febrero 02, 2015

Hastiado y trasnochado


Me parece ahora que las personas —¿la juventud, mi juventud?— están contaminadas de forma irreparable. De glamour, de escándalo, de elocuencia. Yo mismo estoy contaminado o quisiera secretamente estarlo un poco más para morir, así, más acompañado.
¿No se podría en su lugar, por un día, en algún lado, encontrar al amigo que sepa, por decir algo, callarse un momento en lugar de simplemente no poder callar ya nada?
La gente defiende sus pasiones, su credo, sus opiniones mediante una especie novedosa y muy inquietante de amor incondicional a la patria (la patria edulcorada de su envidiable consumo cultural) que por cierto nada le pide al fascismo: tal es la obstinación y la ceguera.
Yo, por otro lado, no quiero, no puedo ya defender nada. No defiendo mi opinión porque soy un gran cobarde. La futilidad reiterada de defender cualquier cosa me ha enseñado una técnica más triste, más efectiva: esconderlo todo. Callarlo todo.
Llegado al caso de tener que opinar: diluirlo todo.
No vale el gasto de energía intentar cualquier otra cosa. ¿Para qué, al fin? ¿Para convencer? ¿Ceder tan fácil a la elocuencia?
¿Por dónde entonces?
Si quisiera, después, plantearme con seriedad un ejercicio acaso vagamente parecido a la verdad, tendría que plantearme también y por lo visto la posibilidad de ser abandonado por todos. De abandonarlo todo. Tal es la imposibilidad de decir cosas que para ti impliquen verdad sin destruir estructuras.
No puedo dejarme abandonar. Más amable me resulta engrosar las cosas que tan bien encaminadas van ya: la comodidad incomparablemente histriónica, incomparablemente infructuosa, incomparablemente imbécil de quedarse para siempre en la violencia chic de las superficies, de las conversaciones, de los ritos.
Me recuerdo que muchos grandes (los amigos, mis grandes amigos muertos y verdaderos, los del papel) eligieron —sin elegirla nunca, naturalmente— la soledad escribiendo de la verdad.
Me recuerdo también que no soy ningún grande de nada. Sólo alguien cansado con una lucidez bastante grande de su propio cansancio.