octubre 10, 2012

Kaarloxandross


A estas alturas de mi vida digital entiendo que no represento poder de convocatoria alguno, pero no me angustia. Sobre todo porque he visto que nada cuesta conseguir que tus millones de amigos y familiares lean lo que les pides cuando se los pides. Pero en eso queda: en un favor que te hicieron. Después difícilmente acudirán a ti, porque el modo en que llegaron a tus textos fue como efecto de una petición. Más valen los lectores naturales. Hoy sólo quiero invitarlos al blog de mi amigo Poli (Carlos Rojas) para que se rían un rato. Quizá encuentren algo que apele naturalmente a su sensibilidad y se vuelvan visitantes igualmente naturales de sus textos. O quizá no. Pero ya estará en ustedes.

Disonancia cognitiva y sonora


Hoy escuché por primera vez en vivo las Variaciones Goldberg. Tras el teclado estaba sentada Zhu Xiao-Mei. El evento fue parte del Festival Cervantino.
Esto que escribo ahora no es una reseña ni quiere serlo. Es sólo un comentario sobre lo difícil que fue para mí estar ahí sentado escuchando una música que aprecio bastante y que sé de memoria. No me refiero a tocarla —nunca— sino a cómo suena.
A mí papá siempre le gustó Bach. Eran frecuentes en mi casa sus sonatas de cello y los motetes, piezas de órgano y la pasión según san Mateo. Entonces Bach sonaba seguido y pronto pude saber de sus Variaciones, siendo todavía chico. Debo añadir que las conocí tocadas en guitarra antes que en cualquier otro instrumento y que por mucho tiempo fueron eso: unas piezas de guitarra enloquecidas, imposibles. Las tocaba un tal Kurt Rodarmer, y lo que yo imaginaba al ponerme los audífonos era que la guitarra tenía veinte cuerdas o el intérprete cuatro brazos.


Variación 3, canon al unísono



Para mí la sonoridad de la guitarra, cuando rinde para adaptar cómodamente una pieza de piano en su registro y posibilidades, es siempre preferible; añade a muchas obras que en teclado no pasan de mecánicas y percutidas una calidez nueva y agradable. En el piano el sonido es resultado de un golpe. En la guitarra cada nota se aterciopela porque toda pulsación depende de los dedos y la forma en que hacen contacto con las cuerdas. Puro tacto. En ese sentido parecería que hay más responsabilidad por parte del intérprete respecto a la calidad del sonido en una guitarra que en un piano; un gato o un virtuoso hundiendo una tecla producirán más o menos el mismo sonido.

No descarto tampoco que la razón para pensar de este modo sea que yo de piano no sé nada. De todos modos veo que esta reflexión encuentra su único sentido hablando del barroco. No he visto a los románticos, ya no digamos a los impresionistas o a los contemporáneos transcritos con éxito a la guitarra. En piano suenan muy bien y tal vez así deban quedarse.
Como sea, en esta versión de las Goldberg había una ventaja fantástica que a mí como niño debió resultarme didáctica y estimulante: podía sustraer cualquier línea melódica y quedarme con ella, seguirla a lo largo de la variación sin que se me perdiera entre las otras o fluctuara en su intensidad. Seguro que esta virtud tiene su más grande deuda con el cuidado técnico puesto en la grabación: la obra fue transcrita minuciosamente para ejecutar primero las líneas del bajo y ensamblarlas luego con lo demás.
Recuerdo que mi maestro de música decía ‘no hay Bach fácil’. Y con lo poco que he osado leer su música e intentado ejecutarla me basta para creerlo. Lo justo sería que tampoco los pianistas quedaran exentos de este criterio —aunque me gustaría ver lo que tenga por añadir Laurent Aimard—, Bach debería resultarles inabarcable, complicadísimo, deberían odiarlo. Siendo el pianista un ser humano, y sobre todo enfrentándose a una obra que fue pensada para tocarse en dos manuales, parece natural que algo falle en algún lado, sobre todo cuando el cambio al manual único de un piano obliga a toda clase de malabares demoníacos y superposiciones de una mano encima de otra para tocar teclas que a todas luces ya están ocupadas por otros dedos.
No se le puede dar a la complejidad del tejido propuesto por Bach la fluidez que merece si el cerebro anda todo hecho pedazos aquí y allá entre voz y voz. Pensando en las limitaciones del piano cobra naturalidad que en un Clavecín se evidencie más la estructura del contrapunto al no permitir matices ni distinciones de intensidad a la hora de pulsar una tecla y producir el sonido, si bien se queda con esa cierta esterilidad siempre muy metálica de los cémbalos.


Variación 5



Ya si Rodarmer había podido molestarse en confeccionar dos guitarras de hechura tan estrafalaria con la intervención de un biofísico molecular [imagino que para solucionar el problema de las cuerdas de la guitarra-bajo] y de un refinado luthier, habría sido ridículo que las cosas salieran mal.


Blanca y Cassandra


Pero las cosas salieron muy bien en esta grabación. Cierto que en estricto sentido esta transcripción es una trampa, pero a mí no me importa. Son las Goldberg de mi infancia, y la nitidez revelada en cada voz es para mí irremplazable.
Entonces hoy, escuchando las Variaciones con Xiao-Mei me empecé a tensar una barbaridad. Fue una ejecución extraordinaria, no puedo negarlo. Rapidísima, vertiginosa. Lo sospeché desde que atacó con el Aria, mucho más rápida de lo que la tenía estampada en el recuerdo. Y los adornos, esos adornos del barroco… qué de cambios se permiten los intérpretes con los trinos y florituras.
Cierto que hubo lugar a exploraciones que no había yo percibido en ninguna otra versión, imposibles en la guitarra, efecto tal vez del pedal y donde algunas voces resultaban más evidentes. Fue interesante, en todo caso, ver lo que esta pianista china tenía por añadir al ya muy largo discurso enhebrado sobre esta serie de piezas, particularmente su propuesta con las variaciones de tempo más lento. Pero cuando la melodía se agitaba había un agolpamiento extraño que me impedía disfrutar nada. Nada coincidía con las Goldberg de mi memoria ni con  la nitidez total de Rodarmer, ni siquiera con las adoradísimas de Gould. La rapidez era tal que había desfases perceptibles, reparos, errores. Y la pobre sudaba a chorros por el esfuerzo desmesurado.
Pensé en una ocasión que fui con mi mamá al circo. Había trapecistas, ninguna red de seguridad. Mi mamá, visiblemente alterada, estaba segura que el acróbata caería y dejaría un tramo sanguinolento de suelo. Yo, siendo más pequeño, sentí natural decirle que no se preocupara, que bastaba con no  mirar. Pues hoy me sentí así: no quería ver lo que ocurría sobre el teclado, tenía miedo de que la melodía se cayera al suelo y se desangrara [porque en efecto resbaló muchas veces], sólo quería que el pasaje terminara, que lo librara lo mejor que pudiera, que dejara de hacer las cosas tan distintas a las Goldberg de mi recuerdo.


Variación 12, canon a la cuarta




Insistiré, para quienes piensen que pudo tratarse de una ejecución impecable, que conozco bien esta música, la escuché decenas de veces en el pasado y conozco sus consonancias. Xiao-Mei dejó claro que es una excelente pianista, pero eso no impidió que maquillara las para mí siempre seductoras disonancias del barroco y que corriera con rapidez irregular y una  acentuación desconcertante por asimétrica sobre casi todas las variaciones.

Y otra cosa. Qué de ruiditos hacía el público. Acepto que es normal, uno está vivo y muchas situaciones se desprenden de ese estadio, en cualquier grabación pueden apreciarse los carraspeos, las toses. Pero esta gente no tenía límites, todo sonaba demasiado. Casi sentía que el aire se movía y perduraba como una letra pronunciándose obtusa en mis orejas, una oclusión aborrecible. Cómo habría deseado poder pegar la oreja al bastidor y eliminar el siseo ininterrumpido de estas personas que por algún motivo respiraban tan alto. Alguien osó reír no sé de qué atrás de mí. Alguno más tenía puesto un despertador en el reloj. Los clics de un montón de cámaras por ahí. Era increíble, ni siquiera yo que estoy cubierto de tics sentí necesidad de ceder a un comportamiento tan torpe. Pero eso sí, al acabar el Aria Da Capo todos vieron oportuno aplaudir de pie por minutos y minutos. Quizá para que le quedara claro a la ejecutante la tan sonada calidez de los públicos mexicanos y regresara a casa con una buena anécdota del país.
Me quedo con las de Rodarmer, fue mucho tiempo de escucharlas.

septiembre 26, 2012

Holzwege


(...)
así estáis bajo un propicio tempero
vosotros, los que no educa ningún maestro, sino,
maravillosamente omnipresente, en leve abrazo,
la potente Naturaleza de hermosura divina.
Por eso cuando ella parece dormir, en ciertos tiempos del año,
allá en el cielo o entre las plantas o los pueblos,
también se entristece el rostro de los poetas;
parecen estar solos, pero la presienten siempre.
Pues presintiéndose reposa ella misma.



septiembre 21, 2012

Inaccesibilidad casi evidente


In Absentia, Regina Silveira

Entré al bachillerato y sentí que iba siendo por primera vez en la vida consciente de las cosas. Todo lo de antes no valía: la primaria, el kínder… qué de tonterías; había sido una pérdida de tiempo, un puro regar aquel algodoncito con semillas esperando germinara, pero sin lograr que se pronunciara mientras tanto a favor o en contra de nada. Larga maduración. Necesaria, pero vacía de recuerdos o experiencia. O así me lo parecía.
Y ya digo, entrando al bachillerato, qué nitidez había en las cosas. Me sentía redescubrir todo. Definir con palabras bien puestas en el cuaderno lo que hasta entonces me había supuesto la vida, no sólo ya escenario y situación obligada, no ya la anécdota, el sueño largo de refrigerios y memoria de pez. Ahora lo tenía todo en las manos, lo volvía lenguaje, lo apretaba contra mi cuerpo. Era mío.
Creo que hasta entonces no percibí verdaderamente, por ejemplo, que había un mundial de futbol. Que había juegos olímpicos. Releí las novelas de mi infancia a la luz de una claridad, creía yo, nueva y aguda. Minuciosa. Resumí finalmente que nunca había puesto atención a nada, que a partir de entonces empezaba una etapa indiscutible en la que recién entregaría mis sentidos de lleno a lo que se presentara.
Entrando a la carrera tuve otro vuelco de conciencia. Fue —pensé entonces— de tal intensidad que todo lo anterior lucía ridículo y superficial. ¿Cuál conciencia? No: ahora sí que la tenía. Ahora escribía y me daba cuenta de cómo lo hacía. Veía películas y sentía que hasta el momento mi criterio no había arrojado sobre ellas ninguna conclusión de valor, leía y era siempre la primera vez. Estaba tan al tanto de mis limitaciones intelectivas, me veía a tal punto entregado a lo que me parecía una concepción madura sobre mi situación, me hacía un juicio tan ecuánime de las cosas, que no podía sino estar llegando a la conciencia. Pasado ese punto no habría más. Sólo ahora empiezo a ser consciente, ahora y nunca antes.
Salí luego de la carrera. Y a medida que las cosas se distienden y superan mi horizonte, más me resigno a aceptar que no sé de ellas. En esta concatenación conciencia-inconciencia el eslabón lógico sería decir que ahora sí sé algo, que ahora soy, concluyentemente, consciente de mi conciencia. Pero qué gran necedad sería. Después de tantos sucesivos desengaños, de estas inmersiones imprevistas en rumbos por lo visto cada vez más autoconscientes ¿qué cabría presumir sin sonar efímero y vulgar? Nada. Qué arrogancia a esta altura no entender que a las cosas les divierte escapar y borrar su rastro. Lo más humilde, lo más acertado, es aceptar que estas grandes conciencias, ampliaciones de las que les antecedieron, serán siempre pequeñas y risibles respecto a sus sucesoras. O será así hasta que la entropía las devore a todas juntas, como sea.
Creo que la más grande conciencia de la que puedo hablar hoy es esta: Lo que empieza a encajar en una figura es transitorio. Mañana no será así. Que vengan otros a decir que saben cosas.

septiembre 15, 2012

Antimnemónico

Las ideas han de venir a asaltarme puntualmente después de las cuatro de la madrugada cuando he perdido ya todo interés en encontrarlas o distinguirlas siquiera de lejos, atrás de un mueble o jugueteando insolentes con mi gata, como si se burlaran de mi cansancio, de mi cuerpo maltrecho y mis ojos enrojecidos y agotados, de mi completa incapacidad para agarrar una pluma o reconocer mi propia escritura en pedazos de papel cualesquiera entre velos de lagaña y lagrimeos vergonzantes.
Lo conté a una amiga antenoche, me parece, ahora qué más da confesarlo al resto del mundo: era tarde y apagué la computadora, los sentidos naturalmente embotados. Ya sin luz fui a cobijarme. Como lo sospechaba, no habría pasado un minuto en la cama cuando ya una idea subía a atacarme.
Juro que era brillante. Lo sé. La explicación para una idea brillante osando trepar por mi almohada a provocarme es que ella viera que no tenía fuerza para atraparla. Yo no era amenaza, en ningún sentido.
Quise tomar mis providencias y pensé, no te dejes, haz algo que por la mañana sea una prueba de que este momento ocurrió. Entonces, acostado como estaba, decidí apuntar con el brazo estirado hacia la cabecera, el índice tenso hacia una esquina del cuarto, como pidiendo la palabra. Así estuve algunos segundos, jactándome de mi sistema.
Al día siguiente, por supuesto, recordaba con gran nitidez haber estirado el brazo hacia el techo. De la idea, ni sus luces.


septiembre 12, 2012

Les dites cariatides

Este pequeño documento me trajo el recuerdo de quienes cuentan leyendas en Guanajuato. Creo que es por esa cualidad arborescente de las anécdotas que hace a un elemento llevar a otros y enhebrarlos para siempre como abalorios en un hilo. Al final, por supuesto, el collar resultante es siempre largo y multicolor.
En ciertos lugares un nombre te lleva a un lugar; un callejón a un crimen nocturno; una mujer a una maldición; el pasado de una plaza o una fuente al mismísimo demonio. Así sucesivamente, todo es tan viejo que no puede callarse.
Nunca he ido a París, y a decir verdad es algo que ambiciono menos cada día, pero resulta muy claro el hecho de que es una ciudad antigua y entonces no puede sino verse cubierta de voces.
Les dites cariatides (1984) es la segunda cosa que veo de Agnès Varda. La experiencia fue cualitativamente mejor respecto a Réponse des Femmes. En esta ocasión Agnès salió con su cámara a catalogar ese diálogo bajito que es el de los grupos escultóricos en las fachadas de los edificios parisinos (por supuesto las reglas de urbanización en París son mucho más cabales y respetables de lo que jamás serán en casi cualquier ciudad de mis rumbos), y lo que se siente entre estos edificios es un diálogo verdadero de formas y espacios. Pero eso qué.

“Mi papá es el más fuerte y mi mamá la más bonita…”

Como ya va quedándome claro a esta temprana altura, Varda ha de insertar a fuerza algún comentario feminista en su discurso. No está mal, ni lo estoy poniendo en cuestión. Finalmente es su voz y es lo que se agradece, que se despegue de las muchas otras. Lo que sí me da un poco de temor ―aunque no ha sido el caso todavía, pero por un pelito― es que las imágenes empiecen a lucir como mero abrigo de una postura que sepa a propaganda.

“Él solo y con una única mano aguanta todo un edificio…”

Hablaba ya de las anécdotas. Ver una película que se apega a lo que podría ser la construcción de algo hablado permite admitir que eso mismo le hace parecer una plática; es siempre divertido poner atención al modo en que crece y evoluciona una conversación cualquiera, la de temas que se pierden en el caos de intervenciones, las florituras y vueltas atrás, lo improbable de los saltos de un tema a otro. Cada diálogo tiene vida por su cuenta.
Comparándolo entonces a una conversación, Les dites cariatides tendría un desarrollo análogo: tras señalar con cierta ironía que las columnas de porte masculino, los Atlantes, bien pueden cargar un balcón ellos solos, y que las Cariátides, columnas femeninas, van siempre acompañadas o necesitan por lo menos ser una pareja para repartir mejor el peso, Varda se desvía para recordar las razones de este elemento arquitectónico, castigo eterno para aquellas mujeres griegas que prefirieron apoyar a los persas antes que a su pueblo, ahora para siempre con una carga en la cabeza.

“Los hombres son fuertes y musculosos. Por tanto es necesario que los músculos sean visibles.
Que el esfuerzo sea visible. Que la tensión del rostro se note…”
En la mujer el esfuerzo no se nota. Un cierto ideal de mujer.

La música es de Reameau con piezas de piano, y también suena una adaptación extraña de La Belle Hélène, de Offenbach. La cámara traza líneas que sugieren las que tienen las fachadas. Es muy agradable sentir que hay algo de ese placer un poco distraído del turista al recibir información encantadora y no muy importante.
Y como en todo diálogo normal, Agnès acaba muy muy lejos, hablando de Charles Baudelaire, de su muerte y afasia final. De su poesía. ¿Verlo? Claro. Puede ser aquí, aunque sin subtítulos. O con algo más de paciencia, vayan al blog de scalisto.

septiembre 11, 2012

Existencia


Fotografía Rodolfo Hurtado

Lo más complicado a la hora de agarrar la pluma o posar las manos en un teclado frente a la página blanca siempre ha sido esta idea: eso ya se dijo, y mil veces mejor.

Réponse des Femmes


He decidido acercarme a la obra de Agnès Varda, cineasta belga. Lo primero que vi de ella lo vi ayer y se llama Réponse des Femmes (1975).

Ser mujer es vivir en un cuerpo de mujer. Soy yo. Todo mi cuerpo soy yo.
No me limito a los ardorosos puntos del deseo masculino.

Veo que para cumplir esta intención de conocerla voy bastante desarmado, casi partiendo de cero. Quiero entender lo que esta mujer implica en la historia del cine pero no tengo la menor idea de por dónde irme. Y creo que esto es así ―lo de no saber de ella― porque a Agnès Varda se le ha relegado al extraño y sombrío rincón al que algunos otros directores han ido a parar en sus complicadas y semejantes trayectorias (Marker, Paradzhánov…) y que a mi parecer los ha arrastrado junto con sus obras a un estancamiento casi total en la opinión de la gente.
Entiendo que lo que la crítica señala a veces como hermético no es sino el grave descuido tomado a la hora de la difusión, una indiferencia que limita el encuentro de una obra con su público y que, está claro, confirma más bien la indolencia vulgar de las distribuidoras y los organismos que regulan lo que en su opinión es consumible o no; confirma también el predominio de unos criterios de permanencia que se reducen a lo mercantil.
Pues Varda no es hermética ni mucho menos ―o no me lo ha parecido en este primer encuentro, como sea―, más bien no cumplió con esos criterios de permanencia en el mercado y visiblemente hay un desajuste ideológico entre lo que Varda dice y lo que al pensamiento hegemónico le gustaría escuchar.

Ser mujer es también tener una cabeza de mujer.
Pero una cabeza que piensa diferente a la de un hombre.

Yo había tenido inquietud por ver sus trabajos porque todas las imágenes sueltas que encontré anteriormente reclamaban ser puestas en su lugar y metraje. Y también porque, al menos en un sentido pictórico, fue evidente que estaba ante algo característico, algo que seducía y era fresco, acaso el signo de nuevas figuras dentro del cine. No me equivocaba tanto.
Dejo de lado lo discursivo, pero valga la mención, esta película es un pequeño panfleto para el Día Internacional de la Mujer de 1985 que intenta responder a preguntas como “¿Qué es una mujer?, o “¿Todas las mujeres quieren ser madres?”…y así sucesivamente. Lo cierto es que no responde casi nada y se dedica más bien a formular e instigar reflexiones.
El formato es un poco el de cine-ensayo, documental y su prudente componente de irrealidad. Las imágenes responden a un texto, y por él están articuladas. A mí, como espectador novel de Agnès me ha llamado mucho la atención el uso del color y la forma de componer cada cuadro.

Cada vez que desvisten a una mujer para vender un producto
la desvestida soy yo. La expuesta soy yo.

Como dije, de esta realizadora sabía poco. Pero buscándola —en internet, dónde diablos más— he podido conocer lo que parece esencial de ella: que nació en Bruselas, que se le enuncia cómodamente junto a la gente de la Rive Gauche, que algunos le insinúan un cierto lugar como abuela de la Nouvelle Vague, y que su cine podría ser acusado de feminista. Cosas secundarias todas, importa más bien acceder a la obra en vez de platicarla. No queda gravoso verla, dura ocho minutos.

septiembre 02, 2012

Sobre J. L. Brea


Como aparece en :: salonKritik ::


Hoy hace dos años moría en Madrid José Luis Brea.
Yo pude saber de él y de su obra por la mención al aire que hacía un amigo de sus textos, diciendo que escribía muy bien y que podía servirme en la tesis —que por entonces iba siendo de cine y estaba totalmente infundada.
Puedo asegurar que esa mención bastó, porque no fue como que alguien me compartiera un texto, o como que lo hubiese leído en una compilación. Sólo puse “Brea” en el buscador y se desplegó una serie de sitios y recursos muy vasta, acaso la más fructífera y estimulante con la que me he topado.
El encuentro con su obra y persona me dejó naturalmente marcado —para bien— y me permitió ensanchar las concepciones que yo me hacía de un montón de cosas, particularmente en torno a la crítica y al arte. Hasta entonces las dos cosas aparecían en mi discurso con una gran pobreza conceptual, formadas ante todo por la adición desmesurada de lugares comunes y romanticismos anacrónicos.
Ahora sé que por Brea llegué a enterarme de los Estudios Visuales, llegué a percibir en mí una incredulidad nueva y revitalizadora hacia los contenidos de quienes decían producir cultura; llegué a sentir natural la puesta en controversia que él invitaba a practicar ante la descarada vacuidad de los discursos artísticos contemporáneos. Todo esto, me parece, sigue permeando mi forma de reflexionar.
Por Brea llegué además a muchos otros excelentes autores de los que seguro no habría escuchado de otro modo: Mieke Bal, Safaa Fathy, W. J. T. Mitchell… Supe así también de ese espacio inquietante y enrarecido que es el net.art y me divertí a lo grande viendo páginas y páginas de sitios exclusivamente curados para la expectación.
Pero en general me lamentaba de haberme topado con esta estupenda persona tan tarde. Recuerdo que me pareció ilógico ver la cantidad de proyectos que quedaron en marcha gracias a su iniciativa, la de libros y ensayos que había con su nombre en la portada, el movimiento, el dinamismo de todas esas comunidades que ayudó a reunir. Y todo eso no cuadraba con el hecho de que lo que veía fuera obra de una persona que ya no estaba.
Entiendo, y aquí me voy a andar con cuidado, que por razones de índole distinta a la académica no se le ha aceptado abiertamente en muchos ámbitos, o al menos no en todos en los que su obra resultaría pertinente. Yo no puedo hablar de esto, principalmente porque soy mexicano y porque no conozco dicha situación. Pero quizá precisamente porque soy mexicano y no español he podido leer su obra sin ninguna clase de incomodidad en mis compromisos ideológicos, y sí más valorándolo como lo que siento que es: uno de los más preclaros teóricos del arte y la cultura de los últimos tiempos, particularmente de las últimas tres décadas, uno de los pocos escritores en español que se aventuró a teorizar fenómenos que a mucha gente correcta le habría gustado permanecieran ocultos.
Sé que en vida trabajó apasionadamente en decenas de proyectos, promoviendo la formación de espacios para la enseñanza crítica del arte en España, la puesta en duda de todo lo no demostrable, el rigor inclemente a la hora de construir o desmantelar discursos simbólicos.
Me gustaría que más gente llegara a su obra y a todos los proyectos que dejó tras de sí, sobre todo porque el mundo en que quiso desenvolverse es un mundo esencialmente angloparlante y me parece un desperdicio que las cosas lleguen hasta ahí por pura frontera lingüística. Yo ni lo conocí ni fui su alumno, pero sé que nos hemos quedado sin su opinión para este mundo convulso que le aventaja ya dos años, pero que exige de una explicación siquiera la mitad de aguda y satisfactoria de lo que él habría propuesto.

agosto 29, 2012

Tanin no kao

La máscara, sustituto visible de la oscuridad.

Experiencia psicológica


—Ha dicho tu maestra que te observa disperso, distraído. ¿A qué crees que se deba?
—No sé. ¿A la calidad de las clases?
—Te voy a pedir que dibujes a tu familia en esta hoja.
—Listo.
—Veo que dibujaste un poco chueco a tu papá. ¿A qué crees que se deba?
—No sé. ¿A que no sé dibujar?
—Verás, no. No se debe a eso.
Y así sucesivamente.

agosto 27, 2012

Mi lejanía se erizó de pirámides

Fotografía Rodolfo Hurtado

Soñaba que había una despedida multitudinaria en un cuarto prolijamente alumbrado. El cuarto me recordaba, todavía no veo la razón, al espacio en que se reuniría un grupo de compulsivos anónimos.
Ella se levantaba y se acercaba al estrado. Su discurso lo decía con todas las lágrimas posibles en la cara y la voz. Decía que nos amaba a todos.
Encontré extraña su efusión, pero deshice su pobre sustancia en la certeza de que no era nada.
Con la certeza llegó también una inquietud: nunca dijo amarme en el pasado. Ahora resultaba que también de pronto yo era amado, y lo decía como si cualquier cosa.
Pero entendí que ese amor era sólo concebible confundiéndome yo entre los demás. Nunca sólo para mí ni por mi causa. Me sentí entonces por debajo incluso de los objetos de la estancia. Una cosa sola entre la infinidad de lo tocado por el ágape inabarcable de esta mujer ya desconocida, lejos de su cara ya.
Me pareció idiota. Si todos íbamos a ser inflamados por igual, qué idéntico sería que nadie en el cuarto fuera amado por nadie. Yo no soy magnánimo, no lo amo todo.
Caminó hacia mí, no llevaba palabras con ella. Me pasó una mano por el rostro y fue justo como aquello: la sombra en mis ojos.
Con su fragancia hubo lugar a un segundo momento en que las imágenes se agolparon turbias, y ahora mismo probaré que carecían de todo interés:
Caminaba por los techos de un templo antiguo. Llegado a la cúpula y de pie ante sus bordes, me pareció natural admitir que más que una cúpula era una oquedad luminosa. Olvidado de equilibrio podía caer y hundirme en ella sin esfuerzo.
Sus paredes estaban cubiertas de frescos y turquesas fueron pintura fracturada. La concavidad se llenaba de agua y sentí ganas de nadarla, de buscar la altura insolada de su arco. Resbalé por las dovelas hasta la linterna, que se rasgó débilmente al recibirme .
Pronto fueron las piedras canastilla de un trabajoso aerostato en que el globo era la bóveda misma. Volé toda la noche con el cielo bajo los pies, las calles torcidas a mi cabeza. El globo era de loza fría y no había luz en las plazas. Tardé tanto en despertarme. Me agobiaba una sed burlona.

agosto 26, 2012

Sastrería contemporánea


A veces he visto, lo confieso con vergüenza, que el tamaño de los párrafos —lejos de la convención de lo que supone un párrafo en cuanto a unidad argumental, estilística o didáctica— implica una protección de sí mismo. Digo que con vergüenza porque me he valido de este recurso innoble y cobarde: el punto clave del contenido resguardado por la extensión gráfica de los enunciados. Si a continuación yo pusiera una frase escandalosa como fin de este párrafo todos la notarían, lo mismo al principio. Mejor hilvanar una idea más, mejor que lo agridulce se camufle al ecuador del bloque. Todavía estoy haciendo tiempo, apenas llegando al límite de seguridad. Listo.
Y no es que la idea no deba notarse [impensable], esta práctica debe ser una cosa pasajera de timidez y juventud, se entiende que hay prácticas como el aforismo donde esto sería inconcebible. Pero sí que he llegado a pegar un párrafo con el que le sigue para cifrar su centro en un continente más amplio. Y no fijándome hasta parecería que así lo había querido. Es de este modo que los gritos obscenos, los intentos de polémica, el núcleo de la subversión… todo eso queda a medio camino entre el sangrado y el punto seguido.
Esta reflexión surge de ver cómo en distintos ámbitos me he sentido rodeado por muchos de esos lectores que parece que van jugando al avioncito de párrafo en párrafo, zurciendo heterodoxos lo que implica un texto y su lectura, despedazando todo lo que el escritor quiso  enhebrar, saltando de esta línea a la otra y de regreso, como si buscaran algún signo cabal y resumido entre las letras que justificara la molestia de tener que leer.
No vale hacer un esfuerzo por ellos, si han de pasar por la vida saltando, mejor que no se lleven nada de mí.

En este cuadro de mi amigo Alberto creo ver un equívoco
diagrama de flujo de lectura moderna

agosto 25, 2012

Parábola

Está claro para mí que toda insinuación de nuevo rumbo lleva en sí una especie de tensa responsabilidad por tantear el terreno rápido, por desenvolverse en él con la soltura con que se haría en cualquier otro sitio, por acoplarse al frenetismo y salir bien librado. Estos rumbos no dejan titubear. No puedo detenerme a pensar en nada. No me conviene exponer mis debilidades, no puedo ceder a la poesía o a la reflexión. Lo más deseable es ser limpio y perfecto, preferiblemente sin contenido y tapizado de imágenes.
Y no sé, creo que digo esto porque es frecuente, cada vez más, toparme con sitios asépticos muy lindos y muy vacíos, cubiertos de formas vibrantes y seductoras donde ante todo me siento abrumado y triste de encontrar a tan pocos que se conmuevan por lo que yo considero importante, aparentemente muchos más los que dejan que las cosas tiendan automáticamente a ese exhibicionismo rampante de mierda —bien enseñado y aprendido en las redes sociales— del donaire introspectivo, de la grandeza autodeclarada.
Ya es muy tarde para desear que las cosas no sean como están siendo, tarde para querer que no todo sea tan cuidado, tan gratuito. Hay una predilección horrible por abrazar el plástico que, me parece, va a perdurar; es mucho lo que se arrodilla ante mí, lo que me ruega que acepte su belleza. Y yo se lo concedo: bellísimo y muerto. Es la higiene de lo irreflexivo, el vértigo de la nada.
No sé bien por qué he pensado así. Creo que porque ahora terminé la carrera y todo es obligadamente distinto, con disculpa del cliché. De primera impresión parece que todo ocurre sin decidirse a avanzar en ningún sentido. Es como si no pudiera sumar dos actos míos para suponerles un resultado. No importa lo que haga o en qué forma, no hay ritmos ni razones: hay consideraciones agudas, estatismo de pesadilla, cálculos envenenados. Y todo funciona muy bien y es altamente profesional.
Creo que me estoy dando la oportunidad de encajar en una serie de conductas que considero despreciables, como el sistema laboral, con la sola esperanza de desencantarme de ellas con algún fundamento.
Pero hoy he sentido una brecha muy grave tras de mí, se quiere parecer al abismo digital que algunos admiten entre mi generación y la anterior (sé que no hay tal). Brevemente percibí una presión rara, una cierta coerción que salía de todo lo que estaba haciendo frente a la computadora. Sentí que a toda la gestión heurística de aparatos y tecnología, que a todo el proyecto social del nuevo mundo yo le era totalmente innecesario. Sentí que nada en los engranajes de lo que supone una vida correctamente garantizada me iba a esperar. El nuevo rumbo es esto, un rumbo donde ya se esboza que es el humano quien va teniendo la culpa de no entender, de no estar preparado. Sus creaciones le superan y le dominan. No más intuición, no más explicaciones. La obra se empezó a adelantar, a cernirse como una jaula sobre nosotros, quedamos todos magníficamente imbéciles y atrapados, vacíos de voluntad. Enhorabuena.

agosto 22, 2012

Ich bin der welt abhanden gekommen




Era la historia de alguien que prepara una cena esperando a una mujer y todo sale mal. La llama por teléfono sin verdaderas esperanzas, todo se tibia y se arruina. Imagino que acabó embriagándose solitariamente y la mañana le sorprendió en la sala. 

La historia de mi vida, dijo Carlo Aleksantri.