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marzo 07, 2012

Bien Lynch



Un día tomamos Poli y yo la en aquel entonces todavía existente ruta 10 Hilamas. Íbamos al centro con cierto apremio, así que parecía buena opción. Entré yo primero y deslicé automáticamente mi pagobús ante el detector. Poli hizo lo mismo detrás de mí, el detector le respondió con el zumbido inquietante que indica que saldo 0.37¢, el mismo sonido que transforma toda esperanza de nieve de limón en recaída y depresión, amargura, desolación extremada, nostalgia por la casa paterna, río de lágrimasPoli murmuró entre dientes algo como enseguida le pago y nos fuimos a los asientos del fondo. Comenzó a llover, el día estaba nuboso y el camión se fue quedando como en cierto amago de tintura resbalosa.
Seguro que Poli estaba triste de que en lugar de 3 y fracción pesos pagaría 8, y que difícilmente regresaría a su tierra pronto con tantos imprevistos. De cualquier forma procuramos serenarnos y no pensar mucho en lo avasallador de la situación.
Puedo decir que hay momentos en que lo cotidiano me parece fisurado y como volcándose de un solo golpe sobre la conciencia en una miríada de detalles en los que hasta entonces no habíamos reparado, pero que obligan a su contemplación por lo irreductible del momento. Y los detalles eran estos: camión prácticamente vacío, el chofer, una pareja, un hombre enorme, Poli y yo. La lluvia arreciaba. En la siguiente parada subió un payaso.
Quién sabe cómo podrá explicarse en qué orden lógico cabía todo aquello. El payaso no daba risa, era simplemente triste y sombrío. Entiéndase la situación: uno suele empeñarse en parecer indiferente ante todo indigente ―aunque nos quede siempre un cierto halo perturbado que nos alcanza a delatar por la mirada―. En un camión vacío no hay risas, sólo un silencio hueco que parece que encubre su incorrección con la punzada incómoda en los modales. Es cuando uno siente que debe por lo menos soltar un suspiro agitado que suene a tos o a un esbozo incipiente de carcajada aceptable.
A todo esto, el hombre voluminoso en el asiento frente a nosotros soltaba unas risotadas estridentes y aisladas. Diríase que el resto íbamos dormidos o en trance. Poli aún no pagaba, el chofer le dedicó una mirada viciada por el fantástico juego de espejos que hay en el tablero y le dijo con el tono inapelable de quien se sabe en un ámbito de razón pura y eterna: tu tarjeta no pasó, ¿eh? Por supuesto que no pasó, Poli estaba al tanto de ello. Pero este es un tema distinto, y diré únicamente que alguien tendrá que estudiar detenidamente a los choferes para hermanarse en su nivel de meditación, en su comprensión trascendental y metafísica de la navegación terrestre.
La pareja se besaba en un despliegue monumental de lascivia, descarada y sin par. Diríase ruidosa. El hombre de semblante taciturno delante de nosotros seguía soltando sus risotadas estridentes, girando la cabeza al techo. Creo que habría sido casi reconfortante si el camión fuera lleno y si el más esencial sentido de cordura no me dijera que nadie puede reírse a ese volumen sin alguien que haga segunda. O quizá sí se podía, precisamente ese día y en aquel camión. Habrá que convenir que estábamos viviendo verdaderamente en una película de Lynch, y que poco me habría sorprendido en ese momento recibir una llamada de algún teléfono rojo cuyo cable entrara inconexamente por alguna de las ventanitas, y donde mi interlocutor me hablaría en reversa.
Poli fue hasta donde el chofer, adivino que cabizbajo porque no cabe imaginarlo de otra forma, y el payaso lo recibió con algo que recordaríamos para siempre y que me hiere ahora que lo recuerdo y lo escribo: aquí el payaso soy yo. Una última carcajada, el paroxismo fulgurante de la lluvia. La pareja besándose vehemente.

febrero 25, 2012

De tercer tipo



Ese día me encontré con tres personajes en tres momentos del día. El primero llegó temprano, cuando estaba yo en el parabús de Superama implicado en situación inconvenientemente femenina; esto es, escribiendo un mensajito con la mano derecha, abrazando un regalo llamativamente envuelto de esos del 14 de febrero en la izquierda. Al momento que lo vi acercarse, observé que la otra persona que esperaba al camión junto a mí se ponía de pie, ostensiblemente alterada, para tomar cualquier ruta que la llevara lejos de inmediato, en este caso la Circuito Exterior, que pasó providencialmente para sacarla de ahí. Me quedé entonces muy solo, sentado con mis mil trabas para actuar rápido, mensajito, regalo. Al personaje que en ese punto llegaba a mí se le veía lo turbio de la infancia en cada mueca. Llevaba un dedo índice profundamente dilacerado, le colgaba de un pellejito, diría la gente de antaño, sangre espesa le manaba del corte.
Se acabó —pensé—, fue bueno vivir mientras duró. Pero equivocaba, el personaje no estaba ahí para matarme, sino para confiarme la infame historia en que se vio implicado minutos antes, y que no alcancé a entender del todo por el frenetismo de las imágenes, pero que en síntesis comportaba una placa de acero siendo subida a una pickup, y a un segundo personaje sucumbiendo al peso, dejándola caer toda sobre la mano del que ahora frente a mí. No estaba asegurado en su trabajo, pinches perros, ¿verdad? Pinches perros, acerté a decir.
Se fue por donde vino, dejándome claro que había llegado de lejos únicamente para compartir su pena y casi me sentí importante.
El segundo era un viejito sedicioso que llegó envuelto en su propio y confortable torrente de improperios antigubernamentales. Estaba yo ahora en la parada de por mi casa, afuera del parque México a las dos de la tarde. Su diálogo era más arenga que otra cosa, me contagió su sentimiento de conspiración, de inconformidad, casi me dolía tanto como a él que Fox le hubiera quitado 25 camiones urbanos y me puso en pie de igualdad en el sentimiento de decisión y responsabilidad que se le adivinaba en el bigote, ustedes los jóvenes tienen que impedir que suban el pasaje a diez pesos. Yo no soy elocuente ni mucho menos, pero asentía fervientemente a su discurso, incendiario, avasallador.
Vi a mi camión aproximarse. Esto es algo que suele ser más fuerte que yo: no importa con quién me encuentre, lo único que importa es entrar en el camión a como dé lugar. Sobre todo porque esta ruta pasa cada que le parece suficiente, en intervalos que pueden ir de los 20 a los 50 minutos. Por muy implicado y comprometido que me sentía con el discurso de aquel sabio, detuve al camión, abandoné a mi interlocutor soltando una especie de último sí, que se haga.
Al tercero lo encontré por la noche, de nuevo en Superama, un compañero de los días antiguos. Aparentemente ahora organiza peleas de perros.