mayo 27, 2012

Representación ficticia

No quiero confundir ambiguo con ambivalente; lo ambiguo puede ―o podría― interpretarse en dos modos distintos. Lo ambivalente me habla de lo que es realmente dos cosas, no solo su insinuación. Me detengo en esto, que muchos calificarán de tontería, porque siempre he sido muy considerado respecto a la ambigüedad natural de las cosas y me es claro que su observancia no cae nada bien a la gente correcta. Se nos quiere formar en de una pauta en que las cosas son frías o calientes, izquierdas o derechas, porque a los tibios dios los vomita y luego nos vamos al infierno o alguna otra estupidez en la misma línea.

            Señalaba Harold Pinter en su magnífica lectura de aceptación del Nobel, "…no hay grandes distinciones entre lo que es real y lo que es irreal. Ni las hay tampoco entre lo que es verdadero y lo que es falso. Una cosa no es necesariamente verdadera o falsa; puede ser a la vez verdadera y falsa."
            Puede que hablar de cosas que sólo son lo que son [como papá dios que sólo es el que es] sea un remanente inútil de la de por sí bastante inútil moral judeocristiana, en la que uno debe declarar a los cuatro vientos su postura ante todas las cosas, escoger a Cristo encima de Elías Calles, saltar al vacío envuelto en la bandera, morir por la patria y tantas otras muestras cabales que nos sugieren que Linneo no acertó necesariamente con aquello de que el mono pudiera ser en algún sentido Sapiens. Una vez aceptando que las cosas antes que tibias son por naturaleza informes, líquidas, inapresables… estaríamos del otro lado. Pero no estamos del otro lado. Estamos de este lado; el lado en que las cosas son cuadradas, definibles, constantes, fiables.
Hace algunos meses leí para una clase el probablemente jamás recomendable «El País de uno», de Denise Dresser. En este libro pude comprobar, primeramente,  la horrible y efusiva prosa cuasi-oratoria de la periodista. Puedo añadir a mi anotación inicial que tampoco nadie debería confundir efectivo con efectista. Sé que pasé muy malos ratos leyendo lo que me pareció el claro sustento de un texto hecho para leerse en voz alta. Un texto que funciona y hasta es agudo, pero que porta la insignia aborrecible de un discurso político de estrado, populista, incendiario [¿pero qué no es así el periodismo?]. Quedé callado ante el excepcional muestrario de anáforas ad libitum [que serán bonitas cuando se planea la sedición con los compañeros y la corregidora, pero que lucen suficientemente vulgares por escrito] que el texto constituye. Cosa curiosa que cuando tomé, finalmente, la materia de Comunicación Escrita III, esperé con ansia la clase en que explicaran las figuras retóricas [a un amigo de la Ibero le enseñaron poco más de cuarenta] sólo para toparme con que sería una reiteración vergonzante de lo ya visto en secundaria: metáfora, hipérbole, hipérbaton y párale de contar. Y ni siquiera bien explicadas. Afortunadamente me toparía posteriormente con Raymond Queneau, surrealista de didáctica envidiable.
            Y entonces, para muestra un botón: “…Dispuestos a alzar la voz para que la democracia no sea tan sólo el mal menor y una conquista sacrificable si de combatir el crimen se trata. Dispuestos a llevar a cabo pequeñas acciones que produzcan grandes cambios. Dispuestos a sacrificar su zona de seguridad personal para que otros la compartan. Dispuestos a pensar que el bien es tan contagioso como el mal y  comprometidos a actuar para demostrarlo. Dispuestos, dispuestos, dispuestos. Y lo que siento en estas parrafadas hermosísimas es que estoy rezando jaculatorias con los abuelos, o escuchando a Cantinflas en El Padrecito con aquella retahíla de ya es tiempo que meditemos, ya es tiempo que recapacitemos, ya es tiempo de que pensemos…
            Ahora bien, no quisiera que se crea que leer el libro me fue una tortura insoportable. Tanta aclaración sobre la ambigüedad debe servir de algo; percibí de forma mucho más entrañable y amiga lo que ya analizara en un tono más clínico Mayer-Serra en «Por eso estamos como estamos». Cabe insinuar que los temas de Dresser tienen su origen ―de otra forma quizá, analítica y desapegada― en el mismo libro de Elizondo, con la diferencia que éste remite constantemente a un panorama económico y estadístico al que Denise parece más bien eludir, recuperando por otra parte la "virtud" del ejemplo cercano, el ejemplo fácil y popular. Y se siente que el libro tiene una intención masiva; no hay que ser semiólogo para reparar en la frasecita “el libro que le abrirá los ojos a los mexicanos” en la contraportada y sospechar que hay una grave pretensión de cualquier tipo.
            Como ya se estila desde hace mucho al hablar de México, el texto es un festín de contraposiciones, contrastes acusados, ironías, paradojas forzadas. Quizá para hacer honor a que no se puede hablar parcamente de un país de contrastes, y porque en Méxicotodo es desigual, hasta los libros: hay que ser folclórico, hablar de bulto, poner interjecciones. La introducción quiere iniciar entrañable, pero no propone nada novedoso, sólo cae en la idea de México como estereotipo de sí mismo, atado a la historia y con dos o tres figuras queridas del ámbito cultural, que por lo que entiendo deben ser tomadas como ejemplos absolutos de que sí se puede, en muy elegante antagonismo [para que no se nos olvide que se habla de México] al argumento de que el mexicano se justifica y está imbuido en la lógica del por lo menos. Y yo sentí un poco así a Denise, como diciendo: por lo menos tenemos a Cuarón [claro que mencionó a muchas otras ilustres personalidades mexicanas, pero ya se sabe que yo soy para siempre parcial y sólo hablo de lo que me llama la atención].
Cuarón no es una mala referencia, de acuerdo. Es un cineasta más que decente y me parece buen signo que siquiera algún paisano desarrolle una que otra idea fresca en un lenguaje tan en peligro de extinción como es el cine. Pero hay que recordar que Cuarón, al igual que Del Toro e Iñárritu, es una persona que ha desarrollado su obra desde el extranjero, y que no hay nada de meritorio en encontrar oportunidades más allá del territorio propio porque de que las hay, las hay.
            Ya no sé si habrá que decir de los migrantes que qué bueno que se fueron porque nadie es profeta en su tierra, o si habrá qué aplaudir a los que se quedan porque son como la flor que florece en el invierno, y ante tanta adversidad superada nada los puede ya menoscabar. Lo que sí sé es que nadie negará que resulta ingenuo y casi chovinista sentir que el futbol, los muralistas o el Chapulín Colorado son razones de peso para hacerse de la vista gorda ante el densísimo entramado de oprobio e imbecilidad que vemos todo el tiempo en nuestra esfera política. Y esa es tal vez una de las ideas en las que más reincide Dresser: la representación ficticia.
            Más allá de la corrupción ―natural, en mi opinión― que surge en cualquier institución con estratos claros, lo que está pasando es que elegimos a gente de la que rara vez volvemos a saber después de las elecciones. En el ambivalente texto: “…El sistema político se ha convertido en un híbrido particular, una combinación de remanentes autoritarios que coexisten con mecanismos democráticos”.
            Eso no existe. Por supuesto, insinuar democracia autoritaria, se ha convertido en algo muy natural en los últimos tiempos, casi una moda, se diría. Pero si en algo acierta el libro de Dresser es en hermanarnos con su nivel de coraje ante el hecho de que la política sea un simple juego de intereses, de comodidad. Y siento que es muy difícil que la gente demuestre un interés genuino [hablo de la gente que para votar necesita más argumentos que el recibir una cachucha o una despensa] en la esfera política cuando difícilmente parece tener algo que ver con las preocupaciones ciudadanas reales. La complicación, como ya se sabe, está en que antes nos estamos lamentando que observando cualquier alternativa medianamente realizable. No tenemos la más mínima honestidad para con los errores del pasado, y no conformes con tan estúpido comportamiento, celebramos lo muy poco que hacemos bien en el presente.
            Me acuerdo que en una de las entrevistas que le hizo Soler Serrano a Borges ―un Borges siempre más literato que politólogo, imprudente y filosófico― el argentino comentaba que no caería nada mal a muchos países volver a la monarquía. Por supuesto, para los de corazón de pollo el escritor pecaba de polémico e inaceptable, pero cuando se imagina una monarquía ―no en el sentido antiguo, totalitario, absoluto, sino en el de encontrar a un hombre que verdaderamente ame su país―, se puede imaginar lo que sería tener a una persona con visión y toda una vida para desplegarla, para desarrollar un proyecto pertinente, y no sólo cuatro o seis años, que sirvan únicamente para medio enderezar lo torcido de la administración anterior y dejar las cosas suficientemente chuecas para el que sigue. Seis años de administración cobarde y morosa.
            Como para muchas otras cosas, hablar de relección o de un período administrativo prolongado es inaceptable en nuestro país, porque para algunos administrar políticamente a un Estado sigue equivaliendo a un premio, confundiendo por privilegio lo que es la oportunidad de un servicio. El político es ―debiera ser― un servidor. Como quiera, relección o monarquías son inconcebibles, como inconcebible es que alguien rinda cuentas algún día y ose postularse de nuevo sin que se le caiga la cara por la vergüenza.
            Pienso que las naciones no mejoran a raíz de las manifestaciones vanas de los grupos políticos y sus simpatizantes en la calle, ni a partir de mítines por causas perdidas, bloqueos, marchas. Mejoran desde el nivel personal, desde la acción de quien comprende y ejerce su ciudadanía y no solamente extiende una mano al cielo esperando pan y cobija.
            Decía un maestro mío, respecto al calentamiento global, que lo más que podemos hacer es moderar nuestra destrucción personal. Y qué otra cosa podíamos hacer, sino eso, y no únicamente en el ámbito ecológico, sino en nuestra participación social. No podemos decidir por los demás, ni podemos velar para siempre por intereses ajenos. Sólo podemos contribuir a la mejora general de condiciones laborales y oportunidades de vida desde los ámbitos que uno conoce y por los que guarda un cariño genuino. Yo insisto en que seguirá siéndome muy difícil involucrarme directamente con nada que tenga que ver con política en este país ―como con cualquier indicio de burocracia— porque en mi vida me ha resultado bien sacarle la vuelta a lo que no sirve. Y cuando se me señale que soy de los que en vez de cooperar dan la espalda, tendré que explicar que hago lo mejor de que soy capaz en los espacios que me competen. Así, por decir algo, si yo, como interesado en el lenguaje audiovisual y el arte contemporáneo, hago todo lo que está en mis manos por mejorar las condiciones de vida y de trabajo de los artistas audiovisuales contemporáneos, estaré contribuyendo oportunamente en la parte del espectro en que es más probable se escuche mi voz. Y no [necesariamente] votando, no quejándome, no demandando a diestra y siniestra. No podría abogar por los derechos de los transportistas porque no tengo las nociones mínimas para abordar esa esfera. O al menos esa es la forma en que entiendo la expresión  un país de ciudadanos.
            Como lo desarrollara Mayer-Serra, es casi palpable la noción de un país corrupto, poco competitivo, mal educado. Un país que apuesta antes a sus recursos que a su gente, ―el único recurso verdadero y renovable. Cuando el petróleo se acabe, como decía Heberto Castillo, ahí nos quiero ver, percatándonos de que en mucho tiempo no hicimos nada por preparar un colchón con las habilidades de la gente, que amortigüe tantito la muy probable caída que se aproxima. En palabras de Dresser, son los costos de dormitar, los costos de reposar mientras el mundo corre deprisa, imparable. Muchos lo han dicho: somos un país aparentemente moderno, pero que se ha quedado congelado en su propia imagen. Esta “modernidad” no es ningún orgullo cuando el precio es la no reforma, la desigualdad extrema. “El problema es que muchos saben qué hacer…” pero pocos están dispuestos a hacerlo, porque están antes sus intereses, y porque las instituciones y las formas de proceder están erigidas en función de que nada cambie.
            Así es México, dirán muchos. Pero me sumo a la inquietud de muchos cercanos: el país no puede seguir parapetado detrás de las excusas y el miedo y la tibieza y la renuencia a pagar costos políticos; ni puede seguir encasillado en el esquema político, social y cultural de las relaciones, el apellido, y la lealtad antes que el mérito, la excelencia y la creatividad. Hasta entonces confío en el hecho de que las nuevas generaciones ―mi generación― sean menos sombrías y mucho menos atentas a los poderes relativos de la política como para salir de una vez y para siempre del sueño tan largo en que nos hemos visto inmersos.
            Estamos a poco de un mes de las elecciones y creo que todavía no hay una opción con el más mínimo y saludable componente de ambigüedad. Y yo no sé, miren, me sentiría mucho más tranquilo si los candidatos de nuestras próximas elecciones fueran la mitad de fiables de lo que me parecen los candidatos ―políticamente verosímiles, lo sé― del partido simple.



mayo 08, 2012

Disonancia

Seré siempre mejor lector que escritor. 
Ya muy dicho está eso de que no hay una actividad sin la otra.   Lo que me sucede en este caso es que soy idénticamente implacable como lector cuando el texto es mío, si no es que más.
Como lector busco no atorarme en un solo enunciado, no poner jamás en duda el orden de ninguna palabra, no querer que lo leído hubiese sido de otro modo, porque ese deseo significa que las palabras leídas están demasiado a mi alcance como para admirarme de ellas,  por tanto susceptibles de haber sido escritas por mí.  Es decir, si en un texto ajeno siento titubeos, borrones, por mínimos que estos sean, estoy experimentando lo mismo que siento al leerme a mí.  A mí puede frenarme una coma mal puesta.  Y mal puesta lo digo en el sentido de que la coma me estorbe más de lo que me ayuda al dibujamiento de una idea.
No seré nunca un lector conforme, en lo que a mi propia posibilidad de textualidad respecta.  Hoy escribo esto pensando que no está tan mal,  que después de todo tiene un ritmo tolerable y una exposición consistente y adecuada.  Mañana seguro no me gustará tanto como hoy, pero lo adjudicaré al hecho de que al releerlo memorizo sus pasajes y muros ciegos, cosa que el lector novel no hará, y con suerte descubrirá con la frescura misma con que yo lo pensaba al verterlo al papel.  Pasado mañana esta cosa será absolutamente inaceptable y desearé no haberla escrito jamás.
Sé que no se puede.  Sé que mucho mejor resulta que me deshaga de este barullo, por basuriento que sea.  Si me lo quedo se consume dentro del cráneo y empieza a parecerse demasiado a un cigarrillo deshecho en sus propias cenizas, que pudo ser algo, siquiera para que alguien lo fumara, y ahora se le deja morir y se marchita y no es si no eso.  Nada.