A estas alturas de mi vida
digital entiendo que no represento poder de convocatoria alguno, pero no me
angustia. Sobre todo porque he visto que nada cuesta conseguir que tus millones
de amigos y familiares lean lo que les pides cuando se los pides. Pero en eso queda:
en un favor que te hicieron. Después difícilmente acudirán a ti,
porque el modo en que llegaron a tus textos fue como efecto de una petición.
Más valen los lectores naturales. Hoy sólo quiero invitarlos al blog de mi amigo Poli
(Carlos Rojas) para que se rían un rato. Quizá encuentren algo que apele
naturalmente a su sensibilidad y se vuelvan visitantes igualmente naturales de
sus textos. O quizá no. Pero ya estará en ustedes.
octubre 10, 2012
Disonancia cognitiva y sonora
Hoy escuché por primera vez en
vivo las Variaciones Goldberg. Tras el teclado estaba sentada Zhu Xiao-Mei. El
evento fue parte del Festival Cervantino.
Esto que escribo
ahora no es una reseña ni quiere serlo. Es sólo un comentario sobre lo difícil
que fue para mí estar ahí sentado escuchando una música que aprecio bastante y
que sé de memoria. No me refiero a tocarla —nunca— sino a cómo suena.
A mí papá siempre le
gustó Bach. Eran frecuentes en mi casa sus sonatas de cello y los motetes,
piezas de órgano y la pasión según san Mateo. Entonces Bach sonaba seguido y
pronto pude saber de sus Variaciones, siendo todavía chico. Debo añadir que las
conocí tocadas en guitarra antes que en cualquier otro instrumento y que por
mucho tiempo fueron eso: unas piezas de guitarra enloquecidas, imposibles. Las
tocaba un tal Kurt Rodarmer, y lo que yo imaginaba al ponerme los audífonos era
que la guitarra tenía veinte cuerdas o el intérprete cuatro brazos.
Para mí la sonoridad de la guitarra, cuando rinde para adaptar cómodamente una pieza de piano en su registro y posibilidades, es siempre preferible; añade a muchas obras que en teclado no pasan de mecánicas y percutidas una calidez nueva y agradable. En el piano el sonido es resultado de un golpe. En la guitarra cada nota se aterciopela porque toda pulsación depende de los dedos y la forma en que hacen contacto con las cuerdas. Puro tacto. En ese sentido parecería que hay más responsabilidad por parte del intérprete respecto a la calidad del sonido en una guitarra que en un piano; un gato o un virtuoso hundiendo una tecla producirán más o menos el mismo sonido.
No descarto tampoco
que la razón para pensar de este modo sea que yo de piano no sé nada. De todos
modos veo que esta reflexión encuentra su único sentido hablando del barroco.
No he visto a los románticos, ya no digamos a los impresionistas o a los
contemporáneos transcritos con éxito a la guitarra. En piano suenan muy bien y
tal vez así deban quedarse.
Como sea, en esta
versión de las Goldberg había una ventaja fantástica que a mí como niño debió
resultarme didáctica y estimulante: podía sustraer cualquier línea melódica y
quedarme con ella, seguirla a lo largo de la variación sin que se me perdiera
entre las otras o fluctuara en su intensidad. Seguro que esta virtud tiene su
más grande deuda con el cuidado técnico puesto en la grabación: la obra fue
transcrita minuciosamente para ejecutar primero las líneas del bajo y
ensamblarlas luego con lo demás.
Recuerdo que mi
maestro de música decía ‘no hay Bach fácil’. Y con lo poco que he osado
leer su música e intentado ejecutarla me basta para creerlo. Lo justo sería que
tampoco los pianistas quedaran exentos de este criterio —aunque me gustaría ver
lo que tenga por añadir Laurent Aimard—, Bach debería resultarles inabarcable,
complicadísimo, deberían odiarlo. Siendo el pianista un ser humano, y sobre
todo enfrentándose a una obra que fue pensada para tocarse en dos manuales,
parece natural que algo falle en algún lado, sobre todo cuando el cambio al
manual único de un piano obliga a toda clase de malabares demoníacos y
superposiciones de una mano encima de otra para tocar teclas que a todas luces
ya están ocupadas por otros dedos.
No se le puede dar a
la complejidad del tejido propuesto por Bach la fluidez que merece si el
cerebro anda todo hecho pedazos aquí y allá entre voz y voz. Pensando en las
limitaciones del piano cobra naturalidad que en un Clavecín se evidencie más la
estructura del contrapunto al no permitir matices ni distinciones de
intensidad a la hora de pulsar una tecla y producir el sonido, si bien se queda
con esa cierta esterilidad siempre muy metálica de los cémbalos.
Variación 5
Ya si Rodarmer había podido molestarse en confeccionar dos guitarras de hechura tan estrafalaria con la intervención de un biofísico molecular [imagino que para solucionar el problema de las cuerdas de la guitarra-bajo] y de un refinado luthier, habría sido ridículo que las cosas salieran mal.
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| Blanca y Cassandra |
Pero las cosas
salieron muy bien en esta grabación. Cierto que en estricto sentido esta
transcripción es una trampa, pero a mí no me importa. Son las Goldberg de mi
infancia, y la nitidez revelada en cada voz es para mí irremplazable.
Entonces hoy, escuchando
las Variaciones con Xiao-Mei me empecé a tensar una barbaridad. Fue una
ejecución extraordinaria, no puedo negarlo. Rapidísima, vertiginosa. Lo
sospeché desde que atacó con el Aria, mucho más rápida de lo que la tenía
estampada en el recuerdo. Y los adornos, esos adornos del barroco… qué de
cambios se permiten los intérpretes con los trinos y florituras.
Cierto que hubo lugar
a exploraciones que no había yo percibido en ninguna otra versión, imposibles
en la guitarra, efecto tal vez del pedal y donde algunas voces resultaban más
evidentes. Fue interesante, en todo caso, ver lo que esta pianista china tenía
por añadir al ya muy largo discurso enhebrado sobre esta serie de piezas,
particularmente su propuesta con las variaciones de tempo más lento. Pero
cuando la melodía se agitaba había un agolpamiento extraño que me impedía
disfrutar nada. Nada coincidía con las Goldberg de mi memoria ni con la
nitidez total de Rodarmer, ni siquiera con las adoradísimas de Gould. La
rapidez era tal que había desfases perceptibles, reparos, errores. Y la pobre
sudaba a chorros por el esfuerzo desmesurado.
Pensé en una ocasión
que fui con mi mamá al circo. Había trapecistas, ninguna red de seguridad. Mi
mamá, visiblemente alterada, estaba segura que el acróbata caería y dejaría un
tramo sanguinolento de suelo. Yo, siendo más pequeño, sentí natural decirle que
no se preocupara, que bastaba con no mirar. Pues hoy me sentí así: no
quería ver lo que ocurría sobre el teclado, tenía miedo de que la melodía se
cayera al suelo y se desangrara [porque en efecto resbaló muchas veces], sólo
quería que el pasaje terminara, que lo librara lo mejor que pudiera, que dejara
de hacer las cosas tan distintas a las Goldberg de mi recuerdo.
Variación 12, canon a la cuarta
Insistiré, para quienes piensen que pudo tratarse de una ejecución impecable, que conozco bien esta música, la escuché decenas de veces en el pasado y conozco sus consonancias. Xiao-Mei dejó claro que es una excelente pianista, pero eso no impidió que maquillara las para mí siempre seductoras disonancias del barroco y que corriera con rapidez irregular y una acentuación desconcertante por asimétrica sobre casi todas las variaciones.
Y otra cosa. Qué de
ruiditos hacía el público. Acepto que es normal, uno está vivo y muchas
situaciones se desprenden de ese estadio, en cualquier grabación pueden
apreciarse los carraspeos, las toses. Pero esta gente no tenía límites, todo
sonaba demasiado. Casi sentía que el aire se movía y perduraba como una letra
pronunciándose obtusa en mis orejas, una oclusión aborrecible. Cómo habría
deseado poder pegar la oreja al bastidor y eliminar el siseo ininterrumpido de
estas personas que por algún motivo respiraban tan alto. Alguien osó reír no sé
de qué atrás de mí. Alguno más tenía puesto un despertador en el reloj. Los
clics de un montón de cámaras por ahí. Era increíble, ni siquiera yo que estoy
cubierto de tics sentí necesidad de ceder a un comportamiento tan torpe. Pero
eso sí, al acabar el Aria Da Capo todos vieron oportuno aplaudir de pie por
minutos y minutos. Quizá para que le quedara claro a la ejecutante la tan
sonada calidez de los públicos mexicanos y regresara a casa con una buena
anécdota del país.
Me quedo con las de
Rodarmer, fue mucho tiempo de escucharlas.
septiembre 26, 2012
Holzwege
(...)
así estáis bajo un propicio
tempero
vosotros, los que no educa ningún
maestro, sino,
maravillosamente omnipresente, en
leve abrazo,
la potente Naturaleza de
hermosura divina.
Por eso cuando ella parece
dormir, en ciertos tiempos del año,
allá en el cielo o entre las
plantas o los pueblos,
también se entristece el rostro
de los poetas;
parecen estar solos, pero la
presienten siempre.
Pues presintiéndose reposa ella
misma.
septiembre 21, 2012
Inaccesibilidad casi evidente
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| In Absentia, Regina Silveira |
Entré al bachillerato y sentí que
iba siendo por primera vez en la vida consciente de las cosas. Todo lo de antes
no valía: la primaria, el kínder… qué de tonterías; había sido una pérdida de
tiempo, un puro regar aquel algodoncito con semillas esperando germinara, pero
sin lograr que se pronunciara mientras tanto a favor o en contra de nada. Larga
maduración. Necesaria, pero vacía de recuerdos o experiencia. O así me lo
parecía.
Y ya digo, entrando
al bachillerato, qué nitidez había en las cosas. Me sentía redescubrir todo.
Definir con palabras bien puestas en el cuaderno lo que hasta entonces me había
supuesto la vida, no sólo ya escenario y situación obligada, no ya la anécdota,
el sueño largo de refrigerios y memoria de pez. Ahora lo tenía todo en las
manos, lo volvía lenguaje, lo apretaba contra mi cuerpo. Era mío.
Creo que hasta
entonces no percibí verdaderamente, por ejemplo, que había un mundial de
futbol. Que había juegos olímpicos. Releí las novelas de mi infancia a la luz
de una claridad, creía yo, nueva y aguda. Minuciosa. Resumí finalmente que
nunca había puesto atención a nada, que a partir de entonces empezaba una etapa
indiscutible en la que recién entregaría mis sentidos de lleno a lo que se
presentara.
Entrando a la carrera
tuve otro vuelco de conciencia. Fue —pensé entonces— de tal intensidad que todo
lo anterior lucía ridículo y superficial. ¿Cuál conciencia? No: ahora sí que la
tenía. Ahora escribía y me daba cuenta de cómo lo hacía. Veía películas y
sentía que hasta el momento mi criterio no había arrojado sobre ellas ninguna
conclusión de valor, leía y era siempre la primera vez. Estaba tan al tanto de
mis limitaciones intelectivas, me veía a tal punto entregado a lo que me
parecía una concepción madura sobre mi situación, me hacía un juicio tan
ecuánime de las cosas, que no podía sino estar llegando a la conciencia. Pasado
ese punto no habría más. Sólo ahora empiezo a ser consciente, ahora y
nunca antes.
Salí luego de la
carrera. Y a medida que las cosas se distienden y superan mi horizonte, más me
resigno a aceptar que no sé de ellas. En esta concatenación
conciencia-inconciencia el eslabón lógico sería decir que ahora sí sé algo, que
ahora soy, concluyentemente, consciente de mi conciencia. Pero qué gran necedad
sería. Después de tantos sucesivos desengaños, de estas inmersiones imprevistas
en rumbos por lo visto cada vez más autoconscientes ¿qué cabría presumir sin
sonar efímero y vulgar? Nada. Qué arrogancia a esta altura no entender que a
las cosas les divierte escapar y borrar su rastro. Lo más humilde, lo más
acertado, es aceptar que estas grandes conciencias, ampliaciones de las que les
antecedieron, serán siempre pequeñas y risibles respecto a sus sucesoras. O
será así hasta que la entropía las devore a todas juntas, como sea.
Creo que la más
grande conciencia de la que puedo hablar hoy es esta: Lo que empieza a encajar
en una figura es transitorio. Mañana no será así. Que vengan otros a decir que
saben cosas.septiembre 15, 2012
Antimnemónico
Las ideas han de
venir a asaltarme puntualmente después de las cuatro de la madrugada cuando he
perdido ya todo interés en encontrarlas o distinguirlas siquiera de lejos,
atrás de un mueble o jugueteando insolentes con mi gata, como si se burlaran de
mi cansancio, de mi cuerpo maltrecho y mis ojos enrojecidos y agotados, de mi
completa incapacidad para agarrar una pluma o reconocer mi propia escritura en
pedazos de papel cualesquiera entre velos de lagaña y lagrimeos vergonzantes.
Lo conté a una amiga antenoche, me parece, ahora qué más da confesarlo
al resto del mundo: era tarde y apagué la computadora, los sentidos
naturalmente embotados. Ya sin luz fui a cobijarme. Como lo sospechaba, no
habría pasado un minuto en la cama cuando ya una idea subía a atacarme.
Juro que era brillante. Lo sé. La explicación para una idea brillante
osando trepar por mi almohada a provocarme es que ella viera que no tenía
fuerza para atraparla. Yo no era amenaza, en ningún sentido.
Quise tomar mis providencias y pensé, no te dejes, haz algo que
por la mañana sea una prueba de que este momento ocurrió. Entonces,
acostado como estaba, decidí apuntar con el brazo estirado hacia la cabecera,
el índice tenso hacia una esquina del cuarto, como pidiendo la palabra. Así
estuve algunos segundos, jactándome de mi sistema.
Al día siguiente, por supuesto, recordaba con gran nitidez haber
estirado el brazo hacia el techo. De la idea, ni sus luces.
septiembre 12, 2012
Les dites cariatides
Este pequeño documento me
trajo el recuerdo de quienes cuentan leyendas en Guanajuato. Creo que es por
esa cualidad arborescente de las anécdotas que hace a un elemento llevar a
otros y enhebrarlos para siempre como abalorios en un hilo. Al final, por
supuesto, el collar resultante es siempre largo y multicolor.
En ciertos lugares un nombre
te lleva a un lugar; un callejón a un crimen nocturno; una mujer a una
maldición; el pasado de una plaza o una fuente al mismísimo demonio. Así
sucesivamente, todo es tan viejo que no puede callarse.
Nunca he ido a París, y a
decir verdad es algo que ambiciono menos cada día, pero resulta muy claro el
hecho de que es una ciudad antigua y entonces no puede sino verse cubierta de
voces.
Les
dites cariatides (1984)
es la segunda cosa que veo de Agnès Varda. La experiencia fue cualitativamente mejor
respecto a Réponse des Femmes.
En esta ocasión Agnès salió con su cámara a catalogar ese diálogo bajito que es
el de los grupos escultóricos en las fachadas de los edificios parisinos (por
supuesto las reglas de urbanización en París son mucho más cabales y
respetables de lo que jamás serán en casi cualquier ciudad de mis rumbos), y lo
que se siente entre estos edificios es un diálogo
verdadero de formas y espacios. Pero eso qué.
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| “Mi papá es el más fuerte y mi mamá la más bonita…” |
Como ya va
quedándome claro a esta temprana altura, Varda ha de insertar a fuerza algún
comentario feminista en su discurso. No está mal, ni lo estoy poniendo en
cuestión. Finalmente es su voz y es lo que se agradece, que se despegue de las
muchas otras. Lo que sí me da un poco de temor ―aunque no ha sido el caso
todavía, pero por un pelito― es que las imágenes empiecen a lucir como mero
abrigo de una postura que sepa a propaganda.
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| “Él solo y con una única mano aguanta todo un edificio…” |
Hablaba
ya de las anécdotas. Ver una película que se apega a lo que podría ser la
construcción de algo hablado permite admitir que eso mismo le hace parecer una
plática; es siempre divertido poner atención al modo en que crece y evoluciona
una conversación cualquiera, la de temas que se pierden en el caos de
intervenciones, las florituras y vueltas atrás, lo improbable de los saltos de
un tema a otro. Cada diálogo tiene vida por su cuenta.
Comparándolo entonces a una
conversación, Les dites cariatides tendría un
desarrollo análogo: tras señalar con cierta ironía que las columnas de porte
masculino, los Atlantes,
bien pueden cargar un balcón ellos solos, y que las Cariátides, columnas
femeninas, van siempre acompañadas o necesitan por lo menos ser una pareja para repartir mejor
el peso, Varda se desvía para recordar las razones de este elemento
arquitectónico, castigo eterno para aquellas mujeres griegas que prefirieron
apoyar a los persas antes que a su pueblo, ahora para siempre con una carga en
la cabeza.
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| “Los hombres son fuertes y musculosos. Por tanto es necesario que los músculos sean visibles. Que el esfuerzo sea visible. Que la tensión del rostro se note…” |
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| En la mujer el esfuerzo no se nota. Un cierto ideal de mujer. |
La
música es de Reameau con piezas de piano, y también suena una adaptación
extraña de La Belle
Hélène, de Offenbach. La cámara traza líneas que sugieren las que
tienen las fachadas. Es muy agradable sentir que hay algo de ese placer un poco
distraído del turista al recibir información encantadora y no muy importante.
Y como en todo diálogo
normal, Agnès acaba muy muy lejos, hablando de Charles Baudelaire, de su muerte
y afasia final. De su poesía. ¿Verlo? Claro. Puede ser aquí, aunque
sin subtítulos. O con algo más de paciencia, vayan al blog de scalisto.
septiembre 11, 2012
Existencia
Réponse des Femmes
He
decidido acercarme a la obra de Agnès Varda, cineasta belga. Lo primero que vi
de ella lo vi ayer y se llama Réponse des Femmes (1975).
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| Ser mujer es vivir en un cuerpo de mujer. Soy yo. Todo mi cuerpo soy yo. No me limito a los ardorosos puntos del deseo masculino. |
Veo que
para cumplir esta intención de conocerla voy bastante desarmado, casi partiendo
de cero. Quiero entender lo que esta mujer implica en la historia del cine pero
no tengo la menor idea de por dónde irme. Y creo que esto es así ―lo de no
saber de ella― porque a Agnès Varda se le ha relegado al extraño y sombrío
rincón al que algunos otros directores han ido a parar en sus complicadas y
semejantes trayectorias (Marker, Paradzhánov…) y que a mi parecer los ha
arrastrado junto con sus obras a un estancamiento casi total en la opinión de
la gente.
Entiendo
que lo que la crítica señala a veces como hermético no es sino
el grave descuido tomado a la hora de la difusión, una indiferencia que limita
el encuentro de una obra con su público y que, está claro, confirma más bien
la indolencia vulgar de las distribuidoras y los organismos que regulan lo que
en su opinión es consumible o no; confirma también el predominio de unos
criterios de permanencia que se reducen a lo mercantil.
Pues
Varda no es hermética ni mucho menos ―o no me lo ha parecido en este primer
encuentro, como sea―, más bien no cumplió con esos criterios de permanencia en
el mercado y visiblemente hay un desajuste ideológico entre lo que Varda dice y
lo que al pensamiento hegemónico le gustaría escuchar.
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| Ser mujer es también tener una cabeza de mujer. Pero una cabeza que piensa diferente a la de un hombre. |
Yo había
tenido inquietud por ver sus trabajos porque todas las imágenes sueltas que
encontré anteriormente reclamaban ser puestas en su lugar y metraje. Y también
porque, al menos en un sentido pictórico, fue evidente que estaba ante algo
característico, algo que seducía y era fresco, acaso el signo de nuevas figuras
dentro del cine. No me equivocaba tanto.
Dejo de
lado lo discursivo, pero valga la mención, esta película es un pequeño panfleto
para el Día Internacional de la Mujer de 1985 que intenta responder a preguntas
como “¿Qué es una mujer?, o “¿Todas las mujeres quieren ser madres?”…y así
sucesivamente. Lo cierto es que no responde casi nada y se dedica más bien a
formular e instigar reflexiones.
El
formato es un poco el de cine-ensayo, documental y su prudente componente de irrealidad. Las imágenes responden a un texto, y por él
están articuladas. A mí, como espectador novel de Agnès me ha llamado mucho la
atención el uso del color y la forma de componer cada cuadro.
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| Cada vez que desvisten a una mujer para vender un producto la desvestida soy yo. La expuesta soy yo. |
Como
dije, de esta realizadora sabía poco. Pero buscándola —en internet, dónde
diablos más— he podido conocer lo que parece esencial de ella: que nació en
Bruselas, que se le enuncia cómodamente junto a la gente de la Rive
Gauche, que algunos le insinúan un cierto lugar como abuela de la Nouvelle
Vague, y que su cine podría ser acusado de feminista. Cosas secundarias todas, importa más bien acceder a la obra en vez de platicarla. No queda gravoso verla, dura ocho minutos.
septiembre 02, 2012
Sobre J. L. Brea
![]() |
| Como aparece en :: salonKritik :: |
Hoy hace dos años moría en Madrid
José Luis Brea.
Yo pude saber de él y de su obra por la mención al aire que hacía un
amigo de sus textos, diciendo que escribía muy bien y que podía servirme en la
tesis —que por entonces iba siendo de cine y estaba totalmente infundada.
Puedo asegurar que esa mención bastó, porque no fue como que alguien me
compartiera un texto, o como que lo hubiese leído en una compilación. Sólo puse
“Brea” en el buscador y se desplegó una serie de sitios y recursos muy vasta,
acaso la más fructífera y estimulante con la que me he topado.
El encuentro con su obra y persona me dejó naturalmente marcado —para
bien— y me permitió ensanchar las concepciones que yo me hacía de un montón de
cosas, particularmente en torno a la crítica y al arte. Hasta entonces las dos
cosas aparecían en mi discurso con una gran pobreza conceptual, formadas ante
todo por la adición desmesurada de lugares comunes y romanticismos anacrónicos.
Ahora sé que por Brea llegué a enterarme de los Estudios
Visuales, llegué a percibir en mí una incredulidad nueva y
revitalizadora hacia los contenidos de quienes decían producir cultura; llegué
a sentir natural la puesta en controversia que él invitaba a practicar ante la
descarada vacuidad de los discursos artísticos contemporáneos.
Todo esto, me parece, sigue permeando mi forma de reflexionar.
Por Brea llegué además a muchos otros excelentes autores de los que
seguro no habría escuchado de otro modo: Mieke Bal, Safaa Fathy, W. J. T.
Mitchell… Supe así también de ese espacio inquietante y enrarecido que es el
net.art y me divertí a lo grande viendo páginas y páginas de sitios
exclusivamente curados para la expectación.
Pero en general me lamentaba de haberme topado con esta estupenda
persona tan tarde. Recuerdo que me pareció ilógico ver la cantidad de proyectos
que quedaron en marcha gracias a su iniciativa, la de libros y ensayos que
había con su nombre en la portada, el movimiento, el dinamismo de todas esas
comunidades que ayudó a reunir. Y todo eso no cuadraba con el hecho de que lo
que veía fuera obra de una persona que ya no estaba.
Entiendo, y aquí me voy a andar con cuidado, que por razones de índole
distinta a la académica no se le ha aceptado abiertamente en muchos ámbitos, o
al menos no en todos en los que su obra resultaría pertinente. Yo no puedo
hablar de esto, principalmente porque soy mexicano y porque no conozco dicha
situación. Pero quizá precisamente porque soy mexicano y no español he podido
leer su obra sin ninguna clase de incomodidad en mis compromisos ideológicos, y
sí más valorándolo como lo que siento que es: uno de los más preclaros teóricos
del arte y la cultura de los últimos tiempos, particularmente de las últimas
tres décadas, uno de los pocos escritores en español que se aventuró a teorizar
fenómenos que a mucha gente correcta le habría gustado permanecieran ocultos.
Sé que en vida trabajó apasionadamente en decenas de proyectos,
promoviendo la formación de espacios para la enseñanza crítica del arte en
España, la puesta en duda de todo lo no demostrable, el rigor inclemente a la
hora de construir o desmantelar discursos simbólicos.
Me gustaría que más gente llegara a su obra y a todos los proyectos que
dejó tras de sí, sobre todo porque el mundo en que quiso desenvolverse es un
mundo esencialmente angloparlante y me parece un desperdicio que las cosas
lleguen hasta ahí por pura frontera lingüística. Yo ni lo conocí ni fui su
alumno, pero sé que nos hemos quedado sin su opinión para este mundo convulso
que le aventaja ya dos años, pero que exige de una explicación siquiera la mitad
de aguda y satisfactoria de lo que él habría propuesto.
agosto 29, 2012
Experiencia psicológica
—Ha dicho tu maestra
que te observa disperso, distraído. ¿A qué crees que se deba?
—No sé. ¿A la calidad
de las clases?
—Te voy a pedir que
dibujes a tu familia en esta hoja.
—Listo.
—Veo que dibujaste un
poco chueco a tu papá. ¿A qué crees que se deba?
—No sé. ¿A que no sé
dibujar?
—Verás, no. No se
debe a eso.
Y así sucesivamente.
agosto 27, 2012
Mi lejanía se erizó de pirámides
Soñaba que había una despedida
multitudinaria en un cuarto prolijamente alumbrado. El cuarto me recordaba,
todavía no veo la razón, al espacio en que se reuniría un grupo de compulsivos
anónimos.
Ella se levantaba y
se acercaba al estrado. Su discurso lo decía con todas las lágrimas posibles en
la cara y la voz. Decía que nos amaba a todos.
Encontré extraña su
efusión, pero deshice su pobre sustancia en la certeza de que no era
nada.
Con la certeza llegó
también una inquietud: nunca dijo amarme en el pasado. Ahora resultaba que
también de pronto yo era amado, y lo decía como si cualquier cosa.
Pero entendí que ese
amor era sólo concebible confundiéndome yo entre los demás. Nunca sólo para mí
ni por mi causa. Me sentí entonces por debajo incluso de los objetos de la
estancia. Una cosa sola entre la infinidad de lo tocado por el ágape inabarcable
de esta mujer ya desconocida, lejos de su cara ya.
Me pareció idiota. Si
todos íbamos a ser inflamados por igual, qué idéntico sería que nadie en el
cuarto fuera amado por nadie. Yo no soy magnánimo, no lo amo todo.
Caminó hacia mí, no
llevaba palabras con ella. Me pasó una mano por el rostro y fue justo como
aquello: la sombra en mis ojos.
Con su fragancia hubo
lugar a un segundo momento en que las imágenes se agolparon turbias, y ahora
mismo probaré que carecían de todo interés:
Caminaba por los
techos de un templo antiguo. Llegado a la cúpula y de pie ante sus bordes, me
pareció natural admitir que más que una cúpula era una oquedad luminosa.
Olvidado de equilibrio podía caer y hundirme en ella sin esfuerzo.
Sus paredes estaban
cubiertas de frescos y turquesas fueron pintura fracturada. La concavidad se
llenaba de agua y sentí ganas de nadarla, de buscar la altura insolada de su
arco. Resbalé por las dovelas hasta la linterna, que se rasgó
débilmente al recibirme .
Pronto fueron las
piedras canastilla de un trabajoso aerostato en que el globo era la bóveda
misma. Volé toda la noche con el cielo bajo los pies, las calles torcidas a mi
cabeza. El globo era de loza fría y no había luz en las plazas. Tardé
tanto en despertarme. Me agobiaba una sed burlona.
agosto 26, 2012
Sastrería contemporánea
A veces he visto, lo confieso con
vergüenza, que el tamaño de los párrafos —lejos de la convención de lo que
supone un párrafo en cuanto a unidad argumental, estilística o
didáctica— implica una protección de sí mismo. Digo que con vergüenza porque
me he valido de este recurso innoble y cobarde: el punto clave del contenido
resguardado por la extensión gráfica de los enunciados. Si a continuación yo
pusiera una frase escandalosa como fin de este párrafo todos la notarían, lo
mismo al principio. Mejor hilvanar una idea más, mejor que lo agridulce se
camufle al ecuador del bloque. Todavía estoy haciendo tiempo, apenas llegando
al límite de seguridad. Listo.
Y no es que la idea
no deba notarse [impensable], esta práctica debe ser una cosa pasajera de
timidez y juventud, se entiende que hay prácticas como el aforismo donde esto
sería inconcebible. Pero sí que he llegado a pegar un párrafo con el que le
sigue para cifrar su centro en un continente más amplio. Y no fijándome hasta
parecería que así lo había querido. Es de este modo que los gritos obscenos,
los intentos de polémica, el núcleo de la subversión… todo eso queda a medio
camino entre el sangrado y el punto seguido.
Esta reflexión surge
de ver cómo en distintos ámbitos me he sentido rodeado por muchos de esos lectores que
parece que van jugando al avioncito de párrafo en párrafo, zurciendo
heterodoxos lo que implica un texto y su lectura, despedazando todo lo que el
escritor quiso enhebrar, saltando de esta línea a la otra y de regreso,
como si buscaran algún signo cabal y resumido entre las letras que justificara
la molestia de tener que leer.
No vale hacer un
esfuerzo por ellos, si han de pasar por la vida saltando, mejor que no se
lleven nada de mí.
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| En este cuadro de mi amigo Alberto creo ver un equívoco diagrama de flujo de lectura moderna |
agosto 25, 2012
Parábola
Está claro para mí que toda insinuación de nuevo rumbo lleva en sí
una especie de tensa responsabilidad por tantear el terreno rápido, por
desenvolverse en él con la soltura con que se haría en cualquier otro sitio,
por acoplarse al frenetismo y salir bien librado. Estos rumbos no dejan
titubear. No puedo detenerme a pensar en nada. No me conviene exponer mis
debilidades, no puedo ceder a la poesía o a la reflexión. Lo más deseable es
ser limpio y perfecto, preferiblemente sin contenido y tapizado de imágenes.
Y no sé, creo que digo esto porque es
frecuente, cada vez más, toparme con sitios asépticos muy lindos y muy vacíos,
cubiertos de formas vibrantes y seductoras donde ante todo me siento abrumado y
triste de encontrar a tan pocos que se conmuevan por lo que yo considero
importante, aparentemente muchos más los que dejan que las cosas tiendan
automáticamente a ese exhibicionismo rampante de mierda —bien enseñado y
aprendido en las redes sociales— del donaire introspectivo, de la grandeza
autodeclarada.
Ya es muy tarde para desear que las cosas no
sean como están siendo, tarde para querer que no todo sea tan cuidado, tan
gratuito. Hay una predilección horrible por abrazar el plástico que, me parece,
va a perdurar; es mucho lo que se arrodilla ante mí, lo que me ruega que acepte
su belleza. Y yo se lo concedo: bellísimo y muerto. Es la higiene de lo
irreflexivo, el vértigo de la nada.
No sé bien por qué he pensado así. Creo que
porque ahora terminé la carrera y todo es obligadamente distinto, con disculpa
del cliché. De primera impresión parece que todo ocurre sin decidirse a avanzar
en ningún sentido. Es como si no pudiera sumar dos actos míos para suponerles
un resultado. No importa lo que haga o en qué forma, no hay ritmos ni razones:
hay consideraciones agudas, estatismo de pesadilla, cálculos envenenados. Y
todo funciona muy bien y es altamente profesional.
Creo que me estoy dando la oportunidad de
encajar en una serie de conductas que considero despreciables, como el sistema
laboral, con la sola esperanza de desencantarme de ellas con algún fundamento.
Pero hoy he sentido una brecha muy grave tras
de mí, se quiere parecer al abismo digital que algunos admiten entre mi
generación y la anterior (sé que no hay tal). Brevemente percibí una presión
rara, una cierta coerción que salía de todo lo que estaba haciendo frente a la
computadora. Sentí que a toda la gestión heurística de aparatos y tecnología,
que a todo el proyecto social del nuevo mundo yo le era totalmente innecesario.
Sentí que nada en los engranajes de lo que supone una vida correctamente garantizada
me iba a esperar. El nuevo rumbo es esto, un rumbo donde ya se esboza que es el
humano quien va teniendo la culpa de no entender, de no estar preparado. Sus
creaciones le superan y le dominan. No más intuición, no más explicaciones. La
obra se empezó a adelantar, a cernirse como una jaula sobre nosotros, quedamos
todos magníficamente imbéciles y atrapados, vacíos de voluntad. Enhorabuena.
agosto 22, 2012
Ich bin der welt abhanden gekommen
Era la historia de alguien que
prepara una cena esperando a una mujer y todo sale mal. La llama por teléfono
sin verdaderas esperanzas, todo se tibia y se arruina. Imagino que acabó
embriagándose solitariamente y la mañana le sorprendió en la sala.
La historia de mi vida,
dijo Carlo Aleksantri.
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