el punto que pretendía y si no lo toqué ya ni modo.  Ya habrá tiempo —nunca de sobra— para desgastarme todo lo que quiera en esos terrenos pantanosos que a nadie le han servido nunca de nada, pero que de todos modos yo, justo ahora, soy capaz de pensar.  Si lo he pensado existe, nadie me va a decir que no.  Lo malo es que está primero comer que ser cristiano y ahí es dónde.
Me acuerdo todavía de dónde vengo: vengo de la lectura de la realidad.  Y todo este discurso enorme y —probablemente— intragable es un síntoma oscuro de mi hastío ante la conducta del opinar por opinar.  La opinión siempre existe y es siempre voluble, porque es un juicio momentáneo.  No aceptamos la responsabilidad de condenarnos para siempre por lo que decimos.
Qué sucede realmente en México.  Cómo acercarse siquiera a una noción por lo menos parecida a la verdad de lo que ocurre en el país.  Es una confusión enorme, en todos los sentidos.  Sería gastado e imperdonable ponerse a recapitular tragedias históricas y la tradicional desigualdad de la que ya tantos hablaron hasta la náusea.  Pero, vinculado con todo lo que he estipulado, creo que el mexicano ha dado demasiado por sentado la realidad.  Políticamente los cambios no llegan porque parece que la gente considera que no hay mucho qué hacer contra las pautas hegemónicas.  Y es justamente este comportamiento lo que nutre la hegemonía.  Por poner un ejemplo: dar por sentado un gobierno panista en Guanajuato, puede ser la razón principal de que el panismo perdure.  Es una apatía gravísima que nos tiene paralizada la voluntad.
No hay tal cosa como una realidad.  Y si la hay es mero trámite entre el mundo físico y el entendimiento.  Necesitamos de una realidad para la interacción, para el funcionamiento social más básico.  No podemos andarnos por las ramas que hayan propuesto Aristóteles o Heidegger (qué más quisiéramos).  Como decía un estimado maestro de apreciación musical: el canto gregoriano está muy bien, pero después de un rato uno sí dice yo sí me echaba un filetito.
Lo mundano nos ata —quizá para bien— a lo que nos atañe humanamente.  Quién querría vivir un día antes que hoy.  Vivir fuera de contexto, fuera del tiempo, es amoral.  Lo único verdaderamente amoral en que puede pensar alguien que confía tan poco en el sentido de una palabra tan torpe como lo es amoral.  Creo que uno de los grandes problemas de la actualidad es la tremenda falta de actualización de las instituciones.  Y no es una falta de actualización que refiera a lo meramente discursivo, sino una gravísima indiferencia, demostrada repetidamente hacia el cuidado de los intereses humanos —la gente antes que los recursos— y que está en la raíz de cada estructura.  Es notoria, también, la gran indiferencia hacia el mundo de los jóvenes, exaltándolos demagógicamente como el futuro de las naciones, ignorándolos tajantemente en la práctica.  La política acusa la apatía del electorado joven.  La iglesia apunta con el dedo su falta de espiritualidad.  Las instituciones se quejan de ellos pero ninguna los incluye activamente.  Me ha tocado que la generación de mis abuelos y de mis padres, sean generaciones que se quejan de la falta de espiritualidad del mundo contemporáneo.  Pero sólo eso hacen, quejarse.  Y no hablo de mis padres y mis abuelos: hablo del hueco horrendo que ha quedado entre generaciones, el vacío insondable entre dos islas mutuamente excluyentes.
Me gusta pensar que estamos en una transición cabal —recordando también aquel incentivo del bono demográfico— donde lo más oscuro del oprobio tiene que hacerse notar para quemar de tajo la deshonestidad que nos cargamos.  Seremos más jóvenes que nunca, de acuerdo.  Seremos la más extensa generación en edad laboral en mucho tiempo.  Y esperemos esto no signifique que será también la más extensa generación en haber sido ignorada.
Se reincide, exhaustivamente, en nuestras tendencias retrógradas, nuestra indiferencia, nuestro encaprichamiento.  Lo que yo no entiendo es cómo existiendo esta gran conciencia de la situación mexicana en tanta gente, el cambio se hace esperar.  Yo podría hablar, por ejemplo, de la gran fe que tengo en mi generación, y podría hacerlo sin caer en atribuirle un papel redentor.  Pero esta fe la conservo porque veo que muchos compañeros tienen planes, pasiones que todavía los conducen con cierta intensidad pese a la desilusión rampante de lo cotidiano.  Esto será siempre bueno, y creo que cualquier persona que todavía desee hacer algo en su vida, es de algún modo una garantía de que hay gente queriendo concretar proyectos, queriendo demostrar su humanidad.  Mi generación no tiene ningún estigma de conflictos agrarios, ni de tierras perdidas, ni fortunas requisadas.  No hay ningún pasado maltrecho que impida generar una perspectiva distinta.  Si en algo creo que la juventud presente aventaja a la generación anterior, es en que no se lamenta todo el tiempo.  Incluso si es ignorancia, qué más da si se piensa como un estado transitorio que permita despojar la cáscara de lo que México significa en la historia.
Lo que nos mantiene maniatados no es solo nuestra actitud, nuestro gusto por ser robados; no reside únicamente en nuestra falta de educación.  Reside, creo yo, en que todavía somos los de antes.  Necesitamos morirnos, necesitamos olvidarnos de que a nuestro bisabuelo lo mataron los cristeros.  La historia sugiere posibles caminos a tomar, de acuerdo.  Y brinda pistas para analizar y leer la realidad (quiero creer que esta frase refiere a los signos del tiempo y no a otra cosa).  Pero las respuestas no están en el pasado.  Cuánto tiempo pasará para que se deje de considerar de este modo.  Probablemente ese gran conflicto que hay entre adultos y jóvenes, ese abismo de incomprensión entre lo que de un lado se piensa apatía y del otro actitud proactiva, sea un signo innegable de que podrá venir gente que no está atada, que está hermanada con la gente de su país en un sentido completo, y no sólo en el futbol.
Amanece.  En este punto no estoy seguro de nada de lo anterior y no sé realmente de qué estoy hablando.  Creo que hay una tendencia arborescente en mis intentos dialécticos.  Cada enunciado se abre invariablemente en dos, de tal suerte que al terminar (“terminar”) un texto, siento que no dije ni la mitad de lo que quería y que pude tomar otros caminos que quizá habrían llegado a mejor término.  Ojalá y todo fuera total y siempre.  Ojalá pudiera extraerse el pensamiento de un momento particular y entregarlo a los demás como una especie de objeto físico terminado.  Como si fuese un cubo transparente que alberga todos los sonidos, o todas sus combinaciones.  Pero no: habrá carencias siempre.  Omisiones.  No quiero soltar la línea que llevaba (medio metafísica, ni modo.  Así es el Rodolfito).
Leer la realidad es para mí algo que debería estar más allá del análisis historiográfico.  Seguramente digo esto porque yo, de entre los desinformados, soy el peor.  Pero recordando nuestro mundo posmoderno: quién me dirá que estoy mal.  Acepto que hay un torrente desbocado de signos en lo que acontece cada día.  Pero uno no puede sentarse a analizarlo intelectivamente y a escribir conclusiones en un libro, y enarbolar arengas incendiarias.  La acción pueda estarse ya produciéndose, soterradamente porque viene de una generación sin discurso.  Una generación muda y entorpecida por la tecnología.  Pero cómo juzgaremos esto.  ¿Con los ojos del pasado?  Estamos en un período de nada.  En el lodo, se diría.  No ha habido progreso destacado en ningún sentido.  De eso nos ha servido tanto análisis.
Yo de política no hablo, y cuando digo algo es únicamente para cerciorar mi extremada ignorancia en el tema o para lanzar al viento posturas inventadas.  Pero también resulta que de política no hablo porque para mí no tiene nada que ver con nada.  La democracia lleva el error de que no acaba por ser una asamblea —además que sería imposible— y que los representantes no representan.  Hasta ahí lo sabemos de memoria todos.  Si algo me quedaré rumiando más o menos contento es considerar el poder de la acción individual cuando esta tiene que ver con una mejora de las condiciones del ámbito propio.  Y ya había dicho esto: mi vida y sus posibilidades están antes en mis manos.  Cuán ajena es al espectáculo que tienen montado en la esfera política, sólo yo lo sabré.
Debo concluir de algún modo.  No sé si mis párrafos anteriores me llevan congruentemente a concluir justo en este punto.  Sé algo sobre mi forma de construir textos: han sido, toda mi vida, un solo texto, lineal y continuo.  Y me parece que así debería ser, y así se nos debería instruir: soy yo el que habla, he sido siempre el mismo en tantas hojas en toda mi vida académica.  Hablaré siempre de lo que me preocupa e intentaré relacionar lo que no me preocupa con mi vida.  Y lo que no alcance a engancharse de ese modo en mi memoria es lo que no sirve.  Si hubiera un gran tema en mi discurso, sería tal vez la fe.  Y en este punto me cuesta no sentirme raro, porque fe es una palabra que me disgusta.  Pero ya se sabrá lo que quiero decir.
Actualizarse será siempre un gran acierto en cualquier ámbito.  Ya algunos refutaron el racionalismo de Descartes en defensa del hombre: no todas las actividades humanas tienen que ver con la razón, muy de acuerdo (con la experiencia ya entramos en otro ámbito, yo sí siento que todo tiene que ver con la experiencia).  Bien que mal la gente (algunos) sigue leyendo, sigue viendo películas, sigue gustando de los atardeceres, del sonido del mar, de los campos, de los árboles.  Por supuesto que somos una especie depredadora, pero eso luego.
Por lo pronto, creo que esa comunión —precaria, pero comunión al fin— con el mundo, es la más alta espiritualidad a la que nuestro mundo moderno nos permite aspirar.  Y no está tan mal.  Siento que llegar de rodillas, sangrando, a los templos, no es ninguna muestra de fe, cuando sí de imbecilidad.  Ya no somos cavernícolas como para llamarle dios al fuego y adorar al rayo.  Ni le tememos al viento ni al mar, menos a la noche.  Empecinarse en mantener ritos de clara procedencia mágica es pecar de anacrónico.  Mis padres, mis abuelos, dirán que en cada generación el sistema de valores cambia y modifica su orden en la escala.  Y estoy de acuerdo.  Y dirán también que ellos tienen fe.  Y cómo decirles que no.
Pero nuestra generación también tiene fe.  Y ha demostrado la virtud de observar el pasado como referencia de consulta y no como anclaje perpetuo.  Quizá la nueva generación tiene mucha más fe que muchos de los adultos que la rodean (la fe no es mesurable, lo sé).  Pero se me dirá entonces que mi fe no es equiparable a la de ellos porque yo no rezo en voz bajita con los ojos cerrados, y no entiendo lo que la gente hace hincada después de la comunión, etc.  La fe no puede ser únicamente eso.  Qué decepción sería que alguien nos pidiera fe y que se limitara a que todos actuáramos parejitos en esa falsa devoción de cánticos litúrgicos a todo volumen y oraciones con golpes de pecho.  Mi fe es la que corresponde a mi experiencia.  Maldita sea la iglesia, que está en un terreno que no le compete.  Y cuando refiero a la experiencia quiero recordar que la experiencia no tiene que ver exclusivamente con la ciencia.  Cuántos problemas ha habido en la historia que surgen desde la tontería de un malentendido lingüístico.  Hacer una guerra porque lo que alguien más entiende por experiencia es distinto a lo que yo mismo creo de ella es vano y vergonzante.  La experiencia no está ligada a la comprensión de las cosas mediante el contacto racional con ellas.  La experiencia está ligada a la fe, en el sentido en que usamos nuestra intuición para medianamente pasar por la vida sin muchos rasguños.  No sé si lo había comentado en otro texto reciente.  No me acuerdo.  Pero la cuestión es que la única forma de aproximarse a la vida, y al mundo —y no sólo al mundo de las cosas— es con la experiencia propia.  No se puede entender desde el entendimiento de los demás ni desde lo demás.  Hay experiencias que pueden comportar el mundo de las ideas, y no por ello uno tendrá más o menos fe.  La fe no se mide (si pudiera medirse) en qué tan ignorante se es como para someterse en un silencio de falsa santidad.  Se mediría en atributos plenamente humanos: autodeterminación, integridad, conciencia.
No sé si el dios cristiano esté en todos lados, aunque de acuerdo a los regaños que me he llevado en algunos templos, parece que se encuentra exclusivamente en los sagrarios, y que resulta que hasta la espalda le he dado —vaya a saber cómo, si realmente estuviera en todos lados le daría la espalda siempre, al igual que le estaría siempre de frente—.  Si las instituciones fueran congruentes, no habría faltas de respeto minuciosamente premeditadas, ni excomuniones, ni miedos de ataque, ni sistemas judiciales que afectan más de lo que ayudan.  Me puedo poner de rodillas ante la custodia —símbolo cómodo y convencional de la deidad—, o me puedo poner de rodillas frente a un árbol o a un río, y sería exactamente lo mismo, excepto que ante el río me sentiría conmovido por el sonido del agua, y revitalizado por el viento en la cara.  Me sentiría a decir verdad mucho más en contacto con lo divino que en esas jaulas de piedra que han sido los templos.  No quiero sonar panteísta, ni newage, y en realidad no quiero sonar de ningún modo.  Sólo pienso en aclarar mi supuesto de que hay nociones humanamente necesarias (como la religiosidad) y humanamente inevitables.  Y pienso que bastantes crímenes se han cometido ya por defender un particular mundo ideológico.  El hombre es su propio hermano universal, su propia institución absoluta.  No necesita de símbolos vacuos.  No en estos días.  No sé por qué estoy tan deseoso de hablar de lo que hablo, cuando me queda claro que aquí no va.  O bueno, creo que sí sé: todavía no he sido condenado, no en este peculiar ámbito digital donde mi opinión todavía es tomada como lo que es: mi opinión.  No la de mis gobernantes, ni la de mi iglesia, ni la de mi escuela; la mía.
He querido hacer permanente la línea de la lectura de la realidad como un proceso materialmente imposible.  Pero concuerdo, es verdad, con que la realidad se lee en todo lo que es susceptible de exigir lectura.  Todo es texto, finalmente.  Y aunque de pronto parezca una apología ante la individualidad, o ante el derecho de no ajustarse a un criterio académico, creo que nadie puede no leer el mundo y sus acontecimientos.  Afortunadamente nos adaptamos bastante bien.

abril 24, 2012

Felidæ



La caja asegura que: gato 500 mg; excipiente cbp 1 mg.  Nos queda la duda, de todos modos, la incomodidad extraña de que nuestra cápsula está adulterada; que cuando la abramos veamos que no sólo trae gato, que probablemente ni siquiera contiene gato.  Nos mintieron, en la farmacia y en todos lados.  Nos vendieron el excipiente, la cáscara que jura que contiene lo que dice que contiene.  Pero es una mera tableta blanca, amarga, soluble. 
Ahora mismo todas las palabras anteriores, desde La caja…, y llegando hasta… que contiene, podrían no ser sino el mismo listado vulgar de medicinas caducas, de encapsulados huecos, inoperantes, descompuestos.  De cualquier forma en el anaquel lucen muy bien y dan una idea clara de la postura de su laboratorio, de la irreductibilidad de la patente.  Porque si la palabra fuese un encapsulado sería uno del que no conocemos más que los colorcitos y el nombre comercial.  La poesía es medicina sin receta (para nosotros, mofinómanos abyectos), sería como sanar desde lo no recomendado, insistir en que tomaremos alsacia y malva sólo porque nos suena bien, porque nos gusta la grafía en la caja, porque nos gusta lo arbitrariamente bello que se inscribe una palabra como monocromo, parejita, sin eles, sin jotas.
Porque es injusto, el gato de nuestra mente es mucho más que su adecuación sonora: vibra, dice muchas cosas sin que podamos verterlo bruscamente al papel.  Es un murmullo que se entiende únicamente de ver al gato, percatándose de que eso (el gato y lo que implica) son reales, mientras los observamos, al menos.  Se puede, el gato está dispuesto a ayudar, mirándolo fijamente a los ojos mientras maúlla o mientras ronronea o mientras simplemente no hace nada.  Y este murmullo se queda en el cerebro con la violencia rara de un grito bajo el agua.  Y al final /gato/, abierto, examinado bajo el microscopio, y adentro nunca en definitiva gato.  Sólo imagen acústica, erradicación de núcleos fonocéntricos, palabras y.

abril 04, 2012

De los muchos años con




Todavía no empiezo y ya me estoy sintiendo triste de enunciar lo que sigue.  Cortázar es el principal responsable de muchas de las nociones que ahora considero naturales e infaltables en mi vida.  Él y sus libros están en el origen de una cantidad enorme de reflexiones en las que me he visto absorto. 
Parece suficientemente claro que hablar bien de él es cosa fácil.  Esto es así para mí y para algunos otros que no están tan peleados con la existencia.  Debo decir ahora que, por lo que he visto navegando aquí y allá, a la gente grande, a críticos y literatos serios, lo que más bien les resulta fácil es hablar mal de él.  O no mal, pero sí como con una cierta displicencia de quien lo sabe superado y se siente en la obligación de ostentar cierto estatus de madurez literaria inaguantable.  Es decir, lo dan por hecho.
Es algo que yo he notado conforme me suceden los años.  A Cortázar lo conocí felizmente hacia el primer año de bachillerato, y supuso una exigencia estilística e intelectual muy estimulante.  Creo que difícilmente imagino a otro escritor más entrañable en mi vida, al menos hasta el punto en que escribo esto.  Cortázar es la referencia obligada, el parámetro más indiscutiblemente comentado por mí y por mis amistades.  Y creo que está muy bien, porque de leerlo a no haberlo leído nunca, no veo punto de comparación.  Acaso sospecho que hay algo extraño cuando observo que todo empieza a ser demasiado Cortázar: la forma en que se plantean los proyectos, el deseo de adaptar audiovisualmente algún cuentito suyo, la forma de aproximarse a ciertos rumbos de la pintura o el jazz.  Pero en un esquema educativo en que los programas de literatura llegaban hasta la redundancia gastada de los autores del Siglo de Oro, menos frecuente los del modernismo y poco menos los del inicio del realismo mágico, un encuentro ―bellamente fortuito— con Cortázar, no podía ser nunca despreciable.
Ahora, creo que la reincidencia de una serie suficientemente amplia de temas de mi discurso cotidiano a querer remitirse invariablemente en Cortázar puede ser un síntoma de que, en efecto, debo buscar otras cosas, y que la ternura, el surrealismo y lo fantástico de sus cuentos son un horizonte que pronto deviene demasiado conocido.  Pero cómo negar que la instigación a la duda, la primera espinita metafísica, el lenguaje puesto en tela de juicio, todas esas cosas que resultan tan inimaginables de perder, las tengo gracias a él.  Las conservo gracias a él.
Y después, claro, la reafirmación sustantiva en Borges, Calvino, los primeros acercamientos a la poesía francesa, la dificultad de ciertas líneas probablemente más viscerales de lo que a un adolescente conviene, Rimbaud, Verlaine, Mallarmé.  Después más surrealismo, Buzzati, Queneau, Pizarnik.  Cuando vuelvo a Cortázar me siento cada vez más viejo, quizá porque cada vez es más fácil leerlo.  Quizá soy cada vez más un lector vigente.  Quizá pronto caducará mi jovialidad, mi precaria fe en ciertos aspectos de la humanidad.   El problema con Julio parece estar, para los hombres de letras serios, en que es casi demasiado mainstream como para tomarlo a consideración en los círculos de vanguardia internacional.  A ellos hay que hablares de Joyce y Nabokov para arriba, e incluso Joyce parece un pecado de tan leído y ordinario que resulta ponerlo como referencia.
Diré, por último, que siento que a todos en el mundo nos gusta demasiado Cortázar.  Pero que este mismo gusto pasional, desenfrenado, deriva paulatinamente en una complicidad que ya no va tan bien con los años, que tiene más que ver con el sentirse contento y sin complejos de quien todavía no ha adquirido las preocupaciones propias de saber más de lo que se sabía ayer, algo imposible para un señor sabio y amargo que haya leído ya la obra completa del más recóndito y probable próximo Nobel.  Cortázar está en casi todo blog de lengua española, disimulado y encubierto en el miedo de pasar por un principiante, por alguien que todavía se deja sorprender.  Está en su ausencia, en la referencia tácita y temerosa de que el mundo es cada vez más y más viejo, a diferencia de él, que nació, vivió y murió joven.

abril 03, 2012

Entropía

Valga decir que estoy haciendo la tesis y que concedo que a nadie le puede importar en absoluto más que a mí. Sobre todo porque las tesis de licenciatura son documentos ostensiblemente ―hasta ahora― muy aburridos de redactar y bastante más de leer. En la entrada anterior dije no sé qué de Martín Barbero. Y de pronto me acordé de Woody Allen en Annie Hall al borde del colapso nervioso por tener que aguantar a un palabrero formado detrás de él presumiendo su ignorancia en materia de Marshall McLuhan y en general su ignorancia sobre todo lo que decía, muy bien disfrazada, por supuesto, en la venturosa ceguera de su interlocutora, consistente en un de todos modos a quién le importa quién sea ese tal McLuhan. Ahora he pensado que las tesis, y en general el conocimiento en las ciencias humanas, no son sino este caso de Annie Hall repetido ad nauseam. A quién de verdad puede interesarle si el fundamento está en Eco (1967) o en Aristóteles (-340), cuando todo es lo mismo, el autor queriendo decir cosas y queriendo ser autor, pero escudado prudencialmente en la ablación del yo y en la veneración indiscutible de los antecedentes de lo que sea.
Los griegos fueron un pueblo suficientemente ellos; creo que cuando hojeamos a Platón, a Aristóteles, a Luciano, vemos en concreto aquello de que todo hombre es contemporáneo a cualquier otro, al menos en sus reflexiones y en su capacidad y aptitud para la ciencia y las artes. Leyendo a los griegos se sospecha que sus grandes avances surgieron de una muy oportuna falta de respeto hacia lo anterior y de una intuición lo suficientemente agresiva como para no pedir permisos a la historia.
Sería muy considerado recordar que es imposible hacer otra cosa que no sea lo de siempre, el lugar común. Vivimos en el mundo, vaya. Es cierto que cualquiera puede decir lo que sea cuando quiera, usando las palabras de quien sea en el modo que desee. Cualquiera puede decir que Nietzsche tal, que Foucault tal, que Heidegger tal. Y no hay ninguna autoridad competente para asimilar como correcta una u otra aseveración. En mi tesis querré exponerme a mí, colgarme de argumentos parecidos y echarlos al molde, así sea a la fuerza. Porque probablemente no entendí a Heidegger, pero igual lo cito y seguro que mis sinodales muy contentos.
Estamos en la oscuridad con nuestra insignificancia y nuestro miedo a la muerte, con la fe (alguno), con la ciencia o el arte otros. Todo es instrumental, todo, a su modo, innecesario y vano. Es otra vez como McLuhan en Annie Hall: cualquier incompetente puede hablar incorrectamente de lo que sea, yo puedo citar a quienes quiera, torcer sus palabras a mi conveniencia, destruirlos a ellos mismos con tal de seguir siendo yo, que hablo por sus bocas, desde sus palabras muertas, desde su imposibilidad de eternidad, desde la aspiración de la humanidad completa a una eternidad factible, impensable desde lo individual. Quizá todo intento humano se adicione en el esquema de algo mayor que desconocemos. Pero no cabe jactarse en esta idea, no por todo lo que perece, o incluso de todo lo que nos sobrevive, aparentemente trascendental (únicamente en lo material y en las mentes materiales de personas que también morirán). Sólo cabría pensar: esta obra existió así. Es el único razonamiento noble, humilde, digno: las cosas han existido. Quedan vestigios sobre el planeta. Diría algún fray Guillermo que lo mucho o poco que sabemos ha sido leído todo desde los muy limitados signos de nuestra Tierra. No hay más. No podemos opinar desde Beta Centauri ni desde Neptuno. Tenemos una cantidad finita de razonamientos, de argumentos altamente susceptibles de sucumbir.
Pero el hombre es uno, único, total. Todos los hombres son el hombre, cuánto entiendo ahora a mi amigo Carlos Rojas. Y a Paz, todos los siglos son este presente. Y a Borges, y a todos y a quien sea: todo hombre es capaz de toda cosa, del Quijote, del Ulises, como quiera que sea, sus logros se añaden como peldaños de la ignota escalera del conocimiento humano, triste escalera de la que no conocemos el destino ―si es que hay uno―, y donde podemos osar fingir, pretender que cualquier peldaño es valioso y mejor que el que le antecede, como si todo fuese progresivo, y olvidando un poco que, por el contrario, todo es simultáneo. Bacon, Saussure, Kafka, yo mismo, un solo tiempo, una sola capacidad contemporánea de pensamiento, ninguna previa a la otra, la posmodernidad en cualquier sentido para siempre y desde siempre. Las cosas humanas no están circunscritas obligadamente a la temporalidad. Ocurren siempre como pudieron ocurrir siempre, eternos retornos, repeticiones a discreción. Todo es tan posiblemente todo que cansa enunciarlo y se prefigura el vacío de Zarathustra, esgrimir por arma aquello que intenta destruirse. Metafísicamente, fenológicamente, hermenéuticamente, numéricamente, todo tan lejos del punto axial, tan profundo, tan lejos de las falsas alturas. Tan, pero tan. Necesito hablar desde los demás, pero no hay sino mentira.

marzo 10, 2012

Coalescente

Hay un adjetivo que me gusta mucho en Borges y que me he apropiado por su puro sonido sin tomar en cuenta las consecuencias de tan ejemplar falta de respeto. El adjetivo es coalescente, y me parece bellísimo desde su grafía. Ya se sabrá, cuando yo lo he usado es para sentir que soy alguien y que soy capaz de decir cosas importantes. En sus cuentos encontramos de vez en vez este adjetivo. No lo he visto en ningún otro lado ni encontrado una definición satisfactoria en los diccionarios.
El sustantivo no vale en Borges lo sabemos como elemento estético. Se vuelve mero portador semántico; sus sustantivos funcionan porque son útiles a la historia. Pocas veces conocemos el nombre del protagonista, sabemos antes que se trata de un hombre, una mujer, un detective, un anticuario, un filólogo.
Pasa otra cosa con los adjetivos: son escasos y repetitivos. Borges se despoja de ellos en busca del más completo ascetismo, la desnudez nominativa, como bellamente la define Rodolfo Borello. Los elude y en cambio reitera el uso de unos cuantos, "más que calificar la realidad o determinarla, la señalan abstractamente, o la individualizan pensándola como procesos intelectivos…”
Qué lejano luce aquel momento de nuestra educación en que aprendíamos que un adjetivo califica al sustantivo. Redonda se adecuaba en justa medida al sustantivo pelota, suave al sustantivo flor. La comprensión del lenguaje, por fortuna, sigue una línea natural, de modo que resulta impensable sugerir una lectura prescolar de Las Ruinas Circulares a un niño que aprende el sentido de los adjetivos. De este cuento, me permito añadir su primer párrafo:

“Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche, nadie vio la canoa de bambú sumiéndose en el fango sagrado, pero a los pocos días nadie ignoraba que el hombre taciturno venía del Sur y que su patria era una de las infinitas aldeas que están aguas arriba, en el flanco violento de la montaña, donde el idioma zend no está contaminado de griego y donde es infrecuente la lepra. ”

La noche es unánime. No es oscura ni estrellada, dichos adjetivos no agregan nada nuevo al sustantivo. Retrasa el ritmo del texto repetir cualidades de la noche que todos perfectamente saben que tiene. En cambio es unánime: ni una sola discrepancia respecto a que es de noche. El flanco violento de la montaña: no hace falta un relato meticuloso de cómo es la orografía de este escenario; basta saber que el flanco es violento para la certeza de una cuesta escarpada, probablemente intransitable, en piedra lisa y llena de nieve.
Coalescente: dos burbujas que al aproximarse no se hacen estallar una a la otra, se unen en un solo abrazo jabonoso; dos gotitas de mercurio que ruedan una a la otra y se funden por naturaleza. Con suerte un cuerpo sólido, temporal, existente, reflejado en el misterio absoluto de los espejos. Creo que la sustancia nueva es la que divide el mundo real del mundo al revés, el espejo mismo; o más bien lo que permite que el espejo logre contener los mundos de uno y otro lado, como una presa, evitando que se mezclen generando un desorden terrible. El espejo como sustancia de lo que hay en medio. Y entonces no es ni una cosa ni la otra. Creo que todos aspiraríamos a la comprensión de esta tercera sustancia.
De niño tenía una fascinación mucho mayor por los espejos. Jugaba insaciablemente en el espejo triple que había sobre el lavabo del baño en casa de mi abuelita, huyendo de mi mirada, topándomela inesperadamente, encajándome los ojos en la nuca, espiándome de reojo, multiplicando mi espacio con su aire y su baño en la apertura o clausura de un cristal hacia otro, acordeón silente y matemático: cinco versiones de mí, ocho, diez, veinte, todos los yo posibles, treinta, imposible seguir contando todas las nuevas esferas que se habían creado, círculos tan tupidos llenos de espejos y narices asomándose en cada uno y pestañas espiando por todas partes, una cantidad irracional de parpadeos simultáneos.
Ignoro si el origen de coalescente estará en Borges, pero a quién le extrañaría. Borges no era de los que le pedían permiso al lenguaje de nada. Y es el hecho de no haber visto esta palabra en otro lado sumado a mi corta vida de lectura adulta, es cierto sumado al no haber encontrado una definición aceptable lo que me hace sospechar que Borges tuvo algo que ver en esto.
Haciendo un intento vago, y probablemente deplorable de filología hogareña, diría que la etimología debe estar en co- prefijo de quién sabe cuál idioma (unión, colaboración, compañía); allos, griego para otro, distinto; y essentia, del latín sustancia, naturaleza, existencia… resultando en mi comprensión dos sustancias de naturaleza distinta que se unen (quizá) en la constitución de una tercera que no las anula ni las suma. Simplemente genera otra cosa. Una (¿alescentia?). Borges la ha utilizado en triada junto a divergente y paralelo, y sólo por ello supongo su sentido.

marzo 05, 2012

Concreción nebulosa


Pronto llega el punto en que uno observa que no basta escribir con claridad, que no basta llanamente ceñirse a la sintaxis, caer en las muy pocas frases con las que ya se ha dicho todo. El lenguaje es lugar común, a excepción quizá de quienes saben de poesía, que lo vuelven no-lugar y por ello les estoy agradecido. Pero qué pasa con estas letras quietas, perpetradas en esta reproductibilidad electrónica que no es demasiado distinta a su versión impresa, la inalterabilidad de esto que se fija para siempre como bit, como píxel, como luz. Desde el momento en que escribí luz, ya no puse cualquiera otra de las palabras que existen, y que pudo incluso encajar muy mal, pero que habría dado una noción mucho más veraz de lo pluridimensional del pensamiento, que por escrito se vuelve mero fotograma de una película que no veremos jamás, porque no hay tal cosa como un proyector del mundo interno. Y si existiera lo que faltaría sería tal vez una pantalla adecuada. Tendríamos una pantalla parcial, un trozo de esa pantalla empieza aquí mismo. Otro esté tal vez en el platillo precario que improvisaré para la cena. Uno más en lo que creo ver entre sombras al fondo de la calle, que me aguarda pero seguiré eludiendo.
En todas las sucesivas encrucijadas que tomé para llegar a conformar este enunciado en la forma que aquí lo entrego… ¿cuántas palabras se perdieron? ¿Cuántos enunciados no serán ya dichos nunca? No sé si me pueda bastar esta ansiedad como elemento axial de todos los textos que llegaré a hacer en la vida, si podré resignarme para siempre a que esto es todo: mi límite personal, lo finito del idioma, y más allá tal vez el vacío. O quizá no, pero no puedo imaginar algo que esté fuera de este continente y que no sea lo imaginable, lo ya intuido desde las palabras y las cosas. Todo lo que he visto o puedo suponer si así lo quiero desde la lógica minúscula del conocimiento humano es lo único que encontraré. Puedo imaginar cualquier objeto ahora mismo, sacarlo de la nada. Puedo devolverlo a la nada de la que vino. Todo existe o se esfuma intermitentemente, todo es inestable y cede.
Altivamente se acepta la creencia de saber lo que quiere decirse. Claro que se sabe: es la idea en su estado original, el pensamiento como entidad contraria a cualquier estado: el estado cuyo horizonte de aniquilación es nada menos que el terreno en que intenta enunciarse. Diría cierto pensador, un círculo cuyo centro está en cualquier sitio y su circunferencia en ninguno. Acepto únicamente lo relativo de estas mismas letras, de estos mismos enunciados que se yerguen temerosos y que no acaban por cuajar en nada. Acepto que escribir es traición: no le hago justicia al sentimiento que antecedía a este texto. Escribir es escoger un camino, uno solo entre todos. No escribir es el absoluto. No escribir es dejar que todo exista. En cuanto toca cualquier superficie, la idea se pierde para siempre, adoptando una, la única forma cristalizada por la que el mundo le conocerá. Qué desperdicio.

marzo 02, 2012

"...como el lino que es blanco y huele a hierbas"


Las circunstancias de tu nacimiento, como las de tantos otros portadores de la palabra viva, se produjeron en condiciones insólitas, quizá tanto como las de tu vida misma, y de alguna forma el destino quiso que nacieras en Suiza, país que está tan lejos de tu idioma y de tus palabras. Suiza dejó muy pronto de tener nada que ver conmigo. Es un país que recuerdo acaso falazmente entre la bruma del sueño y la memoria de una infancia incierta. Es más ahora un país que mi imaginación quisiera lago de musgo y mujeres en tela antigua color tierra; diviso sus paisajes obligadamente y sé que son antes fruto de mi voluntad que imagen concreta. Aunque creo extrañar su viento helado y sus vías encalladas; los sonidos y el aroma a plantas; todo eso que para una niña tiene un valor inexplicable e indeleble. Pero sobre todo extraño la nieve y el silencio con que caía. En cuanto a las condiciones insólitas de las que hablas, puede que tengas razón, ya que hasta mi fecha de nacimiento está sujeta a debate. De cualquier forma, jamás fue importante para mí observar mi tiempo físico en la vida. Siempre me sentí envuelta en una confusión de marisma que impregnaba todas mis acciones y todas mis palabras, y en ese ámbito, la forma humana de medir la vida tenía muy poco que ver conmigo.
Alfonsina, creo que no es fortuito que hayas sido argentina. Una voz como la tuya tenía que ser en español. Bueno, pero eso yo cómo puedo saberlo. El español, por supuesto, fue más que un idioma para mí: se convirtió dese muy pronto en un refugio para mi mente y sensibilidad. Y no deja de ser curioso que, de haberme quedado en Suiza, las posibilidades de adoptar un lenguaje eran cuando menos cuatro y el asunto se volvía más un tema de elección que de cultura natural. Estuve cerca, por ejemplo, de que mis palabras fuesen alemán o francés. Más cerca todavía de que fueran italiano, idioma del que todavía conservo alguna cosa. Por supuesto el español tiene una música extraña, que para mí se parece ante todo a la de un arroyito calmo y cristalino. En italiano lo que sentía eran gotas de lluvia gorda, quizá demasiado rápidas y pesadas como para querer conservarlas. Y claro que es un idioma que mantiene su belleza particular, pero en el español cada palabra es una perla redondita que sobrevive sin ligazones extrañas ni sinalefas.
Háblame de tu nombre, Alfonsina, que para mí se yergue como si fuese el nombre de una flor melancólica. No es poco acertada tu imagen. Mi padre era un hombre triste y lejano. A mi madre le oscurecía la mirada un velo amargo y la voz la costumbre seca. Los dos fueron siempre tristes y raros, mi padre más que mi madre. Y no sé, mi nombre fue como la prolongación del mundo de la infancia, la declaración de una sombra histórica. Y fue como para cualquiera, debo suponer, el hecho de que a partir de cierto punto mi nombre dejó de ser apelativo para convertirse en definición. He sido Alfonsina por tantos años que ya no sé lo que eso significa. Mi hermano menor se llamó Hildo, y a veces creo que en todo esto hay como una certeza oscura que a veces mi hermano y yo llegamos a sentir en forma de frío, pero que hemos negado toda la vida.
Siento que por mucho tiempo te ha gustado fingir. Dime que es verdad. No puedo. Lo único que puedo admitir es que por mucho tiempo he fingido que no finjo. Aunque acepto que la mentira es una condena humana que viene a ajustarse con suavidad y es fácil de aceptar, aparte de todo. He fingido ser mayor de lo que soy, intentado ser una hija limpia y distinta. Fingí leer cuando niña, moviendo apenas los labios, deslizando mis ojos sobre una hoja llena de letras oscuras, pronunciando palabras que no entendía y que por supuesto ni siquiera llegaban a formarse en mi boca. Fingí el conocimiento y la docilidad. Fingí la mentira. Yo no sé si fingir es un indicio de algo que se pronuncia equivocado y horrible, pero desde siempre me ha subido desde el suelo la necesidad de fingir un poco, y por la pregunta, supongo que entiendes lo que digo y que tú también finges.
Alfonsina, a veces siento como si estuvieras muerta. Y después, claro, me sigues leyendo. (Ríe un poco).
Háblame de tu infancia. Cuando fui niña mentí muchísimo. Inventé incendios y catástrofes. Serví miles de cafés y aprendí el italiano. Escribí con palabras temerosas y anquilosadas. Estuve siempre muerta. La corrección se me enredaba seguido a los tobillos como una hiedra negra. Mucho de lo que pensé no llegó a formar nada claro, y fue tal vez eso lo más angustioso. Mi delantal y mis corpiños estaban llenos de papelitos con líneas emborronadas y secretas, preocupaciones sombrías. Mi primer poema, a los doce años, hablaba ya sobre mi muerte y mi entierro, y todas esas palabras estaban de alguna forma muertas también, porque salían con miedo y estaban prohibidas.
Alguien que usa un pseudónimo como Tao Lao debe tener una noción distinta sobre el lenguaje. No. En todo caso creo que lo que tengo es una no-noción. Tú sabes que cuando se empieza a tener noción de las cosas empieza a ser todo un poco aburrido, porque la noción es antinatural y un poco ridícula. Es por ejemplo lo que me habría sucedido de haber tenido noción de mi vida. Quizá habría servido cafés para siempre, o habría sido una excelente costurera. Pero yo estaba algo triste y tenía ganas de hacer cosas que fueran particularmente no necesarias. Lo necesario lo es para la vida en el mundo, pero en la casa de mi cuerpo no cabía otra certeza que la de una realidad en terrones, que antes que reconformar podía pisotear y pulverizar. El lenguaje es lo único que ha configurado líneas sólidas para mi espíritu, y ha sido el sustento verdadero de mi existencia. No es importante esto que mencionas del pseudónimo Tao Lao, aunque responda, quizá, a esto que sugieres, y que tiene que ver con el sonido y la música de la palabra en ella misma antes que en el sentido.
Alfonsina, siento la necesidad de reiterar mi sensación de que estás muerta. Te diré algo que tú sabes mucho mejor que yo: qué diera por estar verdaderamente muerta. La muerte sería el verdadero descanso, el único descanso posible, la verdadera libertad, el ocaso paulatino y deseable. No hay muerte para nadie; lo que hay es sufrimiento; lo que hay es la obligación de permanecer para siempre en el tiempo. Morir sería poder desvanecer todos los nudos que me atan al mundo, y creo que pocos han logrado esa proeza. Ciertamente no yo. La muerte y el sufrimiento están mezclados en la mente humana, pero no debería ser así. Para mí la muerte no está asociada al dolor, sino al poder irme. Quise morir una vez y no funcionó. Sigo tan aquí como siempre.
Alfonsina, quisiera un último poema. La arena estaba azul en la playa y se me enredaba al vestido. Aquella noche creí escuchar unas palabras nuevas en la marea y quise tenerlas conmigo. Era el agua, como siempre, la que pronunciaba insistente algo que me llegaba confundido entre los peces y que sabía muy fuerte a algo antiguo, como a un deseo inocente que de pronto reconocía haber tenido. No puedo saberlo, un deseo de niña, tal vez. Y supe que de pronto, todo en aquel momento era como un verso inconcluso, como una ventana rota por la que mi habitación comenzaba a inundarse. Fue como si de pronto las palabras estuvieran finalmente ahí, debajo de las nubes y las olas, perfectamente discernibles y presentes. La luna se hundía en el agua y sentí que las formas chorreaban de hiel y de piedra despedazada. Vacié la realidad de aquel único instante de todo sentido y quise que no hubiera ningún pensamiento en mí. El agua me cubrió en un abrazo tierno y helado, y yo seguí caminando hacia donde se escuchaban las palabras.